Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

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Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 24 de Marzo del 2023, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todo habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

CAMINATA DE LA ENCARNACIÓN

22 de enero de 2012

Taller de Ejercicios Ignacianos

Momento de Meditación

Diego Fares sj

Plenificar nuestra vida afectiva

Vida plena

Los Ejercicios Espirituales son ejercicios para una Vida Plena. No son Ejercicios para mejorar aspectos ascéticos o morales (esto se da también, por supuesto) sino que Ignacio apunta a plenificar nuestra vida en su núcleo más íntimo, eso que llamamos espíritu, allí donde se unifican e integran en torno a Cristo Resucitado todas las dimensiones de la vida.
Escuchemos a Ignacio, cómo describe sus Ejercicios Espirituales:
Porque así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales; por la misma manera, todo modo de preparar y disponer el ánima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima, se llaman ejercicios espirituales (EE 1).
Ejercicios espirituales para vencerse a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que sea desordenada (EE 21).
En una lectura rápida quizás todos damos por sentado que entendemos lo que Ignacio pretende: hacer la voluntad de Dios y ordenarnos en todo lo que estemos desordenados. Lo digo y pienso: “como si fuera tan fácil”. Y si examino las imágenes que estas dos frases me evocan van por el lado de un niño que tiene que ordenar su cuarto a pedido de la mamá y las de un grande que siente un poco de miedo: a ver si “la voluntad de Dios” me lleva a tener que dejar mis cosas y hacer otras heroicas que veo tan lejanas”. También me vienen a la mente aquellas cosas en las que estoy desordenado y que tantas veces he intentado mejorar y la impresión que me queda es la de un “más o menos”. Como decía uno que comenzó Ejercicios, “vengo con alguna expectativa de rezar pero sin esperar grandes cosas” (después no podía creer todas las gracias que recibió del Señor en esos días luminosos). En general, un examen rápido de nuestra vida nos puede hacer ver como que “vamos caminando como podemos, tratando de servir al Señor y confesándonos cuando nos desordenamos… Fundamentalmente bien, pero lejos de sentirnos como un atleta de alta competición que tiene clarísimo su objetivo de máxima y se perfecciona cada día para estar entre los top ten”.
Sin embargo, los Ejercicios se ofrecen a todos como un camino de ayuda real para que cada persona pueda disponer su vida en santidad y justicia. Es decir, para que viva su vida de manera plena, tal como Dios la sueña cada día para él.

Vida plena especial para cada uno

El supuesto de los Ejercicios Espirituales es que Jesucristo llama a todo el mundo y a cada persona en particular a una misión única en la Iglesia. El tiene una tarea y un lugar para vos. Y lo que es mejor, también tiene un estilo y un modo que se adapta, mejora y plenifica tus cualidades naturales y tu carácter.
“Buscar y hallar” este lugar de servicio y oración y este estilo de santidad propio (carisma), eso es “hacer la voluntad de Dios”.
Como vemos, no se trata de una voluntad de Dios “extendida” o “en general” como si el asunto fuera tener que preguntarle a cada rato a Dios si le parece bien algo que hacemos. De hecho, San Ignacio con el ejercicio del examen espiritual que practicaba con devoción (no solo al mediodía y a la noche sino a cada campanada del reloj) entraba en su interior y se dejaba mirar por el Señor hasta que se sentía cómodo –aceptado, purificado, consolado, conducido y confirmado cariñosamente –por esa mirada. Al ser Dios nuestro Creador y Señor, nuestro Redentor y Amigo, las palabras tales como “hacer la voluntad de…” y “examinar”, pierden su connotación de deber y de control y adquieren un grado máximo de gratuidad y de libertad. Que nos examine el que nos está dando la vida es lo mismo que decir que nos está vivificando con esa mirada. Que nos averigüe los gustos el que más nos quiere es un placer ya que su voluntad es que estemos bien y felices. En realidad, “hacer lo que a Dios le agrada” es liberarnos de “hacer lo que no sabemos bien a quién le agrada”, ya que constantemente obedecemos a pulsiones internas y mandatos exteriores que no son enteramente libres.
Lo que quiero expresar es que los Ejercicios nos ayudan a ejercitarnos en lo más vital de nuestra vida y desde allí extienden su influencia benéfica a todas las dimensiones en las que la vida se expande. Por eso son tan liberadores y tan gratificantes, porque no parten de lo exterior o ajeno sino de aquello más propio de cada uno, allí donde uno siente gusto, allí donde está lo más lindo nuestro; de allí parte el Señor para ganarnos el corazón y salvarnos y misionarnos. Y para hablar de eso que es lo más íntimo y vital Ignacio utiliza una palabra en la que nos queremos detener: afecciones.

Dar y recibir afecto

En la perspectiva de la sicología de las facultades e insistiendo sobre sus diferencias, se podría ligar la verdad al intelecto, la bondad a la voluntad y la belleza a la afectividad. ¿Qué queremos decir con esto de que la afectividad está ligada a la belleza? Queremos decir lo siguiente: es claro que con nuestro intelecto hacemos alianza con la verdad, pero esta verdad a veces queda fría o distante, abstracta, difícil de bajar a la vida diaria. Aceptamos muchos dogmas y verdades pero no alcanzan a hacerse vida en nosotros. Por otra parte, es claro también que nuestros apetitos o deseos hacen alianza con los bienes, pero, oh desdicha, muchos bienes están en oposición unos con otros y el tironeo que experimentamos nos hace sufrir. Como dice Pablo: con mis facultades espirituales veo el bien que es Cristo y lo deseo pero mi carne tiene otros deseos y otras leyes y no puedo unificar totalmente estas dos tendencias opuestas: la del espíritu y la de la carne. Pues bien, aquí es donde entra la afectividad, que es lo que quiere ayudarnos a ejercitar Ignacio. Con la afectividad hacemos una alianza de espíritu a espíritu, desde el núcleo más integro y libre de nuestro ser nos ligamos con otra persona u otra realidad en su integridad. Y en esta integridad y armonía siempre hay un plus, un brillo y eso es lo propio de la belleza.

Lo propio de los afectos

Puede ayudar distinguir entre afecto y emoción. Uno no dice “tal persona me dio emoción”, sino “me emocioné”. La emoción es algo “interior” y de alguna manera incomunicable. En cambio sí decimos “sentí que me daba su afecto”. El afecto fluye entre dos personas. Se capta la intención del otro en lo que da y en el modo de darlo y eso es lo que se recibe y causa adhesión.
También hay que decir que la emoción es algo “puntual” si se quiere, en cambio el afecto hace al tiempo: requiere trabajo, esfuerzo, tiempo de cultivo y tiene memoria, se puede recordar y “acumular” por decirlo así.
El afecto requiere esfuerzo pero tiene como característica la gratuidad. Es esencial a la supervivencia humana: los niños, los ancianos y los desamparados y enfermos necesitan más afecto para sobrevivir y captar que lo que se les da se les da gratuitamente por lo que valen como personas es esencial.
Por todas estas características decimos que la afectividad está ligada a la belleza: porque en las experiencias estéticas este “fluir” y “establecer contacto íntimo y pleno” con lo trascendente de otra realidad se da gratuitamente. La obra de arte brilla en su armonía y en su integridad y suscita la propia armonía interior en el que la percibe. En lo bello uno percibe afecto, percibe que alguien trabajo mucho para crear algo hermoso y regalárnoslo gratuitamente, honrando nuestra espiritualidad común, nuestra capacidad de comulgar en el don.
Algunos definen el afecto como “el trabajo no remunerado en beneficio de la supervivencia de otras personas u otros seres vivos”. Yo agregaría no solo la supervivencia, que sería lo mínimo, sino también el trabajo gratuito en beneficio de la Vida Plena de otros. Este sería el afecto máximo, el que se nos dona gratuitamente para que gocemos de una plenitud mayor.

Ejercitarnos en el afecto de Jesús

Aquí entra Jesucristo como el que nos dio su afecto en grado sumo. Es importante esto de la palabra afecto porque es un valor en nuestra cultura. La gente dice que “lo importante son los afectos”. La palabra amor tiene connotaciones de posesión, de interés. Amor de ágape, totalmente gratuito, hace sentir tironeos por oposición al amor de posesión. Decir que Dios nos ama hace que resuenen muchas de estas cosas “demasiado fuertes”. Decir en cambio que nos tiene afecto, cariño, nos suena bien.
En lenguaje ignaciano, afección es el apego afectivo arraigado que le tenemos a alguna persona o cosa y que ejerce un influjo constante en nuestra memoria, en nuestros pensamientos y decisiones. La afección transforma una cosa cualquiera en “cosa acquisita”, en cosa de mi posesión, en cosa predilecta. E Ignacio, siguiendo a Pablo, desea que su “cosa acquisita” sea Jesús y en Él todo lo demás, según aquello de “amarte a ti Señor en todas las cosas y a todas en ti”. Ignacio desea que uno se aficione tanto al Señor Jesús que llegue a sentir que es capaz de perder todas las cosas “con tal de ganar a Cristo”. En su Autobiografía Ignacio nos cuenta cómo deseaba estar “aficionado sólo a Dios”. Este es el punto clave al que apuntan todos los Ejercicios Espirituales. Ejercitarnos en el afecto a Jesús. En recibir su afecto y en poder dárselo.

