El Evangelio de hoy nos muestra otro bonito pasaje de los comienzos de la predicación de Jesús. El episodio sucede en una sinagoga, lugar donde los judíos se reunían para orar, para encontrarse con Dios. Y frente a lo que otros hacían, aparece Jesús hablando y actuando con autoridad. No pertenece a las clases dirigentes del pueblo. Y sin embargo, la gente sencilla percibe que su palabra y sus acciones tienen una fuerza especial… que llama la atención y que –sabemos- le traerá problemas.
La auténtica autoridad es la que tienen aquellas personas que ayudan a los
demás a sacar adelante la vida, a organizarse, a caminar. Jesús es un hombre de
autoridad. Y la ejerce. A veces despertando lo dormido. Otras, oponiéndose a
fuerzas contrarias. Siempre buscando el bien del otro. Hasta dar la vida…
Los seguidores de Jesús también estamos llamados a tener “autoridad”. Una
autoridad como la de Jesús: aportar nuestros criterios, nuestras palabras y
nuestras acciones para que el mundo se parezca a lo que Dios sueña. En unos
tiempos donde a veces parece que todo vale, o donde el único criterio en
ocasiones es el criterio económico o del propio beneficio, los cristianos estamos
llamados a hacer valer nuestra autoridad… dando la vida.
La cuestión, pues, no es tener autoridad o no tenerla. El Evangelio quiere ser
una “autoridad” en nuestro mundo, entre el resto de voces que legítimamente
buscan orientar la vida de las personas. La cuestión es cómo ejercer esa
capacidad. Frente a toda tentación de autoritarismo –autoridad violenta y
desconsiderada- o de permisivismo –autoridad nula o endeble-, el justo medio
habrá de buscarse mirando a Jesús: la autoridad que mira la vida, escucha todas
las voces y, llegado un punto, es capaz de aportar palabras y gestos que
apuntan hacia el Reino. A veces incluso en medio del conflicto. Hasta dar la
vida…
Y tú, ¿cómo vives esto de la autoridad?
Luis Manuel Suárez CMF
Fuente del comentario CIUDAD REDONDA

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