Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 24 de Marzo del 2023, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todo habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

CAMINATA DE LA ENCARNACIÓN

28 de julio de 2013

LECTURAS DEL DÍA 28-07-2013

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 28 de Julio del 2013. 1º semana del Salterio. (Ciclo C) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE.. SS. Catalina Thomas, Victor I pp, Melchor de Quirós ob mr, Pedro Poveda pb mr, Nazario y Celso mrs. Santoral Latinoamericano. SS. Nazario, Inocencio


LITURGIA DE LA PALABRA

Génesis 18, 20-32  No se enfade mi Señor, si sigo hablando
Salmo responsorial: 137 Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. 
Col 2, 12-14 Os vivificó con Cristo
Lc 11, 1-13 Pedid y se os dará


PRIMERA LECTURA
Génesis 18, 20-32 
No se enfade mi Señor, si sigo hablando

En aquellos días, el Señor dijo: "La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré." 

Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. 

Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: "¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?" 

El Señor contestó: "Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos." 

Abrahán respondió: "Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?" 

Respondió el Señor: "No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco." 

Abrahán insistió: "Quizá no se encuentren más que cuarenta." 

Le respondió: "En atención a los cuarenta, no lo haré." 

Abrahán siguió: "Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?" 

Él respondió: "No lo haré, si encuentro allí treinta." 

Insistió Abrahán: "Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?" 

Respondió el Señor: "En atención a los veinte, no la destruiré." 

Abrahán continuo: "Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?" 

Contestó el Señor: "En atención a los diez, no la destruiré."

Palabra del Señor.

Salmo responsorial: 137 
Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario. R. 

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. R. 

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo. R. 

Y tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos. R. 

SEGUNDA LECTURA
Colosenses 2, 12-14 
Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados 

Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. 

Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. 

Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz. 

Palabra de Dios

SANTO EVANGELIO
Lucas 11, 1-13 
Pedid y se os dará 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos." 

Él les dijo: "Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación."" 

Y les dijo: "Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle." 

Y, desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos." 

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 

Pues así os digo a vosotros: 

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. 

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? 

¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?" 

Palabra del Señor
 

Reflexión de la Primera lectura: Gen 18, 20-32

Pablo y Silas están en la cárcel por haber expulsado el espíritu de adivinación de una esclava: «El espíritu salió de ella en aquel mismo instante, pero sus amos, al ver que habían desaparecido sus expectativas de lucro, echaron mano a Pablo y a Silas y los llevaron a la plaza pública ante las autoridades» (v. 18b-19) acusándoles de turbar el orden público. 

Los «estrategas» de Filipos, sin hacer demasiadas averiguaciones, ordenan que azoten con varas a los acusados y encargan al carcelero que los vigile con cuidado. Por eso, al día siguiente, cuando los magistrados querían liberar a los prisioneros, Pablo protesta de manera vivaz y, haciéndose fuerte en su ciudadanía romana, les exige explicaciones por su acción ilegal. Lucas se muestra solícito también en esta ocasión en sacar a la luz el derecho romano, que favorece la libre circulación de la Palabra. Las persecuciones todavía están lejos. 

Entre ambos episodios “policíacos” Se inserta la clamorosa conversión narrada en nuestro pasaje: el testimonio sereno de los prisioneros, su lealtad, la serie de acontecimientos extraordinarios, conmueven al carcelero y le hacen plantear la pregunta: « ¿Qué debo hacer salvarme?». 
La respuesta no consiste en una serie de preceptos, no en la presentación de una persona: «Si crees en el Señor Jesús, os salvaréis tú y tu familia». Así, a la «prosélito judía» se añade un «funcionario romano»: dos Conversiones que entran a formar parte de una comunión muy querida por Pablo. En efecto, los cristianos Le Filipos le habían «robado» a Pablo el corazón. 

Reflexión del Salmo 137
El salterio nos ofrece este bellísimo poema en el que el salmista, en nombre de todo el pueblo, saca de su corazón un dolor, unos lamentos, que conmueven las más escondidas e inescrutables fibras del alma.
 
Israel está en Babilonia. Exiliado en una nación extraña y gentil, vaga desconsolado por su nuevo desierto; y la terrible nostalgia de habitar lejos de la Ciudad Santa, de la que, a igual que su templo, no quedan sino despojos, aviva su dolor como si un hierro candente atravesara de parte a parte todo su ser: «Junto a los canales de Babilonia nos sentamos y lloramos, con nostalgia de Sión. En los sauces de sus orillas colgamos nuestras arpas». 

