Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 24 de Marzo del 2023, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todo habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

CAMINATA DE LA ENCARNACIÓN

11 de enero de 2013

LECTURAS DEL DÍA 11-01-2013



LECTURA 1Jn 5, 5-13
SALMO Sal 147, 12-15. 19-20
EVANGELIO Lc 5, 12-16
SS. Higinio pp, Honorata vg, Tomás de Cori pb, Teodosio er. 


PREFACIO DE EPIFANÍA.
ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 111, 4
Para los buenos brilla la luz en las tinieblas: el Señor es el bondadoso, el compasivo y el justo.
ORACIÓN COLECTA
Dios todopoderoso, concédenos que el nacimiento del Salvador del mundo, revelado por la luz de una estrella, se manifieste cada vez más en nuestros corazones.
Por nuestro Señor Jesucristo.
LECTURA 1Jn 5, 5-13
Lectura de la primera carta de san Juan.
Hijos míos: ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad. Son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres están de acuerdo. Si damos fe al testimonio de los hombres, con mayor razón tenemos que aceptar el testimonio de Dios. Y Dios ha dado testimonio de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene en su corazón el testimonio de Dios. El que no cree a Dios lo hace pasar por mentiroso, porque no cree en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y el testimonio es éste: Dios nos dio la Vida eterna, y esa Vida está en su Hijo. El que está unido al Hijo, tiene la Vida; el que no lo está, no tiene la Vida. Les he escrito estas cosas, a ustedes que creen en el Nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen la Vida eterna.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 147, 12-15. 19-20
R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!
¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! Él reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.
Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo. Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente. R.
Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos. R.
ALELUYA Cfr. Mt 4, 23
Aleluya. Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino, y sanaba todas las dolencias de la gente. Aleluya.
EVANGELIO Lc 5, 12-16
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante Él y le rogó: “‘Señor, si quieres, puedes purificarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante la lepra desapareció. Él le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”. Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares desiertos para orar.
Palabra del Señor.

Queridos hermanos: ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo.

Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios. Éste es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio. Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna.



Reflexión de la primera lectura 1Juan 5,5-13. El Espíritu, el agua y la sangre

-¿Quién es el que vence al mundo?

En el vocabulario de san Juan sabemos que el término "mundo" significa: «al hombre encerrado en sí mismo y tentado de construirse y salvarse por sus propias fuerzas». De hecho, el verdadero cristiano ha vencido esa tentación: no vive replegado en sí mismo, sino abierto a Dios... ha vencido la ridícula y vana tentativa de querer «divinizarse» por sí mismo y deja el éxito de toda su vida en las manos de Dios.

-El que cree que Jesús es el Hijo de Dios.

La Fe nos hace vencedores de aquella tentación.

La Fe nos «abre a Dios» que hace que nuestra salvación y el éxito de nuestra vida los confiemos a Jesús, Hijo de Dios.

¿Es así el modo como concibo yo mi Fe?

-Dios nos ha concedido la vida eterna, y esta vida eterna está en su Hijo.

Tal es el éxito, la salvación que debemos ambicionar. No simplemente un éxito humano... mediano, grande o inmenso... para sesenta u ochenta años... Sino un éxito divino... infinito y absoluto... un éxito eterno. La Fe consiste en creer que Jesús, Hijo de Dios, posee la vida eterna, especialmente después de su victoria sobre la muerte... y que esa vida eterna es también herencia nuestra si creemos en Jesucristo.

-Quien tiene al Hijo, posee la vida. 

Quien no tiene al Hijo, no posee la vida.

Señor, quiero creer en tu Hijo.

Cristo es mi vida.

Pienso en todos esos jóvenes que dicen tener "la furia de vivir", un vehemente deseo de vivir... Señor, haz que descubran que Tú estás de parte de la vida, que eres un apasionado por todo lo que vive, que Tú eres el viviente por excelencia... y que Tú propones y ofreces la explosión de tu propia vida a todos los que están ávidos de vida en plenitud.

-Es El, Jesucristo, el que vino por el agua y por la sangre...

«El agua y la sangre» tienen un doble significado simbólico en san Juan: el agua y la sangre» simbolizan la obediencia filial de Jesús hasta la muerte, por amor a todos los hombres. Juan vio esto. Estaba al pie de la cruz. Lo afirma. Jesús lo ha dado todo. El Corazón abierto, del que mana «el agua y la sangre» ¡es el símbolo más fuerte y expresivo del amor!

-el agua y la sangre» simbolizan también la sacramentalidad eclesial: la presencia del resucitado es perpetuada por su Cuerpo que es la Iglesia, y que se expresa en unos ritos visibles, los sacramentos. En particular el bautismo y la eucaristía, «el agua y la sangre» el más fuerte testimonio, HOY, del don de Dios a los hombres.

-Tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre...

