Se llama cathedra (de
καθεδρα, sedes) la silla eminente reservada al obispo cuando
preside la asamblea litúrgica. Utilizamos la palabra sede para
designar litúrgicamente el asiento del celebrante, de rango específico aunque
subsidiario en relación con la cátedra episcopal.
En las reuniones primitivas podemos creer que la silla
episcopal fuese una silla distinguida, de madera, móvil, según el tipo de las
sillas curules o de tijera senatoriales, con respaldo más o menos alto, que se
adornaba, cuando ocurría, con telas y cojines según la costumbre del tiempo.
Así nos es descrita por Poncio la silla de San Cipriano, sedile ligneum
sectum (1) cubierto de lino. Puede servir de modelo, la cátedra en la
que se sentó San Hipólito Romano, grupo en mármol, que se remonta a la mitad
del siglo III. Sabemos que las cátedras usadas por los apóstoles y por los
primeros obispos eran conservadas celosamente en las iglesias, y por una fácil
deducción habían llegado a ser símbolo perenne de una autoridad y de un
magisterio superior. Percurre ecclesias apostólicas —
decía ya Tertuliano — apud quas ipsae adhuc cathedrae apostolorum suis
locis praesident (2)
En Roma, en efecto, la
cátedra de San Pedro fue en seguida objeto de culto litúrgico dirigido a su
suprema paternidad espiritual. Un objeto que desde final del siglo II
se presenta frecuentemente en el arte cristiano es el Cristo sentado en
la cátedra, como Maestro que enseña a los apóstoles, colocados
alrededor de él; más aún, más tarde la sola cátedra, vacía o coronada por una
cruz, se convierte en el símbolo de la divinidad.
Desde la cátedra, el
obispo predica; a menos que, para ser mejor entendido, en ciertas
grandes basílicas subiese a un ambón, como hacía San Juan Crisóstomo, o se
colocase junto a la cancela del altar sentado sobre una silla gestatoria, como
puede haber sido la del obispo Maximiano, conservada en Rávena, o la de San
Pedro, hoy encerrada en el altar de la tribuna de la basílica. Sentado sobre lo
alto de la cátedra, notaba ya San Agustín, el obispo veía todo; allí se sentía
realmente obispo, es decir, inspector y guardián de todo su pueblo; de aquí que
él lo compare a la torreta desde la cual el viñador vigila su tierra, specula
vinitoris est (3). Ciertamente, esta fascinación de la cátedra podría
despertar ambiciones; y, en efecto, no faltaron desde el principio los
opositores, razón por la cual San Agustín amonestaba: Oportet ut in
congregatione christianorum praepositi plebis eminentíus sedeant, ut ipsa sede
distinguantur et eorum officium satis appareat; non tamen ut inflentur de
sede (4).
Este concepto preeminente de la dignidad episcopal aneja a la
cátedra ha sido eficazmente puesto de relieve en la liturgia mediante la
ceremonia característica de la inthronizatio (entronización)
que forma parte, desde la más alta antigüedad, del ritual de la ordenación de
los obispos. Ya en las actas del concilio de Calcedonia (451) se habla de un
cierto Próculo, obispo de Cízico, sentado en las reuniones conciliares para
dirigirse a Gangra, inthronizare episcopum (5). Y actualmente
el Pontifical romano, siguiendo en esto a todos los más antiguos rituales
medievales, prescribe que, si el neoobispo es consagrado en su iglesia propia,
después de que haya recibido las insignias pontificales, sea llevado
solemnemente por el consagrante a sentarse sobre la cátedra episcopal, con el
fin evidente no sólo de tomar, por medio de ese gesto, posesión simbólica de la
diócesis, sino, más aún, de designar de manera explícita a los fieles en su
persona, su pastor, maestro y gran sacerdote.
La cátedra en las basílicas antiguas y después en las
iglesias episcopales hasta los siglos XI-XII era generalmente de piedra o de
mármol, ricamente adornada con mosaicos o esculturas, provista de respaldo
alto, colocada en el centro del hemiciclo absidal; tenía acceso por tres o más
escalones, de manera que estuviera un poco más elevada que los asientos que
estaban a los dos lados del ábside y servían de asiento común a los sacerdotes
(presbiterio). Si éstos eran numerosos, los bancos ( subsellia )
podían ser colocados en dos o tres series superpuestas, como en la basílica de
Torcello, que presenta tres órdenes sucesivos dispuestos en forma de anfiteatro.