Los habitantes de Babilonia, conocedores de la belleza de las liturgias que Israel celebraba en su Templo santo, piden a los judíos que les canten algunos de los maravillosos himnos de alabanza con los que bendecían y alababan a Yavé, su Dios. Los israelitas consideran esta solicitud como algo irreverente e insultante. Es ofensivo que un pueblo que alaba con sus himnos al Dios que manifiesta su gloria en su Templo santo, acceda a degradarlos con el fin de alegrar el corazón de los gentiles que nunca le han conocido: «Allí, los que nos deportaron pedían canciones, nuestros raptores querían diversión: “¡Cantadnos un cantar de Sión!”. “¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!”. 

El profeta Jeremías, dotado de una sensibilidad poco común, es probablemente quien con mayor intensidad ha expresado el dolor de su pueblo ante la hiriente realidad del destierro, Escribe el libro de las Lamentaciones que manifiesta, en toda su crudeza, su dolor incomparable por el abatimiento a que ha llegado el pueblo santo: «Ha cesado la alegría de nuestro corazón, se ha trocado en duelo nuestra danza. Ha caído la corona de nuestra cabeza. ¡Ay de nosotros, que hemos pecado! Por eso está dolorido nuestro corazón, por eso se nublan nuestros ojos» (Lam 5,15-17). 

No obstante, el profeta nos deja abierta una puerta a la esperanza: suplica a Yavé para que vuelva a ser propicio con su pueblo: « ¿Por qué has de olvidarnos para siempre, por qué toda la vida abandonarnos? ¡Haznos volver a ti, Yavé y volveremos! Renueva nuestros días como antaño» (Lam 5,20-21). 

El tema bíblico del destierro nos plantea un interrogante. ¿Cómo es posible que Dios, cuya misericordia y bondad sean ilimitadas, castigue con tanta severidad al pueblo de sus entrañas a causa de su infidelidad? No es difícil aventurar que Israel se hiciese esta pregunta, tan cruel y descarnada, cuando se vio sumido bajo el dominio del rey de Babilonia. Parece como si aflorase una terrible duda: ¿es posible creer en medio de tanta desolación? 

Tenemos que distinguir entre castigo y corrección. El castigo, la punición, no son buenos en sí mismos, podría entenderse como pagar por un mal que se ha hecho. En este sentido no podemos hablar del destierro como castigo de Dios. La corrección viene en ayuda del hombre, es un corregir para enderezar lo que se ha torcido. La corrección está en función de la madurez. Sabemos que durante su destierro, Israel desarrolló una madurez espiritual impensable. El pueblo había cerrado sus oídos a las palabras de los profetas enviados por Dios, y adulaban servilmente a los falsos profetas que nunca les pusieron en la verdad. 

Es en el destierro cuando Israel valora la palabra de los verdaderos profetas. Se multiplican los lugares de culto en los que la Palabra es predicada, bendecida y alabada. Además, su relación con Yavé se hace desde la verdad, sin esconder su pecado, cosa que antes hacían y muy elegantemente, amparándose en el esplendor de sus liturgias. 

Corno expresión de la nueva dimensión espiritual del pueblo, recogemos unos textos de Daniel, profeta que vivió como pocos el exilio de Babilonia. Daniel bendice a Yavé en este pueblo extraño porque no por ello deja de ser el Dios de sus padres: «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, loado, exaltado eternamente. Bendito el santo nombre de tu gloria, loado, exaltado eternamente. Bendito seas en el templo de tu santa gloria...» (Dan 3,5 1-53). 

Así como reconoce que Yavé es bendito, también le reconoce como justo y fiel por la corrección que están sufriendo. Pone delante de sus ojos el pecado del pueblo: «Juicio fiel has hecho en todo lo que sobre nosotros has traído y sobre la ciudad santa de nuestros padres, Jerusalén. Sí, pecamos, obramos inicuamente alejándonos de ti, sí, mucho en todo pecamos» (Dan 3,28—29). Hecha esta confesión, el profeta sabe que puede pedir a Yavé clemencia: «Trátanos conforme a tu bondad y según la abundancia de tu misericordia. Líbranos según tus maravillas, y da, Señor, gloria a tu nombre» (Dan 3,4 1-42). 
La súplica del profeta alcanza su cumplimiento y plenitud en Jesucristo, enviado por el Padre para liberar, y para siempre, a todos los hombres, Escuchemos: «Los judíos dijeron a Jesús: Nosotros somos descendencia de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: os haréis libres? Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo... Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8,33 -36) 

Reflexión de la Segunda lectura: Col 2, 12-14. Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo. 

