
‘Reflectir’
es dejar que se refleje la luz de otro cuerpo. Lo hace la luna respecto
al sol. En el uso del término que hace Ignacio en los Ejercicios,
significa abrirse como un espejo a la luz que brota del Espíritu.
Repetido siempre y sólo al final de las contemplaciones, el
requerimiento a “reflectir en mí mismo” está claramente dirigido a
transponer a uno mismo lo que se contempla, a dejarse empapar la cabeza,
el corazón y las entrañas por el misterio de Cristo contemplado.
Se designa y reconoce así la actividad del Espíritu, reconociendo como
regalo suyo la transformación que va operando en el orante al
‘reflejarle’ (“nosotros, que llevamos todos la cara descubierta y
reflejamos la gloria del Señor, nos vamos transformando en su imagen con
resplandor creciente; tal es el influjo del Espíritu del Señor”, 2 Cor
3,18). Esta relación profunda va haciendo adoradores en espíritu y en
verdad, y conduce al contemplativo a sentirse cuidado, llevado y mimado
por el mismo Señor contemplado.

La contemplación representa un modo de oración mucho menos directiva que
la meditación (de ahí que Ignacio no se atreva a llamar contemplación a
los ejercicios que propone en las Dos Banderas y los Tres Binarios). A
la contemplación no se le puede conducir, ni forzar, ni manipular con la
petición, ni tampoco con el propio pensamiento teológico. Lo suyo sólo
es un mirar, escuchar y callar. En la contemplación es necesario dejarse
llevar, reprender, animar e interpelar libremente por las mismas
escenas contempladas. Al orante no se le pide razonar y sacar
conclusiones de un pasaje de la vida de Jesús, sino sólo “ver las
personas, oir lo que hablan y mirar lo que hacen; ... y después
reflectir para sacar algún provecho de cada cosa de éstas” [Ej
106-108; 114-116; 122-125; 194].

No es casualidad que Ignacio deje una y otra vez deliberadamente
indeterminado el fruto de cualquier ejercicio contemplativo. La
expresión “algún provecho” sólo la usa al hablar de la contemplación. A
diferencia de lo que propone en la meditación, el autor de los
Ejercicios recomienda entrar ahora en la oración sin pretender
determinar previamente cuál ha de ser el ‘provecho’ de ella. Desde el
silencio extasiado del orante, la contemplación es sobre todo un diálogo
abierto, en el que el Espíritu frecuentemente termina hablando de lo
que el contemplativo menos se esperaba.
La eficacia sorprendente y externamente imperceptible de la
contemplación sólo es percibida por quien, con generosidad y honradez,
se toma el tiempo suficiente para esperar al Señor, fijar en El su
mirada y ‘malgastar’ las horas con El. Éste tal quedará transformado por
la contemplación de los ‘misterios de la vida de Jesús’, aun cuando no
sea directamente consciente de ello.
Antonio Guillén, SJ,
Dicc. de Espiritualidad Ignaciana, Voz “Contemplación”.
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