XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. 30
de Septiembre del 2012. 2º semana del Salterio. (Ciclo B) TIEMPO ORDINARIO. MES
DEDICADO A LOS DOLORES DE NUESTRA SEÑORA. SS. Jerónimo pb dc, Eusebia vg,
Antonio mr, Honorio ob. Santoral Latinoamericano. SS. Jerónimo, Gregorio.
LITURGIA DE LA PALABRA.
Nm 11, 25-29: “¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!”
Sal 18: “Los mandatos del Señor alegran el corazón”
St 5, 1-6: “Sus riquezas están corrompidas”
Mc 9,38-43.45.47-48: “Un vaso de agua por mí tendrá recompensa”
Clave de comprensión para las lecturas de este domingo: «Nadie puede ser excluido del servicio que se realiza en nombre de Dios».
En medio de las tradiciones del pueblo israelita por el desierto, el libro de los Números nos presenta el relato del «reparto» del espíritu de Moisés, entre setenta miembros del pueblo. La intención es que Moisés no tenga que llevar la carga solo. Con esta decisión de Yavé, la responsabilidad queda repartida: cada uno de quienes han recibido parte del espíritu que estaba en Moisés debería ser profeta en el pueblo. Ahora bien, tendríamos que atenernos al contexto para intuir qué características implicaba la tarea de estos personajes.
El capítulo 11 del libro de los Números nos da cuenta de las etapas de la marcha por el desierto; la narración se centra en una dificultad que tiene el pueblo: llevan varios meses comiendo maná y ya se encuentran hastiados: «tenemos el alma seca» (v. 6), «no vemos más que maná» (v. 6b), y con esto viene la tentación de añorar el tiempo de abundancia de comida en Egipto. Por aquí podemos intuir la grave dificultad en que se halla Moisés, ¿cómo hacer para que el pueblo no siga pensando en Egipto? El desierto es el gran desafío. Detrás está Egipto, con su abundancia, pero también con su esclavitud. Hacia delante está la promesa de una tierra, una libertad, una vida digna, pero que hay que conquistar a precio de privaciones, sacrificios, esfuerzos.
El relato causa admiración porque Yavé monta en cólera... Es un recurso literario para introducir la preocupación de Moisés, que se expresa en una bella oración de intercesión por el pueblo. La solución que plantea Yavé es la adecuada: reunir setenta representantes del pueblo para repartir entre ellos el espíritu que estaba en Moisés; de esa manera la dirección, orientación y concientización del pueblo sería obligación de muchos y no sólo de Moisés.
El espíritu que se dona a todas estas personas viene a ser, entonces, profético; es decir, está en función de profetizar. Hay que asumir que esta actividad profética está orientada a ayudar al pueblo a tomar más y más conciencia del plan de Dios con ellos, a entender lo que hay realmente detrás: Egipto y su abundancia de comida pero con su esclavitud que es lo contrario al plan divino, y lo que está por delante: un desierto inevitable, desafiante, mortal, pero al fin y al cabo, un medio que es necesario asumir para poder llegar a la tierra de la libertad, tierra de promisión. A cualquier persona del pueblo que, entendiendo las cosas así, «catequizara» a sus hermanos en este sentido había que verlo como profeta «autorizado» no porque hubiera estado necesariamente en la tienda del encuentro, sino por estar en comunión con el ideal de Yavé.
Ese parece ser el caso de Eldad y Medad. Ellos no estuvieron en el momento del reparto del espíritu y sin embargo estaban profetizando. Viene la reacción de Josué, el mismo que más tarde se encargará de guiar a su pueblo en los trabajos de conquista y ocupación de la tierra prometida. Josué no entiende todavía que todo el que influya de manera positiva en la conciencia del ser hermano, debe ser considerado profeta, y por eso aconseja a Moisés que lo prohíba (v. 28). Por su parte, Moisés ha captado muy bien que en el trabajo de liberación del pueblo, todos y todas tienen una gran tarea, y responde a Josué con palabras aparentemente duras, pero que en definitiva buscan también abrir la conciencia de su ayudante: «ojalá todo el pueblo fuera profeta» (v. 29); ojalá cada uno asumiera con verdadero empeño la tarea de concientizarse y concientizar a su semejante, a su prójimo, ¿no es eso justamente lo que Dios quiere y espera? A Josué pues, no le preocupaba mucho la necesidad de que cada miembro del pueblo tuviera una conciencia bien formada para continuar hacia adelante por el desierto; le preocupaba más defender lo «oficial», lo «autorizado» por Dios en la tienda del encuentro, es decir lo «instituido», la defensa de «los derechos de Dios».
En la misma línea, nos presenta el evangelio de Marcos para este domingo, una situación semejante con los discípulos de Jesús. Apenas transmitida por Jesús la lección sobre quién es el mayor (Mc 9,33-37), se produce un incidente que tiene que ver con la exclusividad de los miembros del grupo seguidor de Jesús. Juan le cuenta a Jesús que le han impedido a un hombre expulsar demonios en su nombre porque no se trataba de uno de los miembros del grupo (v. 38). No hay una pregunta, cómo hacer en casos semejantes, qué posición asumir, etc. La respuesta de Jesús es sabia, «nadie que obre un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí» (v. 39), y «el que no está contra nosotros, está con nosotros». En la tarea de construcción del reino nadie tiene la exclusiva. Tal vez los discípulos no tenían claro o no recordaban que su pertenencia al grupo de Jesús fue un don de pura gratuidad; ninguno de ellos presentó ante Jesús un concurso de méritos para ser elegido; fue Jesús quien se presentó ante ellos, se les atravesó a cada uno por su camino y los llamó, aun a sabiendas de que no eran ni los mejores ni lo más representativo de su sociedad. En ese sentido también otros y otras pueden seguir siendo llamados. En cada hombre y en cada mujer Dios ha sembrado las semillas del bien; cómo y cuándo esas semillas comienzan a germinar y dar frutos, eso es decisión de cada uno. A veces nos parecemos a Juan y al resto de discípulos, nos ponemos celosos de quienes sin pertenecer a la institución hacen obras mejores que las nuestras. Y sale inevitablemente la frase: «pero ése o ésa es de tal o cual religión o de tal o cual grupo...». Anteponemos a la vocación universal de hacer el bien y a la práctica del amor, unos intereses mezquinos y unos criterios de autoridad y de exclusividad absolutamente rechazados por Jesús (cf. Mc 9,39)
El diálogo de Jesús con sus discípulos refleja la situación de la comunidad para la cual Marcos escribe su evangelio. Una comunidad quizás muy consciente de lo que eran las exclusiones, pero al mismo tiempo en peligro de ser exclusivista, con una excusa quizás aparentemente sana: «ser o no ser de los nuestros», «ser o no ser del camino», «estar o no estar en el proceso...», y en fin otras talanqueras que pretendidamente intentan justificarse con la excusa de defender la «pureza» de la fe o del «credo» o del «orden» o, en definitiva, de «defender los derechos» de Dios.
Pues bien, cuando se cae en el extremo de «defender» a Dios, o los «derechos» de Dios, lo que se logra en definitiva es minimizar a Dios, ponerlo en ridículo ante el mundo, y la consecuencia más inmediata, la que previó Jesús y quizás la que ya se veía en la primera comunidad, era la del escándalo a los más pequeños. A Jesús le preocupan los «pequeños», no sólo los menores de edad, sino los que apenas empiezan a intuir la dinámica del reino con la subsiguiente imagen de Dios que él propone.
Con todo, a través de los siglos, los peligros de la comunidad primitiva se convierten en hechos reales: cuántos creyentes promotores del bien, de la justicia y de la paz excluidos o en entredicho sólo porque «no eran de los nuestros», cuántos Josués y Juanes empeñados todavía en «defender» una pretendida exclusividad que, por supuesto, nadie posee, con lo cual lo único que logran es escandalizar cada vez más a muchos, haciéndoles creer que Dios es tan pequeño, que puede reducirse a los estrechos límites de un grupo o de una institución, aunque sus adeptos se cuenten por millares.
Si logramos tomar conciencia de que Dios es más grande que un grupo o una institución y que en ningún momento nuestra vocación es la de defender unos supuestos derechos de Dios, sino simplemente servir, ponernos en función de construir el Reino con y desde las múltiples posibilidades que ello implica dada la insondable riqueza del mismo espíritu, entonces jamás se nos ocurrirá pensar si éste o aquél es o no es «de los nuestros», sino mejor... ¡como cooperar más y mejor con aquél o aquélla que tan bien están luchando por construir aquí el Reino!
PRIMERA LECTURA.
Números 11, 25-29
¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!
En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar enseguida. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: "Eldad y Medad están profetizando en el campamento." Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: "Señor mío, Moisés, prohíbeselo." Moisés le respondió: "¿Estás celoso de mí?"?¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!".
Palabra de Dios.
Salmo responsorial: 18
R/.Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. R.
La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R.
Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quien conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta. R.
Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado. R
SEGUNDA LECTURA.
Santiago 5, 1-6
Vuestra riqueza está corrompida.
Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.
Palabra de Dios.
SANTO EVANGELIO.
Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela
En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: "Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros." Jesús respondió: "No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos la infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga."
Palabra del Señor.
Reflexión de la Primera lectura: Números 11,25-29. “¡Ojalá todo el pueblo fuera
profeta!”
El relato del libro de los Números presenta la organización del pueblo de Israel en su viaje hacia la tierra prometida. Israel, presentado como una comunidad santa —cuyos errores, debilidades y rebeldías no se callan, a pesar de todo—, es guiado por Yavé, que habita en medio del pueblo y, acompañándolo, lo engendra con su poder y manifiesta su señorío incluso sobre los pueblos limítrofes. Nuestro fragmento pone de relieve la estructuración del gobierno de la comunidad.
Moisés es el mediador por excelencia entre Dios y el pueblo. El Señor le habla directamente y ha recibido en plenitud el espíritu (v. 25a). Junto a él aparecen setenta ancianos (v. 25b) que participan de la autoridad carismática de Moisés.
El texto prosigue comunicando una verdad que marca un avance importante en el camino del hombre religioso: el don de Dios no está ligado rígidamente a un lugar, sino que alcanza a la persona allí donde se encuentre. Este es el caso de los dos hombres que, aun habiendo sido convocados entre los setenta ancianos, no habían ido al lugar fijado. También sobre ellos vino el espíritu (v. 26), suscitando la contrariedad de Josué (v. 28). La afirmación de la libertad soberana de Dios en su obrar (v. 29) es el elevadísimo mensaje que interpela al creyente de todos los tiempos, siempre acechado por la tentación de encerrar a Dios en los angostos espacios de una “justicia” que se arroga la tarea de salvaguardar los presuntos derechos de Dios pisoteando los de las personas humanas.