El procedimiento judicial de los tribunales judíos exigía tres testigos... Hoy diríamos que tenemos varios testimonios que recibir y que dar:

-el de los sacramentos: vivir el rito eucarístico en plenitud, recibir el agua y la sangre de Cristo...

-el de la vida: vivir nuestra vida cotidiana de tal manera que sea una ofrenda agradable a Dios vivida «según el Espíritu» comprometiendo el sacrificio de nuestra vida por amor.

Reflexión al Salmo responsorial: 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Un cántico en honor de la creación y de la redención
El Lauda Ierusalem, que acabamos de proclamar, es frecuente en la liturgia cristiana. A menudo se entona el salmo 147 refiriéndolo a la palabra de Dios, que "corre veloz" sobre la faz de la tierra, pero también a la Eucaristía, verdadera "flor de harina" otorgada por Dios para "saciar" el hambre del hombre (cf. vv. 14-15).

Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía: "Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice: el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?" (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

Los estudiosos ponen de relieve que este salmo está vinculado al anterior, constituyendo una única composición, como sucede precisamente en el original hebreo. En efecto, se trata de un único cántico, coherente, en honor de la creación y de la redención realizadas por el Señor. Comienza con una alegre invitación a la alabanza: "Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa" (Sal 146, 1).

Si fijamos nuestra atención en el pasaje que acabamos de escuchar, podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación dirigida a la ciudad santa, Jerusalén, para que glorifique y alabe a su Señor (cf. Sal 147, 12).


En el primer momento (cf. vv. 13-14) entra en escena la acción histórica de Dios. Se describe mediante una serie de símbolos que representan la obra de protección y ayuda realizada por el Señor con respecto a la ciudad de Sión y a sus hijos. Ante todo se hace referencia a los "cerrojos" que refuerzan y hacen inviolables las puertas de Jerusalén. Tal vez el salmista se refiere a Nehemías, que fortificó la ciudad santa, reconstruida después de la experiencia amarga del destierro en Babilonia (cf. Ne 3, 3. 6. 13-15; 4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). La puerta, por lo demás, es un signo para indicar toda la ciudad con su solidez y tranquilidad. En su interior, representado como un seno seguro, los hijos de Sión, o sea los ciudadanos, gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina.

La imagen de la ciudad alegre y tranquila queda destacada por el don altísimo y precioso de la paz, que hace seguros sus confines. Pero precisamente porque para la Biblia la paz (shalôm) no es un concepto negativo, es decir, la ausencia de guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el salmista introduce la saciedad con la "flor de harina", o sea, con el trigo excelente, con las espigas colmadas de granos. Así pues, el Señor ha reforzado las defensas de Jerusalén (cf. Sal 87, 2); ha derramado sobre ella su bendición (cf. Sal 128, 5; 134, 3), extendiéndola a todo el país; ha dado la paz (cf. Sal 122, 6-8); y ha saciado a sus hijos (cf. Sal 132, 15).

En la segunda parte del salmo (cf. Sal 147, 15-18), Dios se presenta sobre todo como creador. En efecto, dos veces se vincula la obra creadora a la Palabra que había dado inicio al ser: "Dijo Dios: "haya luz", y hubo luz. (...) Envía su palabra a la tierra. (...) Envía su palabra" (cf. Gn 1, 3; Sal 147, 15. 18).

Con la Palabra divina irrumpen y se abren dos estaciones fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace que descienda sobre la tierra el invierno, representado de forma pintoresca por la nieve blanca como lana, por la escarcha como ceniza, por el granizo comparado a migas de pan y por el frío que congela las aguas (cf. vv. 16-17). Por otro, una segunda orden divina hace soplar el viento caliente que trae el verano y derrite el hielo: así, las aguas de lluvia y de los torrentes pueden correr libres para regar la tierra y fecundarla.

En efecto, la Palabra de Dios está en el origen del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza. La humanidad es invitada a reconocer al Creador y a darle gracias por el don fundamental del universo, que la rodea, le permite respirar, la alimenta y la sostiene.

Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de alabanza (cf. vv. 19-20). Se vuelve al Señor de la historia, del que se había partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso, el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: "Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos" (v. 20).

Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a los judíos en el Deuteronomio: "¿Cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?" (Dt 4, 8).

Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y la historia, así existen dos revelaciones: una inscrita en la naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de san Juan- y sin ella no se ha hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo "carne", es decir, entró en la historia y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1, 3. 14).

Las fortificaciones de la unidad:

En medio de los sudores de la reconstrucción, el pueblo recibe una palabra de aliento: "Yo seré para Jerusalén—dice el Señor—como una muralla de fuego alrededor". La presencia de Dios en la ciudad es la mejor fortificación. Nuestro salmista así lo comprende: Dios ha reforzado los cerrojos de las puertas, ha puesto paz en las fronteras; ahora ha de ser glorificado y alabado. La nueva ciudad, la "Cristópolis", sÍ que tiene a Dios en medio; no vacila. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Aun cuando en el momento presente camine en el claroscuro de la fe, espera que se le confiera la inmunidad de la Jerusalén celeste, a la que nada manchado podrá tocar. Que la Iglesia entone himnos de alabanza al "Dios-con-ella". Dios ha reforzado los cerrojos de sus puertas.

