Reflexión de la Primera Lectura: Éxodo 20, 1-17. La Ley se dio por medio de Moisés
EL PUEBLO NO TENDRÍA MUY CLARO QUE HUBIERA UN "ÚNICO" DIOS, PERO LO QUE SÍ SE QUIERE DEJAR CLARO ES EL MONOTEÍSMO PRÁCTICO: A ISRAEL SOLO LE INTERESA YAHVÉ Y NO PRESTA ATENCIÓN A NINGUNA OTRA DIVINIDAD.
El primer mandamiento será la característica decisiva de la fe de Israel; no se ha llegado aún al monoteísmo teórico de los profetas, y probablemente el pueblo no tenía muy claro que hubiera un "único" Dios, pero lo que sí se quiere dejar claro aquí es el monoteísmo práctico: a Israel sólo le interesa Yahvé y no presta atención a ninguna otra divinidad, sea del tipo que sea, y puestos a hacerlo del todo inmanipulable, de su Dios nunca hará imágenes.
ALIANZA/DON ALIANZA/EXIGENCIA.
El texto del Decálogo (cf. 5. 6-21) nos suena a algo conocido desde nuestra época de catecismo; mientras el pueblo espera al pie del monte Sinaí, el Señor entrega a Moisés las "diez palabras". Pero los hechos no fueron tan sencillos; hoy se da como cierto que los diez mandamientos no tuvieron su origen histórico en este monte. Su proceso de formación fue algo muy complejo.
En el actual libro del Éxodo, el Decálogo queda encuadrado en un contexto de Alianza, el pacto del Sinaí (cap. 19-24). Este término evoca algo jurídico, y hoy, época tan antijurídica, nos cae un poco gordo. Pero si lo analizamos en profundidad, descubriremos su gran riqueza. El término "alianza" sirvió, en aquella época cultural, para expresar las mutuas relaciones entre el rey soberano y los reyes vasallos, y fue adoptado en la Biblia para indicar las profundas y mutuas relaciones entre el gran rey Yahvé y su pueblo Israel. En su realidad profunda, el término evoca a un Dios amoroso que sale al encuentro de Israel y, porque quiere, lo hace pueblo suyo. Así la alianza es:
UN DON DE DIOS: el Señor irrumpe en la historia del pueblo. No es el Dios abstracto de la metafísica sino el liberador (v. 2).
El don o gracia precede a toda exigencia humana. Es curioso observar cómo nuestros catecismos se olvidaron de un aspecto tan importante en la alianza.
2)Y este Dios que sale al encuentro del hombre, le interpela. Son las EXIGENCIAS de la alianza que pueden reducirse, como dijo Cristo, a dos: amar a Dios y al prójimo (Mc 10. 17-22; 12. 29-34; Lc 18. 18-22; Ga 5. 14; Rm 13. 8-20). Cristo no intenta abolir el decálogo, sino que ataca toda postura que se contenta con las obras externas sin exigir una transformación interna de la persona.
La alianza no es algo estático; es un don que exige un esfuerzo diario. Por eso se renueva frecuentemente en un marco cúltico. La comunidad, libremente -la alianza es un don de Dios que libera- se compromete a cumplirla (cf. 19. 8; Jos 24.). Una de las exigencias de la misma era su consignación por escrito. El Decálogo es uno de estos documentos, pero no el único, e Israel lo pondrá en relación con el pacto del Sinaí. De ahí su colocación actual.
DECALOGO/MDTS: El Decálogo es la esencia de la alianza, la gran ley comunitaria de amor a Dios y al prójimo. El judaísmo exagerará el aspecto jurídico externo y todo lo reducirá al mero cumplimiento, a la acumulación de obras. Olvidaron que la alianza, en su realidad profunda, es don y respuesta de amor. Por eso los profetas, profundizando en esa relación amorosa, nos lo presentarán con imágenes más sugestivas: el amor entre esposo-esposa. padre-hijo.
El decálogo (esto es, "las diez palabras") es un código en el que se recogen las cláusulas del pacto o alianza del Sinaí. De él conocemos otra versión gracias al Deuteronomio (/Dt/05/06-22), pero las diferencias entre ambas redacciones son muy pocas, y hay que pensar, por ello, que procede de un mismo original. En cambio, los mandamientos, tal y como nosotros los aprendemos del catecismo, aunque recogen evidentemente la sustancia del decálogo, no se encuentran explícitamente en la Biblia.
Se ha observado que el decálogo presenta la misma estructura y distribución que los pactos de los hititas. Podemos distinguir en su redacción los siguientes miembros: a) una introducción: "Yo soy el Señor, tu Dios"; b) un prólogo histórico: que te saqué de Egipto, de la esclavitud"; c) las estipulaciones o cláusulas del pacto, la primera de carácter general (vv. 3-6) y las restantes más particulares (6-17). El documento del pacto o de la alianza, en nuestro caso las Tablas de la Ley, se depositaba y guardaba en el santuario.
En el "prólogo histórico" se informa sobre la motivación teológica de la alianza: el pueblo que ha sido puesto en libertad de la esclavitud de Egipto, puede ahora pactar libremente con Yavé, su libertador. Puede y es conveniente.
v. 3: Puede traducirse también así: "No tendrás otros dioses en mi presencia" En ambos casos no sólo se excluyen otros dioses y se afirma el monoteísmo, sino que se supone la presencia de Yavé en medio o delante de su pueblo. Tal presencia elimina el culto a divinidades intermedias, que no son necesarias, en absoluto.
v. 4: La prohibición de fabricar ídolos e incluso imágenes de Yavé es un hecho sin precedentes en la historia de las religiones. Sin embargo, sabemos que en Israel estuvieron permitidas algunas imágenes religiosas, p. e., los dos querubines que cubrían el Arca con sus alas (Ex 25, 18-20).
v. 6: Frecuentemente se compara la relación existente entre Yavé e Israel, a la que mantiene un esposo con su esposa. En este supuesto, se comprenden los celos de Yavé cuando Israel se prostituye al dar culto a los ídolos. Entonces castiga el pecado de los padres en los hijos hasta la tercera generación. En cambio, es misericordioso, por mil generaciones, cuando él cumple los preceptos de Yavé y se atiene a las cláusulas de la alianza.
