Primera lectura:
(Habacuc, 1,2-3; 2,2-4)
Marco: En nombre de su
pueblo, el profeta se queja a Yahvé de las desgracias públicas. Este texto,
afín a los lamentos del Salterio y de Jeremías, podría referirse a los
desórdenes interiores de una sociedad, pero se tiene en perspectiva la opresión
caldea. ¿Por qué la justicia y la bondad de Yahvé (su santidad) toleran el
triunfo del impío?
Reflexiones
1ª) ¡Los grandes
interrogantes desde el sufrimiento y la desgracia!
¿Hasta cuándo clamaré,
Señor, sin que me escuches?... El realismo de estas palabras del profeta se
puede leer en dos vertientes: una la que corresponde al tiempo del profeta. En
el horizonte comienza el movimiento de los caldeos que acabarán por conquistar
Jerusalén y reducirla a ruinas. Dentro de la predicación de los profetas,
Habacuc aporta una doctrina nueva: se atreve a pedir a Dios cuentas de su
gobierno del mundo. Ciertamente, Judá ha pecado, pero ¿por qué Dios, que es
santo, que tiene ojos demasiado puros para ver el mal, escoge a los caldeos
bárbaros para ejercer su venganza? ¿Por qué ha de castigar al malo otro peor
que él? ¿Por qué parece que Dios ayudase al triunfo de la fuerza injusta?... Es
el problema del mal, planteado en el plano de las naciones. El escándalo de
Habacuc es también el de muchos modernos. Por caminos paradójicos, el Dios
omnipotente prepara la victoria final del derecho. Ciertamente esta realidad
aparece en otros libros de la Escritura de forma más amplia y desarrollada. El
libro de Job (posterior a Habacuc) se enrola en esta corriente de asombro,
escándalo y desconcierto ante el modo como parece que Dios trata a los suyos, a
su pueblo. Es el caso también de las confesiones de Jeremías, de tono
sobrecogedor y patético, cuando sabemos que salen de los labios de un profeta
profundamente sensible, creyente y enamorado de la palabra de Dios.
Interrogantes que han surgido y surgirán. ¡Dios tiene un plan de misericordia y
salvación!
Segunda lectura:
(2Timoteo 1,6-8.13-14)
Marco: El autor se
dirige a Timoteo para exhortarle a seguir adelante en el testimonio de Cristo
Jesús arrostrando todos los peligros.
Reflexiones
1ª) ¡Es necesario
actualizar siempre la gracia y la misión recibida!
Dios nos ha dado un espíritu
de energía, amor y buen juicio. El autor refleja la necesidad de avivar los
ministerios a fin de cumplir la tarea con fidelidad. Fueron momentos nada
fáciles. La persecución sangrienta y la aparición de graves síntomas de
descomposición por la presencia de los gnósticos, que ya Pablo hubo de afrontar
en sus cartas a los Corintios. Los encargados de velar por la integridad de la
fe de los seguidores de Jesús deben estar siempre alerta y atentos ante las
dificultades. Para ello recibieron una gracia y fuerza especial. Es el momento
de avivarla, porque la llevan dentro. Todos los que han recibido algún
ministerio en servicio de los hermanos en la Iglesia están expuestos a los
mismos peligros y deben reavivar la gracia recibida de manera constante y
diligente. Por eso esta lectura se debe proclamar constantemente en la Iglesia,
porque siempre será necesaria. Y se puede extender, de algún modo, a todos los
creyentes y discípulos de Jesús hoy: no perdáis el ánimo, la gracia recibida en
el bautismo, sigue viva y hay que actualizarla movidos por la responsabilidad y
la confianza. Sigue viva y eficaz en medio de vosotros para testimoniar la
verdad del Evangelio en este mundo nuestro.
Evangelio: (Lucas
17,5-10)
Marco: Seguimos la
subida a Jerusalén y seguimos el programa del discipulado. La lectura de hoy
subraya algunas actitudes que deben dirigir la vida de los discípulos: una fe firme
y un servicio a los demás acompañado de la humildad.
