La adoración aporta ante todo llegar a la intimidad con el Señor y ahondar esa
intimidad. Para ningún adorador Jesús es un extraño. La adoración permite vivir
más intensamente, con mayor participación, las celebraciones eucarísticas.
Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia decía: «El culto a la
Eucaristía fuera de la Misa es de inestimable valor en la vida de la Iglesia...Es
bello quedarse con Él e inclinados sobre su pecho, como el discípulo
predilecto, ser tocados por el amor infinito de su corazón... Hay una necesidad
renovada de permanecer largo tiempo, en conversación espiritual, en adoración
silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo
Sacramento». Y agregaba: «¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he
hecho esta experiencia y de ella he sacado fuerzas, consuelo, sostén!»
Anímate a ser un "adorador".

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