Nuestra concepción individualista del "sálvese quien pueda" nos impide comprender esta solidaridad para bien o para mal entre las generaciones de Israel. Sería igualmente falso afirmar dicha solidaridad de manera que, dentro de un fatalismo histórico, resultara imposible la salvación de los hijos y el ejercicio de su responsabilidad personal. En este sentido el profeta Ezequiel supone un progreso cuando escribe: "El hijo que ve todos los pecados que ha cometido su padre, que los ve sin imitarlos..., no morirá a causa de las culpas de su padre" (Ez 18, 14 y 17). Ambos textos se completan.
v. 7: Se prohíbe el perjurio, el falso testimonio, y el abuso del nombre de Dios. La Vulgata traduce "el nombre de Dios en vano", con lo cual se prohíbe también la frivolidad que lleva a pronunciar el nombre de Dios sin ton ni son; pero lo más grave es la utilización del santo nombre de Dios para encubrir interesadamente la mentira. Los que utilizan así el nombre de Dios no lo pronuncian ciertamente "en vano", sino en provecho propio, que es la mayor perversión y la peor blasfemia. Estos se sirven de la religión para sus intereses bastardos.
v. 11: Mientras aquí sólo se indica la motivación religiosa del precepto sabático, en la versión del Deuteronomio (5, 14) se descubre también su motivación humanitaria y social.
v. 17: "Codiciar" significa en el contexto algo más que un deseo; es un intento de apropiarse de lo que pertenece a la "casa" del prójimo. En realidad, lo que se prohíbe es una acción exterior; pero Jesús interiorizará la ley mosaica y se prohibirá incluso la codicia del corazón y el deseo del adulterio.
Reflexion del Salmo 18. “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”
El salmo 18 mezcla dos tipos de salmo, lo que ha llevado a mucha gente a dividirlo en dos. De hecho, del versículo 2 al 7 tenemos un himno de alabanza, sin ningún tipo de introducción. Aquí, el cielo y el firmamento, el día y la noche cantan —en silencio— las alabanzas de quien los creó. Se trata, por tanto, de un himno de alabanza al Dios creador. Pero la segunda parte (8-15) es de estilo sapiencial y presenta una reflexión sobre la ley del Señor.
Lo que hemos dicho hasta ahora puede ayudarnos a ver cómo está organizado el salmo 19. Tiene dos partes, con estilos diferentes: 2-7 y 8-15. En la primera (2-7) tenemos una solemne alabanza al Creador del universo: el cielo, el firmamento, el día, la noche y, sobre todo, el sol, proclaman, sin palabras, la gloria de quien los creó. La alabanza silenciosa es lo más importante, pues viene a demostrar que las palabras no son capaces de expresar todo lo que se siente. El sol es comparado con el esposo que sale de la alcoba y con un atleta que recorre el camino que se le ha señalado.
En la segunda parte (8-15) encontramos un poema sapiencial cuyo tema central es la ley del Señor, a la que se designa también como «testimonio» (8b), «preceptos» 9a), «mandamiento» (9b), «temor» (10a) y «decretos» (10b) son seis términos que se emplean para indicar básicamente la misma realidad. Al lado de cada una de estas palabras se repite el nombre propio de Dios: «el Señor» —Yavé en el original hebreo— (en esta segunda parte, este nombre aparece siete veces) y también un adj etivo: «perfecta», «veraz», «rectos», «transparente», «puro», «verdaderos». Después de cada una de estas afirmaciones se presenta a la persona o realidad que se beneficia de los efectos de la ley: el alma descansa (8a), el ignorante es instruido (8b), el corazón se alegra (9a), los ojos reciben luz (9b). Todo esto se resume en dos comparaciones: la ley es más preciosa que el oro más puro (es decir, más que lo más valioso que existe) y más dulce que la miel (la miel es lo más dulce que hay). Con otras palabras, este poema afirma que la ley es lo más valioso y lo más dulce que existe (11).
Esta segunda parte puede, a su vez, dividirse en otras dos. Después de presentar el elogio de la ley perfecta, lo más precioso y lo más dulce que hay, el salmista se contempla a sí mismo viéndose imperfecto, impuro, arrogante y pecador (12-14), y concluye expresando un deseo: que las palabras de este salmo, en forma de meditación, le agraden al Señor, su roca, su redentor (15).
La primera parte de este salmo (2-7) presenta una tensión. De hecho, casi todos los pueblos vecinos de Israel consideraban al sol y a los astros como dioses. Para el salmista, el cielo y el firmamento son como una especie de gran tejido en el que Dios ha dejado impresos algunos signos de su amor creador. En silencio, las criaturas hablan de la grandeza de su Creador. Cada día le entrega al siguiente una consigna; lo mismo que cada noche a la posterior: han de ser anunciadores silenciosos del amor del Creador. Aun sin usar palabras, su mensaje silencioso llegará hasta los límites del orbe. Todos los días y todas las noches proclaman siempre la misma noticia.
El sol no es Dios, sino una criatura de Dios. En aquel tiempo, se creía que el astro rey giraba alrededor de la tierra. Por eso se suponía que, por la mañana, salía de la tienda invisible que Dios había levantado para él en Oriente como el esposo de la alcoba, para recorrer su órbita como un héroe o un atleta, hasta entrar de nuevo en su tienda en Occidente. Como el esposo, porque es sinónimo de fecundidad; como un héroe, porque nada ni nadie escapa a su calor; como un atleta, porque nadie lo puede detener.