Principio y Fundamento del afecto

Así podemos entender mejor lo que quiere decir en el Principio y Fundamento con eso de “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. Se trata de alabar, hacer reverencia y servir como muestras de afecto a Aquel de quien somos creaturas, hijos predilectos. Así también hay que entender el hacerse indiferentes a todas las cosas, eligiendo las que ayudan al afecto al Señor y rechazando las que lo bloquean, solamente deseando y eligiendo lo que más nos permite recibir y dar este afecto santo y lindo.
Las afecciones son lo más íntimo y oculto del corazón, lo que consciente o inconscientemente nos inclina a tomar decisiones prácticas. Toda la estructura de los Ejercicios apunta 1) a reconocer en nuestro Creador y sumo Bien la verdadera afección del corazón (Principio y fundamento); 2) a purificar las afecciones desordenadas , tanto a los pecados (Primera semana) 3) como a cosas adquiridas; 4) afectarse enteramente al Rey Eternal y esto mediante una elección concreta; 5) para, a partir de allí confirmarla y ordenar aún los apetitos buenos a la luz de la pasión del Señor (Reglas para ordenarse en el comer); 6) y queriéndose afectar con alegría a Cristo resucitado, ofrecerse “afectándose mucho”, todo entero, en la Contemplación para alcanzar amor, así, de allí en más, aún lo bueno hacerlo con afecto ordenado.

Momento de Contemplación

Hna Marta Irigoy, Misionera Diocesana

En este año, queremos ahondar en el tema de la VIDA, por eso, en nuestros Talleres de Perseverancia, vamos desde la Espiritualidad Ignaciana, “rezar nuestra existencia”. Para esto recorreremos el itinerario de los Ejercicios Espirituales, para ir “buscando la voluntad de Dios” para nosotros, como también para “ordenar nuestra propia vida”.
En su Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, Benedicto XVI nos recuerda:
“La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias; es más bien la búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza.
A dichos fines se encaminan nuestras decisiones y el ejercicio de nuestra libertad, y en ellos -la verdad, el bien y la belleza- encontramos felicidad y alegría.”

Queremos mirar nuestra vida, como la búsqueda de la Verdad, del Bien y de la Belleza, para encontrar el camino de la felicidad y la alegría. Tan deseadas y necesitadas por todos los seres humanos…
Las deseamos, porque ya las gustamos al ser creados por la Verdad, el Bien y la Belleza… ésta certeza, está dentro de nuestro corazón y no descansaremos hasta encontrarlas en nosotros…
En este primer Taller, vamos a rezar en torno al PRINCIPIO y FUNDAMENTO; cimiento desde el cual, se construye la vida sobre “roca firme”…
Lo primero que dice San Ignacio es que:
“El hombre ha sido creado”- EE 23-

Y en esto nos queremos detener, en este día.
Volver a tocar “esa tierra con la que fuimos creados”, que nos recuerda el mensaje de la HUMILDAD= HUMUS =TIERRA…
Esta VERDAD, ya la “conocemos”, pero la invitación será “saborearla y gustarla”, para tomar conciencia de que el ser creados del barro, da un nuevo sentido a la experiencia de fragilidad y así la descubramos, no como un obstáculo, sino el lugar de encuentro con el Dios que ama la vida de cada uno de sus hijos. Desde aquí, descubriremos nuestra “BONDAD” y agradeceremos la “BELLEZA” de nuestra vida…
“Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida”. (Sabiduría 11,24-26)
La vida, nos ha sido dada. No la compramos, sino que fue REGALO de un Dios que nos ha soñado para la felicidad… y esta felicidad, se encuentra cuando hacemos de nuestra vida un canto de alabanza al sabernos en las manos de Dios, y desde donde surge el llamado a poner esa vida en la dinámica del servicio a los hermanos…
Esa es la Belleza, el Bien y la Verdad que anhelamos y que como dice un autor: “Es la Belleza que salvará al mundo”

MOMENTO CONTEMPLATIVO

* Vamos a contemplar un video, sobre el Principio y Fundamento, y nos quedaremos “sintiendo y gustando”, las imágenes que más tocaron el propio corazón…
* Podemos también, tomar para este MOMENTO CONTEMPLATIVO algunos de los siguientes textos, que aparecen en el video:

+ Petición: “Pedir interno conocimiento del Amor que Dios me tiene como Creador, para así amarlo yo como su creatura”
*“Tú eres mi hijo, Yo te he engendrado hoy” –Salmo 2,7-
*“Tengo tu nombre escrito en la palma de mi mano” –Isaías 49,16-
*“Porque Tú me has formado, me has tejido en el vientre de mi madre” *“Prodigio soy, prodigios tus obras”
*“Mi aliento conocías cabalmente. Mis huesos no se te ocultaban, cuando era formado en lo secreto” –Salmo 139,13-16-
*“¿Acaso una madre puede olvidar al hijo de sus entrañas? Pues, aunque lo llegara a olvidar yo nunca te olvido” –Isaías 49-

Al fin, en la raíz, en lo hondo sólo quedas Tú.
Sólo tu sueño me deja abrir los ojos,
solo Tú mirada acaricia mi ser…

Sólo tu Amor me deja sereno,
sólo en Ti mi debilidad descansa
y sólo ante Ti la muerte se rinde.
Solo Tú, mi roca, mi refugio.

Todo lo pongo en tus manos
para que se haga como Tú quieras
porque tengo la absoluta certeza
de que eso será lo mejor.

Dame luz para sentirte
en medio de este mar agitado
y dame fuerza para seguirte
en cada pasito que de.

Porque me siento tuyo
y sólo en Ti me reconozco.
Nadie me mira como Tú
y nadie pronuncia mi nombre como Tú.

Todo esto te lo pido en nombre de Jesucristo Nuestro Señor. Amén

MOMENTO DE MEDITACIÓN
Diego Fares sj

Hemos visto cómo los Ejercicios apuntan a plenificar nuestra vida en su núcleo más íntimo, allí donde el Espíritu hace alianza con nuestro espíritu y unifica afectivamente nuestra mente y nuestro corazón.
Decíamos que Ignacio apunta a que conozcamos y amemos a Cristo no solo con nuestra inteligencia y voluntad sino con todos nuestros afectos, apasionadamente. Esta valoración de los afectos o pasiones procede de una concepción antropológica que no separa alma y cuerpo y que tiene una visión positiva de la afectividad. Es necesario reflexionar un momento sobre los afectos o pasiones. Seguimos a Santo Tomás que dice lo siguiente:

Las pasiones: alegría y esperanza, tristeza y aversión

1º Todas las pasiones con causadas por el amor. El amor en cuanto ansía el objeto amado se llama “deseo”. El deseo no es otra cosa sino “amor en movimiento de búsqueda”. Este movimiento o deseo nos afecta y nos hace “experimentar sensiblemente” dos afectos o pasiones fundamentales: si el bien deseado está presente y lo poseemos, experimentamos Alegría. Si se trata de un bien futuro, experimentamos Esperanza. Alegría y Esperanza son por eso las dos pasiones fundamentales y tienen su contrapartida en la Tristeza, si estamos ante un mal presente, y la Desesperación o Aversión, si estamos ante un mal futuro.
2º Los afectos o pasiones pueden actuar antecedentemente a la razón o consiguientemente. Si no tengo claro que algo es bueno o malo, actuar primero apasionadamente es peligroso. Puede ser que nos alegremos con un bien ilusorio o que sintamos aversión por un remedio que sabe mal pero es curativo. La pasión antecedente disminuye la bondad del acto. Aún en las cosas buenas hace bien “reflexionarlas para elegirlas” de modo tal que la acción se modere y sea discreta. Ahora bien, la pasión “consecuente” si lo que amo es verdaderamente bueno y lo elijo y me adhiero a ese bien con toda mi voluntad, el apasionamiento que proviene por desborde o por elección, cuanto mayor sea, mejor. La alegría por el gozo del Señor Resucitado y la esperanza en todos los beneficios que me donará si confío en Él, cuánto mayores sean mejor. Como dice Santo Tomás: “la pasión que surge consiguientemente en el apetito sensitivo es señal de la intensidad de la voluntad. Y de este modo indica mayor bondad moral. Y cuando el hombre por el juicio de la razón elige ser afectado por una pasión, para obrar más prontamente con la cooperación del apetito sensitivo, así, la pasión del alma aumenta la bondad de la acción (I 24, 3).

