Los Evangelios de este Tiempo Pascual nos van contando poco a poco las apariciones de Jesús Resucitado antes de ascender a los cielos. Una vez que se haya ido definitivamente Jesús junto al Padre, nos quedamos un poco solos. Nos invade la sensación que tuvieron los Apóstoles cuando se despidió de ellos: Sentirnos solo y abandonados por Jesús.
Y
todos le preguntamos ahora:
¿SEÑOR,
CUANDO TÚ TE VAYAS, DÓNDE TE VEREMOS?
No sé
si será fácil o difícil verte, Cristo Resucitado… Ciertamente imagino que será
algo distinto. Pero de algún modo estás con nosotros. Esa es nuestra fe. Y esa
es tu promesa. Esa es la fuerza que movió a los discípulos. Estás y percibimos
señales de tu presencia. En los demás, en nuestro corazón, en las historias
pequeñas y en la historias grandes. En las cosas que otros nos contaron y en lo
que nosotros mismos intuimos… Apareces de muchas formas, Señor Resucitado...
Cuando
alguna situación nos dice que la última palabra no estuvo en la cruz, sino más
allá. Cuando las bienaventuranzas se convierten en un grito poderoso que
describe y transforma las historias. Cuando las nubes que a veces amenazan
nuestras vidas, no nos impiden seguir avanzando. Cuando alguien perdona y nos
recuerda que es posible seguir tus palabras. Cuando en medio de las lágrimas
aparece una sonrisa inesperada. Ahí estás Tú...
En los
gestos sencillos. En la entrega anónima de tantos hombres y mujeres que viven
para otros y me recuerdan tu Evangelio. En la fidelidad de mis gentes. En la
acogida de las personas, porque nos necesitamos unos a otros. En el trabajo
callado que merece la pena. En el abrazo sincero de alguien que nos quiere. En
la visita al preso y al enfermo. En la capacidad de dar la vida día a día sin
esperar aplausos ni reconocimientos. En la esperanza en tu proyecto, que a
veces nos llena de energía y nos pone en camino una y otra vez. Ahí apareces
Tú...
Al
compartir nuestra vida, nuestro tiempo o nuestros sueños. Cuando el corazón nos
dice que no estamos solos, porque Tú vienes con nosotros. Al apreciar el valor
de las cosas sencillas de cada día. Al trabajar codo con codo con el hermano,
arrimando la espalda y soñando con mundos mejores. Cuando soy capaz de reírme
de mí mismo. Cuando percibo que me miras con ternura y me ves mejor de lo que
yo misma me veo. Y entonces río por dentro y por fuera... Porque Tú estás entre
nosotros.

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