La segunda parte (8-15) también esconde una tensión con las «naciones». De hecho, para Israel, el gran don insuperable que Dios le ha comunicado a Israel se llama «ley». Por medio de ella dejó perfectamente claro en qué consistía su proyecto y cuáles eran las condiciones para que Israel fuera su socio y aliado. ¿Qué es lo que tiene Israel que ofrecerles a las naciones? Una ley perfecta y justa, fruto de la alianza con un Dios cercano: «En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos corno esta ley que yo os propongo hoy?» (Dt 4,7-8).
Después de hablar de la perfección de la ley, el salmista piensa en la propia fragilidad (12-15). La ley es útil para la instrucción y el provecho del fiel. Pero él se siente pequeño. La ley es perfecta, él es imperfecto. La ley es pura como el oro fino, pero él tiene que ser purificado de las faltas que haya podido cometer sin darse cuenta. El problema principal consiste en la posibilidad del orgullo o la arrogancia que, dominando a la persona, vuelven responsable al individuo de las transgresiones más serias, del «gran pecado».
En este salmo hay dos imágenes muy intensas: la del Dios de la Alianza (8-15), que hace entrega de la ley a su pueblo, y la del Dios Creador, reconocido como tal por sus criaturas en todo el orbe (2-7).
El Nuevo Testamento vio en Jesús el cumplimiento perfecto de la nueva Alianza; Jesús es aquel que permite ver de manera perfecta al Padre (Jn 1,18; 14,9). Jesús alaba al Padre por haber revelado sus designios a los sencillos (Mt 11,25) e invitó a aprender, de los lirios del campo y de las aves del cielo, la lección del amor que el Padre nos tiene (6,25-30).
La primera parte de este salmo nos ayuda a rezar a partir de la creación, a contemplar en silencio el mensaje que nos viene de las criaturas. Es un salmo ecológico o cósmico. La segunda parte nos hace entrar en comunión con el proyecto de Dios presente en la Biblia, con el mandamiento del amor. Nos hace también pensar en nuestra propia fragilidad. Es un salmo que puede y debe ser rezado cuando queremos librarnos de la arrogancia y del orgullo...
Reflexión de la Segunda lectura: 1 Corintios 1,22-25. Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios
SIGNO-FIDELIDAD.
Frente a la concepción judía de la vida basada en la verificación empírica (las señales) o la griega basada en la razón autosuficiente (el saber), la concepción cristiana presenta un Mesías crucificado. ¿Religión masoquista? En este caso los juicios judío y griego estarían en lo cierto. Pero en la concepción cristiana del Nuevo Testamento la cruz no está vista como medio intencionado de santificación, sino como instrumento injusto de suplicio. Desde una perspectiva histórica, la muerte de Jesús es obra de unos poderes absolutos, civiles y religiosos: la metafísica imperial romana con su pretensión de ofrecer una salvación y una paz para todos los hombres por medio del emperador: la religión de la ley con la pretensión de ser el camino único hacia Dios, estableciendo el esfuerzo personal y las instituciones religiosas derivadas de él como fuente de salvación para el hombre.
En su vida y desde su vida Jesús cuestionó estos poderes y por eso lo liquidaron, porque el poder con pasión de absoluto no tolera cuestionamiento ni rivalidades. Pero con ello, la cruz se convertía en el signo fehaciente de una fidelidad incontrovertible al Padre y a los hermanos. Por eso, para los que creen (=los llamados) el Mesías crucificado es la fuerza y el saber de Dios, y éstos no son otros que el amor incondicionado.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn. 15, 13).
Desde el punto de vista de los judíos, los hombres se dividen en dos grupos: ellos y los otros, esto es; los griegos, o gentiles; pero Pablo predica a todos un mismo evangelio, que él presenta como fuerza y sabiduría de Dios, que revela en medio de la debilidad de la cruz de Cristo. Sin embargo, en Corinto no lo comprenden, mientras unos, los procedentes del judaísmo, siguen a Pedro y admiran los "signos" que realiza, otros, los "griegos", se dejan arrastrar por la sabiduría de Apolo. Unos y otros han caído en el culto a la personalidad (cf. 1, 11ss) y en el olvido del evangelio de la cruz de Cristo, por lo que andan divididos.
Pablo insiste de nuevo en esta carta predicando el evangelio de Cristo crucificado, que es lo único que puede unir a los creyentes por encima de todos los partidismos.
Este evangelio de la cruz de Cristo contradice igualmente la mentalidad de los judíos y la de los griegos: La milagrería de los judíos, unida estrechamente a su concepción política y triunfalista del mesianismo que Jesús había rechazado (cfr. Mt 12, 38-42; Lc 11, 29-32; Jn 4, 48), era un obstáculo muy serio que les impedía aceptar la debilidad de la cruz, en la que veían un escarnio nacional y un escándalo intolerable. De otra parte, los griegos, autosuficientes y engreídos por su sabiduría humana, rechazaban como bárbara necedad la fe en Cristo, muerto y resucitado para la salvación de los hombres.
Dios se reveló a los judíos con brazo fuerte a partir de la salida de Egipto y a lo largo de toda la historia de Israel y mostró su divina sabiduría a los gentiles que pueden verla en las obras de la creación. (Rom 1, 20); pero ni los unos ni los otros le reconocieron, de manera que "tanto judíos como griegos están todos bajo pecado" (Rom 3, 10). Por fin, Dios ha querido manifestarse a judíos y griegos revelando su fuerza y sabiduría en la debilidad y en la necedad de la cruz de Cristo. La pena es que los judíos sigan aún exigiendo signos y los griegos buscando sabiduría, siendo así que todos han sido convocados para hallar en Cristo crucificado la misma fuerza y sabiduría de Dios.