Reflexión de la Segunda lectura: Santiago 5,1-6. Sus riquezas están corrompidas
El fragmento se presenta como un duro apóstrofe contra los ricos. Estos, sintiéndose fuertes por los bienes de los que disponen, limitan su horizonte existencial a la tierra y se encierran en él constituyéndose a sí mismos centro de su propio mundo (cf. Lc 12,16-19). Parecen vivir en una condición envidiable; sin embargo, Santiago saca a la luz el drama del que son protagonistas. La cantidad de bienes que tienen acumulados es tan grande que se deterioran: mientras que muchedumbres de pobres están privadas del mínimo que se les debe, Una ingente cantidad de riqueza está malgastada, no sirve para nada (v. 3a); sin embargo, puesto que se trata de bienes que los ricos han acaparado de una manera inicua, pisoteando los justos derechos de los obreros (v. 4) y cometiendo abusos, hasta el punto de no dudar en matar a quienes hubieran sido un obstáculo para sus intereses (v. 6), los mismos ricos serán víctimas de sus ingentes capitales (v. 3b). En efecto, el día del juicio de los los bienes constituirán la prueba acusatoria de su conducta perversa. La vida frívola y disoluta que llevan los ricos no sirve para otra cosa más que para hacerles llegar gordos, del mismo modo que los animales para el día de la matanza (v. 5).
Frente a la situación grotesca y paradójica de los ricos as y carentes de escrúpulos, está la de los justos, de, defraudados en lo que les corresponde por derecho (v. 4a), víctimas silenciosas de vejaciones a las que no pueden oponerse (v. 6), pero cuyo grito llega a los oídos del Señor (v. 4b). El se encargará de su defensa y cambiará su suerte. En la figura del «justo» del v. 6 podemos entrever la del “Siervo de Yavé”, cuya confianza está puesta enteramente en el Señor, que vela sobre su condición humillada y oprimida, “escucha su grito y lo salva” (cf. Sal 37,39ss; Is 50,6ss).
Reflexión del Salmo 18 Los mandatos del Señor alegran el corazón
El salmo 18 mezcla dos tipos de salmo, lo que ha llevado a mucha gente a dividirlo en dos. De hecho, del versículo 2 al 7 tenemos un himno de alabanza, sin ningún tipo de introducción. Aquí, el cielo y el firmamento, el día y la noche cantan —en silencio— las alabanzas de quien los creó. Se trata, por tanto, de un himno de alabanza al Dios creador. Pero la segunda parte (8-15) es de estilo sapiencial y presenta una reflexión sobre la ley del Señor.
Lo que hemos dicho hasta ahora puede ayudarnos a ver cómo está organizado el salmo 19. Tiene dos partes, con estilos diferentes: 2-7 y 8-15. En la primera (2-7) tenemos una solemne alabanza al Creador del universo: el cielo, el firmamento, el día, la noche y, sobre todo, el sol, proclaman, sin palabras, la gloria de quien los creó. La alabanza silenciosa es lo más importante, pues viene a demostrar que las palabras no son capaces de expresar todo lo que se siente. El sol es comparado con el esposo que sale de la alcoba y con un atleta que recorre el camino que se le ha señalado.
En la segunda parte (8-15) encontramos un poema sapiencial cuyo tema central es la ley del Señor, a la que se designa también como «testimonio» (8b), «preceptos» 9a), «mandamiento» (9b), «temor» (10a) y «decretos» (10b) son seis términos que se emplean para indicar básicamente la misma realidad. Al lado de cada una de estas palabras se repite el nombre propio de Dios: «el Señor» —Yavé en el original hebreo— (en esta segunda parte, este nombre aparece siete veces) y también un adjetivo: «perfecta», «veraz», «rectos», «transparente», «puro», «verdaderos». Después de cada una de estas afirmaciones se presenta a la persona o realidad que se beneficia de los efectos de la ley: el alma descansa (8a), el ignorante es instruido (8b), el corazón se alegra (9a), los ojos reciben luz (9b). Todo esto se resume en dos comparaciones: la ley es más preciosa que el oro más puro (es decir, más que lo más valioso que existe) y más dulce que la miel (la miel es lo más dulce que hay). Con otras palabras, este poema afirma que la ley es lo más valioso y lo más dulce que existe (11).
Esta segunda parte puede, a su vez, dividirse en otras dos. Después de presentar el elogio de la ley perfecta, lo más precioso y lo más dulce que hay, el salmista se contempla a sí mismo viéndose imperfecto, impuro, arrogante y pecador (12-14), y concluye expresando un deseo: que las palabras de este salmo, en forma de meditación, le agraden al Señor, su roca, su redentor (15).
La primera parte de este salmo (2-7) presenta una tensión. De hecho, casi todos los pueblos vecinos de Israel consideraban al sol y a los astros como dioses. Para el salmista, el cielo y el firmamento son como una especie de gran tejido en el que Dios ha dejado impresos algunos signos de su amor creador. En silencio, las criaturas hablan de la grandeza de su Creador. Cada día le entrega al siguiente una consigna; lo mismo que cada noche a la posterior: han de ser anunciadores silenciosos del amor del Creador. Aun sin usar palabras, su mensaje silencioso llegará hasta los límites del orbe. Todos los días y todas las noches proclaman siempre la misma noticia.
El sol no es Dios, sino una criatura de Dios. En aquel tiempo, se creía que el astro rey giraba alrededor de la tierra. Por eso se suponía que, por la mañana, salía de la tienda invisible que Dios había levantado para él en Oriente como el esposo de la alcoba, para recorrer su órbita como un héroe o un atleta, hasta entrar de nuevo en su tienda en Occidente. Como el esposo, porque es sinónimo de fecundidad; como un héroe, porque nada ni nadie escapa a su calor; como un atleta, porque nadie lo puede detener.
La segunda parte (8-15) también esconde una tensión con las «naciones». De hecho, para Israel, el gran don insuperable que Dios le ha comunicado a Israel se llama «ley». Por medio de ella dejó perfectamente claro en qué consistía su proyecto y cuáles eran las condiciones para que Israel fuera su socio y aliado. ¿Qué es lo que tiene Israel que ofrecerles a las naciones? Una ley perfecta y justa, fruto de la alianza con un Dios cercano: «En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos corno esta ley que yo os propongo hoy?» (Dt 4,7-8).
Después de hablar de la perfección de la ley, el salmista piensa en la propia fragilidad (12-15). La ley es útil para la instrucción y el provecho del fiel. Pero él se siente pequeño. La ley es perfecta, él es imperfecto. La ley es pura como el oro fino, pero él tiene que ser purificado de las faltas que haya podido cometer sin darse cuenta. El problema principal consiste en la posibilidad del orgullo o la arrogancia que, dominando a la persona, vuelven responsable al individuo de las transgresiones más serias, del «gran pecado».
En este salmo hay dos imágenes muy intensas: la del Dios de la Alianza (8-15), que hace entrega de la ley a su pueblo, y la del Dios Creador, reconocido como tal por sus criaturas en todo el orbe (2-7).
El Nuevo Testamento vio en Jesús el cumplimiento perfecto de la nueva Alianza; Jesús es aquel que permite ver de manera perfecta al Padre (Jn 1,18; 14,9). Jesús alaba al Padre por haber revelado sus designios a los sencillos (Mt 11,25) e invitó a aprender, de los lirios del campo y de las aves del cielo, la lección del amor que el Padre nos tiene (6,25-30).
La primera parte de este salmo nos ayuda a rezar a partir de la creación, a contemplar en silencio el mensaje que nos viene de las criaturas. Es un salmo ecológico o cósmico. La segunda parte nos hace entrar en comunión con el proyecto de Dios presente en la Biblia, con el mandamiento del amor. Nos hace también pensar en nuestra propia fragilidad. Es un salmo que puede y debe ser rezado cuando queremos librarnos de la arrogancia y del orgullo...
Reflexión primera del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48. Un vaso de agua por mí tendrá recompensa
La intervención de Juan refiere la oposición de los discípulos a un exorcista que, aunque no pertenecía a su grupo, obraba en nombre de Jesús (v. 38). Esto le permite al Maestro proporcionar una enseñanza importante para la vida de la comunidad cristiana. No están en comunión con Jesús sólo los que son, oficialmente, de los suyos (v. 39); el que invoca su nombre obrando el bien es, a buen seguro, un simpatizante suyo, puesto que es correcto pensar que no ultrajará, en un segundo momento, a aquel cuyo poder había invocado antes.
Jesús, que ha venido para salvar a todos (cf. Jn 12,32; Hch 1O, 34ss), no es propiedad de nadie y, con mayor razón aún, no puede pretender poseerlo en exclusiva su comunidad, que, más bien, está llamada a continuar su misión universal. Hay personas que, aunque no se consideran discípulos de Jesús, no son, de hecho, contrarias a él y llevan a cabo gestos de atención respecto a los cristianos: estos tienen asegurada su recompensa (vv. 4Oss).
Enlazando con los precedentes dichos de Jesús dirigidos a los pequeños (cf. vv. 37.4 1), refiere el evangelista algunas sentencias contra los que son motivo de escándalo o de tropiezo y, por consiguiente, de caída. Es preferible morir antes que atentar con nuestro propio comportamiento contra la debilidad del hermano, en particular si se sobreentiende la debilidad en la fe (v. 42). Esta idea aparece articulada en los versículos siguientes con tres afirmaciones extremas: es mejor amputarse un miembro del propio cuerpo que sea ocasión de caída que conservarla integridad del cuerpo y perder la comunión con Dios. El carácter trágico de esta última condición está reforzada con la cita del Is 66,24, que evoca la destrucción provocada por la putrefacción y por la combustión: un tormento sin tregua (v. 48).
En Dios, la libertad se conjuga con el amor infinito, ese en virtud del cual no se negó Jesús a dar la vida por nosotros. La libertad de Dios es demasiado grande para el hombre. Es algo que produce vértigo y resulta inconcebible para los espíritus ligados a la ley de la justicia distributiva. Así, siempre hay alguien dispuesto a dar consejos a Dios para enseñarle —o al menos recordarle— cómo tiene que tutelar y hacer respetar sus propios derechos.
Dios, en cambio, parece ver las cosas desde otro punto de vista. Para él, todos los hombres son hijos suyos y se pone contento cuando alguno de ellos, aunque sea de una manera no «canónicamente» correcta, acoge su don y lo vive; sin embargo, le entristece ver que sus hijos no hacen circular entre ellos el amor que reciben de él; que, en vez de ayudarse unos a otros, se obstaculizan recíprocamente; que intentan explotarse, en vez de compartir los bienes de que disponen...
Jesús pone en guardia a la comunidad de sus discípulos: no hay que volver a levantar, en nombre de una presunta pureza religiosa, las barreras que él ha venido a derribar.
Reflexión segunda del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48. Vida a partir del Evangelio.
Jesús nos trae realmente el Evangelio, la Buena Noticia, y anuncia que Dios se ha volcado definitivamente hacia los hombres: que perdona nuestras culpas, que podemos confiar en él, que quiere y puede conducirnos por encima de la muerte a la plenitud de la vida en la comunión con él. Pero tergiversamos el Evangelio cuando pensamos que lo que nos ofrece es un gozo leve y superficial, diciéndonos lo que nos gusta escuchar confirmándonos en nuestras aspiraciones y nuestras obras, y asegurándonos que, en realidad, no podemos equivocarnos en nada. Jesús anuncia el Evangelio y, al mismo tiempo, describe la vida que corresponde a la comunión con Dios. Al Evangelio que dan vinculadas unas normas que han de ser respetadas en nuestro comportamiento y que con frecuencia requieren de nosotros acciones decididas y fatigosas.