Afectividad y pecado

¿Qué tiene que ver la afectividad con el pecado? Con facilidad podemos ver que la tristeza por el pecado y la aversión, cuanto más intensamente las experimente en mi sensibilidad, mejor, así no peco. En la primera semana de los Ejercicios, San Ignacio nos hace meditar sobre la Misericordia de Dios y sobre el pecado utilizando todas nuestras facultades con un fin preciso: mover los afectos. Dice, proponiendo materia para meditar sobre el pecado de los ángeles: “Discurrir con el entendimiento viendo las cosas detalladamente para que se muevan más los afectos con la voluntad” (EE 50). Las verdades que muestra Ignacio no son verdades “frías” sino que con su coherencia y con la luz que proviene de ver claro el fin y el orden de las cosas a ese fin, son verdades prácticas, mandatos a la voluntad para que actúe, moviendo en primer lugar los propios afectos.

Meditación de los pecados ajenos

Fijémonos en algunas frases, cómo son “conmovedoras”. ¿Cómo puede ser, nos hace sentir Ignacio, que los ángeles “habiendo sido creados en gracia, no se hayan querido ayudar con su libertad para hacer reverencia y obedecer a su Creador y Señor y hayan venido a ser soberbios y se hayan convertido de seres llenos de gracia en seres soberbios?
Contemplando a Adán y Eva nos hace notar: “cómo por su pecado hicieron tanto tiempo penitencia y cuánta corrupción vino al género humano”. Estas verdades Ignacio las pone en tono comparativo: “queriendo entender y recordar bien todo esto para avergonzarme y confundirme más viendo cómo a ellos les pasó esto por un solo pecado y yo he cometido tantos…”.
Vergüenza y confusión son las gracias “afectivas” que brotan al sentir el pecado como “un mal presente”. La comparación lo vuelve personal y actual y el fruto espontáneo en la sensibilidad es la tristeza. Como vemos, no se trata de sensiblería ni de una emoción pasajera. El pecado no se ve como tal si no “da tristeza”. Si no “sentimos esta pasión” es que no lo vemos como real y presente sino como algo lejano, que le pasó a otro, que no tiene mucho que ver conmigo.
San Ignacio va más hondo todavía en esto de ayudarnos a “sentirnos afectados” por la gravedad y malicia del pecado haciéndonos ver que todo pecado, grande o pequeño, es “contra la Bondad infinita” del Padre. Y para tocarnos más el corazón y la sensibilidad nos hace contemplar a Jesús puesto en Cruz por mis pecados y “hablar con Él” de lo que significa el pecado.
No nos hace discutir la gravedad de los pecados con un código de derecho canónico ni con la mentalidad actual sino con Jesús puesto en Cruz. Y quiere que hablemos como un amigo con su Amigo o como un servidor con su Señor. ¡Cómo no conmovernos!

Meditación de los pecados propios
En la segunda meditación los razonamientos apuntan a pedir la gracia de sentir “crecido e intenso dolor y lágrimas por mis pecados”. San Ignacio utiliza criterios “estéticos” – la fealdad del pecado, no solo su maldad -, y la comparación que lleva a una “exclamación admirativa con crecido afecto” al ver cómo Dios no me ha castigado hasta ahora. Alegría por la misericordia y pena por los pecados son pasiones que revelan que lo que medito “está presente”, es algo real para mí.
Y esto tiene como fruto la aversión al pecado, el sentirlo como una amenaza futura que me produce odio y aversión. Aborrecimiento, dice Ignacio. Nada de “ojalá pueda cometer algún pecadito que no tenga muchas consecuencias. Odio al pecado es la pasión que despiertan los Ejercicios. Y no solo al pecado conciente y libre sino aborrecimiento al desorden de mis afectos y a todas las cosas mundanas y vanas.
El espíritu queda libre recién cuando puede sentir tristeza ante el pecado presente y aversión ante el pecado futuro. Si no están operativas estas pasiones en nuestra afectividad es que todavía “no vimos clara” la fealdad y la maldad asesina del pecado. Todavía lo consideramos como algo con lo que se puede “jugar” y dialogar en términos civilizados, sin exagerar.
Lo más mortífero de nuestra relación con el pecado es la “afectividad” que toda cosa acostumbrada –también los pecados- provoca. Así como el que fuma le tiene afecto al cigarrillo y habla de él como un amigo, así cada uno tiene alguna ligazón afectiva con sus pecados, por los bienes secundarios que nos otorgan. Si bien no todo afecto al pecado es asesino y muchos pecados no llevan a la muerte, la afectividad ligada al pecado es perniciosa más por el bien que impide que por el mal que hace. Es que la táctica del mal espíritu consiste en “tronchar la vida” y, si no lo logra, debilitarla en su misma fuente haciendo que disminuya en alegría y fecundidad.
Por eso Ignacio las reflexiones de primera semana apuntan a desenmascarar sin concesiones la fealdad y corrupción y maldad de todo pecado frente a la bondad infinita de Dios nuestro Señor. Y apunta no solo a combatir contra el pecado para mantenerlo a raya sino que quiere que lo aniquilemos y que destruyamos todo lazo afectivo para con él. Ignacio quiere que nos ejercitemos en entristecernos y en aborrecer al pecado sin compasión. Y al mismo tiempo que “quitamos todas las afecciones desordenadas” al pecado (juicios que no terminan de condenar del todo, decisiones a medias, que se reservan algún espacio para maniobrar…) nos hace desear “ordenar la vida” decididamente y en plenitud en torno a los afectos bellos, buenos y verdaderos.
A Ignacio no le importan tanto los pecados en sí mismos sino por la capacidad que tienen de “desordenarnos afectivamente” y de sacarnos de nuestro centro y de nuestro fin.

Purificarnos del afecto al pecado

Las afecciones desordenadas vistas desde esta perspectiva son algo “gravísimo”. Tenerle afecto al pecado más que pecado es corrupción. Se trata de “afectos falsos”. Y no hay nada peor ni más repugnante que un afecto falso. Un pecado puntual, fruto de una emoción fuerte o de una reacción momentánea, no tiene la connotación negativísima de una afecto falso, de un sepulcro blanqueado. Uno puede optar momentáneamente por algo malo por distintos motivos “circunstanciales”, diríamos. Pero darle nuestro afecto a algo malo es muy malo. Supone cultivar lo infecundo y dedicar tiempo gratuito a lo interesado. Los afectos desordenados son una contradicción viviente. Por eso el Señor es tan duro con los hipócritas y fariseos, porque le tienen afecto a su pecado, lo maquillan, lo justifican y lo contagian. Contra esto está la apasionada condena a todo pecado y, como dice Ignacio en la meditación sobre el Infierno, esta condena si no es por amor al menos que sea por temor de las penas del infierno, así me aparto del pecado como de la peste.

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN
Marta Irigoy Misionera Diocesana

“Afectarse sólo al Señor…”

En este día el Evangelio, nos invita a escuchar a Dios. El escuchar en la Biblia es sinónimo de “vivir”.
“El que escucha mi Palabra y cree en Aquel que me ha enviado tiene Vida Eterna” -Jn 5, 24-
Y los judíos, recibieron esta invitación de Dios, para vivir “afectados” solo a Él:
«Escucha, Israel: El Señor, Nuestro Dios, es solamente Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria» -Deut 6,4-6-
Como dice Eduardo Casas en “El Credo del Amor”: Para que la quebradiza memoria de Israel no se olvide de este amor primero y de la elección gratuita de Dios y para que el Pueblo viva en la presencia del Amor, y para que siempre recuerde que fue amado. No se olvide que fue elegido. Es una invitación a la gratuidad y a la libertad, como la de Dios, una interpelación al amor. Estas palabras son recitadas diaria y piadosamente como un «Memorial».
El amor se vuelve así «Memorial» del corazón. El amor se hace Alianza. Cuando Israel recitaba este Mandato, resucitaba la memoria de su amor. El amor nacía como respuesta de su atenta escucha: «Escucha, Israel». Su vocación era escuchar al amor ya que escuchar es la forma más profunda de recibir y, por lo mismo, es la primera manera de amar.
A Dios hay que amarlo «con todo». Es un amor totalizante, no excluye nada, abarca a todos y abarca todo: «El corazón, el alma y las fuerzas».