Reflexión primera del Santo Evangelio: Jn 2, 13-15. Derriben este santuario, en tres días lo reconstruiré
El episodio de la purificación del templo reviste una importancia singular en el evangelio de Juan: abre la predicación de Jesús; acontece al acercarse la fiesta “grande”: toda la vida de Jesús está jalonada por él calendario de fiestas antiguas, y él las llenará de un cumplimiento pleno y definitivo al revelarse como “nuestra pascua” (1 Cor 5,7). La pascua de los judíos debía celebrarse en el templo, con el sacrificio de víctimas, para conmemorar las obras maravillosas de Dios en la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto.
En el relato de San Juan, Jesús, entrando en el templo, expulsa no sólo a los vendedores —como narran los sinópticos—, sino también a corderos y bueyes, declarando así ser él la verdadera víctima. Con su gesto cumple la profecía de Zacarías: “En aquel día (el día de la revelación definitiva) no habrá ya traficantes en el templo del Señor de los ejércitos” (14,21). Jesús da cumplimiento a las Escrituras (v. 17) y proclama a la vez su divinidad, con poder de resucitar: “Destruid este templo y, en tres días, lo levantaré” (v. 19). La narración llega aquí a su culmen: en contraposición con el templo antiguo y el antiguo culto abandonados por Dios a causa de la infidelidad y las profanaciones (cf. Ez 1O, 18ss), el cuerpo de Cristo resucitado se convertirá en el nuevo templo (v 1-21) para un nuevo culto “en espíritu y en verdad” (cf. 4,23).
La vida fraterna es la piedra de toque de la autenticidad de nuestra escucha de la Palabra de Dios y de nuestra respuesta a su amor eternamente fiel. Esta Palabra no es anónima; tiene un rostro inconfundible, el rostro de Jesús de Nazaret, el Crucificado resucitado, aparecido primero a los suyos y luego a Pablo en el camino de Damasco.
Para acogerla como nuestra sabiduría, se nos pide también a nosotros, como en otro tiempo a los judíos y a los griegos, abandonar una lógica puramente humana para seguir con fe el camino de la cruz. Y esto no sólo una vez, únicamente en eventuales circunstancias extraordinarias, sino en cada momento, en la vida cotidiana personal y familiar, comunitaria y social. Aquí los tradicionales diez mandamientos, resumidos en el “mandamiento nuevo” consignado por Jesús a los suyos en la última cena, se traducen en gestos y palabras, pensamientos y sentimientos. No pretendamos que Jesús nos dé otros “signos”, porque no se nos darán, pues no hay otro signo más elocuente que su amor por nosotros hasta aceptar la muerte en cruz, hasta hacerse eucaristía en el altar.
Reflexión segunda del Santo Evangelio Jn 2, 13-25. La purificación del Templo.
En las películas sobre la vida de Jesús, a los directores les gusta rodar esta escena. Encuentran la ocasión para mostrar cómo Jesús, imagen de la mansedumbre, se transforma en un profeta del Antiguo Testamento que, con voz que truena y con un látigo de cuerdas, expulsa a los vendedores del templo. La situación debía ser muy tensa. No podemos imaginarnos que los vendedores se hubiesen ido con sus puestos, si alguien les hubiese pedido pacíficamente que se alejaran; para que eso sucediese era quizá necesario que tuviesen miedo. Si esa escena les gusta a los directores cinematográficos, a los Padres de la Iglesia la escena les produce perplejidad. Ellos sostenían la necesidad de la paz estoica y consideraban la ira como una pasión peligrosa que expone al hombre a actos desconsiderados. Si te irritas —escribe un estoico— puedes matar tanto una gallina como a tu padre, si uno de los dos no te deja ni a sol ni a sombra. El hombre furioso no razona, actúa por impulso, sin controlarse. La medicina que los filósofos señalan contra la ira, la denominan con el término «apatía», el estado de ánimo del hombre que ha mortificado la pasión y no manifiesta exteriormente que algo le desagrada, mostrándose siempre igual.
Sin embargo, el problema no es tan fácil como parece. ¿Debemos considerar cada emoción, cada ardor de los sentimientos como una pasión peligrosa? En el lenguaje moderno, el hombre «apático» no es un hombre ideal. Se lo ve como aquel que, si no se irrita, tampoco se entusiasma por el bien. ¿Sería ideal no irritarse viendo a alguien realizar un mal en nuestra presencia?
Por eso la moral cristiana aprendió a distinguir. Existen pasiones orientadas al bien y pasiones orientadas al mal. Las primeras son loables pero se deben controlar. Las pasiones naturales se pueden comparar a caballos llenos de vigor. Si se guían bien, sirven para recorrer el camino, pero si se pierde su control, nos llevan fuera del camino.
Entonces, también la ira puede ser una pasión buena o mala. La moral distingue una ira justa y otra injusta. ¿Cuál es la ira justa? Según los autores antiguos, es justa la ira contra los demonios, no contra los hombres. En otros términos: está bien irritarse contra el mal como tal pero no contra los hombres.
No hay duda de que la ira de Jesús era justa. ¿Contra qué se había enardecido? Los autores medievales hablan, en esta ocasión de simonía, el comercio de las cosas sagradas, muy difundido en aquellos tiempos. Algunos querían adquirir con dinero los cargos eclesiásticos, incluso la ordenación sacerdotal o episcopal. Alguno exageró en sentido opuesto, como, por ejemplo, el fundador de los Hermanos Boemi, que quería considerar no cristiana toda forma de comercio. Por eso los moralistas de hoy hacen algunas distinciones. Trabajar como comerciante es hacer un trabajo como otro y, si se realiza honestamente, santifica al hombre cristiano, Sin embargo, encontramos también casos particulares: el comercio de rosarios bendecidos o de cálices para celebrar la Misa. ¿Se pueden vender? La respuesta es simple: sí, pero al mismo precio de aquellos que no están bendecidos. El cáliz no debe costar más de lo que costaría un cáliz igual, del mismo material y de la misma hechura que no se utilice para celebrar la Misa. El precio debe ser como el de los objetos semejantes utilizados para un «uso profano».
