De todos los logros de la vida, uno solo es necesario: llegar a la Casa del Padre Todo debe ser subordinado a la única meta de nuestra vida: llegar a Dios. La salvación eterna, la nuestra y la del prójimo, la debemos de anticipar a todo. Nos lo dice el Señor en el Evangelio de la Misa: ”Si tu mano te escandaliza, córtala…Y si tu pie te escandaliza, córtalo…Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo…Porque más vale entrar manco, cojo y ciego al Reino de los Cielos que llegar muy entero y muy sano y ser arrojado al fuego eterno que no se apaga.
No podemos jugar con nuestra salvación, ni con la del prójimo. Para un
cristiano que quiere agradar a Dios en todo no le va a resultar muy
difícil...Bastará con que tenga cuidado con los pecados veniales, que los tiene
que tener muy en cuenta, ya que pueden hacerle caer en otras faltas más
importantes: (pequeños caprichos, faltas de caridad, pereza al levantarse,
glotonería, excesiva preocupación por cuidar el cuerpo...
Debemos pedir ayuda al Señor para que estos obstáculos de nuestro carácter nos
los convierta en ayudas para nuestra santificación como hizo con sus Apóstoles:
con la impulsividad de Pedro hizo los cimientos en los que se asentaría su
Iglesia; de la impaciencia y de la brusquedad de Juan y Santiago-“los hijos del
trueno”-su celo apostólico: de la incredulidad de Tomás, un testimonio de su
divinidad. Es decir, de los obstáculos, el Señor puede conseguir bienes para
nuestra salvación eterna.

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