Cuaresma. 4ª semana.
Sábado
DAR A CONOCER LA DOCTRINA DE JESUCRISTO
— La enseñanza de
Jesús. Cada cristiano debe dar testimonio de su doctrina.
— Imitar al Señor.
Ejemplaridad. No desaprovechar ni una sola ocasión.
— Diversidad de formas
de dar a conocer las enseñanzas de Jesús. Contar con las situaciones difíciles.
I. Este verdaderamente es el profeta que había de venir... Jamás ha hablado
nadie así1.
El Señor habla con gran sencillez de las cosas más profundas, y lo hace de modo
atrayente y sugestivo. Sus palabras eran comprendidas tanto por un doctor de la
ley como por los pescadores de Galilea.
La palabra de Jesús es grata y oportuna.
Insistía con frecuencia en la misma doctrina, pero buscaba las comparaciones
más adecuadas a quienes le oían: el grano de trigo que debe morir para dar
fruto, la alegría de encontrar unas monedas perdidas, el hallazgo de un tesoro
escondido... Y con imágenes y parábolas ha mostrado de modo insuperable la
soberanía de Dios Creador y, a la vez, su condición de Padre, que trata
amorosamente a cada uno de sus hijos. Nadie como Él ha proclamado la verdad
fundamental del hombre, su libertad y su dignidad sobrenatural, por la gracia
de la filiación divina.
Las multitudes le
buscaban para oírle, y muchas veces era necesario despedirlas para que se
marcharan. Cristo tiene palabras de vida eterna2,
y nos ha dejado el encargo de transmitirlas a todas las generaciones hasta el
fin de los tiempos.
También hoy las gentes
están sedientas de las palabras de Jesús, las únicas que pueden dar paz a las
almas, las únicas que enseñan el camino del Cielo. Y todos los cristianos
participamos de esta misión de dar a conocer a Cristo. «Todos los fieles, desde
el Papa al último bautizado, participan de la misma vocación, de la misma fe,
del mismo Espíritu, de la misma gracia... Todos participan activa y
corresponsablemente –dentro de la necesaria pluralidad de ministerios– en la
única misión de Cristo y de la Iglesia»3.
Es mucha la urgencia
de dar a conocer la doctrina de Cristo, porque la ignorancia es un poderoso
enemigo de Dios en el mundo y es «causa y como raíz de todos los males que
envenenan a los pueblos»4.
Esta urgencia es aún mayor en los países de Occidente, como ha señalado
repetidas veces el Papa Juan Pablo II: «Nos encontramos en una Europa en la que
se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la
que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregración de la familia
y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de
ideas y movimientos»5.
Cada cristiano debe ser testimonio de
buena doctrina, testigo –no solo con el ejemplo: también con la palabra– del
mensaje evangélico. Y debemos aprovechar cualquier oportunidad que se nos
presente –sabiendo también provocar, con prudencia, esas ocasiones– con
nuestros familiares, amigos, compañeros de profesión, vecinos; con aquellas
personas que tratamos, aunque sea por poco tiempo, con ocasión de un viaje, de
un congreso, de unas compras, de unas ventas...
Para quien desea
recorrer el camino hacia la santidad, su vida no puede ser como una gran
avenida de ocasiones perdidas, pues quiere el Señor que nuestras palabras se
hagan eco de sus enseñanzas para mover los corazones. «Es cierto que Dios
respeta la libertad humana, y que puede haber personas que no quieran volver sus ojos a la
luz del Señor. Pero mucho más fuerte, y abundante, y generosa, es la gracia que
Jesucristo quiere derramar sobre la tierra, sirviéndose –ahora como antes y
como siempre– de la colaboración de los apóstoles que Él mismo ha elegido para
que lleven su luz por todas partes»6.
II. Al poner por obra esta reevangelización, este apostolado de la doctrina,
tendremos que insistir con frecuencia en las mismas ideas, y nos esforzaremos
en presentar las enseñanzas del Señor en forma atrayente (¡nada hay más
atrayente!). El Señor espera a las multitudes que también hoy andan como ovejas sin pastor7,
sin guías y sin dirección, confundidas entre tantas ideologías caducas. Ningún
cristiano debe quedar pasivo –inhibirse– en esta tarea, la única verdaderamente
importante en el mundo. No caben las excusas: no valgo, no sirvo, no tengo
tiempo... La vocación cristiana es vocación al apostolado, y Dios da la gracia
para poder corresponder.
¿Somos verdaderamente
un foco de luz, en medio de tanta oscuridad, o estamos aún atenazados por la
pereza o los respetos humanos? Nos ayudará a ser más apostólicos y vencer los
obstáculos el considerar en la presencia del Señor que las personas que se han
cruzado en el camino de nuestra vida tenían derecho a que les ayudásemos a conocer
mejor a Jesús. ¿Hemos cumplido con ese deber de cristianos? Ojalá no puedan
reprocharnos –en esta vida o en la otra– que los hayamos privado de esa
ayuda: hominem non habeo8,
no he tenido quien me diera un poco de luz entre tanta oscuridad.
