Comenzamos hoy un año nuevo. Un
año todavía intacto, pero que viene ya marcado por las luchas, los trabajos,
sufrimientos y gozos vividos hasta el día mismo de ayer.
Todos comenzamos un año nuevo, pero todos de manera distinta. Algunos con la
incertidumbre quizás de perder su puesto de trabajo. Otros con el gozo de
esperar un nuevo hijo. Alguien con la angustia de entrar en el último año de su
vida. Otro con la ilusión de crear un nuevo hogar.
Cada uno con sus propios problemas. Sin embargo, a los creyentes se nos invita
hoy a que, olvidando nuestras preocupaciones individuales, iniciemos el nuevo
año con la mirada puesta en un objetivo urgente para la humanidad: la paz.
Hemos despedido un año sembrado de violencias, agresividad, muertes y sangre. Y
comenzamos otro que no nos ofrece un horizonte mejor.
Oímos hablar de violencias injustas y de violencias legítimas. Distinguimos
entre una violencia opresora y otra represora. Pero el caso es que poco a poco
va consolidándose entre nosotros la convicción de que si se quiere realmente
lograr algo, es necesario utilizar "una dosis suficiente de violencia».
Sin embargo, esta idea no es sólo monstruosa sino falsa. La violencia es útil
para lograr ciertos objetivos inmediatos y parciales, pero nunca para crear una
sociedad más reconciliada, dialogante y fraterna.
Ni de la punta de las metralletas terroristas ni de los gritos de los
torturados puede salir una sociedad más humana. La paz y la justicia hay que
construirlas por otros medios.
Ha llegado quizás la hora de que todos nos empeñemos en crear una nueva
conciencia colectiva de luchar por la «no-violencia» activa. No podemos dejar
nuestro futuro en manos del más violento.
Es urgente andar otros caminos. «La no-violencia es una última tentativa del
espíritu y de la libertad, más allá de la cual sólo hay unas fuerzas
impersonales que se enfrentan, sin otra posibilidad que la victoria de la más
implacable».
El respeto a la vida del hermano es algo esencial a lo que un creyente no puede
renunciar. Desde el momento en que Dios se ha hecho hombre, ningún hombre puede
ser un sujeto sacrificable.
Sin duda, es poco lo que cada uno de nosotros podemos hacer. Pero todos podemos
colaborar en la creación de una nueva conciencia y de un nuevo estilo de vida,
que actúe como punta de lanza que abra a esta sociedad tan violenta hacia un
futuro de mayor fraternidad.
Por José Antonio Pagola

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