Pablo afirma la realidad central de nuestra fe: «Cristo ha resucitado de entre los muertos » (v. 20). Sin embargo, Cristo no es un «triunfador» en solitario, sino «anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte» (v. 20). Si Adán, el primer ser humano de la antigua creación, es la causa de la muerte para todos, Cristo—el segundo Adán, primicia de la nueva creación— es la causa ele la resurrección de la humanidad, llamada a convertirse en propiedad «de Cristo» a través de la fe en él. Cristo, por tanto, es «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29), «el primogénito de los que triunfan sobre la muerte» (Col 1,18), o sea, «el primer nacido» al mundo nuevo establecido mediante su resurrección. 

En el designio divino hay un «orden», una «sucesión» (v. 23). El principio (la «primicia») de la resurrección personal de Cristo establece un fin (el “término”), es decir; la conclusión de la historia de la salvación, marcada por la «venida de Cristo (vv. 23.24). Entonces también será vencida la muerte, que es «el último enemigo» en ser eliminado (v. 26); el «hueso duro de roer», podríamos decir La hora en la que «todos retornarán a la vida en Cristo» (v. 22). 

Entre la resurrección de Cristo y la parusía al final de los tiempos se interpone la amplitud infinita de la historia. Una historia recorrida por el Resucitado, «el alfa y la omega, el principio y el fin» (Ap 21,6; 22,13). Este es el campo en el que la energía divina del Viviente de entre los muertos derrotará gradualmente a las Fuerzas del mal. Él pondrá «a todos sus enemigos bajo sus píes» (v. 25), hará «nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Con el lenguaje apocalíptico de la época (cf. 1 Pe 3,22; Ef. 1,2Oss; 6,12; Col 1,16; 2,10.15), 
Pablo muestra que, cuando tenga lugar el fin y Cristo entregue el Reino a Dios Padre, quedará destruido «todo principado, toda potestad y todo poder (v. 24), esto es, todas las realidades demoníacas, que, incluso estando sujetas a Dios, pueden ejercer influjos negativos sobre nuestro mundo (potencias políticas deificadas, personas, estructuras, leyes, instituciones, desviaciones psíquicas...). Todo será reducido bajo el poder de la soberanía real del resucitado. Hasta la muerte, que nos tenía esclavizados de por vida (cf. Heb 2, l4ss), quedará subyugada por «medio de Cristo» (cf. Col 2,15). 

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 11, 1-13 El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.
Estamos en el contexto de la subida de Jesús a Jerusalén, y la atención se dirige a las condiciones necesarias para entrar en el Reino (cf. Lc 18,9-19,28). Aparecen dos personajes contrapuestos, y ambos oran: en su modo de orar se revela su modo de vivir y sus relaciones con Dios y los demás. Ambos, en la oración, dicen la verdad de su existencia. 


El fariseo saca a colación sus méritos: se tiene por acreedor de Dios. En el fondo, no necesita de Dios, aunque le dé gracias, al menos formalmente, porque le ha concedido ser tan perfecto. Pero hay más. Su justicia le hace juez, y juez despiadado: tan ciega es la estima que encuentra en sí mismo que cuando mira a los demás sólo es para despreciarlos (v. 11). El publicano, por el contrario, consciente de sus pecados —que le hacen tener la cabeza inclinada—, en realidad está abierto al cielo y espera de Dios todo: golpeándose el pecho, llama a la puerta del Reino, y se le abre.

Conocer a Dios y conocerse a sí mismo o, mejor, conocerse a sí mismo en Dios: ése es el comienzo de la sabiduría y de la verdadera vida. Todos los santos lo han experimentado. De hecho, ¿qué es el hombre sin Dios? Un soberbio destinado a la oscura soledad, rodeado de presuntos rivales o de seres juzgados indignos; en resumidas cuentas, un desesperado pillado en el cepo de su egoísmo, de su pecado. ¿Qué es el hombre con Dios?