"Voy a crear regocijo y alegria".

La lamentable situación vivida poco ha llega a su ocaso. Vuelven a resonar cantarinas las voces del esposo y de la esposa, las voces alegres de los niños. Dios comienza a crear "regocijo" y "alegría" para una población juvenil. El gozo del esposo por la novia es el que Dios tiene por su pueblo. Es un Dios fecundo que llena las plazas de la ciudad de muchachos y de muchachas. Jerusalén abandonada, vieja madre estéril, genera a numerosos hijos. Son más los hijos de la abandonada que los de la casada. Han venido del judaísmo, han salido de toda nación pagana, hasta completar una muchedumbre incontable. Son fruto de la sementera vertida en el seno de Maria Virgen. El viejo Simeón y la encanecida Ana, hija del rostro de Dios, alaban a Dios y pueden marcharse en paz. Dios ha creado regocijo y alegria, por lo que Sión —Iglesia siempre joven—glorifica y alaba a su Señor.

La Palabra de Dios es fecunda:

La única Palabra de Dios, creadora y reveladora, ha sido anunciada a Jacob, confiada al pueblo de Israel. La Palabra de Dios crea a Israel. Con la peculiaridad de que esa Palabra rebasa las estrechas fronteras de Israel, corre veloz por toda la tierra y se forma un pueblo ingente. Cristo, procedente de Israel según la carne, es la Palabra creadora y reveladora. El judío ortodoxo y heterodoxo, así como también el pagano, están convocados por una misma Palabra. Quien cree en la Palabra venida a nosotros, como los samaritanos, como el funcionario regio con toda su familia, no será condenado. Ha aceptado la LUZ que posibilita llegar a ser hijos de Dios. Con ninguna nación obró Dios como con nosotros. Exultantes, glorificamos al Señor nuestro Dios.

Reflexión primera al santo Evangelio san Lucas 5,12-16. En seguida le dejó la lepra

Hoy acabamos esta primera etapa de la lectura continuada de Marcos (el miércoles empezamos la Cuaresma), y cuando la recuperemos después de Pascua ya será en el domingo undécimo, saltando al cuarto capítulo, cuando ya haya concluido eso que hemos denominado "la explosi6n de Galilea".

Hoy leemos otro de los signos que marcan esta explosión: Jesús rompe uno de los grandes tabúes: el tabú de la lepra, lo que hemos leído en la primera lectura. Jesús no rechaza a un leproso que se le acerca, en contra de lo que la Ley decía. Pero, además de esto, vale la pena notar dos cosas aún más sorprendentes: una, que nadie del entorno de Jesús haga ninguna observación sobre los peligros que esto comportaba; la otra, aún más importante, que un leproso tenga suficiente valor como para romper las obligaciones de marginación a que estaba sometido y se acerque a Jesús. Con todo esto, Marcos quiere mostrar que desde el inicio Jesús viene dispuesto a romper todos los tabúes que sea necesario, y que todo el mundo sabe que Jesús está constantemente dispuesto a esta ruptura.

Aparece también aquí el tema del "secreto mesiánico": Jesús no quiere que se divulgue su fama, porque eso podría ocasionar que la gente entendiera su mesianismo como un mesianismo guerrero y poderoso, como esperaban muchos. Pero el leproso no puede callar, sino todo lo contrario: de hecho, el que ha sido salvado por Jesús es imposible que calle. Y su fama, la explosión de Galilea, es imparable.

Finalmente, vale la pena notar que Jesús, a pesar de romper tabúes, no es un defensor de una especie de principio general de ilegalidad: Jesús quiere que la curación sea certificada por el sacerdote, como prescribe la Ley. La Ley sólo hay que romperla cuando oprime. Y además, el pobre leproso vivirá mucho más tranquilo si tiene un certificado que le autorice a hacer vida normal.


Un día un leproso se acercó a Jesús y le dijo: "Si tú quieres, puedes limpiarme". El leproso estaba excluido de la comunidad religiosa (Lv 13, 45).

En las sociedades pre-científicas la mayor parte de las enfermedades contagiosas eran consideradas en cierto modo como un castigo da cielo... y las gentes se defendían como podían poniendo al apestado al margen de la sociedad, con interdicción de entrar en contacto con el.

Estamos pues ante una de las mayores miserias humanas: este hombre sufre doblemente... su cuerpo está duramente afectado... y es repudiado por todos...

-Enternecido ante este hombre, Jesús extiende la mano y le toca...

Marcos subraya el gesto de compasión. Jesús se emociona ante este infortunio. Delicadeza. Participación en el dolor de los demás.

Nuestro Dios no es insensible y lejano. Se enternece. Permanezco el mayor tiempo posible en la contemplación de este sentimiento del corazón de Jesús.

