Is. 1, 10. 16-20.
Mito o realidad; pero son todo un signo de maldad esas ciudades
depravadas, castigadas, consumidas por el fuego y sepultadas en un mar
de sal.
Dios,
por medio del profeta Isaías, llega hasta el extremo de la
manifestación de su bondad y de su misericordia, ofreciendo su perdón a
quienes, siendo como los habitantes de esas ciudades inicuas, se
arrepientan, dejen de obrar el mal y aprendan a hacer el bien.
El
Señor nos dice: Aunque su vida, a causa de sus culpas, haya quedado
manchada como sangre, si se arrepienten, yo la dejaré blanca como la
nieve. Lo único que nos pide es docilidad a su palabra y obediencia a
sus enseñanzas y mandatos.
Cristo,
durante su ministerio, nos dio numerosos ejemplos del perdón que Dios
ofrece a todos, aun cuando sus faltas hayan sido muchas. Basta que
amemos mucho para que seamos perdonados mucho. El amor nos reconcilia
con Dios y con el prójimo ¿Qué más queremos?
Vemos
a Jesús expulsando una legión de demonios de una persona, lo vemos
perdonando al ladrón en la cruz, lo vemos llamando a la conversión a
Zaqueo, a Mateo, a María de Magdala, de la que expulsa siete demonios.
También a nosotros nos puede decir: Vete en paz, y no vuelvas a pecar.
La
Cuaresma nos ha de llevar no sólo a confesarnos por costumbre o por
obediencia a la Iglesia, sino a arrepentirnos de nuestros malos caminos,
para iniciar una vida nueva bajo la guía del Espíritu de Dios. Sólo así
la Pascua de Cristo habrá tenido sentido para nosotros, pues nos
habremos renovado en Cristo.
Sal. 50 (49).
Dios nos cita a juicio por infieles. Nuestro sacrificio es un
sacrificio vacío de sentido cuando acudimos al Señor y después
continuamos en nuestro pecado.
No es costumbre, debe ser vida, encuentro con el Señor, compromiso con Él lo que vivimos y celebramos en cada Eucaristía.
Dios
no cierra los ojos ante nuestras maldades; Él conoce hasta el fondo
nuestra vida. Si en verdad queremos honrarlo, no podemos hacerlo
únicamente con los labios mientras nuestro corazón quede lejos de Él. Él
ciertamente es misericordioso, siempre dispuesto a perdonarnos, pero
¿Estamos dispuestos a recibir su perdón y a iniciar una vida nueva?
Mt. 23, 1-12.
Nuestra vida de fe no puede convertirse en una hipocresía. Se es hombre
de fe en el templo y fuera de él. Se vive el amor, la fraternidad, la
paz en el templo y fuera de él. El que en verdad ha llegado a la
grandeza del mismo Dios, o por lo menos se acerca cada día a una
identificación mayor con Él, se convierte en el servidor de todos; en
signo del Señor que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida
por nosotros.
A
Él no lo vimos como maniquí en escaparate; no se paseó ilusamente ante
nosotros; no vivió con aires de grandeza, ni reclamó para sí los mejores
lugares.
Al
paso del tiempo nos hemos creado una imagen de Él como rey terreno y
hemos cargado sus imágenes de piedras y metales preciosos; lo hemos
sentado en un trono de gloria y hemos quedado deslumbrados por la imagen
de un Dios hecho según nuestros criterios. Sin embargo, Él sólo vino a
servir, a vivir con humildad y pobreza, libre de toda esclavitud a lo
terreno y a caminar entre caminos polvosos para proclamar la buena nueva
a los pobres, socorrer a los necesitados, liberar a los cautivos del
pecado y proclamar el año de gracia del Señor. Ese es el Dios en quien
creemos. ¿En verdad es nuestro Dios, nuestro Padre, nuestro Maestro,
nuestro Guía? La respuesta no la podemos dar sino con nuestra propia
vida.
En
la Eucaristía el Señor nos hace ver que nos ha tomado en serio. No ha
jugado con nosotros; sus palabras se han hecho vida en Él mismo. Por eso
Él es el Evangelio viviente del Padre. Nos ha hecho saber cuánto nos
ama Dios. Y esto lo ha proclamado con sus palabras, con sus obras y con
su vida misma.
La
celebración del memorial de su misterio pascual en que nos encontramos
es la prueba más grande de su amor por nosotros, de la cual somos
testigos. Dentro de nosotros sabemos de nuestras fragilidades y
miserias. Tal vez algunas demasiado graves. Dios no juzga nuestra
maldad, sólo espera nuestro amor para que todo lo que haya sido pecado
desaparezca de nosotros. Por eso vivamos intensamente este encuentro con
el Señor.
No podemos estar ante el Dios del amor misericordioso sólo por costumbre, sino con un gran amor hacia Aquel que sabemos nos ama.
Al
final volveremos a nuestra casa, a nuestro trabajo, a la vida diaria en
los diversos ambientes del mundo. Vayamos con un corazón nuevo. Sepamos
amar como Dios nos ha amado en Cristo.
A
partir de nuestro encuentro con el Señor busquemos la justicia,
auxiliemos al oprimido, defendamos los derechos del huérfano y la causa
de la viuda.
Vivamos
con humildad haciéndonos siervos de todos, sin buscar nuestra gloria,
sino sólo la gloria de Dios y el servicio callado, amoroso a nuestro
prójimo.
Que esto sea lo que contemple nuestro Padre del Cielo, para que al final sólo Él sea la parte que nos corresponda en herencia.
Roguémosle
a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que como ella, la Humilde
Sierva, también nosotros aprendamos a dejarnos conducir por el Espíritu
de Dios, no para hacer nuestros caprichos, sino la voluntad de Dios, que
se resume en el precepto del amor y en la aceptación en nuestra vida,
del Enviado del Padre, viviendo de tal forma en comunión con Él, que
quien nos contemple, contemple al mismo Cristo con toda su entrega, su
servicio y su amor. Amén.
Homiliacatolica.com

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