Esto es algo que como Católico
tienes que leer...
Pecados contra el Espíritu Santo: su explicación.
Santo Tomás de Aquí observa que la voluntad se inclina al mal de diversas
maneras: “A veces ocurre por falta de la razón, como cuando uno peca por
ignorancia; mas a veces por el impulso del apetito sensitivo, como cuando peca
por pasión. Mas ninguna de estas dos cosas es pecar por pura malicia; sino que
sólo peca uno por pura malicia cuando la voluntad por sí misma se mueve al mal”
(I-II, q.78 a.3 c.).
Aquí está lo que define a los pecados contra el Espíritu Santo: son los que se
cometen por “pura malicia”, no simplemente por ignorancia o pasión.
Santo Tomás usa, en latín, la expresión "certa malitia", que el padre
Schouppe traduce bien por pura malicia. En efecto, el primer sentido de la
palabra certa, en latín, indica aquello que está perfectamente decidido,
resuelto y determinado en nuestro espíritu. Por lo tanto, el pecado cometido
con certa malitia no es el pecado cometido por debilidad, ignorancia o pasión,
sino el que es cometido con perfecta adhesión de la voluntad al mal que
envuelve el pecado. La ignorancia no siempre excusa de pecado, pues ella puede
ser culposa, y en ese caso tendremos lo que Santo Tomás llama pecado por
ignorancia.
Comprendida, pues, la noción de "certa malitia" o pura malicia,
podemos mostrar cómo ella está presente en los seis pecados que el Catecismo
nos presenta como pecados contra el Espíritu Santo.
Los pecados contra el Espíritu Santo son seis:
1) desesperación de la salvación;
2) presunción de salvarse sin merecimientos;
3) negar la verdad conocida como tal;
4) tener envidia o pesar de la gracia ajena;
5) obstinación en el pecado; y,
6) impenitencia final
La malicia de los pecados contra el Espíritu Santo
1) Desesperación de la salvación;
2) presunción de salvarse sin merecimientos
— Dice Santo Tomás: “El hombre, en efecto, se retrae de la elección del pecado por la consideración del juicio divino, que conlleva entremezcladas justicia y misericordia, y encuentra también ayuda en la esperanza que surge ante el pensamiento de la misericordia, que perdona el mal y premia el bien; esta esperanza la destruye la desesperación. El hombre encuentra también ayuda en el temor que nace de pensar que la justicia divina castiga el pecado, y ese temor desaparece por la presunción, que lleva al hombre al extremo de pensar que puede alcanzar la gloria sin méritos y el perdón sin arrepentimiento” (II-II, q.14 a.2 c.). Este rechazo de la justicia y misericordia divinas implica una pura malitia certa, pues son dos atributos divinos que nadie desconoce.
3) negar la verdad conocida como tal;
4) tener envidia o pesar de la gracia ajena — Dice Santo Tomás: “Los dones de Dios que nos retraen del pecado son dos. Uno de ellos, el conocimiento de la verdad, y contra él se señala la impugnación a la verdad conocida, hecho que sucede cuando alguien impugna la verdad de fe conocida para pecar con mayor libertad. El otro, el auxilio de la gracia interior, al que se opone la envidia de la gracia fraterna, envidiando no sólo al hermano en su persona, sino también el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo” (loc. cit.). Posiciones de alma que, una vez más, implican evidentemente malitia certa.
5) obstinación en el pecado;
y, 6) impenitencia final — Dice Santo Tomás: “Por parte del pecado, son dos las cosas que pueden retraer al hombre del mismo. Una de ellas, el desorden y la torpeza de la acción, cuya consideración suele inducir al hombre a la penitencia del pecado cometido. A ello se opone la impenitencia, no en el sentido de permanencia en el pecado hasta la muerte, [...] ya que en ese sentido no sería pecado especial, sino una circunstancia del pecado; aquí, en cambio, se entiende la impenitencia en cuanto entraña el propósito de no arrepentirse. La otra cosa que aleja al hombre del pecado es la inanidad y caducidad del bien que se busca en él, a tenor del testimonio del Apóstol: «¿Qué frutos cosechasteis de aquellas cosas que al presente os avergüenzan?» (Rom. 6, 21). Esta consideración suele inducir al hombre a no afianzar su voluntad en el pecado. Todo ello se desvanece con la obstinación, por la que reitera el hombre su propósito de aferrarse en el pecado” (loc. cit.).
Una vez explicadas las diversas formas que asumen los pecados contra el Espíritu Santo, nos faltaría mostrar en qué sentido se dice que ellos son imperdonables.
Mientras tanto, pidamos a la Santísima Virgen, Madre de Misericordia, Auxilio de los cristianos y Refugio de los pecadores, que nos dé la gracia de no caer en cualquiera de esos pecados monstruosos que, como advirtió Nuestro Señor Jesucristo, son imperdonables. Son para el alma, conforme explica Santo Tomás, lo que las enfermedades incurables son para el cuerpo: ¡no tienen cura, salvo un milagro espiritual, que sin embargo Dios lo puede hacer!

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