El siglo XX es cima en las artes y letras españolas. Denominado “Edad de plata” por respeto al gran Siglo de Oro. No produjo, sin embargo, sólo literatura heterodoxa, agnóstica o atea, como muchos piensan por haber sido la más jaleada hasta llegar a silenciar la bellísima y no menos honda producción ortodoxa en religión y valores humanos. Algún día se divulgará la poesía denominada “generación de 1936” y nombres como Vivanco, los Panero, nos ofrecerán sus palabras apasionadas, lo mismo que García Nieto, Valverde y por supuesto Rosales. De Pemán, ni nombrarlo todavía hoy, y de hacerlo, con la señal de la cruz. Pongo sólo el ejemplo de una generación acallada o injustamente condenada al olvido. Poesía religiosa de máxima calidad se ha producido durante todo el siglo. Cómo no recordar el prodigioso “Testamento del pájaro solitario” de José Luís Martín Descalzo. Poesía religiosa encontraremos en Juan Ramón Jiménez y hermosísimos poemas en todos los llamados poetas de la Generación del 27. Alberti, por ejemplo o Federico García Lorca que sorprendió a sus lectores con su renombrada obra “Oda al Santísimo Sacramento” o Cernuda con sus emocionadas evocaciones de la catedral.
Hoy, en el entorno de la fiesta del “Corpus Christi” quiero traer a esta página a Gerardo Diego el poeta católico del 27. Se dice que su maestría musical se manifiesta en el dominio lo mismo de los versos clásicos que de las innovaciones que las vanguardias experimentaban. Además de poeta fue un virtuoso violinista.
Música es esta composición. Libre de la rima, va brotando a borbotones lo mismo al compás de alejandrinos binarios que en ritmos ternarios que casi en letanía remansan una idea “No tener prisa, no tener prisa, no tener prisa”. Es evidente que el poema se va creando a impulsos del corazón. Encontramos en algún verso profunda teología “Nada hay más absoluto que este amor tan tirano, desnivel infinito nivelado a la altura de una Persona en dos naturalezas”, o cuando dice “Cuerpo, Sangre de Cristo, báñame de tus ondas, aliméntame, fúndame, concéntrame, oh milagro sin víspera y contigo, súbito arranque, asombro de la viña, nueva revelación del trigo, consejo de María inocente en las bodas”.
Pero el poema es vivencia interior y testimonio, expresión de esos desasosiegos que acompañan la agitada vida del hombre moderno. Ocio. Eso es lo que el poeta comienza pidiendo al Señor. Sólo desde la calma se puede captar y estar en presencia del Dios vivo, como dice el título en “adoración” que es ad-orar, orar con más fervor, como el “adamar” de San Juan de la Cruz es “más amar”.
Hoy, en el entorno de la fiesta del “Corpus Christi” quiero traer a esta página a Gerardo Diego el poeta católico del 27. Se dice que su maestría musical se manifiesta en el dominio lo mismo de los versos clásicos que de las innovaciones que las vanguardias experimentaban. Además de poeta fue un virtuoso violinista.
Música es esta composición. Libre de la rima, va brotando a borbotones lo mismo al compás de alejandrinos binarios que en ritmos ternarios que casi en letanía remansan una idea “No tener prisa, no tener prisa, no tener prisa”. Es evidente que el poema se va creando a impulsos del corazón. Encontramos en algún verso profunda teología “Nada hay más absoluto que este amor tan tirano, desnivel infinito nivelado a la altura de una Persona en dos naturalezas”, o cuando dice “Cuerpo, Sangre de Cristo, báñame de tus ondas, aliméntame, fúndame, concéntrame, oh milagro sin víspera y contigo, súbito arranque, asombro de la viña, nueva revelación del trigo, consejo de María inocente en las bodas”.
Pero el poema es vivencia interior y testimonio, expresión de esos desasosiegos que acompañan la agitada vida del hombre moderno. Ocio. Eso es lo que el poeta comienza pidiendo al Señor. Sólo desde la calma se puede captar y estar en presencia del Dios vivo, como dice el título en “adoración” que es ad-orar, orar con más fervor, como el “adamar” de San Juan de la Cruz es “más amar”.