El pasaje evangélico que abordamos forma parte de las instrucciones que reciben los Doce (9,35-50) después del segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (9,30-34). Esta instrucción es, junto con el discurso en parábolas (4,1-34) y el discurso apocalíptico (13,3-17), uno de los tres grandes discursos en Marcos. Gira sobre todo en torno al modo en que se han de comportar los discípulos con el prójimo y consigo mismos. Al inicio, y como fundamento de todo lo que sigue, los Doce escuchan que sólo el servicio es el camino hacia la grandeza y que la solicitud hacia un niño es el servicio ejemplar (9,35-37). Después, Jesús explica a los Doce cómo deben comportarse con aquellos que no pertenecen al grupo (9,38-41), con los pequeños que viven entre ellos (9,42) y consigo mismos (9,43-48). Al final los exhorta a vivir en paz unos con otros (9,50). Sólo si están seriamente dispuestos al servicio, sin darse aires de grandes señores, podrán comportarse como Jesús les enseña y les pide.
Los discípulos parten de que se ha de pertenecer plenamente a su grupo para poder actuar en el nombre de Jesús, es decir, remitiéndose a Jesús y con la fuerza de Jesús (9,38). Jesús es mucho más abierto. Los discípulos han de valorar ya positivamente el hecho de no ser tratados con maldad y hostilidad: «El que no está contra nosotros, está a favor nuestro» (9,40). Y si son agasajados con una acción buena, que, por pequeña que sea, será recompensada por Dios, ellos han de saber también reconocerla. Jesús los invita a no cerrarse en sí mismos y a no ver por todas partes rivalidad y malicia; los invita a tener una mirada amplia y magnánima, capaz de reconocer todo lo positivo que hay en aquellos que no pertenecen al grupo.
A continuación Jesús habla de escandalizar o hacer caer (9,42) y de escandalizarse o caer (9,43-48). El escándalo es recordado por Jesús también en otros pasajes. Cuando explica la parábola del sembrador, habla del escándalo de aquel que comienza acogiendo de buen ánimo la palabra de Dios, pero que, cuando por su causa tiene que soportar la opresión y persecución, se desentiende de ella (4,17). El escándalo que Jesús predice a los discípulos (14,27) consiste en que, en el momento de su arresto, todos huirán, se alejarán de él e interrumpirán el seguimiento (14,50); más grave es el escándalo en la triple negación por parte de Pedro (14,66-72; cf. 14,29-3 1). En el escándalo está en peligro la comunión con Jesús, con su persona y con su palabra (cf. 8,35). Este es el tesoro más valioso que tenemos, y se ha de conservar a toda costa.
Por los pequeños muestra Jesús una especial predilección. Se trata de personas sencillas y normales entre los que creen en él y le siguen. En ningún caso se puede poner en peligro su unión con Jesús, ni se les puede separar de él y de su palabra. Jesús hace ver la gravedad de este escándalo afirmando con fuerza que se ha de evitar a cualquier precio. De modo drástico declara que el precio no es demasiado alto, si al que pretende hacer caer a los pequeños “se le pone a seguros” en el fondo del mar con una rueda de molino en torno al cuello, impidiéndole así que escandalice (9,42). Esto es mejor para su potencial víctima, y lo es también para él mismo, porque se le preserva así de una gravísima culpa.
Por lo que respecta al comportamiento con uno mismo, Jesús dice: «Si tu mano te hace caer, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga» (9,43). Jesús afirma lo mismo para el pie y para el ojo, y con esta triple repetición da a su enseñanza una insistencia especial. Jesús habla de tres cosas: de lo que un órgano importante del cuerpo pretende hacer; de lo que el hombre mismo debe hacer; de las consecuencias que se derivan para el hombre.
Mano, pie y ojo no han de ser tomados en sentido literal, sino figurado. Se trata de realidades que pertenecen por naturaleza al hombre, que son apreciadas por él y que significan mucho para él, pero que pueden también poner radicalmente en peligro la unión con Jesús y con su palabra. Previamente Jesús había recordado ya: el apego incondicionado a la vida terrena y a sus bienes (8,34-35), el conformarse a la mentalidad del momento (8,38), la aspiración a los primeros puestos y a la grandeza (9,34). Estos fines y aspiraciones, y otros semejantes, están por naturaleza presentes en nosotros y determinan nuestro comportamiento. Aquí y ahora se pueden hacer necesarias duras y drásticas decisiones. El valor supremo para el discípulo —valor al que se ha de permanecer fiel a toda costa— debe ser la unión con Jesús y con su palabra. Todo lo que pone en entredicho esta unión (todo lo que escandaliza) debe ser rechazado, aunque sea para nosotros tan preciado como el ojo.
Jesús señala con claridad las consecuencias tan determinantes que derivan de estas decisiones. De ellas depende entrar en la vida, es decir, en el reino de Dios, o ser arrojados al infierno. Si nosotros, incluso con penosos sacrificios, nos decidimos por la unión con Cristo y si, incluso con algunos fallos, nos esforzamos continuamente por permanecer fieles a esta unión, entraremos en la vida eterna. La vida eterna no es otra cosa que la comunión perfecta e imperecedera con Jesús y con Dios. Pero si anteponemos otros objetivos y aspiraciones a la unión con Jesús, entonces nos separamos ya en esta vida de Jesús y de Dios. La gehenna significa la exclusión del reino de Dios, de la eterna comunión de vida con él. No es Dios quien nos excluye, sino que nos excluimos nosotros mismos con nuestras decisiones y con nuestro modo de vivir. Por medio de Jesús, Dios nos ofrece la comunión de vida con él, pero no nos la impone.
En esta gran instrucción, Jesús señala a los discípulos con una insistencia singular lo que han de hacer y lo que han de evitar para participar del reino de Dios, que está en el centro del Evangelio. Jesús no quiere suscitar miedo, ni en ellos ni en nosotros. Pero debemos conocer con precisión cómo podemos alcanzar la vida eterna y cómo podemos perderla. La comunión con Jesús y con Dios en la vida eterna presupone la comunión con ellos en esta vida terrena.
Reflexión tercera del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48. Sí tu mano te hace caer, córtatela.
El evangelio nos propone hoy una enseñanza que resulta actual y puede ser útil para el ecumenismo. Está preparada por un fragmento del libro de los Números, que va en la misma línea. La segunda lectura habla, en cambio, de los ricos deshonestos.
El apóstol Juan dice a Jesús en el evangelio: «Maestro, vimos a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo impedíamos, porque no va con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis».
El evangelio nos presenta también otras afirmaciones de Jesús que nos indican la importancia de saber discernir cuándo debemos mostrarnos intransigentes y cuándo, sin embargo, es preciso ser flexibles. Este discernimiento es muy importante en la vida.
En el caso del ecumenismo es preciso recurrir a la flexibilidad. No debemos asumir una actitud sectaria, que rechace todo juicio positivo sobre las personas que no forman parte de la Iglesia católica; debemos reconocer que también ellas reciben gracias del Señor. Debemos desear, a buen seguro, que entren a formar parte de la Iglesia, pero no debemos mostrarnos intolerantes, sino acogedores con ellas.
Juan piensa que se debe ser intransigente. Ha prohibido a alguien que no era del grupo de los Doce expulsar a los demonios en el nombre de Jesús. Piensa que, para servirse del nombre de Jesús, se debe estar con él y no ser independiente de él.
Sin embargo, Jesús es de la opinión contraria, y dice a los discípulos: «No se lo impidáis. Uno que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor». De este modo, se muestra flexible, acogedor, no es intransigente. Quiere que no se prohíba el bien que se pueda hacer, aun cuando ciertas circunstancias no parezcan ser del todo regulares.
La misma actitud se pone de manifiesto en la primera lectura, tomada del libro de los Números. Moisés se ve obligado a compartir sus tareas con setenta ancianos. El Señor toma el espíritu que está sobre él y lo infunde sobre los ancianos. Entonces empiezan a profetizar, es decir, a hablar de manera inspirada, demostrando así que han sido elegidos por Dios para guiar a su pueblo.
Habían quedado en el campamento dos del grupo. Estaban entre los inscritos, pero no habían salido para ir a la tienda. El espíritu se posó también sobre ellos, y empezaron a profetizar. Un joven se muestra escandalizado: estos dos hombres no eran del grupo de los que habían ido a la tienda y, por consiguiente, no deben profetizar. El joven corre a contárselo a Moisés.
Josué toma entonces de inmediato la defensa de Moisés, diciendo: «Prohíbeselo tú, Moisés, señor mío». Moisés, sin embargo, se muestra acogedor. No está celoso; por eso le responde a Josué: « ¿Estás celoso de mí?». Y añadió: « ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!». De este modo rechaza los celos, el amor posesivo.
Las gracias del Señor no deben ser ocasión de celos, de envidias, sino de actitudes de apertura, porque todas esas gracias van en el sentido del amor, y del amor universal.
De modo semejante, Jesús se inclina en el evangelio por una actitud de flexibilidad, de acogida. Por eso dice a Juan y a los apóstoles: «No se lo impidáis». Y añade a continuación: «Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor». Una persona, aunque esté alejada de Jesús, aunque no esté unida a él como verdadero discípulo, si hace el bien en su nombre, está con él. No está contra él, porque hace el bien con él. Por eso dice Jesús: «Está a nuestro favor».
En otro pasaje, sin embargo, dice: «El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12,30). Pero en este caso se trata de una decisión personal que se debe tomar respecto a Jesús: es preciso estar a su favor; de lo contrario se estará en su contra.
A renglón seguido, Jesús nos brinda una enseñanza sobre los casos en que hay que ser intransigentes. Se trata de los casos de escándalo. «Escándalo» significa inducir a alguien al mal.
Jesús empieza defendiendo a los pequeños de todo tipo de corrupción, y dice: «Si uno escandaliza a uno de estos pequeños creyentes, más le valdría que le encajasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar».
Se habla mucho en nuestros días de «pedofilia». Esta palabra, de por sí, debería tener un significado bello, porque etimológicamente significa «amistad con los niños»; sin embargo, en nuestro lenguaje ha adquirido un significado muy negativo: el de inducir a los niños a la impureza.
Jesús defiende a los niños con un vigor extremo: dice que sería mejor sufrir el peor de los suplicios (encajarle al cuello una piedra de molino y echarla al mar) antes que escandalizarlos.
Después toma en consideración otros casos en los que es menester mostrarse intransigentes: «Si tu mano te hace caer (es decir, si te es ocasión de pecado grave), córtatela, Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al horno, al fuego inextinguible. Si tu pie te hace caer, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que con los dos pies ser arrojado al horno. Si tu ojo te hace caer, arráncatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al horno».