Lo mismo se debe tener en cuenta respecto al trabajo sacerdotal. Al sacerdote que enseña, le pagan porque hace lo mismo que los otros profesores. Su sueldo no es mayor por enseñar la doctrina cristiana. El mismo criterio vale también para otros casos.
Los exégetas modernos, para explicar la escena evangélica en la que Jesús expulsa a los vendedores del templo, no se limitan sólo al aspecto moral del acontecimiento. Es importante verlo en el contexto de la historia bíblica. No se trata solamente de «limpiar» el espacio sagrado del ruido que impide la oración y de la posible deshonestidad de los vendedores, Lo que escandalizó a los fariseos fue la circunstancia en la que Jesús se apropió de la autoridad sobre el templo de Jerusalén, el lugar más sagrado para los judíos. El templo implica un concepto religioso. Es el lugar en el que se supone que habita la divinidad, que en un cierto modo está relacionada con el templo y también limitada por aquel lugar. Dios está en el templo. Los hombres, para rezarle o llevarle dones, deben ir al templo. Ya que esta opinión estaba difundida generalmente entre los pueblos, el Dios de Israel, al principio, era contrario a la construcción de un santuario. El demuestra a los hombres que está presente en todas partes y que protege a sus elegidos en todos sus pasos. Pueden recurrir a Él en todo lugar, incluso en la profundidad del mar, como lo muestra la historia de Jonás. Sin embargo, al final Dios permitió a su pueblo construir el templo de Jerusalén y le prometió que la oración que allí realizasen le agradaría particularmente y que aquel lugar llegaría a ser santo.
No obstante, el templo, como otras cosas en el Antiguo Testamento, era prefiguración de una nueva realidad que debía venir en el Nuevo Testamento. En la nueva economía, el lugar privilegiado donde Dios habita es la persona de Jesucristo. En la purificación del lugar sagrado de Jerusalén, Jesús demostró su autoridad sobre el templo. Sin embargo, lo demostrará aún más evidentemente en su muerte, cuando el velo del templo se rasgue (cf Mt 27,51) y más tarde cuando todo el templo sea destruido. Desde aquel momento todos deben creer que en Él mismo habita la plenitud de la divinidad (cf Col 1,19).
El es también la cabeza del Cuerpo Místico. Todos los creyentes participan de su Espíritu. Por lo tanto, como afirma san Pablo, sus almas también son la morada de Dios. Este pensamiento fue desarrollado particularmente por los autores místicos: como el templo santifica la ciudad, así el alma humana está llamada a santificar el ambiente en el que vive. La Jerusalén celeste no tendrá un templo, porque toda la ciudad celeste-terrestre será santificada por la presencia de Cristo, que vendrá en la gloria. De la misma manera, también el ambiente en el que vive un cristiano debe ser santificado a través de su presencia, por el Espíritu Santo que está presente en su corazón. En las biografías de los monjes se lee que iban a los lugares donde se creía que había fuerzas malignas, para purificar aquellos lugares de los demonios. Hoy, por así decir, los demonios habitan más en la ciudad que en los lugares desiertos. Sin embargo, creemos que los cristianos son capaces de purificar también la ciudad, para que al final todo el mundo llegue a ser un templo puro de Dios.
Reflexión tercera del Santo Evangelio Jn 2, 13-25 La expulsión de los mercaderes del templo
El evangelio nos presenta la expulsión de los mercaderes del templo. Jesús manifiesta su respeto por la casa de Dios, la casa de su Padre, y dice: «No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado»; a continuación, da una respuesta a los judíos que se refiere a su misterio pascual.
Dios empieza en el Decálogo recordando que hizo salir a su pueblo del país de Egipto; por tanto, recordando los grandísimos beneficios que ha procurado a su pueblo. En la base de todo el Decálogo se encuentra esta generosidad de Dios, algo que el Decálogo intenta difundir en nuestra vida.
En primer lugar, es preciso respetar a Dios, estar llenos de un profundo respeto por él, reconociéndole como el único Señor. De ahí que haya que rechazar todos los cultos falsos, los cultos de los ídolos. Nosotros nos sometemos fácilmente a los ídolos. El dinero, en particular, puede convertirse en un ídolo que adquiere más importancia en nuestra vida que el mismo Dios.
En el evangelio Jesús vuelca las mesas de los cambistas y dice: «No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado». De este modo indica que se debe rechazar el ídolo con la mayor firmeza.
Esta enseñanza de Cristo siempre es actual, no sólo para las personas particulares, sino también para las comunidades y las sociedades en su totalidad, que, lamentablemente, se basan con frecuencia en la búsqueda del dinero y del poder, en vez de basarse en la búsqueda de la justicia, de la paz y del amor.
Jesús nos pide que no tengamos ningún ídolo, y nosotros debemos examinarnos durante la Cuaresma para ver si tenemos ídolos, es decir, realidades a las que damos culto y a las que nos sometemos de una manera indebida en nuestra vida. Juan nos dice al final de su Primera carta: «Hijitos, guardaos de los ídolos» (1 Jn 5,21). El ídolo es un mal que amenaza siempre nuestra existencia y nos impide vivir una vida bella en la justicia, en la paz y en el amor.
Los primeros mandamientos del Decálogo se refieren a nuestra relación con Dios, los otros a nuestra relación con el prójimo. El Decálogo expresa las condiciones indispensables para establecer una relación positiva con Dios. No es posible vivir en comunión con él si no le respetamos a él y si no respetamos los derechos de nuestros hermanos: quien mata, quien comete adulterio, quien roba, quien emite un testimonio falso, quien tiene malos deseos, no puede establecer una relación buena con Dios.
Nosotros estamos hechos para vivir en comunión con Dios. Esta vocación nuestra es una realidad maravillosa, algo que debemos saber apreciar. En efecto, no hay nada en el mundo que pueda tener la misma importancia. La comunión con Dios y el estar en sintonía con su amor son las cosas más importantes de nuestra vida.
