Señor Jesucristo,
al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de
trigo,
te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso
del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de
trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a
ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte,
se ha hecho Palabra cercana;
te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que
tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo,
para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida
para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del
grano de trigo.
Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo,
a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de
tu vida en este mundo.
Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga,
tampoco Tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío
porque Él, el Padre, no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la
corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10).
No, Tú no has conocido la corrupción.
Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne
transformada.
Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente
al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.