Evidentemente, Jesús emplea aquí un lenguaje simbólico, poniendo ejemplos concretos de manos, pies y ojos. En realidad, no son la mano, el pie y el ojo los que inducen al hombre al mal, sino sus malas intenciones. Sin embargo, Jesús quiere hacernos comprender con estos ejemplos que, cuando hay circunstancias que nos conducen al pecado mortal, es preciso ser radicales, aceptando incluso las renuncias más fuertes y dolorosas.
A este respecto, podemos recordar una frase que la reina Blanca de Castilla dirigió a su hijo, san Luis IX, rey de Francia: «Preferiría verte muerto a mis pies antes de que cometieras un pecado mortal». Una madre que dice una cosa así a su hijo muestra haber comprendido de verdad la gravedad del pecado mortal, y sabe que la muerte del alma es peor que la del cuerpo.
Nosotros debemos tener esta misma convicción. Es verdaderamente importante saber mostrarnos intransigentes cuando se trata de infidelidades graves al Señor: infidelidades que nos impiden entrar en la vida eterna, en la comunión eterna con Dios. Las cosas que impiden la entrada en la vida eterna son de una extrema gravedad; por eso hay que rechazarlas con una actitud tanto más enérgica.
Por desgracia, en nuestros días se habla mucho de permisividad, y de este modo se justifican muchos comportamientos malos. Los cristianos debemos ser la sal de la tierra, debemos conservar todo nuestro sabor; de ahí que debamos rechazar con vigor todas las tentaciones que nos presenta el mundo moderno.
Santiago usa también, en la segunda lectura, palabras muy fuertes contra los ricos deshonestos, que explotan a los trabajadores: «El jornal de los obreros, que no pagasteis a los que segaron vuestros campos, alza el grito; el clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos».
Santiago quiere hacer recapacitar a estas personas con la amenaza de castigos divinos. Deben convertirse también y adoptar una actitud intransigente contra todo tipo de deshonestidad.
Las lecturas de hoy nos ofrecen enseñanzas significativas. Pidamos al Señor en la Eucaristía que nos dé la fuerza necesaria para ser verdaderamente intransigentes cuando sea necesario y, por otra parte, que nos mostremos flexibles cuando lo pida la caridad.
Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48.
Detrás de la observación de Juan (hemos visto a un extraño echando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido) se vislumbra fácilmente el egoísmo del grupo (tan frecuente), ese temor mezquino de la competencia de los demás que tantas veces se disfraza de fe (con la pretensión de tutelar el amor de Dios), pero que en realidad es una de sus más profundas negaciones. El discípulo ruín y cicatero -pero también profundamente inseguro- soporta con dificultad que el Espíritu sople por donde quiera. Se muestra envidioso, se siente desmentido y traicionado: ¿no debería el Espíritu de Dios estar sólo en nuestras manos, de forma que se viera claramente que somos nosotros, solamente nosotros, sus portadores? Salta al recuerdo un episodio del Antiguo Testamento: Moisés comunicó el Espíritu de Dios a setenta ancianos que habían salido del campamento y se habían reunido junto al tabernáculo; pero un joven vio con sorpresa que el Espíritu de Dios se había posado también sobre Eldad y Medad, dos ancianos que no se habían unido al grupo y que no habían salido del campamento, pero que se pusieron también a profetizar. Y Josué exclamó: "Moisés, señor mío, ¡prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá profetizase todo el pueblo de Dios y hubiera puesto el Señor su Espíritu sobre cada uno de ellos!" (Núm 11, 16-30). Los auténticos amigos de Dios, como Moisés y Jesús, gozan de la liberalidad del Espíritu. No se sienten desmentidos, porque aman a Dios y no se aman a sí mismos.
Y esto es lo principal. Pero muchos escrupulosos defensores de los derechos de Dios -podríamos decir que todos los escrupulosos defensores de los derechos de Dios- se están defendiendo y sosteniendo en realidad a sí mismos, su propio recinto. Pero también es verdad que no todos los gestos son de Cristo, que no todos los intentos de liberación pertenecen a Cristo; sólo le pertenece lo que se hace en su nombre ("Hemos visto a uno que no era de los nuestros y que expulsaba a los espíritus malos en tu nombre... No es posible que alguien haga un milagro en mi nombre y luego hable mal de mí.") Lo que pasa es que el "nombre" no indica el recinto, sino la lógica.
La sentencia con la que Jesús cierra todas estas enseñanzas es sorprendente: "El que no está contra nosotros, está con nosotros." Es exactamente lo contrario de otra sentencia (Mt 12, 30; Lc 11, 23): "El que no está conmigo, está contra mí." Pero no hay ninguna contradicción. Son las diferentes situaciones las que explican la diferencia de las afirmaciones. La unidad está en el hombre que necesita de vez en cuando advertencias distintas. De todas formas, "la tolerancia de Jesús prohíbe toda cerrazón ortodoxa". "Si alguno le quita la fe (escandaliza) a cualquiera de estos pequeños que creen..." (9, 42). En tiempos de Jesús eran los maestros de la Ley los que con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio -y también con las amenazas de sus excomuniones (cf. Jn 9, 22; 12, 42)- desaconsejaban a la gente sencilla que siguiera a Jesús: perturban su fe y eran para ellos piedra de escándalo. Más en general, el "pequeño" es el discípulo continuamente perturbado en su fe, perturbado no sólo por el mundo, sino por su misma comunidad, incluso por aquellos que pretenden ser sus maestros. Y como si esto no fuera suficiente, está también el escándalo que viene de nosotros mismos. El hombre es escándalo para sí mismo, lleno como está de vacilaciones, de compromisos y de excusas demasiado fáciles. Con su lenguaje ("si tu pie es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, córtatelo...; si tu ojo es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, sácatelo..."), Jesús afirma la exigencia de una decisión sin reservas por el Reino, la absoluta necesidad de ponerlo en el primer puesto.
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Texto. Pertenece a la misma sesión docente del domingo pasado. Es una pena que el texto litúrgico no se haya ampliado dos versículos más. Nos encontraríamos con el final de la sesión y podríamos comprobar cómo este final remite al comienzo de la misma, creando un marco temático unitario para toda ella. La sesión se abría en 9, 33 con problemas de rango y de prioridades entre los doce y se cierra en 9, 50 con una invitación a los doce a convivir en paz.
Juan, uno de los doce presenta el siguiente caso: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios invocando tu nombre y hemos intentado impedírselo porque no nos seguía. Observemos el empleo del plural: hemos visto, hemos intentado, no nos seguía. Marcos presenta a los doce actuando como grupo bien definido y compacto. La expresión no nos seguía o no era de los nuestros significa que el exorcista no era cristiano.
Todo el resto del texto lo presenta Marcos como respuesta unitaria de Jesús a propósito de la actuación exhibida por los doce en el caso del exorcista. Es cierto que para elaborar esa respuesta Marcos se ha servido de frases de Jesús pertenecientes sin duda a diferentes situaciones. A ello se debe la aparente dispersión de las frases. Pero esto no debe ser razón para que nosotros las leamos aisladamente. Marcos las ha introducido en un contexto y dentro de él es como hay que leerlas e interpretarlas. En este sentido hay que decir que las divisiones que de este texto suelen hacer las biblias ni respetan la unidad creada por Marcos ni favorecen su adecuada interpretación.
Jesús está en desacuerdo con la actuación seguida por los doce en el caso del exorcista no cristiano. Las razones aducidas son de diversa índole. En primer lugar menciona Jesús razones pragmáticas o de sentido común. Son los vs. 39-41. Es improbable que alguien que apele a Jesús vaya acto seguido a hablar mal de él. En este sentido, afirma Jesús, todo aquel que no se presente expresamente como enemigo debe ser tenido por simpatizante. Para demostrar simpatía no son necesarias solemnes adhesiones doctrinales, bastan los pequeños gestos de la vida ordinaria.
En segundo lugar menciona Jesús razones de escándalo. Son los vs. 42-48. Estos son los versículos que más se han desenfocado, al haberse interpretado el escándalo en relación con los niños y fundamentalmente en materia sexual. Tajantemente hay que afirmar que Jesús no habla aquí ni de niños ni de concupiscencia, sea ésta sexual o de otro tipo. El escándalo del que Jesús habla es del que los doce pueden ocasionar con una actitud como la exhibida en el caso del exorcista cristiano. Las víctimas del escándalo son los pequeños que creen en mí. Desde el domingo pasado sabemos que en esta sesión docente el niño es una metáfora para designar a todos aquellos que dentro de la comunidad cristiana son poco importantes o poco considerados. La actuación prepotente o altanera de los doce, simbolizada por la mano, el pie y el ojo, es un escándalo para estos creyentes. El lenguaje severo y amenazador de Jesús quiere ser un aviso y un freno a esta actuación.
Comentario. Propongo que la homilía de este domingo empiece con una afirmación clara sobre el desenfoque que ha padecido este texto. Es urgente una labor de desmonte y de enfoque en la línea expuesta en el análisis del texto. A la hora de enfocar el texto no podemos olvidar que la luz proviene de los acontecimientos de Jerusalén: muerte y resurrección de Jesús. Según Marcos los problemas cambian de perspectiva y de tratamiento si se ven a esta luz.
El problema de fondo abordado por el texto de hoy es el de la convivencia pacífica o comunión eclesial.
Amenazas a esta convivencia: el comportamiento puntilloso y la actitud intolerante de los doce y, por extensión, de cualquier creyente.
Aviso: un comportamiento y una actitud así son gravísimos.
Propuesta: No ver enemigos en todas partes. Apreciar los pequeños buenos gestos de los demás en la vida ordinaria. Magnanimidad. A veces los ataques son respuestas inducidas por la propia intolerancia del atacado. Pensar, pues, que hay ataques merecidos. Si el domingo pasado no se trataba de una cuestión de humildad, hoy sí que puede serlo. Leer y meditar bien la primera lectura de hoy. Números 11, 24-30 y Marcos 9, 38-50 son relatos similares.
Elevación Espiritual para este día.
El Espíritu Santo, que con la vocación de los gentiles, los santifica y los hace agradables a Dios, es la sustancia de los dones de Dios. Y quien lo posee plenamente realiza todas las cosas según razón: enseña rectamente, vive de manera irreprensible, confirma realmente y de modo perfecto con signos y prodigios cuanto cree. En efecto, tiene en sí mismo la fuerza del Espíritu Santo, que le da un tesoro y el motivo de la plenitud de todos los bienes.
Se ha dicho que este Espíritu ha sido derramado por Dios sobre todos los hombres para que quienes lo reciban puedan profetizar y tener visiones. La Efusión del Espíritu es la causa del profetizar y del conocer el sentido y la belleza de la verdad
Reflexión Espiritual para el día.