Por este acto, Jesús infringe deliberadamente la Ley. Ha tocado al leproso, desprecia, por así decirlo la "prohibición" que tanto le había afectado.

-Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio.

¡Eres bueno, Señor! ¡Líbranos de todo mal! ¿Cuál será el día en que todo mal habrá desaparecido? Señor, desde ahora, quiero trabajar en ello, contigo. Cada vez que puedo ayudar a alguien a salir de la desgracia o del pecado... tú estás allí en mí para continuar tu obra de salvación.

-Enseguida, Jesús le despide con esta severa advertencia:

"Mira de no decir nada a nadie .." Siempre la misma consigna del "secreto mesiánico".

En los catecismos se decía: Jesús probó que era Dios, haciendo milagros. La fórmula, en cierto sentido, es verdadera. Pero podría inducir a pensar que Jesús buscaba más "manifestar su Poder" que "probar quién era El". Ahora bien, es precisamente todo lo contrario, si nos fijamos bien.

Jesús deliberadamente "ha escondido" su dignidad y ha pedido que no se hablara de sus milagros.

Y esta consigna "severa" del secreto, Jesús la mantendrá hasta la hora de su Pasión. La recordará a san Pedro el día de su profesión de Fe en Cesarea: "Les mandó severamente que no hablasen de El a nadie" (Mc 8, 29-3O). Es una prueba suplementaria de la autenticidad del evangelio: si este libro hubiera sido inventado por algunos admiradores, y escrito con una intención apologética se hubiera insistido sobre la gloria, el poder, las proezas divinas.

Ahora bien, es un hecho que se impuso a Marco -portavoz de Pedro-: el verdadero Dios desecha la imagen estruendosa que se ha hecho de El. Y es característico que Jesús no hubiera reivindicado su título de "Hijo de Dios" más que en el contexto de su Pasión, ante el tribunal que le condenaba a muerte, en el momento en que no había ya ningún inconveniente en afirmar el misterio divino de su persona... en el momento en que todos los sueños de grandeza humana y política resultaban completamente vanos.

Hoy, Señor, tú eres siempre ese mismo Dios "escondido".

-Pero, habiendo partido Jesús, ese hombre comenzó a pregonar a voces y a divulgar el suceso, de manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en una ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares desiertos; pero allí iban a él de todas partes.

Sí; está claro que Jesús rehúsa la popularidad; que huye de los entusiasmos.

Reflexión segunda al santo Evangelio san Lucas 5,12-16. En seguida le dejó la lepra

Texto. Se enmarca en el conjunto unitario que deben formar la proclamación-enseñanza del Reino de Dios y el poder curativo de Jesús. Y, sin embargo, un leproso apela con gestos suplicantes al poder de Jesús. La reacción de Jesús es textualmente insegura. La traducción litúrgica ha preferido la compasión; la mayoría de los comentaristas prefiere la ira, a pesar de que la variante esté débilmente documentada. Como en el caso de la suegra de Simón, la fuerza curativa se transmite espontáneamente a través del contacto corporal.

Realizada la curación, Jesús despide con brusquedad al sanado. Este deberá aguardar silencio absoluto y presentarse a la autoridad sanitario-religiosa para que ésta confirme su curación y así el curado pueda incorporarse a la vida en sociedad. La legislación entonces vigente en materia de lepra la puedes consultar en Levítico, caps. 13 y 14, 1-32.

Aunque la continuación del texto es ambigua, la mayoría de los comentaristas se inclina por el incumplimiento del mandato de guardar silencio por parte del curado. De esta forma, Jesús se encuentra metido en una situación embarazosa, hasta el punto de que tiene que retirarse, pero tampoco en esos lugares retirados puede pasar desapercibido.

Comentario. Con el texto de hoy concluye el segundo bloque del Evangelio. En la intención de Marcos, proclamación del Reino de Dios y actuación poderosa de Jesús deben constituir una estrecha unidad, de forma que la actuación de Jesús sea vista en la perspectiva del Reino de Dios que está viniendo. Sin embargo, la unidad se queda sólo en la intención del autor. La realidad de lo narrado desmiente esa unidad. La gente y los cuatro discípulos se quedan con la fuerza curativa de Jesús, olvidando la perspectiva a cuya realización sirve. A la gente le interesa el poder curativo de Jesús, pero no la realidad del Reino ni el cambio de mentalidad y de comportamiento. Ampliando los términos, a la gente sólo le interesa egoístamente su salvación. El leproso es el prototipo de este modo de concebir las cosas. De ahí la ira del Jesús de Marcos y la brusquedad con que lo despide.