Sigue siendo un orgulloso, un pecador. Pero sabe que precisamente la experiencia del pecado puede convertirse en un lugar en el que Dios —el Misericordioso— revela su rostro.

Vemos, pues, lo importante que es dejar caer las caretas con las que pretendemos ocultarnos, sobre todo a nosotros mismos, la pobreza de nuestro ser, la mezquindad de nuestro corazón, la dureza de nuestros juicios. Uno sólo puede curarse si se reconoce enfermo, necesitado de salvación. Dios espera este momento, incluso hasta lo provoca sabiamente con su pedagogía inconfundible. Todos somos siempre un poco “fariseos”, pero a todos nos brinda Dios poder hacer la experiencia del publicano de la parábola, lograr una auténtica humildad, la que reconoce que Dios es mayor que nuestro corazón y que siempre perdona.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lc 11, 1-13,. Enseñanza sobre la oración.
Ya en su primera gran instrucción sobre la oración (Lc 11,1-13), Lucas había exhortado a no cesar de orar. Ahora él retorna nuevamente este tema y lo refuerza con una parábola.

En la presente narración, dos personas se encuentran en una situación de confrontación: un juez y una viuda. Aquí no se trata de un juez o una viuda en especial. Sólo es importante que el juez y la viuda viven en la misma ciudad, de manera que, con su conducta, ellos pueden influenciarse mutuamente. Con esto, el relato adquiere rasgos típicos y puede ser considerado ejemplar.

Ambas figuras son caracterizadas más detalladamente. La viuda, en su posición legal, que no es explicada más detalladamente, se encuentra amenazada y necesita por ello un juez que pueda procurarle justicia frente a sus opositores legales. Ésta es la función de un juez. Pero éste, en el relato, es descrito como alguien que no da importancia a corresponder a ese ideal ni a ayudar a la gente a hacer valer sus derechos. El hecho de que la viuda haya logrado hacer valer sus derechos se debe en primer lugar a su persistencia, no al sentido de la justicia del juez.

La interpretación, el entramado de las relaciones en la parábola, es transferida a la relación entre los creyentes y Dios. Dios no va a titubear en procurar justicia a aquellos que, sin cesar, día y noche, le llaman, y ciertamente sin demora.

Este versículo retorna el precedente discurso escatológico. En este contexto, la expresión “procurar justicia” se refiere a la liberación de la miseria y, por lo tanto, al Reino de Dios. Quien ora insistentemente, en la experiencia del Reino de Dios, seguramente será escuchado: El le dará lo que necesita.

Con la palabra “justicia”, este versículo retorna una palabra clave de la parábola precedente y su interpretación (vv. 3.5.7 y 8). Aquellos de quienes Jesús habla con la siguiente parábola aparecen caracterizados así: están convencidos de que ellos son justos y desprecian a los otros porque no los consideran justos.

Dos hombres, un fariseo y un publicano, son contrapuestos y comparados. También en esta parábola, no se trata de un fariseo en especial o de un publicano en especial. La narración tipifica y tiene efecto a raíz de su exageración.

Ya la actitud externa, en cuanto a la oración, es diferente; la del fariseo se describe brevemente: se levanta y reza para sí. La actitud del publicano es descrita ampliamente: se queda a distancia, no se atreve a levantar los ojos al cielo y se golpea el pecho.

En estas descripciones se encuentran dos actitudes típicas de la oración en la antigüedad. El estar de pie vale como actitud fundamental en la oración. Comúnmente, quien ora mira hacia el cielo (Sal 123,1; Mc 6,41). Golpearse al pecho es una señal de duelo o pesar.

También el contenido de sus oraciones es completamente diferente. Sólo la forma de dirigírsela al Señor, “Oh Dios!”, es común en ambos. La oración del fariseo es larga; por lo pronto, da gracias a Dios y se compara con otros que en aquel tiempo eran considerados pecadores públicos. Después, él mismo realza sus buenas obras.

Ayunar, orar y dar limosnas pertenecen a las más importantes prácticas de la devoción judía. Los lunes y los jueves eran considerados por los fariseos diligentes como días de ayuno voluntario. La aportación del diezmo al templo está basada en la fe de que Dios es el dueño de la tierra. ¿Qué es lo que abarcaba el diezmo? Es algo controvertido en la tradición judía. El fariseo de la parábola remarca que él ha sometido todos sus ingresos al diezmo. Mientras, la oración del publicano es bastante corta: su oración sólo contiene la petición de ser perdonado; esto incluye la confesión de sus propios pecados.