Habla H. Cox de dos concepciones de la personalidad. Una concéntrica, la otra excéntrica. La concepción excéntrica no hemos de entenderla en el sentido de extraña o extravagante, sino no algo que tiene su centro fuera de sí. Es la persona que acoge lo nuevo, lo inesperado, lo que llega de «otra parte». Es persona abierta al Espíritu, disponible a su «juego», capaz de aceptar los riesgos que comporta. Con la concepción concéntrica, tenemos un mundo encerrado en sí mismo, que no reserva sorpresas, que no va más allá de sus propias posibilidades, caracterizado por la rigidez y por la esclerosis. En la concepción excéntrica tenemos un mundo tocado por la gracia, caracterizado por lo imprevisible y por la llegada de lo imprevisto, con personas todas diferentes, siempre «fuera de los esquemas».
El error más trágico y más común. Todo lo que no está recogido en los códigos queda descalificado. Todo lo que no pertenece al campo de lo «ya visto» y representa una amenaza para la seguridad, para la regularidad, tiene que ser declarado ilegítimo. Todo lo que es diferente ha de ser declarado abusivo. Es una operación que, por desgracia, siempre está de moda. Todo lo que se mueve se vuelve automáticamente sospechoso. Es preciso que mantengamos presente esta terrible posibilidad, a través de la cual buscamos al Espíritu como sospechoso y peligroso y tendemos a meterlo en una jaula.
El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: Josué.
«Josué, hijo de Nun, que desde su juventud había servido a Moisés,» así se lee en la primera lectura de la liturgia de este domingo (Núm 11,28). Por consiguiente pondremos nuestra mirada sobre este protagonista de la conquista de la Tierra prometida. Está claro que es imposible trazar en unas pocas líneas un retrato completo de Josué, del que hay un libro entero a su nombre en el Antiguo Testamento, pero cuya presencia aflora ya a partir de los primeros sucesos de Israel en el desierto del Sinaí, durante la marcha del éxodo desde Egipto. Lo encontramos por primera vez durante la batalla contra el pueblo de Amalec: Moisés confía a este miembro de la tribu hebrea de Efraín, cuyo nombre era un símbolo («el Señor salva», variante del mismo nombre de Jesús), la dirección del ejército hebreo (Ex 17,9-16).
El resultado es triunfal y desde ese momento su nombre estará unido sobre todo a hazañas militares. Estará junto a Moisés, del que será su «ministro» en la cima del Sinaí (Ex 24,13; 32,17) y será también el guardián de la tienda de la santa alianza, el santuario móvil del pueblo en el desierto (Ex 33,11). Pero su nombre irá siempre unido a las batallas de Israel, a partir de la primera exploración de la Tierra Santa. Moisés lo había investido solemnemente como su sucesor a las puertas de su muerte: «Moisés tomó a Josué, lo hizo comparecer delante del sacerdote Eliezer y delante de toda la comunidad. Puso su mano sobre él y le dio sus órdenes, como el Señor había ordenado» (Núm 2 7,22-23).
Delante de este general que se había convertido en comandante supremo se abría la gran empresa, la de la conquista de la tierra de Canaán, una operación que se describe en los primeros doce capítulos del libro de Josué, la obra que lleva su nombre puesto que él es el principal actor. Después de atravesar el Jordán, cumpliendo un ritual que recuerda la travesía del mar Rojo, se asiste a una serie de estragos que dejan desconcertado al actual lector de la Biblia, Se trata de esa «santa» violencia, llevada a cabo por órdenes divinas, que toma el nombre de herem o «anatema», una especie de guerra santa que, en un colosal holocausto destructivo, consagra a Dios todo lo que se contrapone al avance de Israel.
Por supuesto que no hay que tomar al pie de la letra estas páginas, muchas veces épicas y retóricas (recuérdese la famosa orden al sol para que se detenga, evidente expresión simbólica para hablar de un día «que nunca acababa», del «día más largo»). Es necesario tener en cuenta sobre todo que la Biblia no es una serie de tesis abstractas sobre Dios, sino que es la revelación de un Dios que camina en la historia humana, llena de limitaciones, de hechos discutibles y violentos, y por este camino «paciente» es por el que él nos hace ir más allá del mismo Josué y del antiguo pueblo tribal, hacia otros horizontes de amor y de paz.
Una vez ha divisado la tierra conquistada entre las diversas tribus, Josué siente que su misión está cumplida. En un discurso-testamento, presente en el capítulo 23 del libro que lleva su nombre, confía a Israel la misión de mantener en alto la antorcha de su identidad. Después, en Siquén, delante de todas las tribus reunidas en el santuario central de entonces, celebra un acto solemne de alianza entre Israel y el Señor. Es una página hermosísima (Jos 24) en donde pronuncia el Credo bíblico y todo el pueblo responde repitiendo su promesa de fidelidad al Señor, expresada a través del verbo bíblico del culto y de la fe, «servir», afirmado hasta catorce veces. +
El relato del libro de los Números presenta la organización del pueblo de Israel en su viaje hacia la tierra prometida. Israel, presentado como una comunidad santa —cuyos errores, debilidades y rebeldías no se callan, a pesar de todo—, es guiado por Yavé, que habita en medio del pueblo y, acompañándolo, lo engendra con su poder y manifiesta su señorío incluso sobre los pueblos limítrofes. Nuestro fragmento pone de relieve la estructuración del gobierno de la comunidad.
Moisés es el mediador por excelencia entre Dios y el pueblo. El Señor le habla directamente y ha recibido en plenitud el espíritu (v. 25a). Junto a él aparecen setenta ancianos (v. 25b) que participan de la autoridad carismática de Moisés.
El texto prosigue comunicando una verdad que marca un avance importante en el camino del hombre religioso: el don de Dios no está ligado rígidamente a un lugar, sino que alcanza a la persona allí donde se encuentre. Este es el caso de los dos hombres que, aun habiendo sido convocados entre los setenta ancianos, no habían ido al lugar fijado. También sobre ellos vino el espíritu (v. 26), suscitando la contrariedad de Josué (v. 28). La afirmación de la libertad soberana de Dios en su obrar (v. 29) es el elevadísimo mensaje que interpela al creyente de todos los tiempos, siempre acechado por la tentación de encerrar a Dios en los angostos espacios de una “justicia” que se arroga la tarea de salvaguardar los presuntos derechos de Dios pisoteando los de las personas humanas.
Reflexión de la Segunda lectura: Santiago 5,1-6. Sus riquezas están corrompidas
El fragmento se presenta como un duro apóstrofe contra los ricos. Estos, sintiéndose fuertes por los bienes de los que disponen, limitan su horizonte existencial a la tierra y se encierran en él constituyéndose a sí mismos centro de su propio mundo (cf. Lc 12,16-19). Parecen vivir en una condición envidiable; sin embargo, Santiago saca a la luz el drama del que son protagonistas. La cantidad de bienes que tienen acumulados es tan grande que se deterioran: mientras que muchedumbres de pobres están privadas del mínimo que se les debe, Una ingente cantidad de riqueza está malgastada, no sirve para nada (v. 3a); sin embargo, puesto que se trata de bienes que los ricos han acaparado de una manera inicua, pisoteando los justos derechos de los obreros (v. 4) y cometiendo abusos, hasta el punto de no dudar en matar a quienes hubieran sido un obstáculo para sus intereses (v. 6), los mismos ricos serán víctimas de sus ingentes capitales (v. 3b). En efecto, el día del juicio de los los bienes constituirán la prueba acusatoria de su conducta perversa. La vida frívola y disoluta que llevan los ricos no sirve para otra cosa más que para hacerles llegar gordos, del mismo modo que los animales para el día de la matanza (v. 5).
Frente a la situación grotesca y paradójica de los ricos as y carentes de escrúpulos, está la de los justos, de, defraudados en lo que les corresponde por derecho (v. 4a), víctimas silenciosas de vejaciones a las que no pueden oponerse (v. 6), pero cuyo grito llega a los oídos del Señor (v. 4b). El se encargará de su defensa y cambiará su suerte. En la figura del «justo» del v. 6 podemos entrever la del “Siervo de Yavé”, cuya confianza está puesta enteramente en el Señor, que vela sobre su condición humillada y oprimida, “escucha su grito y lo salva” (cf. Sal 37,39ss; Is 50,6ss).
Reflexión del Salmo 18 Los mandatos del Señor alegran el corazón
El salmo 18 mezcla dos tipos de salmo, lo que ha llevado a mucha gente a dividirlo en dos. De hecho, del versículo 2 al 7 tenemos un himno de alabanza, sin ningún tipo de introducción. Aquí, el cielo y el firmamento, el día y la noche cantan —en silencio— las alabanzas de quien los creó. Se trata, por tanto, de un himno de alabanza al Dios creador. Pero la segunda parte (8-15) es de estilo sapiencial y presenta una reflexión sobre la ley del Señor.
Lo que hemos dicho hasta ahora puede ayudarnos a ver cómo está organizado el salmo 19. Tiene dos partes, con estilos diferentes: 2-7 y 8-15. En la primera (2-7) tenemos una solemne alabanza al Creador del universo: el cielo, el firmamento, el día, la noche y, sobre todo, el sol, proclaman, sin palabras, la gloria de quien los creó. La alabanza silenciosa es lo más importante, pues viene a demostrar que las palabras no son capaces de expresar todo lo que se siente. El sol es comparado con el esposo que sale de la alcoba y con un atleta que recorre el camino que se le ha señalado.
En la segunda parte (8-15) encontramos un poema sapiencial cuyo tema central es la ley del Señor, a la que se designa también como «testimonio» (8b), «preceptos» 9a), «mandamiento» (9b), «temor» (10a) y «decretos» (10b) son seis términos que se emplean para indicar básicamente la misma realidad. Al lado de cada una de estas palabras se repite el nombre propio de Dios: «el Señor» —Yavé en el original hebreo— (en esta segunda parte, este nombre aparece siete veces) y también un adjetivo: «perfecta», «veraz», «rectos», «transparente», «puro», «verdaderos». Después de cada una de estas afirmaciones se presenta a la persona o realidad que se beneficia de los efectos de la ley: el alma descansa (8a), el ignorante es instruido (8b), el corazón se alegra (9a), los ojos reciben luz (9b). Todo esto se resume en dos comparaciones: la ley es más preciosa que el oro más puro (es decir, más que lo más valioso que existe) y más dulce que la miel (la miel es lo más dulce que hay). Con otras palabras, este poema afirma que la ley es lo más valioso y lo más dulce que existe (11).
Esta segunda parte puede, a su vez, dividirse en otras dos. Después de presentar el elogio de la ley perfecta, lo más precioso y lo más dulce que hay, el salmista se contempla a sí mismo viéndose imperfecto, impuro, arrogante y pecador (12-14), y concluye expresando un deseo: que las palabras de este salmo, en forma de meditación, le agraden al Señor, su roca, su redentor (15).
La primera parte de este salmo (2-7) presenta una tensión. De hecho, casi todos los pueblos vecinos de Israel consideraban al sol y a los astros como dioses. Para el salmista, el cielo y el firmamento son como una especie de gran tejido en el que Dios ha dejado impresos algunos signos de su amor creador. En silencio, las criaturas hablan de la grandeza de su Creador. Cada día le entrega al siguiente una consigna; lo mismo que cada noche a la posterior: han de ser anunciadores silenciosos del amor del Creador. Aun sin usar palabras, su mensaje silencioso llegará hasta los límites del orbe. Todos los días y todas las noches proclaman siempre la misma noticia.