MOMENTO CONTEMPLATIVO

“Amarás a Dios «con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas»
En la Biblia, el “corazón” es el hombre mismo desde su centro más profundo.
¿Es Dios el “centro” de mi corazón?
Amar a Dios «con toda el alma» significa hacerlo con la totalidad de la vida. El «alma» de la vida es el amor.
¿Mi vida tiene “alma”, es decir amor?
Amar a Dios «con todas las fuerzas» implica con toda la plenitud de nuestra capacidad. Si amarlo «con toda el alma» toma la vida entera, con todas sus expresiones; amarlo «con todas las fuerzas» es desde el empuje y el ritmo de sus latidos.
¿Por Quien, por quienes o porque, late mi vida?
Terminemos rezando juntos: 1Co13 ,3-8
“Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás



MOMENTO DE MEDITACIÓN

 

Diego Fares sj

Gente que se apasiona al escuchar el llamamiento de Jesucristo

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, como veíamos en los talleres anteriores, apuntan a plenificar nuestra vida en todas sus dimensiones. Por eso se centran en lo más vital: en nuestras afecciones . Los Ejercicios apuntan a quitar los afectos desordenados y aficionarse a Cristo. Los afectos tienen su sede en el corazón, allí donde hacemos nuestra opciones y nos jugamos por ellas, lúcida, libre y apasionadamente. Optar apasionadamente por la Vida Plena que nos ofrece Jesús Resucitado trae consigo un mejoramiento que nace en nuestro interior más íntimo y se expande a todas las dimensiones de nuestra vida, personales y sociales. No se trata de un mejoramiento de aspectos parciales con sus más y sus menos. Es un mejoramiento cualitativamente centrado en el carisma propio de cada persona, el carisma que nos da el Espíritu y nos hace ser lo que somos por gracia para el bien común. Aparecida lo expresa diciendo que se nos da “ser discípulos misioneros de Jesucristo para la Vida plena de nuestros pueblos. Esa gracia de ser discípulos misioneros se concreta luego en diferentes estados de vida y carismas: discípulos misioneros padres de familia, sacerdotes, voluntarios, catequistas…
Hay un cuento de Menapace –Cuajada y fermento- que puede ayudar a poner imágenes concretas a lo que decimos. Mamerto habla de la Vida y dice:

En el campo se trabaja con la vida. Quizá sea el aspecto más característico de los trabajos rurales. Aquí hay que respetar ciclos y hay que acompañar procesos. La vida es así. Nadie puede sembrar trigo en Navidad y cosecharlo en Pascua. Por más tierra que mueva, si no respeta las leyes de la vida, lo único que consigue es perder tiempo. Cada cosecha tiene su época, y está precedida por la siembra, los laboreos y el crecimiento. A la vida hay que acompañarla y alimentarla. No se la puede ni inventar ni apresurar. Esto sucede así, hasta cuando se hace el queso. Algunos creen que al queso se lo fabrica. Pero en realidad nace y madura como cualquier realidad que tiene vida. No quiero hacer alardes de conocimiento. Simplemente comparto lo que yo mismo aprendí desde pequeño y luego comprendí siendo ya mayor. Esto es bueno que lo sepan todos aquellos a los que les gusta el queso.
Dos grandes realidades intervienen en su nacimiento: la cuajada y el fermento. Lo primero, en realidad es algo muy sencillo. Todo es cuestión de tener un poco de verdadero cuajo. Una pequeñísima cantidad se mezcla con un gran volumen de leche, y en poco tiempo se opera una crisis en la tina. Lo sólido se condensa en la masa, y el líquido se separa formando el suero. Todo depende de la fuerza vital del cuajo. Este verdaderamente es una fuerza poderosa que actúa en forma inmediata, y su función es muy precisa: obliga a optar, separa discierne la realidad profunda y a cada cosa le da su identidad.
Pero si todo quedara ahí, y se pretendiera poner el resultado en un molde, sólo se conseguiría un queso insulso, o lo que es peor, uno se expondría a que el producto fermentara de manera imprevisible. Se hace necesario el fermento.
Se trata de otra realidad viva. Un pequeño volumen de leche ha sido previamente esterilizado, llevado a una temperatura óptima aislándolo de las corrientes de aire y de las moscas que pudiera haber en el lugar. Se le ha dado todo el tiempo necesario para que en él se desarrolle la vida de ciertas bacterias bien definidas, generalmente oriundas del lugar y que allí se han sembrado con sumo cuidado, luego de haber constatado su pureza. Con el fermento se es muy exigente. En él no pueden admitirse interferencias de torso fagos, es decir de vida extraña o contraria.
Este volumen de fermento es relativamente pequeño, en comparación con el total de la leche que se está cuajando. Pero la intensidad de la vida que tiene, hace que toda la masa adopte su proceso y reproduzca sus notas fundamentales. Produce un efecto similar al de la levadura en la masa del pan. De él depende el gusto y la identidad específica. Un queso es de esta variedad, y no de otra, gracias al fermento que lo ha hecho madurar. Y por lo tanto (le debe) su valor propio.
Me gusta el cuento para ilustrar dos momentos de los Ejercicios. En la primera semana el proceso es como el que desencadena el cuajo. Se opera una crisis en el alma al ver en blanco sobre negro la diferencia entre la gracia y el pecado.

La Primera Semana de los Ejercicios

Lo primero y fundamental para Ignacio es cultivar una imagen positivísima de lo que significa ser “creaturas”. Ser creaturas implica reconocer la vida como don del Amor Creador de Dios y corresponderle cultivando la alabanza, la adoración y el servicio. Alabar, adorar y servir son actitudes que ponen en juego nuestra afectividad: requieren estar enteros en lo que hacemos. Podemos decir que la alabanza y la adoración son expresiones del Amor a Dios y servicio, del amor al prójimo. Viene bien recordar que el afecto “social” es “servicio gratuito en beneficio de la vida de los otros”.
Por otro lado, el cultivo de la Vida plena en Jesucristo tiene también su contracara en la lucha contra los afectos desordenados producidos por el pecado.
Así, desde el punto de vista de las pasiones, podemos esquematizar esta Vida plena y decir que se traduce en “alegría” de “ser creados” a cada instante y en “esperanza” de crecer más y más en lo que nos ayuda a ser buenas creaturas. Y, al mismo tiempo, la Vida plena se traduce en “tristeza” ante el mal que es el pecado y en “aversión” y miedo al Infierno.
Alegría y esperanza en el bien contra tristeza y aversión al mal. Cultivando estas pasiones el corazón se fundamenta en la “Vida Verdadera que muestra el sumo y verdadero Capitán” (EE 139).
Hasta aquí el trabajo del cuajo. Viene ahora el del fermento.

La Segunda Semana de los Ejercicios

En la segunda Semana, Ignacio comienza con una Meditación que estructura todo el resto de los Ejercicios. Se trata del “llamamiento del Rey temporal que ayuda a contemplar la Vida del Rey Eternal”.
La Vida del Rey Eternal – Jesucristo- es ese “volumen de fermento relativamente pequeño en comparación con toda la humanidad pero la intensidad de la vida que tiene, hace que toda la masa adopte su proceso y reproduzca sus notas fundamentales. Produce un efecto similar al de la levadura en la masa del pan. De él depende el gusto y la identidad específica”. La Vida de Jesucristo centra todo en sí y potencia todo desde adentro. Es la fuente de la que participa toda vida que quiere ser plena.
El fermento “puro e incontaminado” es “la Vida del Rey Eternal”, la Vida de la Persona de Jesús Resucitado que me llama y me invita a “estar contento de trabajar con Él”.
La fuerza de esta formula radica en la unión de gozo y trabajo con Jesús. No solo gozo en el trabajo que a uno le gusta sino en hacerlo con Jesús, en el trabajo que él elige y al que nos llama. No solo trabajo con Jesús, por obediencia y con esfuerzo y cumplimiento del deber, sino trabajo gozoso con el Señor. No sólo gozo con el Señor sino trabajo, compartir penas y sacrificios para entrar en su gloria.
La perfección y plenitud de Vida no consiste en cumplir con un canon de reglas ético-religiosas impersonales y comunes a todos sino en encontrar el puesto de servicio preciso y único en el que puedo compartir, de manera única y personalísima, la Vida del Señor Resucitado, sus trabajos y alegrías.