La comunión con Dios constituye la realidad fundamental para Jesús. Él vive completamente para el Padre, hace siempre la voluntad del Padre, busca difundir el amor del Padre. Por eso, como vemos en el episodio evangélico de hoy, Jesús difunde también el respeto a la casa del Padre.
«El celo de tu casa me devora». Los discípulos se sirven de estas palabras del salmo para interpretar el gesto de Jesús que purifica la casa de Dios. Se trata de un gesto muy arriesgado. De hecho, suscita de inmediato la hostilidad de las autoridades religiosas, y también la de otras personas cuyos intereses quedan en peligro.
Sin embargo, Jesús no tiene dudas: al ver a personas que venden en el templo, que comercian en él, hace un látigo de cuerdas y expulsa a todas del templo, diciendo: «No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado».
Debemos vivir nuestra vida, no buscando nuestro interés y nuestro beneficio, sino con generosidad. Debemos recordar constantemente estas vigorosas palabras de Jesús, a fin de rechazar las tentaciones, tan frecuentes, de convertir nuestra alma, que es la casa de Dios, en un mercado, y, en consecuencia, vivir en una búsqueda continua de nuestros intereses, en vez de vivir en medio de un amor generoso.
Los judíos piden cuentas a Jesús de este gesto suyo, le piden una señal de su autoridad: « ¿Qué señal nos presentas para actuar de ese modo?». En efecto, para ocuparse así de la casa de Dios es preciso contar con una autoridad particular.
Jesús responde con una frase misteriosa: «Derribad este templo y en tres días lo reconstruiré”. Aquí debemos señalar una imprecisión en la traducción litúrgica del texto de Juan: el término usado en griego para decir «santuario», naos, es diferente del usado para decir «templo», hieron, pero en la traducción litúrgica española se han traducido los dos términos por «templo».
Cuando se dice que «Jesús encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados», no se trata, como es obvio, del edificio del templo (naos, santuario), sino de los atrios. El templo de Jerusalén contaba, en efecto, con un edificio sagrado y grandes atrios, en los que se podía enseñar y realizar diferentes actividades, y en los que había asimismo habitaciones para los sacerdotes. El santuario, en cambio, era el edificio sagrado, que incluía dos partes: el Santo y el Santo de los Santos, donde no se podía entrar libremente. En el Santo sólo podían entrar los sacerdotes; y en el Santo de los Santos sólo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año.
El santuario era verdaderamente un edificio sagrado. No era como una iglesia actual, hecha para acoger al pueblo cristiano junto con los sacerdotes que celebran la Misa, sino que estaba reservado a los sacerdotes y al culto de Dios.
Jesús declara: «Derribad este templo (santuario) y en tres días lo reconstruiré». Naturalmente, estas palabras suyas suscitan la sorpresa de los judíos, que dicen: «Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este templo (se trata del santuario reconstruido por el Herodes el Grande), ¿y tú lo reconstruyes en tres días?». Sin embargo, como explica el evangelista, «él se refería al templo (santuario) de su cuerpo». Jesús se refiere aquí a su misterio pascual: destrucción del santuario y reconstrucción de otro santuario, muy diferente.
Esta predicción de Jesús se recuperará, más tarde, en el relato de la pasión. Durante el proceso ante el Sanedrín, si nos atenemos a los evangelios, la única acusación contra Jesús fue haber dicho: «Yo he de destruir este templo, construido por manos humanas, y en tres días construiré otro, no con manos humanas» (Mc 14,58 y par.). Se trata de una acusación falsa, porque Jesús no había dicho a los judíos: «Yo he de destruir...», sino: «Derribad este templo (santuario)...». Había predicho la ruina de Jerusalén, la destrucción del templo y del santuario, pero no había dicho que él hubiera de ser el artífice.
Cuando Jesús está en la cruz, los que pasaban por allí, para burlarse de él, le dicen también: «Él que derriba el templo y lo reconstruye en tres días, que se salve, bajando de la cruz» (Mc 15,29-30).
El velo del santuario se desgarra en el momento de la muerte de Jesús. Se trata de un anuncio de la destrucción del santuario. Esta no tuvo lugar de inmediato, sino algunos años después de la muerte de Jesús. Pero era inevitable que se produjera.
Así pues, en este episodio se nos pone frente al misterio pascual de Jesús, que se puede sintetizar en la frase que dirige a los judíos: «Derribad este templo (santuario) y en tres días lo reconstruiré». El verdadero santuario es el santuario del cuerpo de Jesús. El evangelista comenta: «Cuando resucitó de la muerte, recordaron los discípulos que había dicho eso y creyeron a la Escritura y a las palabras de Jesús».
Durante la Cuaresma nos preparamos para vivir intensamente el misterio pascual de Jesús, para recordar que Jesús, verdadero santuario de Dios, fue rechazado por los hombres y destruido. Sin embargo, ha prevalecido el amor de Dios, porque Dios ha transformado este acontecimiento injusto y cruel en una ocasión de victoria sobre el mal y sobre la muerte con la fuerza del amor.
Pablo declara en la segunda lectura: «Nosotros anunciamos un Mesías crucificado, para los judíos escándalo, para los paganos locura; pero para los llamados, judíos y griegos, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios». El misterio pascual manifiesta la fuerza y la sabiduría de Dios y, más aún, su amor: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16).
Jesús nos amó y se entregó a sí mismo a la muerte por nosotros, a fin de introducirnos en una relación de comunión con Dios. Por consiguiente, si ahora queremos llegar a Dios, debemos ser miembros del cuerpo de Cristo, debemos ser piedras vivas del santuario de Dios, que es Cristo (cf. 1 Pe 2,1-10). Esta es nuestra vocación.
Debemos participar en el misterio pascual de Cristo con nuestra vida: una vida de amor generoso, de rechazo de los ídolos, de búsqueda de la justicia y de la paz, y de crecimiento en el amor.
