Am. 7, 10-17.
Dios es quien nos ha confiado el anuncio del Evangelio. Esto no es
motivo de gloria para nosotros, mucho menos un modo de vivir, como
queriendo sacar de esa labor el sustento de cada día.
Ciertamente
sufriremos escarnios, burlas y persecuciones; mas no por eso vamos a
dar marcha atrás en el fiel cumplimiento de la misión que el Señor nos
ha confiado.
Tal
vez muchas conciencias instaladas en el pecado nos vean como gente
incómoda para ellos tanto por el anuncio como por el testimonio personal
que demos del Evangelio. Tal vez quieran silenciarnos y alejarnos de su
presencia para evitar el ser cuestionadas acerca de sus propios actos.
Sin embargo en medio de todo lo que tengamos que padecer por el
Evangelio, que es Cristo, debemos denunciar el mal que hay en el mundo y
anunciar un camino nuevo, iniciado con la conversión y que culminará en
la plena unión y comunión con Cristo.
No
hagamos de nuestra Iglesia una comunidad de mudos, sino de profetas que
proclamen el camino de salvación desde su propia experiencia de Cristo
Jesús.
Sal. 19 (18).
Dios nos instruye mediante su Palabra. Quien lo escucha, quien medita
en su corazón la Palabra de Dios, quien la pone en práctica se convierte
en un sabio que, saboreando, gustando, viviendo la Palabra de Dios, la
puede comunicar a los demás como algo que no sólo se ha estudiado, sino
que se ha encarnado en la vida de quien la transmite.
Ojalá
y busquemos la Palabra de Dios para vivir conforme a ella. Ojalá y la
valoremos mucho más que cualquier piedra preciosa; ojalá y que la
deseemos mucho más que cualquier otro manjar apetecible.
En
Cristo la Palabra de Dios se hizo cercana a nosotros, se hizo parte de
nuestra historia; tomó nuestra misma naturaleza y la llevó a su
perfección.
Busquemos
a Cristo no sólo par ser instruidos por Él, sino para caminar tras sus
huellas hasta llegar a su misma perfección de Hijo de Dios para ser,
junto con Él, coherederos de la vida eterna.
Mt. 9, 1-8.
No podemos basar nuestra fe sólo en la búsqueda de milagros. Aun la
misma recuperación de la salud no es tan importante en la vida del
creyente, pues finalmente algún día tendrá, de una u otra forma, que
terminar nuestra peregrinación por este mundo.
Jesús
hacía curaciones, e incluso resucitaba muertos. Pero lo que Él buscaba
no era sólo hacer esos beneficios corporales a sus discípulos y a toda
gente que, confiando en su poder milagroso, acudía a Él. Él espera que
se despierte la fe en sus oyentes. Él no vino a prolongarnos la vida
terrena. Él ha venido para salvarnos, para perdonarnos nuestros pecados,
para levantarnos de nuestros lechos de parálisis espiritual, y hacernos
caminar como testigos del Reino, primero en nuestra propia casa y
después hasta el último rincón de la tierra.
Abramos
nuestros oídos y nuestro corazón para que, escuchando su voz,
aprendamos en todo a hacer su voluntad y a dejarnos formar como testigos
suyos que proclamen el amor y el poder salvador de Dios a la humanidad
entera.
Por
medio del Misterio Pascual de Cristo hemos sido salvados de todo mal,
pues el Señor se ha levantado victorioso sobre el autor del pecado y de
la muerte.
Mediante
nuestra comunión de vida con Cristo, nosotros hacemos nuestra su
Victoria. Él nos perdona nuestros pecados y nos conduce sanos y salvos a
su Reino celestial. Por eso, contritos y humillados, acudimos a esta
Celebración Eucarística, con la esperanza cierta de ser perdonados por
Dios.
No
venimos a escuchar la Palabra de Dios como discípulos olvidadizos, sino
como discípulos fieles, guiados por el Espíritu del Señor para estar en
todo dispuestos a hacer su voluntad.
Dejémonos
cuestionar por la Palabra de Dios; dejemos que Dios realice su obra
salvadora en nosotros; dejemos que el Señor nos levante y nos ponga en
camino como testigos suyos.
La
Iglesia ha recibido la Misión de proclamar el Evangelio de salvación a
la humanidad de todos los tiempos y lugares. Por eso, si somos fieles al
Señor, no podemos dejar de cumplir el encargo que el Señor nos ha
hecho.
Muchas
veces seremos incomprendidos, perseguidos, amenazados incluso de
muerte. El Señor nos dice: Dichosos ustedes cuando los insulten,
persigan y maldigan por causa mía; alégrense y salten de contento, pues
sus nombres están inscritos en el Reino de los cielos.
No
perdamos la conciencia de que nosotros servimos a Dios y no a los
poderosos de este mundo. No somos asalariados, sino pastores puestos al
servicio de la humanidad entera para buscar todo lo que se había
perdido, y para salvarlo aún a costa de la entrega de nuestra propia
vida.
Unidos
a Cristo no tengamos miedo; antes bien cobremos ánimo contemplando a
Aquel que ya ha vencido al mundo. Seamos portadores de la salvación;
seamos portadores de la esperanza que levante a los decaídos; seamos
fortaleza para las manos cansadas y para las rodillas vacilantes.
No seamos ocasión de tropiezo para los demás.
Impulsemos la vida y no la muerte.
Roguémosle
al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María,
nuestra Madre, la gracia de saber dar un fiel y comprometido testimonio
de nuestra fe haciendo el bien a todos en Nombre de Cristo Jesús, Señor
nuestro.
Amén.
Homiliacatolica.com

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