Reflexiones
1ª) ¡Qué importante y
trascendental es la fe para el hombre!
¡Auméntanos la fe!. Podría
decirse que el conjunto de la liturgia de la palabra de hoy se centra en la fe.
Ya hemos recordado más arriba que pone en juego toda la riqueza del hombre que
se abre a Dios en una búsqueda y encuentro personal. En este encuentro, según
nos enseña la Escritura, el hombre descubre a un Dios que se le manifiesta, que
se le revela como luz y verdad que transforma la vida del hombre y le hace ver
su honda dignidad y realidad. Una fe como pregunta–respuesta interpersonal que
abarca la totalidad de la persona humana en su intimidad, de la que se subrayan
algunos aspectos peculiares. La Escritura es la historia del Dios que se
manifiesta al hombre y la respuesta que el hombre era invitado a dar a Dios. Y
también la Escritura nos muestra los fracasos acaecidos en este empeño. La
súplica, importante y decisiva, de los apóstoles habría que entenderla en este
marco y contexto. Son sabedores de las dificultades que conlleva la decisión de
seguir a Jesús. ¡Cuán difícil es abrirse a la fe! ¿No se nos antoja que cada
día resultará más difícil abrirse a la fe en medio de un mundo en rápida
evolución? ¿Es ésta toda la verdad? Las dificultades son grandes, pero Dios es
el Otro que está mucho más allá y mucho más cercano a la vez; trascendente y en
la intimidad del hombre. Un Dios desconocido y que el hombre necesita. La fe
siempre ha de ser una respuesta libre para que sea auténticamente humana.
2ª) ¡Hemos hecho lo
que teníamos que hacer!
Somos unos pobres siervos,
hemos hecho lo que teníamos que hacer. Esta breve parábola de Jesús, para
iluminar la actitud constante de servicio, ha sido hábilmente elegida e
introducida en el programa para el discipulado. Jesús conocía muy bien las
dificultades para realizar un servicio que fuera semejante al suyo. No
olvidemos que en tiempos de Jesús la comprensión que se tenía de un discípulo
(talmid), primera etapa del aprendizaje hacia la madurez y pleno dominio de la
doctrina de los sabios, es que aprende de su maestro no sólo las palabras o
doctrina sino también y, de manera muy especial, sus gestos y actitudes. Jesús
utiliza este esquema general y lo aplica a sus discípulos transformándolo:
exige la dedicación total a su persona en el seguimiento y esto era una
innovación en su tiempo. Ningún rabino podía exigir eso de sus discípulos. El
servicio a los demás, por tanto, tiene los mismos rasgos que el servicio
prestado por Jesús. Y el desarrollo de los acontecimientos mostrará que ese
servicio conduce hasta el don de la propia vida, como lo hizo el Maestro. Los
discípulos de Jesús han de estar en total disponibilidad para dar y servir. Y
Jesús subraya que el servidor que cumple su misión no debe esperar nada a
cambio.
Las exigencias del servicio
de Jesús son radicales. Y, sobre todo, centradas en Él. Se le sirve a Él
sirviendo a los hermanos. Él se encargará de repartir los premios como se ha
encargado de repartir los trabajos. Vivir de verdad pendiente de su Señor es la
más profunda alegría de sus siervos–amigos y hombres de confianza (Jn
15,14-15). Jesús les reveló que ya no serían siervos sino amigos suyos porque
participaban de todos los decretos recibidos del Padre. En un mundo, como el
nuestro, en que todo se mide por transacciones de todo género, estas palabras
parecen escandalosas. Y sin embargo siguen siendo vigentes. Hoy también los
discípulos de Jesús han de estar en estado de servicio permanente. Esta es la
novedad de Jesús entonces y ahora. Pero sus siervos entonces y ahora son sus
amigos que participan de verdad en su misión y participarán en su gloria. Este
testimonio de los discípulos de Jesús sería y convincente ante el mundo.
Fr. Gerardo Sánchez
Mielgo
Convento de Santo
Domingo. Torrent (Valencia)

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