Un catequista nunca debe cansarse de sembrar la Palabra de Dios.
Señor, tú depositas en mi corazón la semilla de la fe, la semilla de la
alegría, la semilla del amor. Necesito que me des tu energía para que mi
semilla crezca y se convierta en una espiga doblada por el peso de los granos.
Necesito que me ayudes a repartir esa buena semilla en los interlocutores que
me has confiado.
Si la semilla se queda en el granero no
puede dar fruto.
Nunca debe pasar un día y no alimentarse del alimento espiritual que da vida a
su alma.
La semilla, se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando
es acogida corre el riesgo de permanecer estéril. Con el don de fortaleza, en
cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la
tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de
modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y
gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera
también de muchos impedimentos.
(Homilía de S.S. Francisco, 14 de mayo de 2014).
Señor, te quiero agradecer que me hayas llamado a sembrar tu Palabra. Sembrar
este mundo de verdad, de cariño, de cercanía, de ilusión y, sobre todo, de amor
y esperanza en los que me has confiado.
Uno está muerto cuando ya no espera nada de la vida. Y también uno puede matar
a otro cuando le dice: “Yo no espero nada de ti a través de nuestras acciones”.
Haz que yo viva de manera que sea un testimonio para los demás.

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