1.- QUE NADIE NI NADA ENTURBIE NUESTRA FE
Por Antonio García-Moreno
1.- COMO A UN AMIGO.- ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?... El profeta profiere sus quejas ante el Señor, recurre a él con la misma confianza con que se recurre a un amigo, un buen amigo que además lo puede solucionar todo.
¡Cuándo aprenderemos a recurrir a Jesús del mismo modo! A Jesús que no dudó un momento en dar su vida por nosotros. A Jesús que es el Primogénito del Padre Eterno, el Creador de cielos y tierra, el Supremo Juez de todos los hombres... Enséñanos a orar, te dijeron un día tus discípulos. Ahora también nosotros te lo decimos. Enséñanos a orar, a tratarte con una gran confianza, enséñanos a levantar nuestros ojos hasta los tuyos, engarzar nuestras miradas, la tuya con la nuestra, cuando se nos cargue el corazón de sombras y de lágrimas.
Dios responde al profeta, como responde siempre al que recurre confiadamente a la fuerza de su amor. Todo esto que sucede ahora tiene su final. Entonces se verá todo con claridad, entonces se explicarán muchas cosas que ahora aparecen como absurdas y hasta contradictorias.
El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá de la fe. Aquí está la solución de las penas y pesares del profeta Habacuc. Y aquí está el consuelo para nuestras preocupaciones y nuestras fatigas: en la fe; esa virtud que nos hace ver la vida de una forma distinta a como aparece a primera vista, la fe es una luz que nos hace sonreír ante la dificultad, que nos da la paz y la calma en medio del dolor y el sufrimiento. Sí, el justo vive de la fe. Vive, aunque parezca morir. Vive, sí, y vive una vida distinta de la meramente animal. Su vida es la vida misma de Dios.
2.- AUMÉNTANOS LA FE.- Auméntanos la fe, dicen los Apóstoles al Señor. Es una súplica que recuerda la de otro personaje evangélico que ansía la curación de un ser querido y, al sentirse sin la fe suficiente, exclama: "Señor, yo creo, pero ven en ayuda de mi falta fe". Se desprende de todo esto que la fe es, sobre todo, un don de Dios que hay que pedir con humildad y constancia, confiando en su poder y en su bondad sin límites. Por eso, la primera consecuencia que hemos de sacar del pasaje evangélico que consideramos es la de acudir con frecuencia a Dios nuestro Señor, para pedirle, para suplicarle con toda el alma que nos aumente la fe, que nos haga vivir de fe.
Es tan importante la fe, que sin ella no podemos salvarnos. Lo primero que se pide al neófito que pretende ser recibido en el seno de la Iglesia es que crea en Dios, Uno y Trino. El Señor llega a decir que quien cree en él tiene ya la vida eterna y no morirá jamás. San Juan dirá en su Evangelio que cuanto ha escrito no tiene otra finalidad que ésta: que sus lectores crean en Jesucristo y, creyendo en él, tengan vida eterna. San Pablo también insistirá en la necesidad de la fe para ser justificados, y así nos dice que mediante la fe tenemos acceso a la gracia.
En contra de lo que algunos pensaron, y piensan, la fe de que nos hablan los autores inspirados es una fe viva, una fe auténtica, refrendada por una conducta consecuente. Santiago en su carta dirá que una fe sin obras es una fe muerta. El mismo san Pablo habla también de la fe que se manifiesta en las obras de caridad, en el amor verdadero que se conoce por las obras, no por las palabras. Podríamos decir que tan importantes son las obras para la fe, que cuando no obra como se piensa, se acaba pensando cómo se obra. En efecto, si no actuamos de acuerdo con esa fe terminamos perdiéndola. De hecho lo que más corroe la fe es una vida depravada. Por eso dijo Jesús que los limpios de corazón verán a Dios, porque es casi imposible creer en él y no vivir de acuerdo con esa fe.
La fe, a pesar de ser un don gratuito, es también una virtud que hemos de fomentar y de custodiar. El Señor que nos ha creado sin nuestro consentimiento, no quiere salvarnos si nosotros no ponemos cuanto podamos de nuestra parte. De ahí que hayamos de procurar que nadie ni nada enturbie nuestra fe. Tengamos en cuenta que ese frente es el más atacado por nuestro enemigo. Hoy de forma particular se han desatado las fuerzas del mal para enfriar la fe. El Señor viene a decir que al final de los tiempos el ataque del Maligno será tan fuerte, que conseguirá enfriar la caridad de muchos. Formula, además, una pregunta que nos ha de hacer pensar y también temer. Cuando vuelva el Hijo del Hombre -nos dice-, ¿encontrará fe en el mundo?