El sol no es Dios, sino una criatura de Dios. En aquel tiempo, se creía que el astro rey giraba alrededor de la tierra. Por eso se suponía que, por la mañana, salía de la tienda invisible que Dios había levantado para él en Oriente como el esposo de la alcoba, para recorrer su órbita como un héroe o un atleta, hasta entrar de nuevo en su tienda en Occidente. Como el esposo, porque es sinónimo de fecundidad; como un héroe, porque nada ni nadie escapa a su calor; como un atleta, porque nadie lo puede detener.
La segunda parte (8-15) también esconde una tensión con las «naciones». De hecho, para Israel, el gran don insuperable que Dios le ha comunicado a Israel se llama «ley». Por medio de ella dejó perfectamente claro en qué consistía su proyecto y cuáles eran las condiciones para que Israel fuera su socio y aliado. ¿Qué es lo que tiene Israel que ofrecerles a las naciones? Una ley perfecta y justa, fruto de la alianza con un Dios cercano: «En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos corno esta ley que yo os propongo hoy?» (Dt 4,7-8).
Después de hablar de la perfección de la ley, el salmista piensa en la propia fragilidad (12-15). La ley es útil para la instrucción y el provecho del fiel. Pero él se siente pequeño. La ley es perfecta, él es imperfecto. La ley es pura como el oro fino, pero él tiene que ser purificado de las faltas que haya podido cometer sin darse cuenta. El problema principal consiste en la posibilidad del orgullo o la arrogancia que, dominando a la persona, vuelven responsable al individuo de las transgresiones más serias, del «gran pecado».
En este salmo hay dos imágenes muy intensas: la del Dios de la Alianza (8-15), que hace entrega de la ley a su pueblo, y la del Dios Creador, reconocido como tal por sus criaturas en todo el orbe (2-7).
El Nuevo Testamento vio en Jesús el cumplimiento perfecto de la nueva Alianza; Jesús es aquel que permite ver de manera perfecta al Padre (Jn 1,18; 14,9). Jesús alaba al Padre por haber revelado sus designios a los sencillos (Mt 11,25) e invitó a aprender, de los lirios del campo y de las aves del cielo, la lección del amor que el Padre nos tiene (6,25-30).
La primera parte de este salmo nos ayuda a rezar a partir de la creación, a contemplar en silencio el mensaje que nos viene de las criaturas. Es un salmo ecológico o cósmico. La segunda parte nos hace entrar en comunión con el proyecto de Dios presente en la Biblia, con el mandamiento del amor. Nos hace también pensar en nuestra propia fragilidad. Es un salmo que puede y debe ser rezado cuando queremos librarnos de la arrogancia y del orgullo...
Reflexión primera del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48. Un vaso de agua por mí tendrá recompensa
La intervención de Juan refiere la oposición de los discípulos a un exorcista que, aunque no pertenecía a su grupo, obraba en nombre de Jesús (v. 38). Esto le permite al Maestro proporcionar una enseñanza importante para la vida de la comunidad cristiana. No están en comunión con Jesús sólo los que son, oficialmente, de los suyos (v. 39); el que invoca su nombre obrando el bien es, a buen seguro, un simpatizante suyo, puesto que es correcto pensar que no ultrajará, en un segundo momento, a aquel cuyo poder había invocado antes.
Jesús, que ha venido para salvar a todos (cf. Jn 12,32; Hch 1O, 34ss), no es propiedad de nadie y, con mayor razón aún, no puede pretender poseerlo en exclusiva su comunidad, que, más bien, está llamada a continuar su misión universal. Hay personas que, aunque no se consideran discípulos de Jesús, no son, de hecho, contrarias a él y llevan a cabo gestos de atención respecto a los cristianos: estos tienen asegurada su recompensa (vv. 4Oss).
Enlazando con los precedentes dichos de Jesús dirigidos a los pequeños (cf. vv. 37.4 1), refiere el evangelista algunas sentencias contra los que son motivo de escándalo o de tropiezo y, por consiguiente, de caída. Es preferible morir antes que atentar con nuestro propio comportamiento contra la debilidad del hermano, en particular si se sobreentiende la debilidad en la fe (v. 42). Esta idea aparece articulada en los versículos siguientes con tres afirmaciones extremas: es mejor amputarse un miembro del propio cuerpo que sea ocasión de caída que conservarla integridad del cuerpo y perder la comunión con Dios. El carácter trágico de esta última condición está reforzada con la cita del Is 66,24, que evoca la destrucción provocada por la putrefacción y por la combustión: un tormento sin tregua (v. 48).
En Dios, la libertad se conjuga con el amor infinito, ese en virtud del cual no se negó Jesús a dar la vida por nosotros. La libertad de Dios es demasiado grande para el hombre. Es algo que produce vértigo y resulta inconcebible para los espíritus ligados a la ley de la justicia distributiva. Así, siempre hay alguien dispuesto a dar consejos a Dios para enseñarle —o al menos recordarle— cómo tiene que tutelar y hacer respetar sus propios derechos.
Dios, en cambio, parece ver las cosas desde otro punto de vista. Para él, todos los hombres son hijos suyos y se pone contento cuando alguno de ellos, aunque sea de una manera no «canónicamente» correcta, acoge su don y lo vive; sin embargo, le entristece ver que sus hijos no hacen circular entre ellos el amor que reciben de él; que, en vez de ayudarse unos a otros, se obstaculizan recíprocamente; que intentan explotarse, en vez de compartir los bienes de que disponen...
Jesús pone en guardia a la comunidad de sus discípulos: no hay que volver a levantar, en nombre de una presunta pureza religiosa, las barreras que él ha venido a derribar.
Reflexión segunda del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48. Vida a partir del Evangelio.
Jesús nos trae realmente el Evangelio, la Buena Noticia, y anuncia que Dios se ha volcado definitivamente hacia los hombres: que perdona nuestras culpas, que podemos confiar en él, que quiere y puede conducirnos por encima de la muerte a la plenitud de la vida en la comunión con él. Pero tergiversamos el Evangelio cuando pensamos que lo que nos ofrece es un gozo leve y superficial, diciéndonos lo que nos gusta escuchar confirmándonos en nuestras aspiraciones y nuestras obras, y asegurándonos que, en realidad, no podemos equivocarnos en nada. Jesús anuncia el Evangelio y, al mismo tiempo, describe la vida que corresponde a la comunión con Dios. Al Evangelio que dan vinculadas unas normas que han de ser respetadas en nuestro comportamiento y que con frecuencia requieren de nosotros acciones decididas y fatigosas.
El pasaje evangélico que abordamos forma parte de las instrucciones que reciben los Doce (9,35-50) después del segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (9,30-34). Esta instrucción es, junto con el discurso en parábolas (4,1-34) y el discurso apocalíptico (13,3-17), uno de los tres grandes discursos en Marcos. Gira sobre todo en torno al modo en que se han de comportar los discípulos con el prójimo y consigo mismos. Al inicio, y como fundamento de todo lo que sigue, los Doce escuchan que sólo el servicio es el camino hacia la grandeza y que la solicitud hacia un niño es el servicio ejemplar (9,35-37). Después, Jesús explica a los Doce cómo deben comportarse con aquellos que no pertenecen al grupo (9,38-41), con los pequeños que viven entre ellos (9,42) y consigo mismos (9,43-48). Al final los exhorta a vivir en paz unos con otros (9,50). Sólo si están seriamente dispuestos al servicio, sin darse aires de grandes señores, podrán comportarse como Jesús les enseña y les pide.
Los discípulos parten de que se ha de pertenecer plenamente a su grupo para poder actuar en el nombre de Jesús, es decir, remitiéndose a Jesús y con la fuerza de Jesús (9,38). Jesús es mucho más abierto. Los discípulos han de valorar ya positivamente el hecho de no ser tratados con maldad y hostilidad: «El que no está contra nosotros, está a favor nuestro» (9,40). Y si son agasajados con una acción buena, que, por pequeña que sea, será recompensada por Dios, ellos han de saber también reconocerla. Jesús los invita a no cerrarse en sí mismos y a no ver por todas partes rivalidad y malicia; los invita a tener una mirada amplia y magnánima, capaz de reconocer todo lo positivo que hay en aquellos que no pertenecen al grupo.
A continuación Jesús habla de escandalizar o hacer caer (9,42) y de escandalizarse o caer (9,43-48). El escándalo es recordado por Jesús también en otros pasajes. Cuando explica la parábola del sembrador, habla del escándalo de aquel que comienza acogiendo de buen ánimo la palabra de Dios, pero que, cuando por su causa tiene que soportar la opresión y persecución, se desentiende de ella (4,17). El escándalo que Jesús predice a los discípulos (14,27) consiste en que, en el momento de su arresto, todos huirán, se alejarán de él e interrumpirán el seguimiento (14,50); más grave es el escándalo en la triple negación por parte de Pedro (14,66-72; cf. 14,29-3 1). En el escándalo está en peligro la comunión con Jesús, con su persona y con su palabra (cf. 8,35). Este es el tesoro más valioso que tenemos, y se ha de conservar a toda costa.
Por los pequeños muestra Jesús una especial predilección. Se trata de personas sencillas y normales entre los que creen en él y le siguen. En ningún caso se puede poner en peligro su unión con Jesús, ni se les puede separar de él y de su palabra. Jesús hace ver la gravedad de este escándalo afirmando con fuerza que se ha de evitar a cualquier precio. De modo drástico declara que el precio no es demasiado alto, si al que pretende hacer caer a los pequeños “se le pone a seguros” en el fondo del mar con una rueda de molino en torno al cuello, impidiéndole así que escandalice (9,42). Esto es mejor para su potencial víctima, y lo es también para él mismo, porque se le preserva así de una gravísima culpa.
Por lo que respecta al comportamiento con uno mismo, Jesús dice: «Si tu mano te hace caer, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga» (9,43). Jesús afirma lo mismo para el pie y para el ojo, y con esta triple repetición da a su enseñanza una insistencia especial. Jesús habla de tres cosas: de lo que un órgano importante del cuerpo pretende hacer; de lo que el hombre mismo debe hacer; de las consecuencias que se derivan para el hombre.
Mano, pie y ojo no han de ser tomados en sentido literal, sino figurado. Se trata de realidades que pertenecen por naturaleza al hombre, que son apreciadas por él y que significan mucho para él, pero que pueden también poner radicalmente en peligro la unión con Jesús y con su palabra. Previamente Jesús había recordado ya: el apego incondicionado a la vida terrena y a sus bienes (8,34-35), el conformarse a la mentalidad del momento (8,38), la aspiración a los primeros puestos y a la grandeza (9,34). Estos fines y aspiraciones, y otros semejantes, están por naturaleza presentes en nosotros y determinan nuestro comportamiento. Aquí y ahora se pueden hacer necesarias duras y drásticas decisiones. El valor supremo para el discípulo —valor al que se ha de permanecer fiel a toda costa— debe ser la unión con Jesús y con su palabra. Todo lo que pone en entredicho esta unión (todo lo que escandaliza) debe ser rechazado, aunque sea para nosotros tan preciado como el ojo.
