12 de Julio
Señor arroja con abundancia y gratuidad la semilla de la Palabra de Dios, aun sabiendo que podrá encontrar una tierra inadecuada, que no le permitirá madurar a causa de la aridez, y que apagará su fuerza vital ahogándola entre zarzas. Con todo, el sembrador no se desalienta porque sabe que parte de esta semilla está destinada a caer en "tierra buena", es decir, en corazones ardientes y capaces de acoger la Palabra con disponibilidad, para hacerla madurar en la perseverancia, de modo que dé fruto con generosidad para bien de muchos.
La imagen de la tierra puede evocar la realidad
más o menos buena de la familia; el ambiente con frecuencia árido y duro del
trabajo; los días de sufrimiento y de lágrimas. La tierra es, sobre todo, el
corazón de cada hombre, en particular de los jóvenes, a los que os dirigís en
vuestro servicio de escucha y acompañamiento: un corazón a menudo confundido y
desorientado, pero capaz de contener en sí energías inimaginables de entrega;
dispuesto a abrirse en las yemas de una vida entregada por amor a Jesús, capaz
de seguirlo con la totalidad y la certeza que brota de haber encontrado el
mayor tesoro de la existencia. Quien siembra en el corazón del hombre es
siempre y sólo el Señor,
(Benedicto XVI, 21 de julio de 2009).

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