San Ignacio prepara la belleza y el esplendor de la imagen-fermento de Cristo nuestro Señor, rey eterno” haciendo imaginar antes a un rey humano. Quizás la figura de David sea la que tiene en mente bíblicamente en cuanto es la imagen del rey ideal, soñado por Israel. David es alegre, valiente, buen amigo, leal, justo, capaz de reconocer sus pecados…
David es el que se siente amado y bendecido por Dios y el que reconoce la Realeza de Dios por encima de todo. ¡Quién no desearía tener un rey así y trabajar para él! ¡Quién no se conmovería si la invitación fuera a “estar contento de comer como yo, y así de beber y vestir; asimismo de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche; porque así después tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos”!.
Ignacio dice: “si tal vocación (llamamiento) consideramos del rey temporal a sus súbditos, cuánto es cosa más digna de consideración ver a Cristo nuestro Señor, rey eterno, y delante de El todo el universo mundo, al cual y a cada uno en particular llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”.
La imagen ha ido en crescendo y la atracción de un Jesús así es irresistible. El discurso que hace golpea directo al corazón cada vez que dice “conmigo”: venir conmigo, trabajar conmigo. Todo es personal, todo tiene la secreta dicha de la amistad personal con el Rey por quien se hacen las cosas. Sin esta imagen plantada en el corazón los trabajos pierden gusto y la vida se vuelve rutinaria.
Ante un Rey como Jesús, Ignacio nos hace “Considerar que todos los que tuvieren juicio y razón, ofrecerán todas sus personas al trabajo”.
Lo cristiano no es ofrecerse a realizar un trabajo bueno, solidario…, lo cristiano es ofrecer toda nuestra persona al trabajo. Esto es como decir: hacerse cargo personalmente del trabajo, asumir todo lo que implica y estar creativamente activo para mejorarlo. Ofrecer toda la persona es encarnar el rol y la misión y ponerle el sello personal.
Pero Ignacio va más lejos aún:
“Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su rey eterno y Señor universal, no solamente ofrecerán sus personas al trabajo, mas aun haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mundano, harán ofrecimientos de mayor valor y peso diciendo:
Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi ofrecimiento, con tu favor y ayuda, delante de tu infinita bondad, y delante de tu Madre gloriosa, y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo si es para tu mayor servicio y alabanza, de imitarte en pasar todo tipo de injurias y humillaciones y todo tipo de pobreza, así material como espiritual, si tu santísima majestad me quiere elegir y recibir en tal vida y estado”.
Imitarte en “pasar”, imitar al Señor en lo que padece. No sólo en “hacer bien el trabajo”, no sólo “asumirlo personalmente” como propio, sino también “padecer” lo que conlleva. Hay que entender bien este ofrecimiento a pasar injurias, humillaciones y pobreza. Quizás una clave va por el lado del “aficionarse más a Jesús”. Los amigos se ven en las malas, se dice popularmente. Algo de esto hay en lo que propone Ignacio. Le viene de su experiencia personal: en los momentos difíciles, de persecución y de pobreza, experimenta más cercano y amigo al Señor y le puede entregar algo –lo que padece- que es muy personal y que supera el ofrecimiento del trabajo bien hecho.
Pero lo importante no son las penas y trabajos en sí mismos sino el Llamamiento. Humillaciones y pobreza se ofrecen “si el Señor me quiere elegir y recibir en tal vida y estado”. Ignacio quiere abrir el alma a una disponibilidad total para responder personalmente al llamado del Señor de manera que nada condicione el seguimiento. Es una manera de expresar la incondicionalidad ante Cristo que se digna llamarnos. Algo así como lo que se hace en la fórmula matrimonial al poner salud y enfermedad, riqueza y pobreza… Es una manera de “totalizar” la entrega del propio corazón.
En esta meditación está lo más propio de Ignacio, la gracia que se le concedió como carisma especial al servicio de la Iglesia. La meditación preparatoria del Principio y Fundamento, moderada por la regla prudencial de “tanto-cuanto”, se ve aquí excedida ante la belleza de que Cristo nos llame. Si un Rey así me llama, cómo no ofrecerme “haciendo contra mi propia sensualidad y amor carnal y mundano”.”. La plenitud de Vida de Cristo no es algo de lo que se participe de manera general sino que implica dar lo más propio y la fórmula negativa ayuda a expresar que uno se quiere entregar entero para estar a la altura de un llamamiento tal.

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Hna Marta Irigoy, Misioneras Diocesanas

“Enamórate del Señor…”

En el Taller del mes de Abril, fuimos invitados a escuchar a Dios que nos decía:
“Escucha, Israel: El Señor, Nuestro Dios, es solamente Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria» (Dt 6,4-6)
En la “Meditación del Reino”, pedimos no ser sordos y así reconocer la voz de Aquel que quiere ser el dueño de nuestra vida, para plenificarla. Que desea ser el tesoro de nuestro corazón.
Por lo tanto, podemos decir que la cuestión es “dejarse seducir por el Señor”, para que todo nuestro ser, toda nuestra vida se deje llevar por los sentimientos de su Corazón, hacerla fecunda y dar fruto según la propia capacidad…
“Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt.6, 21)
Pero, el secreto, de este dejarse seducir, pasa por, contemplar al Señor, que llama a estar con Él.
“Venir conmigo”
“Trabajar conmigo”
“Para tener parte conmigo”

Aquí está el secreto:
• Estar en todo con Él…
• Optar en todo por Él…
• Trabajar siempre con Él…

La pregunta, que puede ayudar es:
¿Estoy en lo cotidiano, a la escucha de lo que Jesús quiere que haga con Él, como Él y desde Él?
¿Es su voz, la que alienta mi vida?
¿Qué otras voces le quitan lugar a la voz del Señor?

MOMENTO CONTEMPLATIVO

“San Ignacio centra todo en Cristo y nos hace comenzar a escuchar un llamamiento que es “para todos” pero “especial para cada uno”. La plenitud de Vida de Cristo no es algo de lo que se participe de manera general sino que implica encontrar el lugar propio donde lo más vital que cada uno recibe se convierte en servicio para los demás y en fruto para Gloria del Padre.
Optar apasionadamente por la Vida Plena que nos ofrece Jesús Resucitado trae consigo un mejoramiento que nace en nuestro interior más íntimo y se expande a toda nuestra vida”.

* Vamos a dedicar un tiempo a tomar contacto con el propio corazón.
* Silenciarnos para que la voz del Señor nos llame y nos muestre todo lo que nos ha dado para hacer fecunda y plena nuestra vida
* Habla con Él sobre dónde está tu tesoro y, por lo tanto, tu corazón…
- de cómo estás invirtiendo los talentos que se te han entregado:
tus cualidades, tus saberes,
tu tiempo, tus energías, tu ternura…,
si estás aprovechando todo eso al servicio de los que más lo necesitan o si lo estás despilfarrando o enterrando bajo tierra.
* Pédile al Señor consejo para todo ello, háblale de tu deseo de poner tu vida, allí donde estás, en favor de los que sufren cerca y lejos tuyo y a los que te ha puesto bajo su servicio.
* Y recuérdale a Jesús su promesa: “el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les dije” (Jn. 14, 16).

“ENAMÓRATE”
“Nada puede importar más que encontrar a Dios
es decir, enamorarse de Él.
De una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación
y acaba por ir dejando huella en todo.
Será lo que decida, qué es lo que te saca de la cama cada mañana.
Que haces con tus atardeceres,
en que empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el Amor!
Todo será de otra manera…
Pedro Arrupe-sj-



MOMENTO DE MEDITACIÓN
Diego Fares sj

En la segunda semana de los Ejercicios, San Ignacio expone un nuevo método de oración más flexible, más dulce, más fácil de adaptarse a diferentes tipos de personas. No se trata de razonar mucho sino de leer las escenas evangélicas y “sentirlas y gustarlas” afectivamente.

Ignacio nos hace imaginar los lugares (la casita de María en la Anunciación, el Pesebre de Belén…), ver las personas, oír lo que dicen y mirar lo que hacen. La propuesta de Ignacio es que nos metamos y comprometamos afectivamente en cada escena de la vida de Cristo “como si presentes nos hallásemos”. Es que el contacto afectivo con la humanidad del Señor nos va transformando el corazón.