Al curado se le impone la misma orden de guardar silencio que al espíritu inmundo en 1, 25 y 34. Un silencio relacionado con la persona de Jesús en cuanto taumaturgo. Pero la realidad de los hechos puede más que el proyecto. Por derroteros como el tipificado por el ex leproso sólo se llega al fracaso de la Buena Noticia que trae Jesús. Sin embargo, parece que la gente está más interesada en un Jesús milagroso que le solucione sus problemas que en el proyecto de ese mismo Jesús. En el segundo bloque de su Evangelio, Marcos no se revela como un autor excesivamente optimista. Más bien lo contrario. Tal vez por eso nos resulte inquietante.

Comentario. Marcos nos dejaba el domingo pasado con la noticia de un Jesús yendo de sinagoga en sinagoga. El relato de hoy, sin indicación alguna de lugar y tiempo, encaja perfectamente en esa forma de vida itinerante. (Evocación extratextual y marginal: las posesiones son peligrosas: imponen la obligación de permanecer junto a ellas). Un leproso sale al encuentro de Jesús. Lo hemos escuchado en la primera lectura, tomado del Levítico: el enfermo de lepra (no necesariamente la enfermedad de Hansen, sino cualquier tipo de enfermedad de la piel, vetíligo, leucoderma, etc., cfr., Lev. 13. 1-46) debía avisar de su condición cuando se acercaba a alguien y gritar: "¡Impuro, impuro!" Acercándose, pues, a Jesús en la forma que describe Marcos, el leproso transgrede la ley. Este supuesto es nuevo, pues hasta ahora todas las personas se han movido en un marco estrictamente legal. Cfr. Mc. 1, 32: la traída de enfermos después de terminado el sábado, sin infracción por tanto de la ley. Marcos nos presenta al enfermo suplicando de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme".

Las palabras no expresan duda sobre el poder curativo de Jesús, sino sobre su voluntad o disponibilidad a ejercerlo. ¿O son sencillamente un cumplido? (cfr. Epicteto, III, 10. 14 ss). Es muy raro encontrar reflejados en los evangelios los sentimientos de Jesús. El relato de hoy es uno de los poquísimos casos en que éstos se traslucen. "Sintiendo lástima". Escueto como siempre, Marcos no nos dice el porqué. Este es solamente presumible: las condiciones especialmente duras de marginación social de este tipo de enfermos (cfr. Lev. 13, 45-46). Casi sin dar tiempo al sentimiento resuena la palabra de Jesús: "Quiero, queda limpio".

Sin magias, exorcismos o rituales por parte de Jesús. Y de nuevo acontece lo inesperado e imprevisto: "He aquí que desapareció la lepra". Reaparece la típica fórmula: "He aquí que. Y quedó limpio". La situación nueva se abre una vez más paso con fuerza.

El signo, vehículo o señal de esta situación es la curación instantánea.

Lo que sigue no casa bien con lo anterior. La traducción litúrgica ha optado por la forma más mitigada: "El lo despidió, encargándole severamente". En realidad se trata de una reacción más bien violenta por parte de Jesús. Marcos nos presenta a un Jesús contrariado. Y una vez más el porqué es sólo presumible. El leproso le ha forzado a Jesús a actuar en un marco no legal.

Probablemente Jesús no ha transgredido la ley, pero según la ley ha incurrido en impureza. Ahora bien, para un judío, y Jesús lo era por nacimiento y por educación, "la ley es santa y el mandamiento es santo, justo y bueno" (Rom. 7, 12). "No se lo digas a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés". Desde 1901, fecha en que W. Wrede publicó su obra "El secreto mesiánico"

(SECRETO-MESIANICO), estas palabras han adquirido una especial carga dogmática. A lo mejor, contra Wrede, estas palabras no esconden intencionalidad alguna especial por parte de Marcos, sino que simplemente reflejan una vivencia mucho más histórica y sencilla de lo que el racionalista Wrede imaginaba: el comienzo del cuestionamiento de la ley por parte del judío Jesús. Un cuestionamiento nada fácil ni snobista por parte de Jesús. Pero precisamente por ello, un cuestionamiento dramático. ¡Por favor, vete a Jerusalén y cumple todo lo que prescribe la ley! (cfr. Lev. 14. 1-7: examen médico, ofrecimiento de dos aves, rito y alta médica). ¡Vete a Jerusalén para que te declaren sano! De mí no digas nada. No soy el importante para ti.

Pero el ex leproso empezó a hablar de Jesús, de su capacidad curativa, de su persona. Esta fama, puntualiza Marcos en el v. 45, fue contraproducente desde el punto de vista del orden establecido. Esta fama supuso una confrontación con ese orden.

Una confrontación inevitable, a pesar de los esfuerzos de Jesús por evitarlo y pasar desapercibido.

Reflexión tercera al santo Evangelio san Lucas 5,12-16. En seguida le dejó la lepra

Aquí es donde por primera vez se habla de la curación de un leproso.

La lepra era una enfermedad espantosa, porque excluía de la comunión con el pueblo, o sea, segregaba a un hombre de sus relaciones con el pueblo de Dios. "¡Impuro, impuro!", gritaba el leproso desde lejos, de manera que todos se pudieran parar y evitar así acercarse a él (Lev 13, 45). Los rabinos lo consideraban como si estuviera muerto y pensaban que su curación era tan improbable como una resurrección.