La palabra de Dios es
viva y eficaz, penetrante como espada de dos filos9,
llega hasta lo más hondo del alma, a la fuente de la vida y de las costumbres
de los hombres.
Cierto día –narra el
Evangelio de la Misa de hoy– los judíos enviaron a los guardias del Templo para
prender a Jesús. Cuando regresaron, y ante la pregunta de sus jefes: ¿Cómo no lo habéis
traído?, los guardias respondieron: Jamás nadie ha hablado así10.
Es de suponer que aquellos sencillos servidores estuvieron un rato entre la
gente, esperando el momento oportuno para prender al Señor, pero se quedaron
maravillados de la doctrina de Jesús. ¡Cuántos cambiarían la actitud si
nosotros lográramos dar a conocer la figura de Cristo, la verdadera imagen que
profesa nuestra Madre la Iglesia! ¡Qué ignorancia tan grande, después de veinte
siglos, la de nuestro mundo e incluso la de muchos cristianos!
San Lucas dice de
Nuestro Señor que comenzó a hacer y a enseñar11.
El Concilio Vaticano II enseña que la Revelación se llevó a cabo gestis verbisque, con obras y palabras
intrínsecamente ligadas12.
Las obras de Jesús son obras de Dios hechas en nombre propio. Y la gente
sencilla hacía comentarios: Hemos visto cosas increíbles13.
Los cristianos debemos
mostrar, con la ayuda de la gracia, lo que significa seguir de verdad a Jesús.
«Quien tiene la misión de decir cosas grandes (y todos los cristianos tenemos
esa dulce obligación de hablar de seguir a Cristo), está igualmente obligado a
practicarlas», decía San Gregorio Magno14.
Nuestros amigos, parientes, colegas de trabajo y conocidos nos han de ver
leales, sinceros, alegres, optimistas, buenos profesionales, recios, afables,
valientes... A la vez que con sencillez y naturalidad mostramos nuestra fe en
Cristo. «Se necesitan –dice Juan Pablo II– heraldos del Evangelio expertos en
humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus
gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean
contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes
evagelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente
el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para
evangelizar el mundo de hoy»15.
III. «Algunos no saben nada de Dios..., porque no les han hablado en términos
comprensibles»16.
De muchas maneras podemos dar a conocer amablemente la figura y las enseñanzas
de Jesús y de su Iglesia: con una conversación en la familia, participando en
una catequesis, manteniendo con claridad, caridad y firmeza el dogma cristiano
en una conversación, alabando un buen libro o un buen artículo... En ocasiones,
con el silencio que los demás valoran, o escribiendo una carta sencilla dando
las gracias a los medios de comunicación social por un trabajo acertado...
Siempre hace bien a alguien, quizá de un modo que nunca pudimos sospechar. En
cualquier caso, cada uno debemos preguntarnos en este rato de oración: «¿cómo
puedo ser más eficaz, mejor instrumento?, ¿qué rémoras estoy poniendo a la
gracia?, ¿a qué ambientes, a qué personas podría llegar, si fuera menos cómodo
–¡más enamorado de Dios!– y tuviera más espíritu de sacrificio?»17.
Hemos de tener en cuenta que muchas
veces tendremos que ir contra corriente, como han ido tantos buenos cristianos
a lo largo de los siglos. Con la ayuda del Señor, seremos fuertes para no
dejarnos arrastrar por errores en boga o costumbres permisivas y libertinas,
que contradicen la ley moral natural y la cristiana. Y también entonces
hablaremos de Dios a nuestros hermanos los hombres, sin perder una sola
oportunidad: «Veo todas las incidencias de la vida –las de cada existencia
individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de la historia–
como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten
con la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para
anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras ayudados por la gracia, el
Espíritu al que pertenecemos (Cfr. Lc 9, 55).
»Cada generación de
cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita
comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de
darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción
del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino.
A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo
del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio»18.
Siempre, y de modo
especial en las situaciones más difíciles, el Espíritu Santo nos iluminará, y
sabremos qué decir y cómo nos hemos de comportar19.
NOTAS:
1 Jn 7,
46.
2 Jn 6,
58.
3 A. del Portillo, Fieles y
laicos en la Iglesia, EUNSA, Pamplona 1969, p. 38.
4 Juan XXIII, Enc. Ad
Petri cathedram, 29-VI-1959.
5 Juan Pablo II, Discurso,
6-XI-1981.
6 A. del Portillo, Carta
pastoral, 25-XII-1985, n. 7.
7 Mc 6,
34.
8 Jn 5,
7.
9 Heb 4,
12.
10 Jn 7,
45-46.
11 Hech 1,
1.
12 Conc. Vat. II, Const. Dei
Verbum, 2.
13 Lc 5,
26.
14 San Gregorio Magno, Regla
pastoral 2, 3.
15 Juan Pablo II, Discurso al
Simposio de Obispos Europeos, 11-X-1985.
16 San Josemaría Escrivá, Surco,
n. 941.
17 A. del Portillo, Carta
pastoral, 25-XII-1985, n. 9.
18 San Josemaría Escrivá, Es Cristo
que pasa, 132.
19 Cfr.
Lc 12, 11-12.
hablar con Dios