Cómo ser sacramento de nuestro Dios, en estos tiempos nuestros que anuncian lo nuevo sin develarlo todavía. En esta bisagra de la historia, que no define para dónde va a girar. Cuando tanto está cayendo, y estamos frente al vacío con toda la promesa de novedad que encierra.
Cómo hacernos testimonio vivo de un sueño de fraternidad y justicia, de manos
construyendo juntas, en estos días de tomas y pedradas, de manipulación
política que pone a pobres contra pobres, y niega el techo mientras reclama la
fuerza.
Cómo hacer visible en nuestra propia sangre, la sangre entregada del Dios de la
vida. Cómo derramarnos, y darnos de beber unos a otros, cómo contagiarnos
vitalidad, en medio del vampirismo neoliberal –quiero decir, cada uno
intentando chuparse la sangre del de al lado, exprimirlo, consumirlo hasta
dejarlo exánime... por si no quedaba claro.
En palabras de M.E. Walsh, tiempo de aguas vivas, que "no tocan fondo, son
adhesivas, quizás por eso siempre están arriba (...) y prosperan succionando a
los de abajo".
Cómo hacernos pan, unos para otros, para que se haga carne en la vida concreta
de tantos; para que ya nadie muera de hambre "en la patria bendita del
pan". Cómo desparramar vida, cuando la muerte acecha; aunque la primavera
avanza pese a todo.
Cómo volver la mirada a lo que florece, a lo que nace, para hacernos
"trabajadores de la cosecha", para levantar frutos y ponerlos en la
mesa compartida.
Cómo ser sacramento de la confianza, en medio del clamor por el uso de la
fuerza y las cámaras de seguridad que sólo aseguran que todo siga igual, que
legitiman que se proteja solamente a "los de siempre", sumiendo en el
desamparo cada vez más cruelmente a "los de nunca", a los que nunca
les llega el turno.
Cómo distribuir esa imprudencia del amor para que llegue a todos; ese amor y
esa imprudencia que sigue poniendo a nuestra merced la creación entera –así
como somos, no esperando que "nos convirtamos"-. Y las dichas y las
desdichas de millones de hijos, que son también los nuestros aunque tampoco de
eso nos hagamos cargo.
Está loco. Lo tengo que decir así, con toda la confianza de hija y hermana –sin
ningún temor de "ofender a su divina majestad". Porque "la
verdad no ofende", y menos a Él, el Señor de la verdad.
Lo suyo no tiene nada de razonable, pura apuesta a esto que sus dedos alfareros
gestaron. Como si se olvidara de que somos de barro, vasija de su fuego.
Creyendo en nosotros, infinitamente más que nosotros en Él.
Esa locura de Dios que insiste, que porfía con nuestras sombras, que se juega a
que la luz renazca en nuestros cerebros y corazones. "En esto reconocerán
que sois mis discípulos: en el amor que os tenéis unos a otros".
Este Padre-Madre desquiciado en el que creemos, que se derrocha cada día en
nuestras manos, nos convoca a ser su transparencia. Amarnos como Él nos ama,
para ser imagen y semejanza, "para que el mundo crea".
Y renueva su cachetazo provocador. Se hace un nadie, para que nos hagamos
cobijo para todos los "nadies". Y espera, sí que espera, una
respuesta.
Por Sandra Hojman

No hay comentarios:
Publicar un comentario