Si Cristo en la Eucaristía está no sólo presente, sino que es el Presente, para poder encontrarlo, Él que se hace el encontradizo, necesitamos no tener prisa pero también despojarnos de todo, como recordaréis, en la mejor tradición de escuelas espirituales. Algo, sin embargo, nos llama la atención. Ninguno de los términos que enumera de la renuncia son en sí símbolos de desviaciones morales. ¿Qué puede significar ese calzado que huele a tomillo, sino el camino por sendas y veredas en medio de la naturaleza? ¿Qué representan sedas, músicas y rosas, que no entren dentro de un legítimo decoro en el vivir de un laico, me atrevo a interpretarlo incluso dentro del mesurado ideal de la dorada medianía? ¿No podemos ser legítimamente abeja que transforma en miel el fruto de la flor, como la mirada y el pincel del poeta? No se trata de opciones radicales, sino de un modo de estar con el Señor. O eres barca sin rumbo, sin velamen, sin nada que me encierre en mí y me distraiga, o no podré proclamar “flotante y sin un rumbo, oscilando en tu mar. Aquí me tienes, Señor, ahora ya puedo acercarme, sumirme en tu inmensa presencia, todo en ti convertido, deseado.” Ante el Señor toda rodilla se postre. Cualquier residuo de nuestro yo engreído nos alejará del callado y silencioso encuentro en el mar sosegado del Pan eucarístico.
Es en ese momento cuando el viril donde la Sagrada Forma se convierte por arte de la metáfora en “Círculo eres sin fin y sin principio. Círculo quiero ser como tu blanco Cuerpo, como el brocal de oro que se asoma a tu Sangre, un redondo adorarte, anillo puro.” Y es en ese momento cuando el alma del poeta confiesa “sólo existo, soy, para adorarte. En el Pan Tú reposas y de onda en onda creces, naciendo sin cesar para quererme. Nada hay más absoluto que este amor que nos une.”
El atrevimiento del poeta llega nada menos que a evocar el encuentro primero, vestido de marinero, de su primera comunión. Pero, al mismo tiempo deja que su alma confiese su entusiasmo y diga lleno de gozo:
Es en ese momento cuando el viril donde la Sagrada Forma se convierte por arte de la metáfora en “Círculo eres sin fin y sin principio. Círculo quiero ser como tu blanco Cuerpo, como el brocal de oro que se asoma a tu Sangre, un redondo adorarte, anillo puro.” Y es en ese momento cuando el alma del poeta confiesa “sólo existo, soy, para adorarte. En el Pan Tú reposas y de onda en onda creces, naciendo sin cesar para quererme. Nada hay más absoluto que este amor que nos une.”
El atrevimiento del poeta llega nada menos que a evocar el encuentro primero, vestido de marinero, de su primera comunión. Pero, al mismo tiempo deja que su alma confiese su entusiasmo y diga lleno de gozo:
Quiero cantarte dentro
en mi pecho.
Quiero ser tu Sagrario
y orfebre de mí mismo,
abrírteme bajo custodia
que te aloja.
Los Ángeles del ocio
me rodean. Soy jaula.
Canta, canta, Cautivo,
canta.
Canta, mi Melodía,
al cantar al unísono
que yo te sigo.
Arpégiame, transpórtame.
Sea yo todo tuyo,
ma Arrullo.)
Con sus propias palabras podemos terminar el comentario: “Ya no tengo otra cosa que hacer más que escucharte”.
Así lo espero yo.
Dame, Señor, tu ocio, tiempo libre para amarte,
ocio de pensamiento si las manos se enfangan,
ocio azul del espíritu mientras cavila el seso,
ocio de Angel sin tiempo tras cancela de plumas,
de mariposa absorta en el borde del Cáliz
que abre y cierra sus alas abanicando el éxtasis,
ocio de alta vigilia reclinada en tu sueño.
No tener prisa, no tener prisa, no tener prisa. Señor,
Tú estás presente Tú eres presente, Tú eres el Presente.
Déjame despojarme de todo, de mis hábitos,
de mi calzado cómplice oloroso a tomillo,
de mi seda, mi música y mi rosa,
de mi retina y mi pincel abeja.
No quiero entenas, arríame, tómame,
desarbólame, déjame en puro casco
flotante y sin un rumbo, oscilando en tu mar.
Aquí me tienes, Señor, ahora ya puedo
acercarme, sumirme en tu inmensa presencia,
todo en ti convertido, deseado.
Ya sólo existo, soy, para adorarte.
Círculo eres sin fin y sin principio.
En el Pan Tú reposas y de onda en onda creces,
naciendo sin cesar para quererme.
Círculo quiero ser como tu blanco Cuerpo,
como el brocal de oro que se asoma a tu Sangre,
un redondo adorarte, anillo puro.
Nada hay más absoluto que este amor que nos une.
Cuerpo, Sangre de Cristo, báñame de tus ondas,
alimenta, fundamental, el enfoque,
oh milagro sin víspera y contigo,
súbito arranque, asombro
de la viña, nueva revelación del trigo,
consejo de María inocente en las bodas
Gerardo Diego

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