Si oras a Dios en el combate, al pedir no digas: "aparta esto de mí" o "dame tal cosa", sino reza diciendo así: "Señor Jesucristo, tú eres mi auxilio (Salmos 17,3), en tus manos estoy (Salmos 30.16).
Tú conoces lo que me conviene, socórreme; no me dejes pecar contra ti, pues estoy extraviado (Tito 3,3), no me dejes seguir mi voluntad (Efesios 2,3), no permitas que perezca en mis pecados (Romanos 6,2); ten piedad de tu criatura (Salmos 102,13s.), no te apartes de mí (Salmos 26,9a), pues soy un hombre débil (Salmos 6,3); no me abandones (Salmos 26,9d), ya que tú eres mi refugio (Salmos 142,9); sana mi alma, porque he pecado contra ti (Salmos 40,5,); ante ti están todos los que me oprimen (Salmos 68,20); no tengo refugio si no es en ti, Señor (Salmos 17,3); Señor, sálvame por tu piedad (Salmos 6,5); queden avergonzados los que se levantan contra mí, aquellos que buscan mi alma para destruirla (Salmos 39,15), porque tú, Señor, lo puedes todo (Salmos 88, 9), y por tu causa se da gloria a Dios Padre y al Espíritu de santidad, por los siglos de los siglos.
Amén
." Entonces tu conciencia hablará en lo secreto a tu corazón y le dirá por qué motivo Dios no te escucha; pero tú no te desanimes, sino haz aquello que te diga. No es posible que Dios escuche al hombre, si el hombre no escucha a Dios, y Él no está lejos del hombre (Hechos 17,27), pues las pasiones del corazón no permiten que nos escuche.
Que nadie te engañe. Lo mismo que la tierra no puede producir frutos por sí misma sin semilla ni agua, tampoco es posible que el hombre dé fruto en ausencia de la mortificación y la humildad. Como la alimentación y el crecimiento de las semillas se hacen en un ambiente templado, así el hombre necesita la protección de Dios todos los días. Guardar los mandamientos es la fe en Dios y el temor de Dios.
Isaías de G.

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