En este caso es curioso observar que el leproso no duda en acercarse a Jesús. Un viejo documento cristiano, el papiro Egerton, inserta en este texto una insistente oración del leproso cuando descubre a Jesús: "Maestro Jesús, tú que andas con los leprosos y comes con ellos en su mansión: yo también me he puesto leproso; si tú quieres, me volveré a poner puro".

Algunos códices muy autorizados, en vez de decir "tuvo compasión", dicen que "se había indignado". Evidentemente, Jesús rechazaba enérgicamente la segregación de la que eran víctimas aquellos pobres leprosos.

Algunos detalles en el modo en que se realiza la curación subrayan su indignación por la segregación de los leprosos. Jesús "toca" al enfermo para demostrar así su desprecio por las inhumanas leyes vigentes. Estamos en un tema que se repetirá como un "leitmotiv" a lo largo del segundo evangelio, como igualmente en el epistolario paulino: las leyes no son soberanas en sí; sólo obligan en cuanto están a favor del hombre. Y el juicio sobre esta condición humana de la ley lo tiene que hacer el súbdito.

OBJECION-CONCIENCIA Por eso, el considerar la ley -civil o eclesial- como un absoluto va contra la enseñanza más elemental del Nuevo Testamento. Habrá momentos en que el cristiano, llevado de su conciencia humanizadora, deberá rechazar una ley y poner contra ella una válida "objeción de conciencia". La ley de segregación de los leprosos era, al mismo tiempo, civil y religiosa. Jesús no solamente pone objeción de conciencia, sino que la infringe claramente, "tocando" al leproso.

A continuación Jesús ordena severamente al leproso que no haga publicidad de su curación, ya que su finalidad no era hacer ruido y atraerse con ello a la gente, con una falsa apologética, sino reintegrar en la sociedad a un marginado. Por esto le insta a que se presente a los sacerdotes, para que le den el certificado oficial de reinserción en la comunidad.

Muchas veces la Iglesia se ha preocupado más de una antievangélica publicidad apologética para con ello adquirir nuevos adeptos para su institución, que de luchar verdadera y eficazmente por los derechos humanos conculcados, sean de cristianos o de personas ajenas a su institución.

-La actitud de Jesús

Hemos de observar un segundo elemento: la reacción de Jesús. Su actitud podría parecer contradictoria. Jesús proclama el Reino y libera a un poseso, pero no quiere que esto se divulgue.

Parece como si creyera que una divulgación anticipada (mientras que los espíritus que saben superar las apariencias aciertan y leen el misterio de su persona) acabaría comprometiendo su proyecto mesiánico.

Jesús recorre todas las comarcas de Galilea buscando a la gente para predicar (1, 39), mientras que, por otra parte, evita el asalto de las turbas y se retira a lugares solitarios (1, 45).

Cura a un leproso y le ordena que se presente a un sacerdote para que compruebe su curación, pero le prohíbe que hable de lo ocurrido con todos los demás.

¿Por qué todo esto? Busca a la gente y al mismo tiempo se separa de ella; realiza señales que lo revelan como Mesías y al mismo tiempo quiere ocultarlo. Y no sólo toma sus distancias ante la gente, sino incluso ante sus discípulos; cuando éstos, "pensando humanamente como los demás, o mejor sin pensar, sin la vigilancia interior de su Maestro, se llegan a él para hacerle volver, surge su decisión firme".

Pero la actitud de Jesús no es contradictoria. Se trata -una vez más- del intento de expresar su misterio, su originalidad. Jesús no niega que sea el Mesías, pero demuestra que tiene una idea mesiánica diferente.

Busca a la gente y se muestra solidario con la historia, pero también se cuida de evitar los equívocos que la gente y la historia arrastran muchas veces consigo y huye de la instrumentalización que les gustaría hacer de los designios de Dios.

Tiene que llevar el mensaje "a todas partes", a todos, pero sin ser prisionero de nadie. Ha venido a anunciar el Reino, no a hacer esos milagros tan cómodos que les gustarían a los hombres. Por eso Jesús huye de la gente que busca milagros. ¿Por qué?

Habría que hablar mucho de ello y diremos algo más tarde. Pero ya ahora podemos decir que los milagros no tienen ante todo un valor apologético, sino un valor de revelación. Están al servicio de la fe y por consiguiente no eliminan la lógica de la fe, no dan una certeza distinta de la fe y no revelan un Dios distinto. Están al servicio de Jesús, de un Dios que se revela en la cruz; por tanto, no eliminan la cruz, sino que -a un nivel más profundo- revelan que en ella está presente la victoria de Dios.