Recuerdo afectivo del Espíritu

Cuando el Señor promete que el Espíritu nos “recordará todo” lo que nos ha dicho Él, no quiere decir que nos recordará sólo “palabras abstractas”. La Palabra del Señor es Palabra Viva y cuando el Espíritu nos la recuerda hace que todo nuestro ser vibre con un recuerdo vivo y cordial en el que vienen a nuestra mente los rostros, el tono de voz, los detalles de cada escena evangélica. Las escenas que Ignacio pone son “una introducción y modo para después mejor y más cumplidamente contemplar” la vida de Cristo en los Evangelios (EE 162). Las contemplaciones se pueden ampliar o reducir de acuerdo al tiempo que cada ejercitante tiene, pero el camino de la contemplación es camino abierto. San Juan lo expresaba cuando al final de su evangelio decía que no estaban narradas todas las cosas que hizo Jesús ni mucho menos. En ese “recuerdo” del Evangelio que es don del Espíritu cabe una profundidad infinita. No se trata de inventar nuevas escenas de la vida de Cristo sino de profundizar en ellas, y de que, al ponerlas en contacto con nuevas situaciones y con cada corazón, surjan de ellas verdades siempre renovadas y nuevas propuestas de vida.
De esta manera, por afinidad y simpatía, la Palabra viva va evangelizando el corazón del que contempla y lo va moldeando y configurando a imagen del Corazón de Jesús. Podemos decir con Juan que en cada contemplación se adelanta algo de esa “visión” del Señor que nos vuelve “semejantes a él”: “cuando se manifieste, nos haremos semejantes a él porque lo veremos tal cual es”.


Compenetración afectiva

El evangelio fue anunciado con pasión y el Espíritu da la gracia de recibirlo también con pasión. Escuchemos lo que dice Juan en su primera carta, cómo habla apasionadamente de lo que se les reveló y nos quieren transmitir: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la Vida se manifestó y nosotros la vimos y damos testimonio y les anunciamos esa Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó), lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros, así como nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que su gozo sea completo (1 Jn 1).
Este pasaje transmite el tono de compenetración afectiva con que está narrado el evangelio y con la que tiene que contemplarse. No se trata de un anuncio meramente intelectual o moral, Juan habla de imágenes, palabras y sentimientos que maravillan, hacen entrar en comunión y llenan de gozo.
Así quiere Ignacio que contemplemos: “aficionándonos” al Señor de modo tal que nuestra afectividad –en la que se unen una inteligencia lúcida con un corazón que sabe enternecerse y comprometerse- se adhiera definitivamente al Señor y lo ame, lo siga y lo sirva. Martini dice que, en palabras más modernas, esto quiere decir: que “entremos en la conciencia de Jesús, en su corazón de Hijo, en el modo en que él vivía su misión de salvación. El ejercitante debe contemplar a Jesús para hacerse semejante a él a través de una compenetración afectiva nacida del amor”.
Lo que en las meditaciones mueve como imperativo categórico apelando a nuestra conciencia del deber moral, en las contemplaciones se vuelve belleza que atrae y enamora.


La dinámica de la contemplación

“La dinámica de la contemplación no es una dinámica deductiva, teleguiada, ni tampoco voluntarista, sino en sí misma confiada a la fuerza del misterio, al contacto con la persona de Jesús, con la persona de María, confiada a la adoración del Padre que se dona en el Hijo”.
Si de la lectura del Evangelio uno concluye un seco “tengo que cumplir esto”, más pronto o más tarde se dejará de lado la lectura… Demasiadas exigencias imposibles de cumplir hacen que el evangelio quede archivado para situaciones límite.
Como algo demasiado bueno que no se sabe bien cómo usar. La contemplación en cambio va haciendo que la Palabra entre en nuestro corazón llenándonos de alegría, de cercanía con un Señor a cuyo lado se hace sencillo hacer lo que él nos dice.
La dinámica de la contemplación se hace “sin constricciones ideológicas, sin inserciones doctrinales pedantes, sino más bien a fuerza del contacto con la amable humanidad de Jesús que es contemplada, como acariciada, amada, abrazada, hasta convertirse en parte del propio horizonte mental, horizonte que se identifica con el de Jesús, según las palabras de Pablo: ‘ya no vivo yo sino Cristo vive en mí’ (Gal 2, 20)”.
Por esto “no se habla de ‘meditaciones’, sino de ‘contemplaciones’, en las que la propuesta provocativa de seguir a Jesús en las humillaciones, en el desprecio y en la pobreza (coloquio del Rey, EE 98) deja lugar a una tranquila identificación con nuestro Señor en pensamientos y acciones, para que nos enamoremos de él y sea él mismo el que nos libere, nos purifique y nos transforme”.
En la contemplación el alma se pone receptiva y permite que sea “el Señor mismo el que modela nuestro corazón según sus elecciones y caminos misteriosos, sin que de nuestra parte pongamos impedimentos a su acción con rígidas intervenciones intelectuales y deductivas”.
La lectio divina presentada en los Ejercicios –es decir, la lectura orante de la Sagrada Escritura tendiente a hacernos entrar en el plano divino- es un método evangélico para la transformación del corazón. Al igual que la Eucaristía, que nos va transformando y asimilando a la carne de Cristo, la contemplación obra el mismo efecto. La victoria sobre la dureza de corazón, sobre nuestra resistencia a la misericordia, se va dando connaturalmente con la contemplación de los misterios de la vida de Jesús y de los personajes que lo siguen y rodean, de modo tal que el Espíritu Santo es el que va modelando el corazón del que contempla. San Ignacio no insiste en una purificación directa de los afectos desordenados (primera semana), precisamente porque la purificación se da por una transfiguración de los sentimientos profundos del hombre mediante la gracia divina que emana de la humanidad filial de Jesús.


Tres etapas en la vida de meditación y contemplación

Una primera etapa en la vida de oración contemplativa consiste en ese primer acercamiento al Evangelio que recibimos en nuestra infancia a través de la catequesis y de la predicación. No hay que desmerecer la fuerza de semillas de contemplación que tienen las primeras narraciones de la vida de Jesús en el corazón de un niño. En esta etapa se gestan las imágenes primordiales y la Palabra va dando fruto por sí sola.
Este conocimiento simple de la Escritura necesita luego ser profundizado por medio de un trabajo exegético. Quien más quien menos va haciendo una lectura más personal de la Vida de Cristo, en el que cada pasaje se va leyendo dentro del contexto íntegro de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia. Sin este trabajo la fe corre el riesgo de quedar trabada por todos los mensajes del mundo actual que la contradicen con argumentos pretendidamente científicos.
Además, hace falta un tercer paso, más interior: el de la simplificación contemplativa, en el que el pasaje contemplado entra en nuestra carne, en nuestra vida cotidiana, en las elecciones pequeñas o grandes que debemos hacer, haciendo que la Palabra habite en nosotros. Como dice Pablo: “Que la Palabra habite en ustedes abundantemente” (Col 3, 16).
Habitando nosotros en el acontecimiento de cada escena evangélica permitimos que el Señor venga a habitar nuevamente en nuestra vida.


“Conocimiento interno”

El fruto que Ignacio nos hace pedir en las contemplaciones es “Conocimiento interno del Señor, para que más lo ame y lo siga”. Fiorito hace la siguiente precisión: El conocimiento interno del Señor –que se da en la contemplación del evangelio y en la aplicación de los sentidos espirituales- es conocimiento de Jesús como Señor de nuestra vida práctica y de la vida de la Iglesia.
“El Señor”
Conocer a Jesús como Señor es reconocer en él los atributos que el Pueblo de Israel atribuía al Dios Altísimo.
Dios para ellos era “el Dios de los dioses. ¿Podríamos decir nosotros –sintiéndolo afectivamente- que Jesús es más poderoso que los dioses actuales? Más poderoso que el dios del dinero y del poder, que el dios de las estructuras globales, que el dios de la vida inconsciente, que el dios de la ciencia y de la técnica, que el dios de la belleza y la fama. Decir “Dios de los dioses” implica una comparación: sentir que Jesús es más rico que el dinero, que Jesús con su mansedumbre es más poderoso que los hombres de armas y de la política, que Jesús domina la vida más que las fuerzas inconcientes, que Jesús es más hermoso que todos los famosos y famosas.
El Señor era también para Israel, “el Dios de mi salvación”. Es decir el Dios de sus Padres, el que llamó a Abraham y le prometió una tierra y una descendencia. El Dios de Moisés, que los sacó de la esclavitud y les dio la ley y la tierra prometida. El Dios que los cuidó por medio de los jueces y las santas mujeres y que los corregía por boca de los profetas. Para nosotros, decir que Jesús es el “Dios de mi salvación”, implica reconocerlo en nuestra historia personal, de familia y como Pueblo. Puedo llamarlo “Señor Dios de mi salvación” si siento que me ha llamado, que me ha salvado, que me ha cuidado y corregido, enviándome gente que me ha ayudado en su nombre.
Para nosotros, que ya hemos nacido cristianos, también es difícil conocer a Jesús como Señor. A los judíos les costaba “bajar” la altísima imagen de Dios que tenían y reconocerlo encarnado en la humildad de Jesús de Nazareth. A nosotros nos cuesta reconocer que esa humildad y ese amor misericordioso de Jesús crucificado y resucitado, que se manifiesta en la alegría y la sencillez de los pequeños, es el verdadero poder y la verdadera gloria de un Dios Señor. Nos cuesta aceptar la Gloria de ese camino de abajamiento, de ese esconderse de semilla, una y otra vez, y ver allí la señal del Señorío y del poder verdadero. No terminamos de confiar en que ese Dios que nos deja morir sea capaz de resucitarnos, en que ese Dios que nos deja sufrir pueda consolarnos en las tribulaciones, en que ese Dios que se esconde sea la Verdad. Como si no terminara de ser para nosotros el Dios de los dioses, el Señor de los poderes actuales.