Reflexión cuarta del Santo Evangelio Jn 2, 13-25 La expulsión de los mercaderes del templo
SU INTENCIÓN NO ERA PURIFICAR SINO SUPRIMIR EL TEMPLO SUSTITUYÉNDOLO POR EL TEMPLO DE SU CUERPO. FE/MILAGROS: LA FE EN ÉL DEBE SER ALGO MAS PROFUNDO QUE LA ADMIRACIÓN PRODUCIDA POR LOS SIGNOS: Jn 2. 23-24.
La lectura evangélica contiene dos referencias a la Pascua: "se acercaba la Pascua de los judíos" (v. 13); "cuando resucitó de entre los muertos" (v. 23). Este último versículo nos da, además, la perspectiva desde la que se interpreta el significado y el alcance del gesto de Jesús.
La denuncia de los abusos que se cometían en el templo y las exigencias del culto verdadero es algo frecuente en los profetas; así Jeremías acusa a los sacerdotes de tratarlo como "una cueva de ladrones" (cf. 7. 11), al tiempo que profetiza su destrucción.
El libro de Zacarías termina anunciando que "el día del Señor" la ciudad entera de Jerusalén será santa y que no se verán mercancías en el templo. Los que presenciaron el gesto de Jesús podían ver en él, por tanto, un signo profético e incluso mesiánico.
Pero debemos afirmar que la intención de Jesús no era simplemente la de purificar el templo (de hecho, los cambistas y los vendedores de animales para los sacrificios eran necesarios), sino que su intención era la de SUPRIMIR EL TEMPLO SUSTITUYÉNDOLO POR EL "TEMPLO DE SU CUERPO". Para la teología de Juan, efectivamente, el templo es Jesús resucitado: "Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero" (cf. Ap 21. 22).
La postura de Jesús ante el templo y cuanto esta institución significaba es una de las causas más importantes -más próxima en los sinópticos, más remota según el evangelio de Juan- que provocan la muerte de Jesús. El propio evangelista lo insinúa al decir que los discípulos se acordaron del salmo 69. 10, cuyo versículo entero reza así: "el celo de tu casa me devora y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí".
TEMPLO-SIGNO: La reacción de los judíos es exigir a Jesús un "signo", es decir, una prueba divina que lo acredite. El templo tenía el sentido de significar la presencia de Dios en medio del pueblo; ahora esta presencia de Dios se manifiesta de un modo mucho más pleno en Jesús. Los judíos lo matarán porque supone un peligro para su templo. Jesús les da el SIGNO DE SU MUERTE Y RESURRECCIÓN, QUE ES LA MÁXIMA MANIFESTACIÓN DE LA GLORIA DE DIOS, de su amor y de su entrega a los hombres. De hecho, la muerte de Jesús no va a significar la destrucción de la presencia de Dios entre los hombres a través de Él, sino la supresión de cualquier otro templo que no sea el cuerpo glorioso del Resucitado, santuario en el que habita la plenitud del Esp. Sto.
Los últimos vv. nos introducen al diálogo con Nicodemo -del que vamos a leer un fragmento el próximo domingo- y nos presentan a este hombre como uno de los que creyeron en Jesús durante su estancia en Jerusalén. A causa de los signos, muchos se adhieren a Jesús o creen en su nombre. Pero Jesús no les corresponde dándoles su confianza, porque la fe en Él debe ser algo más profundo que la admiración producida por los signos.
La segunda parte de la Cuaresma del ciclo B está marcada por tres evangelios de Juan que presentan diferentes aspectos del camino muerte-resurrección que celebramos en la Pascua.
La escena de la expulsión de los vendedores que los sinópticos (seguramente con mayor veracidad histórica) colocan en los momentos finales de la vida de JC, desencadenando la definitiva reacción de las autoridades contra él, está colocada aquí al principio del evangelio, pero con las mismas referencias al misterio pascual, y para indicar, ya de entrada, que toda la vida de JC debe entenderse bajo la luz de su hora definitiva, la de su glorificación por medio de su paso por la muerte.
Los hombres en el AT se habían relacionado con Dios por medio de unas instituciones cultuales y una Ley que Israel había mantenido. Pero ahora YA NO VALE, todo ese sistema que el Templo representaba y que lo convertía en "la casa del Padre" no tiene ya valor, se ha convertido en un mercado. El hombre, desde ahora, se relacionará con Dios de otra forma: A TRAVÉS DE JESÚS CRISTO RESUCITADO, que ha inaugurado el acceso de los hombres a Dios porque él, siendo hombre, está ahora glorificado con Dios. Por eso, el único signo que podrá ser convincente para los creyentes será el signo que realice todo esto: CUANDO EL TEMPLO, LA "CASA DE MI PADRE", SERA EL MISMO JESÚS CRUCIGICADO- GLORIFICADO (JESÚS CRISTO glorificado presente, según la misma teología joánica, en la Iglesia y en los sacramentos de la Iglesia).
El párrafo final nos hace comprender, sin embargo, que esto sólo pueden entenderlo los creyentes, los que aceptan la fe, no por "los signos que hacía", sino fiados del único signo verdadero y lleno, el de su vida llevada a la plenitud por la Pascua.
Elevación Espiritual para el día.
Los templos de Cristo son las almas santas cristianas dispersas por todo el mundo. Exultemos, porque se nos ha concedido la gracia de ser templo de Dios; pero, a la vez, vivamos con el santo temor de violar este templo de Dios con obras malas. Temamos lo que dice el apóstol: “Si uno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él” (1 Cor 3,17). Ese Dios que sin cansancio ha creado el cielo y la tierra por su Verbo, se ha dignado poner en ti su morada; por eso debes portarte de suerte que no ofendas a tan gran huésped. Que el Señor nunca encuentre en ti, en su templo, nada sucio, oscuro o soberbio: porque desde el momento en que hallase en ti un motivo de ofensa, sin dudarlo, se alejaría, y si el Redentor te abandona, inmediatamente se apoderaría de ti el mentiroso.