Reflexión cuarta al santo Evangelio san Lucas 5,12-16. En seguida le dejó la lepra

Los tres sinópticos cuentan esta curación del leproso en la que ven una de las primeras manifestaciones del poder del joven rabí sobre el mal. Los sinópticos sitúan este milagro en Galilea; Lucas precisa más: "en una ciudad" (v. 12), cosa que parece casi del todo improbable dada la severidad de las leyes con respecto a los leprosos (Lev 13, 45-46).

Mateo tiene en cuenta este rigor en su narración del hecho (Mt 8, 5) y relata, además, la curación de un pagano y de una mujer (concretamente del siervo del centurión y de la suegra de Pedro: Mt 8, 1-15) para mostrar en Jesús al acogedor de categorías humanas excluidas hasta entonces del pueblo elegido. Lucas ve simplemente en este milagro una ocasión de admiración para las muchedumbres (v. 15).

El relato de la curación del leproso está marcado por las reacciones de Cristo ante el descubrimiento de su poder de taumaturgo.

En primer lugar se siente movido a compasión por el sufrimiento que le rodea. Al contrario de Mc 1, 41, Lucas no hace mención de estos sentimientos. Sin embargo, esta "emoción" y esta "compasión" tienen su importancia, ya que a través de ellas Cristo expresa el amor poderoso y curativo del Padre. Cristo desea la curación de los enfermos que encuentra a su paso y precisamente en lo más íntimo de este deseo es donde aparece su carisma de taumaturgo: no habría producido el milagro sin esta compasión. El amor de Cristo hacia sus hermanos les lleva al amor de Dios.

Por otra parte, Jesús teme el carisma que posee: obliga al que ha sido objeto de milagro a guardar el secreto (v.14) y le ordena someterse a los exámenes legales (Lev 13-14).

Finalmente, rehúye la admiración de las muchedumbres que podrían interpretar mal sus milagros (v.16). No exige tampoco la fe del que solicita la curación, como lo hará más adelante. Solamente pone de manifiesto el poder divino que lleva dentro de Sí y pide las condiciones óptimas para ponerlo en práctica.

Los contemporáneos de Cristo atribuían al alma y al cuerpo una unión mucho más estrecha que la que le atribuían los griegos.

La enfermedad era considerada como el reflejo y la consecuencia de una enfermedad moral. Al curar el cuerpo, Cristo ha tomado conciencia de que su predicación inauguraba los tiempos escatológicos de la victoria sobre el mal y la era de la consolación (Lc 4, 16-20; Lc 7, 22-23).

Al fundamentar su vida en el amor a sus hermanos y en la obediencia a su Padre, Jesús de Nazareth ha realizado el primer tipo de humanidad sin pecado y sin mal, convirtiéndose de esta manera en la única fuente del auténtico futuro de la humanidad.

Las curaciones realizadas por Cristo no son más que un momento de reparación de la creación entera mediante su vida y su persona.

La curación de la humanidad ha pasado a ser hoy atributo de la ciencia. El cristiano colabora en ella sabiendo que no curará verdaderamente a sus hermanos sin antes haberse librado del mal mediante su fidelidad al Padre.

Bajo el nombre de lepra se incluían en tiempos de Jesús diversas enfermedades de la piel de carácter más o menos grave, entre las cuales se incluía aquélla que actualmente recibe ese nombre. Común a todas ellas era el hecho de convertir en impuro al hombre que la padecía, excluyéndole de la comunidad cúltica y social del pueblo israelita.

La tradición evangélica recuerda varios casos de curaciones de leprosos. Sin negar la realidad de un trasfondo histórico, podemos suponer que la insistencia sobre el tema (cfr Lc 5, 12-16; 17,12 ss). Se debe al hecho de que el judaísmo consideraba estas curaciones como uno de los signos de la llegada de los tiempos mesiánicos (cfr Lc 7, 22 par. y Mt 10,8). Dentro de este contexto se sitúa el milagro al que se refiere nuestro relato.

La curación ofrece un orden típico: a la súplica del enfermo responde Jesús: "Quiero, queda limpio" (5, 13). Evidentemente hay un milagro externo. Sin embargo, el centro del relato no se encuentra en la narración del hecho, sino en las palabras finales: "Ve a presentarte al sacerdote..." (5, 14).

El leproso se hallaba excluido del pueblo de Israel: era un manchado y no podía tomar parte en la liturgia de la oración, en la alegría de las fiestas. Se trataba de un hombre social y religiosamente marginado: sólo, sin derechos, lejos de los pueblos, como ejemplo y testimonio de la palabra de Dios sobre la tierra. Así se hallaba Job en otro tiempo, abandonado de Dios y de los hombres.

Pero ahora Jesús ha dicho "Queda limpio". Sin duda, esas palabras tienen eficiencia externa; el leproso queda sano y se presenta al sacerdote; desde ahora puede formar parte del antiguo pueblo de la alianza y las promesas. Pero, la voz de Jesús es todavía más profunda: al sentenciar "queda limpio", penetra hasta la misma entraña de aquel hombre maldito y le declara transformado, transparente y puro; todo el perdón de Dios se hace presente en esa frase.