La interpretación de Jesús sorprende: aunque el fariseo aparentemente debería ser considerado un devoto, no es él, sino el publicano, quien va a casa como justo, transformado a los ojos de Dios. Esta aparente contradicción Jesús la lleva a una fórmula concisa. Ante los ojos de Dios, las medidas y juicios humanos no tienen consistencia.

Lucas se remonta al principio del evangelio: la exaltación de los humildes estaba en el centro del Magníficat (Lc 1,52). En esta exaltación se refleja la experiencia de Israel con Dios. En el actuar de Dios con María, la Virgen, la elevación llega a su culminación (Lc 1,48); así, este modismo estereotipado expresa la experiencia del Reino: la humildad exalta; la satisfacción y autosuficiencia hunden.

a) Podemos ver representada plásticamente en la viuda de la parábola la actitud que se les propone como cristiana en la oración: si es constante y perseverante, será atendida por Dios. No se dice cómo es atendida la oración perseverante. Esto se debe deducir de la reflexión en el resto de los evangelios. Pero sí es fundamental la actitud seguida en ella para que se haga justicia “a los elegidos”.

b) Los perseguidos y despreciados deben poner su confianza en Dios y manifestarla en una oración constante; ellos experimentarán la fuerza del Reino, aunque no siempre como quisieran, sino de acuerdo con el plan salvador de Dios.

c) El juicio que la narración provoca acerca de la manera de presentarse el fariseo, con la que pueden coincidir algunos lectores, hace que éstos se cuestionen y se pregunten sobre la manera correcta de juzgarse a sí mismos, que se manifiesta en su oración. Se trata de su postura frente a Dios.

d) La postura humilde del publicano, que implora misericordia, hace que se vaya a su casa justificado por Dios. Esto da esperanza a quienes se sienten lejos de Dios: para ellos hay un camino de regreso al Padre, como mostrará también el caso de Zaqueo.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lc 11, 1-13. Parábola del fariseo y el publicano.
Con esta parábola, Jesús quiere alertar a algunos “que se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”, contemporáneos suyos y de todos los tiempos. Los fariseos de los evangelios no son sólo personajes históricos con los que Jesús tuvo que enfrentarse, sino que constituyen también el símbolo de una manera equivoca de ser y de vivir, que llamamos “fariseísmo”, del que, en alguna medida, estamos contagiados.

Estamos ante un mensaje central en la Biblia. El orgullo y la suficiencia producen dolor a Dios; la humildad, la sencillez conquistan su corazón. Es Jesús mismo quien saca la moraleja: “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

La parábola revela que puede haber oraciones inútiles e, incluso, no gratas a Dios, porque constituyen una especie de presentación de facturas, convirtiéndole a Él en “acreedor” del orante. Lucas afirma que Jesús cuenta la parábola “por algunos que se tenían por justos”. “Justo”, en el lenguaje del tiempo de Jesús, significaba “santo”. Con la parábola Jesús quiere desengañar a los fariseos de todos los tiempos, que “se creen” santos, y no lo son, aunque lo parezcan.

Pero, ¿quién es fariseo? Fariseo es el hombre de la ley por la ley, de la mera corrección, del cumplimiento. El fariseo “cumple” literalmente lo mandado; y como está legalmente en regla, se siente seguro de sí mismo ante Dios e incluso con derecho a pasarle factura por su buen comportamiento. El fariseo se olvida de lo que da valor a todo: el amor. Sin él, hagamos el milagro que hagamos, no pasamos de ser más que unos pobres actores de teatro que representan una triste comedia (cf. 1 Co 13,1-5). Afirma Jesús que quienes realizan el bien buscando recompensas humanas, “ya recibieron su paga” (Mt 6,1-6).

Actuar de cara a la galería, con el simple afán de “cumplir”, es una falta de respeto a uno mismo y un engaño para los demás. Saber que alguien hace algo por nosotros sólo por “cumplir” o por quedar bien, nos hiere; lo sentimos como una deslealtad. El fariseo hace un “cumplimiento” de la Ley, es decir, un “cumplo” y “miento”.