A la petición de los Apóstoles responde el Señor hablándoles del poder de la fe, capaz de los más grandes prodigios. Con un modo hiperbólico subraya Jesús la importancia y el valor supremo de la fe. En efecto, quien cree es capaz de las más grandes hazañas, no temerá ni a la vida ni a la muerte, verá las cosas con una luz distinta, vivirá siempre sereno y esperanzado... Pidamos al Señor que nos aumente la fe, luchemos para mantenerla íntegra, para vivir siempre.
2.- VIVIR LA VIDA CON FE
Por Pedro Juan Díaz
1.- “Auméntanos la fe”. Seguro que esa petición que hoy le hacen los discípulos a Jesús, también se la hemos hecho nosotros más de una vez: “Señor, dame más fe, ayúdame a creer más”. Y es que la fe es la que, en el fondo, da sentido a nuestra vida. En realidad, le pedimos al Señor que nos ayude a vivir la vida con fe, a entender las cosas que pasan en nuestro mundo con una mirada de fe, a descubrirle a Él entre tanto sufrimiento y tanto dolor de las personas. “¡Hasta cuando…!”, le dice el profeta Habacuc al Señor en la primera lectura. Detrás de esa petición que nosotros le hacemos al Señor hay un gran deseo de encontrarnos con Él en el camino de la vida.
2.- También detrás de esa petición hay una intención de progresar en nuestra fe, de madurar, de dejar atrás nuestra fe de niños y tener una fe de adultos. De pequeños nos enseñaron que la fe era cumplir mandamientos, alcanzar objetivos, llevar adelante obligaciones y eso ha hecho que hayamos perdido la parte festiva y gozosa de la fe, esa que la convierte en un regalo, en un don, en una acción de gracias porque Dios cuenta con nosotros, porque nos quiere y porque quiere, por encima de todo, nuestra felicidad. Esa fe que nos hace libres de cualquier atadura u obligación y que, al mismo tiempo, nos compromete y nos pone al servicio de Dios en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados.
3.- Bien sabe Dios cuanto nos cuesta creer. Por eso Jesús decía que la fe es el verdadero milagro que ocurre en el corazón de las personas. A muchos de los que se encontró y ayudó les alabó por su fe, porque la fe fue la que hizo el milagro. La fe es el milagro de los milagros. “Si tuvierais fe como un granito de mostaza…”. Dios confía en nuestras capacidades. ¿Confiamos nosotros en Él igual que Él en nosotros? La fe que Jesús nos transmite es distinta a cumplir un montón de normas que no nos llevan a ninguna parte, ni nos tocan el corazón. La fe de Jesús es para vivirla, para vivir la vida, para vivir con fe. Vivir con fe es descubrir a Dios como compañero de la vida, que nos ayuda a confiar en que las cosas pueden ser mejores y a poner todo nuestro empeño en ello. Vivir con fe es saber afrontar las dificultades, el dolor, las frustraciones y el mal en el mundo con una esperanza y un ánimo muy grande, ya que Jesús también pasó por ello y le dio un sentido nuevo, un sentido de resurrección. Vivir con fe es vivir felices y no culpables, vivir aliviados y no cargados, vivir libres y comprometidos y no obligados. Vivir la fe es mirar el mundo con los ojos de Dios, descubriendo que detrás de cada situación de injusticia y de dolor puede haber esperanza, puede haber fe, nuestra fe; ese es el gran milagro de Dios de cada día. La fe es confianza. El creyente que cree en Dios, confía en su palabra y sabe que Dios no va a fallar.
4.- Cada domingo esa fe se hace fiesta, se vive compartida, se celebra con otros hermanos y hermanas que la comparten. Cada domingo la fe se hace Eucaristía, encuentro comunitario, pan y vino compartidos y repartidos para aumentar nuestra fe, para seguir viendo a Dios que acompaña nuestra vida, que camina con nosotros.
5.- Cada domingo descubrimos que la fe es un don que nos ha dado Dios por el que le damos gracias en cada Eucaristía. Pero también es una tarea, un compromiso de llevar la fe a la vida, a nuestra vida de cada día, para darle un sentido nuevo, como lo hizo Jesús. La fe nos compromete en la vida, nos hace ser esa levadura del Evangelio que hace crecer la masa del mundo que nos rodea. Los cristianos somos la sal de la tierra y la luz del mundo porque llevamos la fe allá donde vamos, porque sabemos descubrir a Dios por los rincones de la vida.