“Conocimiento interno”
Pasamos ahora a la parte de la frase que habla del “conocimiento interno” como fruto de la contemplación. Ponemos aquí una frase de Juan que es definitiva: “Nadie puede decir Jesucristo es Señor” si no lo inspira el Espíritu Santo”. Reconocerlo es un don del Espíritu y se recibe personalmente en la intimidad de cada corazón. No es un conocimiento “universalizable”, exterior, a la mano de todos. Es un conocimiento interno fruto de un don del Espíritu. Y el don se pide y se recibe afectivamente en la oración.


“Para que más lo ame y lo siga”
La medida del conocimiento interno que tengo del Señor, del afecto que le tengo a su Persona, se nota en la prontitud con que obedezco sus mandamientos y el gusto con que me adhiero a todo lo suyo. Cuando uno le tiene afecto a alguien hace con gusto y prontitud lo que el otro le pide.


MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN
Marta Irigoy md

“Permite a Dios que se encarne en tu vida”

San Ignacio, en la Segunda Semana de los Ejercicios Espirituales, nos invita a contemplar la vida del Señor, desea, que al poner la propia vida ante la Vida Plena del Señor, se nos “peguen” sus gestos, sus deseos, su Amor…, es decir, que seamos “capaces” de recibir esa Vida Abundante y Plena en nuestro corazón…
El centro de la contemplación ignaciana es la humanidad de Jesús, su persona llena de detalles sensiblemente perceptibles, que le hacen cercano y accesible al que contempla, hasta el punto de “dejarse afectar” por Él. Es “el Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” –EE104-, el que puede ser contemplado ahora, de una manera más sencilla, “así nuevamente encarnado” –EE109-.
Por eso, san Ignacio, nos propone contemplar a la humanidad que esta ciega…
“CEGUERA,- dice, Bernard Mendiboure, sj.- es la palabra escogida por Ignacio para describir la situación de los hombres sobre la tierra. Así es calificado el estado de una humanidad que sin saberlo corre a su perdición”.
Así es, que contemplamos a una humanidad deshumanizada que necesita una ayuda de lo Alto, para volver al sueño de Dios para el hombre y la mujer.
Al contemplar a la VIDA que nace, se nos humaniza el corazón, se afecta al Señor y vamos teniendo “los mismos sentimientos de Jesús, que siendo Dios se hizo hombre, por amor…”-Fl, 2-

MOMENTO CONTEMPLATIVO

La invitación es animarnos a dejar que Jesús se encarne nuevamente Hoy en nuestra vida, para renovarla y hacerla plena…
“Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” – Gálatas 4,4-
“Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron”. -Jn 1, 2-5-
+ ¿Cuales son HOY las cegueras-tinieblas que deshumanizan tu vida?
Permite a Dios que se encarne,
en tus ojos, en tus labios, en tus manos,
en los pasos de tus pies,
pero, sobre todo,
que se encarne en tu corazón.
Permite a Dios que se encarne en todo tu ser,
y que mire a través de vos,
que hable a través de tus labios,
que acaricie a través de tus manos,
que camine a través de tus pasos,
Permite a Dios, sobre todo,
que se encarne en tu corazón,
y que su bondad y ternura infinita,
se derrame a través de tu corazón.
Permite a Dios que sea el centro y el todo de tu alma,
y se encarne y se irradie
en tus gestos, en tus palabras,
en tus miradas, en tus silencios,
y en cada paso de tus pies,
y en toda la expresión de tu persona.
Permite a Dios que sea el centro y el todo de tu alma,
permite a Dios que, en definitiva, se encarne en TODO TU SER,
hasta ser todo TÚ, expresión y presencia de su Espíritu.




MOMENTO DE MEDITACIÓN

Diego Fares sj

Con la meditación de las Dos Banderas Ignacio nos introduce en la elección de estado de vida.

“Comenzaremos, a la vez que vamos contemplando la Vida del Señor, a investigar y a preguntar en qué vida o estado de nosotros se quiere servir su divina majestad; y así para introducirnos un poco en esto, en el primer ejercicio siguiente (Dos Banderas ‘de enganche’ o Dos programas operativos antagónicos con sus tácticas y estrategias’) veremos la intención de Cristo nuestro Señor y, por el contrario, la (dañada intención) del enemigo de la naturaleza humana; y cómo nos debemos disponer para llegar a la perfección en cualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir” (EE 135).

Mandamientos y consejos

Debemos saber que, en los Ejercicios, ‘estado de vida’ tiene un significado evangélico. Para Ignacio solo existen “dos estados de vida”. Un estado de vida es la vida según los mandamientos. El otro es una vida según los consejos evangélicos.

El objetivo de hacer Ejercicios de San Ignacio “no son los mandamientos de la ley de Dios que obligan bajo pena de pecado –grave o leve, según la materia, la advertencia y la libertad que uno tenga-, sino los consejos evangélicos, que obligan, como decía el Padre Nadal, compañero de Ignacio, que no obligan bajo pena de pecado sino bajo pena de imperfección, porque la materia de un “consejo” es la perfección. Para conocer los mandamientos basta la conciencia que nos dice “lo que está bien y lo que está mal” y en lo dudoso nos lleva a consultar. Para conocer los consejos que Jesús da, a unos unos y a otros otros, cada uno debe plantearse el tema personalmente y hacer “discernimiento de espíritus”. Porque no son obligatorios sino libres y hacen a cosas buenas que Dios puede invitar a que uno haga en mayor o menor grado. Como dice Juan Pablo II en “El don de la redención”: en el evangelio hay muchas invitaciones que “sobrepasan la medida del mandamiento indicando no sólo lo que es necesario para ‘tener en herencia la vida eterna’ (Mc 10, 7) sino lo que es ‘mejor’. Así por ejemplo las invitaciones a:
no juzgar (Mt 7, 1), ‘prestar sin pretender contraprestación’ (Lc 6, 35), ‘satisfacer a todas las peticiones y deseos del prójimo’ (Mt 5, 40), ‘invitar al banquete a los pobres’ (Lc 14, 13-14),
‘perdonar una y otra vez, siempre’ (Mt 6, 14-15), saludar al que no te saluda, hacer oración, limosna y penitencia en secreto, aguantar paciente y mansamente críticas, quejas, insultos,
mantener la paz cuando no somos recibidos ni escuchados…).
Negativamente se dice que los consejos no obligan bajo pena de pecado sino bajo pena de imperfección. Se habla de “pena” porque lo obligatorio tiene relación a un premio o castigo. Pero es un lenguaje que nos suena legalista y basado en el temor. Podemos destacar la cara positiva recordando que la perfección es interior, es “ser perfectos como el Padre es perfecto”. Y la perfección del Padre consiste en ser misericordioso, con una misericordia que no tiene límites. También podemos decir la perfección en la misericordia es “tener los sentimientos de Jesús”. A esto apuntan los consejos: a crecer interiormente en sentir como sienten el Padre y Jesús. Y esta perfección se experimenta al elegir esos gestos concretos y al realizar esas acciones a las que Jesús nos invita: “si querés ser perfecto…” seguí tal consejo (de despojo de bienes, de fama, de orgullo…, y seguime a Mí, tu único bien.

Dos Banderas: escalones del amor a Cristo

En la meditación de Dos Banderas Ignacio nos presenta los “escalones” contrarios por los que se “sube de bien en mejor” en el seguimiento amoroso de Cristo o se va “de mal en peor bajando” tironeados y empujados por el enemigo de la naturaleza humana.