La parábola es una llamada a realizarlo todo desde el amor. La actitud fundamental y gravemente errónea del fariseo es que es suficiente; no necesita de Dios, se cierra a Él. Se justifica a sí mismo con sus buenas obras. Para el fariseo, Dios no es un padre misericordioso, sino un fiel contable que asienta en sus libros todos y cada uno de sus méritos, fruto de su esfuerzo y de su observancia legal. Hace tantas cosas por Dios que acaba arreglándoselas sin Él. No es para él la fuente de la salvación.

Escribe un colectivo episcopal: “La ley de Dios, cuando es mal entendida, se puede convertir en un obstáculo que impide a la persona el encuentro sincero con Dios y la apertura a sus verdaderas exigencias...”.

En un corazón lleno de sí no hay lugar para Dios ni para el hermano. La suficiencia y el orgullo generan automáticamente un desdén altanero hacia los demás: “Yo no soy como los demás, como ese publicano”. Lo refleja también el hermano mayor del pródigo, que desprecia a su hermano “pecador”, reflejo a su vez de la actitud histórica de los escribas y fariseos que miraban despectivamente a los “pecadores”, las malas compañías de Jesús. “Su justicia” le convierte al fariseo en juez despiadado; se estima tanto que cuando contempla a los demás, los mira por encima del hombro.

Pablo se incluyó entre los fariseos orgullosos que presumían de las obras de su fidelidad legal (Gá 1,14; Flp 3,7). Después de su conversión confiesa que todo eso le parece “basura” en comparación con el amor gratuito y misericordioso de Jesús que ha experimentado (Flp 3,8).

El publicano es el reverso de la medalla. Al contrario que el fariseo, mira su interior y se ve pecador, indigente. Su inventario de méritos está vacío por completo y su currículo es impresentable: ladrón, avaro, para con los pobres... Forma parte de los perdidos sin remedio. Su único punto de apoyo es la misericordia de Dios. Y por eso se abre humildemente a Él y llega a experimentarlo como misericordia y ternura. Sólo cuenta con Dios, pues no tiene nada más para defenderse. Por eso “se quedó atrás en el templo y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo”. Su plegaria es semejante a la del pródigo a su padre; no podía ser más contrita y expresiva: “Sólo se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de este pecador”.

El final de la historia es que el publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no. La parábola es portadora de un mensaje vertebral del Evangelio: Agrada más a Dios un pecador penitente que un orgulloso que se cree justo (cf. Lc 16,15).

Jesús proclama lo que cantó su madre: “A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,53). Por tanto, si parece que mis hechos no son tan malos como los de otros, si parece que hago más bien y llevo mejor conducta, siento que “todo es gracia” y nada más que gracia. Pablo confiesa: “He trabajado más que nadie”, pero acota enseguida: “No yo, sino la gracia de Dios en mí” (1 Co 15,10).

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lc 11, 1-13. Parábola del fariseo y el publicano.
PARA-FARISEO-PUBLICANO

Desde el primer versículo aparece claro que se trata de una crítica a una determinada clase de personas: las autosuficientes.

Por la parábola aparece claro quiénes son éstas en concreto: las personas religiosas dentro del pueblo de Dios. Estas podían no sentirse incluidas en el grupo de los invitados a orar del domingo anterior. Ellas ya lo hacen. A ellas dirige hoy Jesús su crítica, que en el fondo corre paralela a la hecha hace dos domingos a los nueve leprosos judíos que no se abrieron a la acción de Dios por considerarse merecedores de ella.

Indudablemente, la de Jesús es una crítica frontal al pueblo de Dios allí donde este pueblo se siente más firme y seguro: su relación con Dios. Es esta relación la que Jesús cuestiona y lo hace decantándose por unas personas oficialmente no religiosas, pero que saben sencillamente abrirse al Dios a quien nunca creen merecer, porque lo han descubierto y experimentan maravillosamente grande. Este es el Dios de Jesús, el mismo del Magnificat de María (cf. Lc 1. 48/52, donde aparece el mismo vocabulario del v.14 de hoy).

ORACIÓN-ACTITUDES.