Jesús señala con claridad las consecuencias tan determinantes que derivan de estas decisiones. De ellas depende entrar en la vida, es decir, en el reino de Dios, o ser arrojados al infierno. Si nosotros, incluso con penosos sacrificios, nos decidimos por la unión con Cristo y si, incluso con algunos fallos, nos esforzamos continuamente por permanecer fieles a esta unión, entraremos en la vida eterna. La vida eterna no es otra cosa que la comunión perfecta e imperecedera con Jesús y con Dios. Pero si anteponemos otros objetivos y aspiraciones a la unión con Jesús, entonces nos separamos ya en esta vida de Jesús y de Dios. La gehenna significa la exclusión del reino de Dios, de la eterna comunión de vida con él. No es Dios quien nos excluye, sino que nos excluimos nosotros mismos con nuestras decisiones y con nuestro modo de vivir. Por medio de Jesús, Dios nos ofrece la comunión de vida con él, pero no nos la impone.
En esta gran instrucción, Jesús señala a los discípulos con una insistencia singular lo que han de hacer y lo que han de evitar para participar del reino de Dios, que está en el centro del Evangelio. Jesús no quiere suscitar miedo, ni en ellos ni en nosotros. Pero debemos conocer con precisión cómo podemos alcanzar la vida eterna y cómo podemos perderla. La comunión con Jesús y con Dios en la vida eterna presupone la comunión con ellos en esta vida terrena.
Reflexión tercera del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48. Sí tu mano te hace caer, córtatela.
El evangelio nos propone hoy una enseñanza que resulta actual y puede ser útil para el ecumenismo. Está preparada por un fragmento del libro de los Números, que va en la misma línea. La segunda lectura habla, en cambio, de los ricos deshonestos.
El apóstol Juan dice a Jesús en el evangelio: «Maestro, vimos a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo impedíamos, porque no va con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis».
El evangelio nos presenta también otras afirmaciones de Jesús que nos indican la importancia de saber discernir cuándo debemos mostrarnos intransigentes y cuándo, sin embargo, es preciso ser flexibles. Este discernimiento es muy importante en la vida.
En el caso del ecumenismo es preciso recurrir a la flexibilidad. No debemos asumir una actitud sectaria, que rechace todo juicio positivo sobre las personas que no forman parte de la Iglesia católica; debemos reconocer que también ellas reciben gracias del Señor. Debemos desear, a buen seguro, que entren a formar parte de la Iglesia, pero no debemos mostrarnos intolerantes, sino acogedores con ellas.
Juan piensa que se debe ser intransigente. Ha prohibido a alguien que no era del grupo de los Doce expulsar a los demonios en el nombre de Jesús. Piensa que, para servirse del nombre de Jesús, se debe estar con él y no ser independiente de él.
Sin embargo, Jesús es de la opinión contraria, y dice a los discípulos: «No se lo impidáis. Uno que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor». De este modo, se muestra flexible, acogedor, no es intransigente. Quiere que no se prohíba el bien que se pueda hacer, aun cuando ciertas circunstancias no parezcan ser del todo regulares.
La misma actitud se pone de manifiesto en la primera lectura, tomada del libro de los Números. Moisés se ve obligado a compartir sus tareas con setenta ancianos. El Señor toma el espíritu que está sobre él y lo infunde sobre los ancianos. Entonces empiezan a profetizar, es decir, a hablar de manera inspirada, demostrando así que han sido elegidos por Dios para guiar a su pueblo.
Habían quedado en el campamento dos del grupo. Estaban entre los inscritos, pero no habían salido para ir a la tienda. El espíritu se posó también sobre ellos, y empezaron a profetizar. Un joven se muestra escandalizado: estos dos hombres no eran del grupo de los que habían ido a la tienda y, por consiguiente, no deben profetizar. El joven corre a contárselo a Moisés.
Josué toma entonces de inmediato la defensa de Moisés, diciendo: «Prohíbeselo tú, Moisés, señor mío». Moisés, sin embargo, se muestra acogedor. No está celoso; por eso le responde a Josué: « ¿Estás celoso de mí?». Y añadió: « ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!». De este modo rechaza los celos, el amor posesivo.
Las gracias del Señor no deben ser ocasión de celos, de envidias, sino de actitudes de apertura, porque todas esas gracias van en el sentido del amor, y del amor universal.
De modo semejante, Jesús se inclina en el evangelio por una actitud de flexibilidad, de acogida. Por eso dice a Juan y a los apóstoles: «No se lo impidáis». Y añade a continuación: «Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor». Una persona, aunque esté alejada de Jesús, aunque no esté unida a él como verdadero discípulo, si hace el bien en su nombre, está con él. No está contra él, porque hace el bien con él. Por eso dice Jesús: «Está a nuestro favor».
En otro pasaje, sin embargo, dice: «El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12,30). Pero en este caso se trata de una decisión personal que se debe tomar respecto a Jesús: es preciso estar a su favor; de lo contrario se estará en su contra.
A renglón seguido, Jesús nos brinda una enseñanza sobre los casos en que hay que ser intransigentes. Se trata de los casos de escándalo. «Escándalo» significa inducir a alguien al mal.
Jesús empieza defendiendo a los pequeños de todo tipo de corrupción, y dice: «Si uno escandaliza a uno de estos pequeños creyentes, más le valdría que le encajasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar».
Se habla mucho en nuestros días de «pedofilia». Esta palabra, de por sí, debería tener un significado bello, porque etimológicamente significa «amistad con los niños»; sin embargo, en nuestro lenguaje ha adquirido un significado muy negativo: el de inducir a los niños a la impureza.
Jesús defiende a los niños con un vigor extremo: dice que sería mejor sufrir el peor de los suplicios (encajarle al cuello una piedra de molino y echarla al mar) antes que escandalizarlos.
Después toma en consideración otros casos en los que es menester mostrarse intransigentes: «Si tu mano te hace caer (es decir, si te es ocasión de pecado grave), córtatela, Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al horno, al fuego inextinguible. Si tu pie te hace caer, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que con los dos pies ser arrojado al horno. Si tu ojo te hace caer, arráncatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al horno».
Evidentemente, Jesús emplea aquí un lenguaje simbólico, poniendo ejemplos concretos de manos, pies y ojos. En realidad, no son la mano, el pie y el ojo los que inducen al hombre al mal, sino sus malas intenciones. Sin embargo, Jesús quiere hacernos comprender con estos ejemplos que, cuando hay circunstancias que nos conducen al pecado mortal, es preciso ser radicales, aceptando incluso las renuncias más fuertes y dolorosas.
A este respecto, podemos recordar una frase que la reina Blanca de Castilla dirigió a su hijo, san Luis IX, rey de Francia: «Preferiría verte muerto a mis pies antes de que cometieras un pecado mortal». Una madre que dice una cosa así a su hijo muestra haber comprendido de verdad la gravedad del pecado mortal, y sabe que la muerte del alma es peor que la del cuerpo.
Nosotros debemos tener esta misma convicción. Es verdaderamente importante saber mostrarnos intransigentes cuando se trata de infidelidades graves al Señor: infidelidades que nos impiden entrar en la vida eterna, en la comunión eterna con Dios. Las cosas que impiden la entrada en la vida eterna son de una extrema gravedad; por eso hay que rechazarlas con una actitud tanto más enérgica.
Por desgracia, en nuestros días se habla mucho de permisividad, y de este modo se justifican muchos comportamientos malos. Los cristianos debemos ser la sal de la tierra, debemos conservar todo nuestro sabor; de ahí que debamos rechazar con vigor todas las tentaciones que nos presenta el mundo moderno.
Santiago usa también, en la segunda lectura, palabras muy fuertes contra los ricos deshonestos, que explotan a los trabajadores: «El jornal de los obreros, que no pagasteis a los que segaron vuestros campos, alza el grito; el clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos».
Santiago quiere hacer recapacitar a estas personas con la amenaza de castigos divinos. Deben convertirse también y adoptar una actitud intransigente contra todo tipo de deshonestidad.
Las lecturas de hoy nos ofrecen enseñanzas significativas. Pidamos al Señor en la Eucaristía que nos dé la fuerza necesaria para ser verdaderamente intransigentes cuando sea necesario y, por otra parte, que nos mostremos flexibles cuando lo pida la caridad.
Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Marcos 9,38-43 .45.47-48.
Detrás de la observación de Juan (hemos visto a un extraño echando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido) se vislumbra fácilmente el egoísmo del grupo (tan frecuente), ese temor mezquino de la competencia de los demás que tantas veces se disfraza de fe (con la pretensión de tutelar el amor de Dios), pero que en realidad es una de sus más profundas negaciones. El discípulo ruín y cicatero -pero también profundamente inseguro- soporta con dificultad que el Espíritu sople por donde quiera. Se muestra envidioso, se siente desmentido y traicionado: ¿no debería el Espíritu de Dios estar sólo en nuestras manos, de forma que se viera claramente que somos nosotros, solamente nosotros, sus portadores? Salta al recuerdo un episodio del Antiguo Testamento: Moisés comunicó el Espíritu de Dios a setenta ancianos que habían salido del campamento y se habían reunido junto al tabernáculo; pero un joven vio con sorpresa que el Espíritu de Dios se había posado también sobre Eldad y Medad, dos ancianos que no se habían unido al grupo y que no habían salido del campamento, pero que se pusieron también a profetizar. Y Josué exclamó: "Moisés, señor mío, ¡prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá profetizase todo el pueblo de Dios y hubiera puesto el Señor su Espíritu sobre cada uno de ellos!" (Núm 11, 16-30). Los auténticos amigos de Dios, como Moisés y Jesús, gozan de la liberalidad del Espíritu. No se sienten desmentidos, porque aman a Dios y no se aman a sí mismos.
Y esto es lo principal. Pero muchos escrupulosos defensores de los derechos de Dios -podríamos decir que todos los escrupulosos defensores de los derechos de Dios- se están defendiendo y sosteniendo en realidad a sí mismos, su propio recinto. Pero también es verdad que no todos los gestos son de Cristo, que no todos los intentos de liberación pertenecen a Cristo; sólo le pertenece lo que se hace en su nombre ("Hemos visto a uno que no era de los nuestros y que expulsaba a los espíritus malos en tu nombre... No es posible que alguien haga un milagro en mi nombre y luego hable mal de mí.") Lo que pasa es que el "nombre" no indica el recinto, sino la lógica.