Ese perdón de Dios que Jesús ha ofrecido a los marginados de la tierra tiene que constituir ahora el fundamento de la vida de la iglesia. En contra de lo que pasaba en Israel, el cristianismo no admite ya leprosos: no margina a nadie por su enfermedad, por su miseria humana o por su raza. Ofreciendo al leproso la limpieza de Dios y de los hombres Jesús ha declarado que no se puede tomar a ningún hombre como impuro. Solamente cuando rompa todas las barreras, sólo cuando vaya congregando a todos como hermanos, la iglesia vendrá a ser lugar de Dios sobre la tierra. Entonces se cumplirá aquella vieja esperanza mesiánica de la curación de los leprosos.

Como nota final, señalaremos los dos rasgos de Jesús con que termina nuestra escena: cura a los enfermos que le traen y, a la vez, eleva su oración a Dios en solitario. La unión de estos rasgos (oración personal y servicio a los necesitados) constituye un elemento primordial de toda auténtica existencia.

Elevación Espiritual para este día

En el principio invoco al primer Principio, de quien descienden todas las iluminaciones como del Padre de las luces, de quien viene toda dádiva preciosa y todo don perfecto, es decir, al Padre eterno por su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que con la intercesión de la Santísima Virgen María, madre del mismo Dios y Señor nuestro, Jesucristo, y con la del bienaventurado Francisco, nuestro guía y padre, tenga a bien iluminar los ojos de nuestra mente para dirigir nuestros pasos por el camino de aquella paz que sobrepuja a todo entendimiento. Paz que evangelizó y dio Nuestro Señor Jesucristo, de cuya predicación fue repetidor nuestro padre Francisco, quien en todos sus discursos, tanto al principio como al fin, anunciaba la paz en todos sus saludos deseaba la paz, y en todas sus contemplaciones suspiraba por la paz extática, como ciudadano de aquella Jerusalén, de la que dice el varón aquel de la paz, que era pacífico con los que aborrecían la paz: Pedid los bienes de la paz para Jerusalén. Porque sabía que e trono de Salomón está asentado en la paz, según está escrito: Fijó su habitación en la paz y su morada en Sión.

Reflexión Espiritual para el día

Espiritualidad del Reino

Jesús estaba repleto del Espíritu Santo. Mas que nadie, él nos revela lo que es vivir enteramente en el Espíritu, llevar una
verdadera vida espiritual. Jesús era más que un profeta porque mientras que los profetas estaban parcialmente movidos por el Espíritu, Jesús se identificaba totalmente en su propio ser, con el Espíritu de Dios. Esto quiere decir que los SENTIMIENTOS de Jesús eran siempre exactamente iguales a los sentimientos de Dios; todas las preocupaciones de Jesús, sus actitudes, luchas y valores eran en reflejo perfecto de las preocupaciones, actitudes, luchas y valores de Dios. Por eso decimos que Jesús es divino, que es el Hijo de Dios.

Si queremos participar de los sentimientos de Dios con respecto de cualquier cosa, podemos mirar hacia Jesús y ver lo que siente respecto de tales cosas, y confrontar nuestros sentimientos, preocupaciones o valores con los de él. He aquí el porqué todos los escritores espirituales dicen que la vida espiritual es una simple cuestión de IMITAR A JESUS, (SEGUIR A JESUS).

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones  de la sagrada Biblia y del Magisterio  de la santa madre la Iglesia

Tienen que estar preparados para saber dar razón de sus creencias y de su esperanza" (1ª Pedro 3,15)
" Ustedes ya están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado. Si permanecen en mí, y mi palabra permanece en
ustedes pidan lo que quieran y lo conseguirán. La gloria de mi Padre esta en que den mucho fruto y sean mis discípulos" ( Jn 15, 3). 7-8)

Para permanecer en Cristo y que sus palabras permanezcan en nosotros es necesario, entonces, conocer su palabra, y la palabra de Dios no "esta" contenida en la Biblia, la Palabra de Dios "es" la Biblia.

Cuentan que un novicio le dijo a San Arsenio: "Padre, es que yo leo la Biblia y no me queda casi nada". El santo entonces mandó al joven a sacar agua de un profundo pozo con un canasto empolvado y sucio. Después de una hora le preguntó : ¿ Has logrado sacar agua?- Nada, nada, respondió el discípulo- Todo se sale por las rendijas del canasto.

¿ Y el canasto cómo ha quedado? preguntó el maestro. - Ah, el canasto sí ha quedado totalmente limpio, sin polvo y sin basura-. -Mira, le dijo San Arsenio: "Eso es lo que hace en tu vida la lectura de las Sagradas Escrituras, aunque no se te quede casi nada en tu memoria, la Palabra Divina te va manteniendo el alma pura y limpia y va alejando de ti la mancha del pecado y la basura de los vicios" +


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