En primer lugar una observación de traducción. Tanto el fariseo como el publicano oran de pie, aunque la traducción litúrgica no lo diga del publicano. Era ésta la postura que adoptaban los judíos para dirigirse a Dios. No es, pues, la postura lo que hace cuestionable la actitud del fariseo. El adjetivo "erguido" de la traducción litúrgica es inexacto. Por lo que respecta ya al texto, su sentido es muy claro desde que el propio autor ha explicitado la finalidad de la parábola. Se trata de una parábola crítica, dirigida a los que son buenos y se lo creen. Se mueve dentro del terreno de la oración, cuya necesidad veíamos el domingo pasado. De nuevo un fariseo y un publicano, es decir, un bueno y un malo en la apreciación social. De nuevo un cambio de papeles en la apreciación divina. "Hay últimos que son primeros y primeros que son últimos". Otra cosa sorprendente en la historia que Jesús cuenta es que tanto el fariseo como el publicano se sirven de los salmos a la hora de hacer su oración. Este hecho hace más profunda y compleja la crítica.

Comentario. Desde hace varios domingos nos las tenemos que ver con textos exclusivos de Lucas, es decir, que no existen en los otros evangelistas. Un denominador común a muchos de ellos es la actuación positiva de personas social y religiosamente descalificadas (ambos aspectos estaban estrechamente relacionados). Son los marginados, los etiquetados, los excluídos. Su presencia es una constante en el tercer evangelio y hay que atribuirla a un interés y a una intencionalidad propios y exclusivos de Lucas. Nosotros corremos el riesgo de echar por tierra el alcance de este hecho cuando consideramos a fariseos y publicanos como personas de un pasado judío. Perdemos fácilmente de vista que Lucas no escribía sólo mirando hacia atrás sino también hacia adelante. Fariseo y publicano son también personajes, encarnan tipos de religiosidad continuamente reeditables. El fariseo encarna al personaje consciente de su buen comportamiento, que compara y enjuicia en base precisamente a su cumplimiento. No es tanto un personaje orgulloso cuanto un personaje que reza y se comporta desde sus derechos. Exige porque cumple. Los mismos salmos, formas tradicionales de oración, parecen darle la razón: se sirve de ellos para dirigirse a Dios.

Nada de lo que le dice a Dios es mentira. El fariseo, en definitiva, es el personaje de los derechos, de la necesidad, de la rigidez y cortedad de mente. El publicano encarna al personaje consciente de su mal comportamiento. Por ello mismo ni compara ni enjuicia.

Sencillamente pide perdón sirviéndose también de los salmos. El publicano es el personaje de las obligaciones, de la casualidad y la espontaneidad, de la fluidez de mente. No es él el problemático, como tampoco lo era el hijo menor o pródigo. El problemático y difícil es el fariseo, el hijo mayor o cumplidor.

El texto de hoy nos descubre unas áreas de la personalidad religiosa mucho más hondas que las de la simple soberbia o humildad. Nos asoma el complejo e intrincado mundo de las motivaciones o subconscientes, aquello que de verdad se esconde tras lo que pensamos o decimos cuando oramos. La oración es ciertamente necesaria, pero ¡atención a la oración! Una vez más hay que decir que el problema de la religión es un problema entre religiosos.

En continuidad con la temática del domingo pasado, Lucas añade una parábola sobre la oración de un fariseo y de un recaudador.

También en esta ocasión el centro de interés viene señalado al comienzo: la parábola va dirigida a los que, teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás.

Suprimiendo toda referencia personal concreta, Lucas abre expresamente el texto a todas las épocas y a todas las personas con conciencia de justas.

-Subir al templo a orar. El templo de Jerusalén estaba ubicado en un alto. Se podía orar a cualquier hora del día en los diferentes patios de que constaba el templo. Las nueve de la mañana y las tres de la tarde eran las horas de la oración pública. La postura para orar era de pie. Así, en efecto, lo hacen los dos personajes de la parábola, aunque la traducción litúrgica no lo ha recogido adecuadamente. El erguido del que en ella se habla a propósito del fariseo es exagerado.

La parábola contrapone dos figuras representativas del judaísmo de la época. El fariseo representa al judío observante, el recaudador, al judío pecador. La bina no es nueva en el Evangelio de Lucas (Lc.5,30;15,1-2). En la historia que Jesús cuenta, cada uno de ellos ora desde su propio bagaje: el fariseo, desde su justicia; el recaudador, desde su pecado. Lo que cada uno de ellos dice de sí mismo es verdad. Tal vez por eso lo verdaderamente significativo en la historia sea sólo el siguiente aspecto: el fariseo se compara con los demás; el recaudador ahonda en sí mismo. La parábola empalma así con el centro de interés señalado al comienzo del texto. 

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