Esta colocación de la cátedra episcopal se ha mantenido
siempre en la Iglesia y es aun oficialmente tenida en cuenta por el Ceremonial
de los obispos. Pero ya el V Ordo, de la época carolingia, supone que,
durante el sacrificio, el pontífice tenga su cátedra no en el ábside, sino al
lado derecho del altar ( cornu evangelio , el lado del
Evangelio ). Tal es, en efecto, el puesto litúrgico que hoy es asignado a la
cátedra. La cual, según las prescripciones del antiguo Ceremonial, debe
ser praealta et sublimis , sive ex ligno, sive ex
marmore, aut alia materia fabricata in modum cathedrae et throni
immobilis (6) tradicionalmente revestida con paños preciosos según el
color litúrgico del día, y hasta las prescripciones posconciliares cubierta con
un baldaquín y provista de cojines. Tampoco las cátedras antiguas carecían de
tales accesorios ornamentales, según refiere San Agustín.
La iglesia donde el obispo tiene su cátedra recibe el título
de catedral. Es, por tanto, la más importante ( ecclesia maior , senior iglesia
mayor, más antigua ) , el centro litúrgico y espiritual de la
diócesis porque designa el lugar donde el obispo reside, donde gobierna, donde
celebra, donde enseña, donde, a través de las ordenaciones, provee y renueva
las filas del clero. Conforme a estos conceptos, las iglesias catedrales fueron
siempre construidas más eminentes y más grandiosas que ninguna, dominando la
ciudad entera, Su erección era decretada por un plebiscito universal, casi un
acto de fe colectiva. Para ella se derrochaban riquezas, se traían desde lejos
mármoles y columnas y era construida por todos con la propia fatiga. La empresa
era sagrada y merecía indulgencias; Roma las concedía de buen grado. En aquel
libro de piedra no firmaban generalmente ni arquitectos ni trabajadores; la
obra colectiva debía ser el credo y la alegría de todos; era, sobre todo, un
sagrado patrimonio común.
Las parroquias diocesanas debían anualmente contribuir a su
conservación ( cathedraticum ) y promover en el tiempo de
Pentecostés una peregrinación que tuviese vivo en las filiales el recuerdo de
la iglesia madre y en que le llevasen sus ofrendas. He aquí por qué la devoción
a la iglesia catedral tuvo por derecho un título litúrgico especialísimo, que
se expresa cada año con la conmemoración del aniversario de su dedicación. Tal
fecha es celebrada con rito más solemne, separadamente de la colectiva de todas
las otras iglesias consagradas.
En cuanto a los bancos del clero asistente, es preciso recordar que en Italia se mantuvieron
generalmente dispuestos a lo largo del muro absidal; en otras partes, por el
contrario, sufrieron una importante transposición. En los siglos XII y XIII,
como en muchas iglesias monásticas y colegiatas, el gran número de religiosos
no podía encontrar puesto en el ábside, o porque estaba en uso el colocar un
altar de reliquias o porque la introducción de las capillas absidiales
estorbaba los oficios, los bancos del clero fueron colocados delante del altar
mayor; y, cuando el espacio faltó aquí, también en el transepto y en la gran
nave de la iglesia.
En esta época es cuando el coro, es decir, el lugar donde se reúnen los sacerdotes y los
monjes de una determinada iglesia para el canto del oficio divino, comienza a
tomar un desarrollo extraordinario, hasta el punto de obstruir prácticamente la
visibilidad del altar a los ojos de los fieles.
Abandonados los tradicionales bancos de piedra, se
construyeron en madera los escaños (italiano stalli alemán stellen -asientos),
más o menos elevados y adornados según el grado jerárquico; se proveen de
oportunos respaldos para comodidad de los viejos y de los cansados y se rodean
de altas cancelas a la entrada.
NOTAS
1. Asiento de madera labrada.
2. Recorre las iglesias apostólicas en
las que aún están presidiendo en sus lugares las cátedras de los apóstoles.
3. Es la torreta del viñador.
4. Conviene que en la congregación de
los cristianos, los que están al frente de la plebe se sienten más alto, a fin
de que sean distinguidos por el mismo asiento y resulte más vistoso su
ministerio; pero no para que se enorgullezcan por la sede.
5. A entronizar al obispo.
6. Más alta que las demás y sublime,
fabricada en madera o en mármol o en otro material, a modo de cátedra o trono
no movible.
Dom Gregori Maria