Por consiguiente, hermanos, puesto que Dios ha querido hacer su templo en nosotros, y se ha dignado venir y habitar en nosotros, en cuanto esté de nuestra parte, tratemos de alejar, con su ayuda, todo lo superfluo y acoger lo que nos puede favorecer. Si actuamos de este modo, con la ayuda de Dios, entonces, hermanos, podremos invitar al Señor al templo de nuestro corazón y de nuestro cuerpo.
Reflexión Espiritual para este día.
La encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María inaugura una etapa absolutamente nueva en la historia de la Presencia de Dios: etapa nueva y también definitiva, pues ¿qué mayor don podrá ser dado al mundo? No hay ya sino un templo en el que podamos adorar, rezar y ofrecer y en el que encontremos verdaderamente a Dios: el cuerpo de Cristo. En él el sacrificio deviene enteramente espiritual al mismo tiempo que real: no sólo en el sentido de que no es otra cosa que el mismo hombre adhiriéndose filialmente a la voluntad de Dios, sino también en el sentido de que procede en nosotros del Espíritu de Dios que nos ha sido dado.
A partir de la Encarnación, ha sido dado el Espíritu Santo verdaderamente; es, en los fieles, un agua que brota en vida eterna (Jn 4,14) y los constituye en hijos de Dios, capaces de poseerle de verdad por el conocimiento y el amor. Ya no se trata sólo de una presencia, sino de una inhabitación de Dios en los fieles. Cada uno personalmente y todos en conjunto, en su misma unidad, son el templo de Dios, porque son el cuerpo de Cristo, animado y unido por su Espíritu. Así es el templo de Dios en los tiempos mesiánicos. Pero en este templo espiritual, tal como existe en la trama de la historia del mundo, lo carnal continúa todavía no sólo presente, sino dominador y obsesionante. Cuando todo haya sido purificado, cuando todo sea gracia, cuando la parte de Dios aparezca de tal modo victoriosa que “Dios sea todo en todos”, cuando todo proceda de su Espíritu, entonces el Cuerpo de Cristo será establecido para siempre, con su Cabeza, en la casa de Dios.
La alabanza del mundo precisa la del hombre, quien ha de ser su intérprete y mediador por su trabajo y, sobre todo, por el canto de sus labios (Heb 13,15). Mas el culto espiritual del hombre y la gracia que hacen de él un templo de Dios no son perfectos sino en cuanto representan aquella religión filial, única relación auténtica de la criatura con su Dios, que no puede venir sino de Jesucristo. Es Cristo quien es, en definitiva, el único templo verdadero de Dios. “Nadie sube al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo”
El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de lSanta Iglesia: Éx 20 . Absalón.
«Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da». Este es el cuarto mandamiento del Decálogo (Ex 20,12) que se proclama en la primera lectura de este domingo cuaresmal. Nos gustaría representar mediante un ejemplo la violación de este precepto a través de la figura de Absalón, tercer hijo del rey David, cuyo nombre en hebreo encarna casi una paradoja, porque significa «el padre es paz»; sin embargo sabemos lo áspera que fue la contienda que tuvo lugar entre hijo y padre.
Todo empezó en un cálido día de Oriente cuando Amnón, otro hijo de David (que tuvo de otra mujer), violentó con engaño a la hermana de Absalón, Tamar («palmera»), una estupenda muchacha. Desde ese momento Absalón no estuvo tranquilo hasta que hizo asesinar al violador. Los sucesos se precipitaron, porque también David estaba obligado a hacer justicia por aquel delito. Así Absalón fue fraguando un golpe de Estado, aprovechándose de un cierto descontento popular y teniendo como apoyo algunos sectores de la propia corte.
«La conjura se hizo fuerte —se lee en la Biblia— y los partidarios de Absalón iban en aumento». El decidió entonces marchar sobre Jerusalén, poniendo en fuga a su padre, que se vio obligado a resguardarse en Transjordania. De este modo Absalón podía hacer su entrada triunfal en la capital y tomar posesión del harén paterno, un gesto que en oriente indicaba la toma de poder y la sucesión. Una serie de efectos dramáticos, unidos también a una trama de actos de espionaje, llevó a un enfrentamiento abierto entre los dos ejércitos, el de los rebeldes y el de la armada leal a David.
La batalla se desencadenó en el bosque de Efraín y dio lugar a una clamorosa derrota de los revolucionarios. David había dado orden a su comandante en jefe, su sobrino Joab, de salvar a aquel hijo que deseaba cometer un parricidio. Pero el general, que conocía bien los riesgos ligados a la supervivencia de una figura tan representativa, no tuvo ninguna duda: cuando localizó a Absalón con sus larguísimos y abundantes cabellos enredados en las ramas de una encina de aquel bosque (el caballo había seguido adelante, dejándolo suspendido en el aire), Joab le lanzó tres flechas a la altura del corazón.
Cuando David, que todavía estaba exiliado más allá del Jordán, conoció aquella noticia, sin tener presente el odio que el hijo había sentido por él se puso a llorar gritando: «Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!». Un grito que repetidamente sonaba en el palacio donde residía, y que aplacaba radicalmente el deseo de fiesta de sus fieles, que habían vuelto vencedores de la lucha contra los rebeldes.
Pero el general Joab no podía permitir que quienes habían arriesgado la vida por el rey fuesen mortificados por aquel luto. Y así, haciendo que la razón de Estado prevaleciera sobre los sentimientos, obligó a David a asistir al desfile militar por la victoria. Los que quieran conocer esta historia con todos sus detalles, lean el estupendo relato que contienen los capítulos 13-19 del segundo libro de Samuel. Un escritor americano, William Faulkner.
(1897-1962), en su novela iAbsalón!¡Absalón! (1936) ha reinterpretado en clave moderna la historia con el protagonista Henry Sutpen que mata al hermanastro que había seducido a su hermana Judit, provocando así la dramática decadencia de su familia. +
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