La sentencia con la que Jesús cierra todas estas enseñanzas es sorprendente: "El que no está contra nosotros, está con nosotros." Es exactamente lo contrario de otra sentencia (Mt 12, 30; Lc 11, 23): "El que no está conmigo, está contra mí." Pero no hay ninguna contradicción. Son las diferentes situaciones las que explican la diferencia de las afirmaciones. La unidad está en el hombre que necesita de vez en cuando advertencias distintas. De todas formas, "la tolerancia de Jesús prohíbe toda cerrazón ortodoxa". "Si alguno le quita la fe (escandaliza) a cualquiera de estos pequeños que creen..." (9, 42). En tiempos de Jesús eran los maestros de la Ley los que con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio -y también con las amenazas de sus excomuniones (cf. Jn 9, 22; 12, 42)- desaconsejaban a la gente sencilla que siguiera a Jesús: perturban su fe y eran para ellos piedra de escándalo. Más en general, el "pequeño" es el discípulo continuamente perturbado en su fe, perturbado no sólo por el mundo, sino por su misma comunidad, incluso por aquellos que pretenden ser sus maestros. Y como si esto no fuera suficiente, está también el escándalo que viene de nosotros mismos. El hombre es escándalo para sí mismo, lleno como está de vacilaciones, de compromisos y de excusas demasiado fáciles. Con su lenguaje ("si tu pie es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, córtatelo...; si tu ojo es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, sácatelo..."), Jesús afirma la exigencia de una decisión sin reservas por el Reino, la absoluta necesidad de ponerlo en el primer puesto.
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Texto. Pertenece a la misma sesión docente del domingo pasado. Es una pena que el texto litúrgico no se haya ampliado dos versículos más. Nos encontraríamos con el final de la sesión y podríamos comprobar cómo este final remite al comienzo de la misma, creando un marco temático unitario para toda ella. La sesión se abría en 9, 33 con problemas de rango y de prioridades entre los doce y se cierra en 9, 50 con una invitación a los doce a convivir en paz.
Juan, uno de los doce presenta el siguiente caso: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios invocando tu nombre y hemos intentado impedírselo porque no nos seguía. Observemos el empleo del plural: hemos visto, hemos intentado, no nos seguía. Marcos presenta a los doce actuando como grupo bien definido y compacto. La expresión no nos seguía o no era de los nuestros significa que el exorcista no era cristiano.
Todo el resto del texto lo presenta Marcos como respuesta unitaria de Jesús a propósito de la actuación exhibida por los doce en el caso del exorcista. Es cierto que para elaborar esa respuesta Marcos se ha servido de frases de Jesús pertenecientes sin duda a diferentes situaciones. A ello se debe la aparente dispersión de las frases. Pero esto no debe ser razón para que nosotros las leamos aisladamente. Marcos las ha introducido en un contexto y dentro de él es como hay que leerlas e interpretarlas. En este sentido hay que decir que las divisiones que de este texto suelen hacer las biblias ni respetan la unidad creada por Marcos ni favorecen su adecuada interpretación.
Jesús está en desacuerdo con la actuación seguida por los doce en el caso del exorcista no cristiano. Las razones aducidas son de diversa índole. En primer lugar menciona Jesús razones pragmáticas o de sentido común. Son los vs. 39-41. Es improbable que alguien que apele a Jesús vaya acto seguido a hablar mal de él. En este sentido, afirma Jesús, todo aquel que no se presente expresamente como enemigo debe ser tenido por simpatizante. Para demostrar simpatía no son necesarias solemnes adhesiones doctrinales, bastan los pequeños gestos de la vida ordinaria.
En segundo lugar menciona Jesús razones de escándalo. Son los vs. 42-48. Estos son los versículos que más se han desenfocado, al haberse interpretado el escándalo en relación con los niños y fundamentalmente en materia sexual. Tajantemente hay que afirmar que Jesús no habla aquí ni de niños ni de concupiscencia, sea ésta sexual o de otro tipo. El escándalo del que Jesús habla es del que los doce pueden ocasionar con una actitud como la exhibida en el caso del exorcista cristiano. Las víctimas del escándalo son los pequeños que creen en mí. Desde el domingo pasado sabemos que en esta sesión docente el niño es una metáfora para designar a todos aquellos que dentro de la comunidad cristiana son poco importantes o poco considerados. La actuación prepotente o altanera de los doce, simbolizada por la mano, el pie y el ojo, es un escándalo para estos creyentes. El lenguaje severo y amenazador de Jesús quiere ser un aviso y un freno a esta actuación.
Comentario. Propongo que la homilía de este domingo empiece con una afirmación clara sobre el desenfoque que ha padecido este texto. Es urgente una labor de desmonte y de enfoque en la línea expuesta en el análisis del texto. A la hora de enfocar el texto no podemos olvidar que la luz proviene de los acontecimientos de Jerusalén: muerte y resurrección de Jesús. Según Marcos los problemas cambian de perspectiva y de tratamiento si se ven a esta luz.
El problema de fondo abordado por el texto de hoy es el de la convivencia pacífica o comunión eclesial.
Amenazas a esta convivencia: el comportamiento puntilloso y la actitud intolerante de los doce y, por extensión, de cualquier creyente.
Aviso: un comportamiento y una actitud así son gravísimos.
Propuesta: No ver enemigos en todas partes. Apreciar los pequeños buenos gestos de los demás en la vida ordinaria. Magnanimidad. A veces los ataques son respuestas inducidas por la propia intolerancia del atacado. Pensar, pues, que hay ataques merecidos. Si el domingo pasado no se trataba de una cuestión de humildad, hoy sí que puede serlo. Leer y meditar bien la primera lectura de hoy. Números 11, 24-30 y Marcos 9, 38-50 son relatos similares.
Elevación Espiritual para este día.
El Espíritu Santo, que con la vocación de los gentiles, los santifica y los hace agradables a Dios, es la sustancia de los dones de Dios. Y quien lo posee plenamente realiza todas las cosas según razón: enseña rectamente, vive de manera irreprensible, confirma realmente y de modo perfecto con signos y prodigios cuanto cree. En efecto, tiene en sí mismo la fuerza del Espíritu Santo, que le da un tesoro y el motivo de la plenitud de todos los bienes.
Se ha dicho que este Espíritu ha sido derramado por Dios sobre todos los hombres para que quienes lo reciban puedan profetizar y tener visiones. La Efusión del Espíritu es la causa del profetizar y del conocer el sentido y la belleza de la verdad
Reflexión Espiritual para el día.
Habla H. Cox de dos concepciones de la personalidad. Una concéntrica, la otra excéntrica. La concepción excéntrica no hemos de entenderla en el sentido de extraña o extravagante, sino no algo que tiene su centro fuera de sí. Es la persona que acoge lo nuevo, lo inesperado, lo que llega de «otra parte». Es persona abierta al Espíritu, disponible a su «juego», capaz de aceptar los riesgos que comporta. Con la concepción concéntrica, tenemos un mundo encerrado en sí mismo, que no reserva sorpresas, que no va más allá de sus propias posibilidades, caracterizado por la rigidez y por la esclerosis. En la concepción excéntrica tenemos un mundo tocado por la gracia, caracterizado por lo imprevisible y por la llegada de lo imprevisto, con personas todas diferentes, siempre «fuera de los esquemas».
El error más trágico y más común. Todo lo que no está recogido en los códigos queda descalificado. Todo lo que no pertenece al campo de lo «ya visto» y representa una amenaza para la seguridad, para la regularidad, tiene que ser declarado ilegítimo. Todo lo que es diferente ha de ser declarado abusivo. Es una operación que, por desgracia, siempre está de moda. Todo lo que se mueve se vuelve automáticamente sospechoso. Es preciso que mantengamos presente esta terrible posibilidad, a través de la cual buscamos al Espíritu como sospechoso y peligroso y tendemos a meterlo en una jaula.
El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: Josué.
«Josué, hijo de Nun, que desde su juventud había servido a Moisés,» así se lee en la primera lectura de la liturgia de este domingo (Núm 11,28). Por consiguiente pondremos nuestra mirada sobre este protagonista de la conquista de la Tierra prometida. Está claro que es imposible trazar en unas pocas líneas un retrato completo de Josué, del que hay un libro entero a su nombre en el Antiguo Testamento, pero cuya presencia aflora ya a partir de los primeros sucesos de Israel en el desierto del Sinaí, durante la marcha del éxodo desde Egipto. Lo encontramos por primera vez durante la batalla contra el pueblo de Amalec: Moisés confía a este miembro de la tribu hebrea de Efraín, cuyo nombre era un símbolo («el Señor salva», variante del mismo nombre de Jesús), la dirección del ejército hebreo (Ex 17,9-16).
El resultado es triunfal y desde ese momento su nombre estará unido sobre todo a hazañas militares. Estará junto a Moisés, del que será su «ministro» en la cima del Sinaí (Ex 24,13; 32,17) y será también el guardián de la tienda de la santa alianza, el santuario móvil del pueblo en el desierto (Ex 33,11). Pero su nombre irá siempre unido a las batallas de Israel, a partir de la primera exploración de la Tierra Santa. Moisés lo había investido solemnemente como su sucesor a las puertas de su muerte: «Moisés tomó a Josué, lo hizo comparecer delante del sacerdote Eliezer y delante de toda la comunidad. Puso su mano sobre él y le dio sus órdenes, como el Señor había ordenado» (Núm 2 7,22-23).
Delante de este general que se había convertido en comandante supremo se abría la gran empresa, la de la conquista de la tierra de Canaán, una operación que se describe en los primeros doce capítulos del libro de Josué, la obra que lleva su nombre puesto que él es el principal actor. Después de atravesar el Jordán, cumpliendo un ritual que recuerda la travesía del mar Rojo, se asiste a una serie de estragos que dejan desconcertado al actual lector de la Biblia, Se trata de esa «santa» violencia, llevada a cabo por órdenes divinas, que toma el nombre de herem o «anatema», una especie de guerra santa que, en un colosal holocausto destructivo, consagra a Dios todo lo que se contrapone al avance de Israel.
Por supuesto que no hay que tomar al pie de la letra estas páginas, muchas veces épicas y retóricas (recuérdese la famosa orden al sol para que se detenga, evidente expresión simbólica para hablar de un día «que nunca acababa», del «día más largo»). Es necesario tener en cuenta sobre todo que la Biblia no es una serie de tesis abstractas sobre Dios, sino que es la revelación de un Dios que camina en la historia humana, llena de limitaciones, de hechos discutibles y violentos, y por este camino «paciente» es por el que él nos hace ir más allá del mismo Josué y del antiguo pueblo tribal, hacia otros horizontes de amor y de paz.
Una vez ha divisado la tierra conquistada entre las diversas tribus, Josué siente que su misión está cumplida. En un discurso-testamento, presente en el capítulo 23 del libro que lleva su nombre, confía a Israel la misión de mantener en alto la antorcha de su identidad. Después, en Siquén, delante de todas las tribus reunidas en el santuario central de entonces, celebra un acto solemne de alianza entre Israel y el Señor. Es una página hermosísima (Jos 24) en donde pronuncia el Credo bíblico y todo el pueblo responde repitiendo su promesa de fidelidad al Señor, expresada a través del verbo bíblico del culto y de la fe, «servir», afirmado hasta catorce veces. +
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