6.- San Francisco de Asís fortalece hoy nuestra fe y nos ayuda a vivir esa fraternidad que él descubrió en el evangelio de Jesús y puso en práctica con sus hermanos. Desde hace casi 150 años esto es así aquí, en esta Iglesia, y la fe ha crecido y ha ido acompañando la vida de este pueblo. Por eso el próximo año 2014 celebraremos los 150 años desde que fue construida esta Iglesia, a la que llamamos “la ermita”, pero que es nuestra parroquia “madre”, a través de la cual habéis recibido la fe muchos de vosotros, porque habéis sido bautizados en ella. También nuestra diócesis de Orihuela-Alicante celebrará el 450º aniversario de su creación. Esta es nuestra fe, es la fe de nuestro pueblo, es la fe de la Iglesia que crece y que nos hace sentir muy cerca a Dios, nuestro Padre, que no deja de acompañarnos y querernos ni un solo día de nuestra vida. Que San Francisco de Asís nos ayude a seguir viviendo y creciendo en esta fe.
3.- “NOSOTROS SOMOS LOS TIEMPOS"
Por José María Martín, OSA
1.- “El justo vivirá por la fe”. La profecía de Habacuc plantea el eterno problema del sentido del mal en el mundo. Es el grito desesperado: "¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?” El profeta contempla y sufre desgracias, trabajos, violencias, catástrofes, luchas y contiendas. ¿Dónde está Dios?, ¿Hay noticias suyas?, ¿Qué hemos de responder ante estos interrogantes? Dios es quien da la única respuesta posible: "El justo vivirá por la fe". Es la fe el don de Dios que Timoteo debe reavivar según Pablo. Creer es confiar, es fiarse de Alguien, que es Jesús de Nazaret, quien no puede defraudarte porque es garante de salvación. Recuerdo la famosa parábola brasileña de la huella en la arena. En los momentos felices hay dos pares de pisadas, pero cuando peor lo estaba pasando el protagonista sólo había un par: era la huella de Dios que te llevaba sobre sus brazos cuando tus fuerzas habían decaído.
2.- La fe nos lleva al compromiso de vida. Una fe que no es comprometida no es auténtica. Es la hora urgente de ser consecuentes con las exigencias de nuestra fe. Quizá las situaciones difíciles y duras que se nos avecinan sean un acicate para despertar nuestra fe adormecida. Cuando todo va bien decae el compromiso y la autenticidad. No vale lamentarse, tampoco sirve emprender una cruzada para recristianizar nuestra sociedad. Lo que hay que hacer es ser coherentes con nuestra fe. Entonces seremos fermentos en medio de la masa. Más claro no lo puede decir San Pablo a Timoteo: "no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor", "toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios", "vive con fe y amor en Cristo Jesús". "guarda este precioso depósito". Lo que nunca nos va a faltar es la ayuda del Espíritu Santo, "que habita en nosotros". Y todo ello realizado con humildad, pues podremos decir "que hemos hecho lo que teníamos que hacer".
3.- La fe mueve montañas y transforma nuestro. Es lo que nos enseña el Evangelio de hoy y lo que nos dice la Madre Teresa de Calcuta en una preciosa oración: "¿La fuerza más potente del mundo?: La fe". El que tiene fe consigue el objetivo que se propone. Un pesimista no vale para trabajar en el Reino de Dios. Con la fe todo es posible, hasta arrancar moreras y plantarla en el mar. Que los tiempos son difíciles, lo sabemos. Pero tenemos que estar convencidos de que merece la pena seguir luchando por la implantación de la civilización del amor. Nosotros somos los tiempos, escribió San Agustín: “Los hombres dicen que los tiempos son malos, que los tiempos son difíciles: vivamos bien y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos: así como somos nosotros, así son los tiempos.” (ser. 80,8). Por supuesto que las cosas no son tan fáciles, por eso el santo sigue: “¿Pero qué hacemos? ¿No podemos convertir a la vida buena a la multitud de los hombres? Vivan bien los pocos que me escuchan: los pocos que viven bien que soporten a los muchos que viven mal. Ellos son el grano que está en la era. Mientras están en la era pueden estar mezclados con la paja, pero cuando estén en el granero ya no estará la mezcla. Soporten lo que no quieren, para poder llegar a lo que quieren”. Otro mundo es posible, un mundo nuevo y justo, si yo experimento la fuerza de saberme amado por Dios y transmito esta misma certeza a los que me rodean.
Fuente: www.betania.es

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