Los escalones ascendentes que propone Jesús son la pobreza y la aceptación (o el deseo) de oprobios y menosprecios (humillaciones) para llegar a la humildad que nos abre a todos los dones de nuestro Sumo Capitán. Contra ellos están los escalones por los que nos despeña el mal espíritu, que son de riquezas y vanos honores por los que nos lleva a ser soberbios.
No se trata de “elegir” entre las Dos banderas. Nuestro corazón siempre nos inclina al bien y el Bien más grande es Cristo, nuestro Amigo y Salvador. De lo que se trata en los ejercicios es de discernir en esos escalones por los que Cristo es Camino que nos lleva al Padre cuál es el pasito de perfección que podemos dar con alegría y afecto como respuesta al “más” que nos propone el Señor.
En la pobreza, puede ser que Jesús a uno lo invita a “vender todos sus bienes y darlos a los pobres” como le dijo al joven rico mientras lo miraba con mucho amor.
Pero puede que a otro no le diga nada y le acepte lo que ofrece, como fue el caso de Zaqueo, que prometió dar la mitad de sus bienes y devolver cuatro veces lo robado.
También puede ser que a otro lo invita a “dar al que le pida”, en una actitud de disponibilidad a lo que sale al paso cada día.
En lo que hace a la tolerancia a los menosprecios y a las injurias también hay infinitos grados: poner la otra mejilla es una actitud; no devolver mal por mal ni ojo por ojo, es otra. Bendecir al que nos maldice, saludar al que no nos saluda, ser manso y paciente cuando somos injuriados, alejarnos en paz cada vez que en un lugar o situación no somos bien recibidos, Perdonar las ofensas… como vemos hay distintos grados de perfección en cuanto a “sufrir” menosprecios por amor a Cristo, imitando sus actitudes en esta parte de la cruz.
También hay “grados de humildad” y en esto no hay “techo” a la “perfección” a la que Jesús invita.

Elecciones en clave afectiva: deseo y paciencia

La clave en esto de los consejos está en el afecto. Ignacio dice que “a los que ya han elegido estado de vida (o ya tienen su misión y tarea evangélica y están bien en su puesto de servicio) la elección va más a los consejos y a la actitud interior con que se viven. “Se les podrá proponer qué querrán elegir de estas dos cosas: “Siendo igual servicio divino y sin ofensa suya ni del prójimo, desear… ser rebajado en todo con Cristo para vestirse de su librea, imitándolo en esta parte de su cruz” o “estar dispuesto a sufrir pacientemente, por amor a Cristo, cualquier cosa semejante que le suceda” (Directorio 23).

Ignacio agrega “injurias y oprobios”. Yo solo pongo como materia de elección: “ser rebajado” (en vez de ser “ensalzado”). Da por supuesto que no está en juego una disminución de la calidad del servicio que se hace. Si para el mayor servicio es necesario “no ser rebajado” sino justamente apreciado, elegir el menosprecio sería falsa humildad. Tampoco está en juego el pecado del prójimo, a quien tengo que corregir fraternalmente. Ignacio habla de esas situaciones en las que el bien se lleva a cabo y lo que sucede es que uno queda menospreciado o tapado de manera tal que sólo afecta a nuestro amor propio. Allí nos propone, para crecer en perfección, elegir entre dos actitudes interiores: desear esto, no por sí mismo sino por parecerme más a Cristo, que se revistió de la humildad de la carne y no con “vestidos de honor y fama”, o sufrir pacientemente los menosprecios que se den, por amor a Cristo.

Afecto doblemente gratuito

Quede claro que se trata de algo doblemente gratuito y de amor personal entre el alma y Jesús. Ese pasito más de los consejos es gratuito. No hay reproche si uno no lo da. El Señor suele invitar suavemente y no insistir. Cada tanto vuelve a invitar, pero muchas veces uno ni se da cuenta de que había una invitación. Como en Emaus “hace ademán de seguir su camino” como si no necesitara, pero si lo invitan “quedate con nosotros”, entra gustoso. También es gratuito y libre ese matiz que lleva de “tolerar con paciencia los males” a “desear” participar de la pasión redentora del Señor. “He deseado ardientemente comer esta pascua con ustedes” dirá Jesús. El no aguantó estoicamente la cruz sino que, cuando vio que era el camino para redimirnos, la deseó con todo su corazón y abrazó la cruz para salvarnos. Por nosotros, no por sí misma. Así también nosotros: a algunos se les invita a más por amor a Jesús no por otra cosa.

Algo nuestro para “ofrecer”: nuestros sufrimientos

Por este camino se puede “crecer” en la vida espiritual. En la actitud que elegimos libremente ante estas cosas “negativas”, se juega lo más propio de nuestra persona. En el bien no hay duda. Estamos hechos para el bien. No amarlo es contradecirnos. Amar lo bueno es natural y conlleva su premio inmediato. Todo es don: el bien que amamos, la capacidad de amarlo y la alegría que produce. En cambio cuando se trata de “amar a los enemigos”, de “perdonar al que nos ofende”, de devolver bien por mal…, en estas cosas nos distanciamos del amor propio inmediato y experimentamos nuestra libertad, nuestra capacidad de entrega, nuestro poder “hacer algo por amor a Otro” y en esto “crecemos como personas”.

Como propone el Papa en “Salvados en Esperanza”: Quisiera añadir aún una pequeña observación sobre los acontecimientos de cada día que no es del todo insignificante. La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros” (SS 40).

Santa Teresita: maestra de la paciencia amorosa

Este es el camino de paciencia que seguía Teresita. Se dice de Teresita: Siendo el sufrimiento consecuencia del pecado (inevitable, por lo tanto, en la vida humana), la clave, el secreto de la perfección consistirá en convertir el tal sufrimiento en medio de unión con Dios; es decir, en motivación de amor. Esta es la misión de la paciencia en el trabajo de la perfección y de la santidad. Teresa del Niño Jesús lo comprendió y lo vivió maravillosamente. La paciencia es, a sus ojos, el mejor acto de amor; el amor en su forma más frecuente y más auténtica.
Dios no quiere que suframos
Teóloga por intuición, la Santa no razona; cree. Su mirada es la fe, iluminada por la caridad. Iluminando los ojos de vuestro corazón (Ef. 1, 18). ¡Y qué certera es esa mirada! Escuchémosla: «¿Cómo es posible que Dios, amándonos infinitamente, se goce en hacernos sufrir?» Y añade sin vacilar: «No; Dios no puede gozarse en nuestro dolor, pero éste nos es necesario. Lo permite, pues, como a pesar suyo.» La paciencia de Teresa se ejercitó de ordinario en mil pequeñeces, semejantes a las que cada día encontramos en nuestro camino. Sufrimientos pequeños, ocultos, penosos, para su naturaleza sensible, dificultades de esas que también a nosotros nos hieren y molestan, pero que por falta de fe, de esa fe despierta y amorosa, nos abaten, nos llenan de melancolía, y quizás, a pesar nuestro, nos hacen sombríos, mustios, fastidiosos a nosotros mismos y a los demás. Constantemente se nos ofrecen, como a Teresa, ocasiones de ejercitar la paciencia, pero las dejamos escapar. ¿Por qué? Por falta de fe en el Amor, y por falta de vigilancia sobre nuestra conducta. En los momentos de dolor, en lugar de levantar los ojos y el corazón a Dios, que lo permite en su amorosa Providencia y nos invita a unirnos con él en eso que estamos padeciendo, nos replegamos egoístamente sobre nosotros mismos. ¡Qué pérdida tan incalculable!
Dos gracias que vienen de nuestro límite
Nuestras imperfecciones, faltas y defectos, esas mil cosas que no pocas veces nos abaten y aun nos irritan, son fuente perenne de pequeños sufrimientos que, por un lado, nos permiten “abandonarnos en manos del Padre” « ¡Qué feliz soy -decía Teresa- de verme imperfecta y tan necesitada de la misericordia de Dios! ». La paciencia es también en esta ocasión raíz y custodia de la humildad. Por otra parte, esos sufrimientos nos permiten “compadecer con Jesús” estrechando nuestra amistad con Él. Son dos maneras de “crecer” en perfección, de crecer en la capacidad de recibir la misericordia del Padre y de compartir el amor redentor de Jesús.
Sufrir “por Jesús” (aún sin valentía)
Aceptación gozosa del sufrimiento. La alegría en el dolor fue el sello distintivo de la paciencia de Teresa. Pero aquí una frase de la santa disipa todo equívoco sobre este tema: «Suframos, si es preciso, sin valor. Jesús sufrió con tristeza. ¿Acaso es posible sufrir cuando desaparece la tristeza? Quisiéramos sufrir generosamente, valientemente. ¡Qué ilusión!». En general, cuando se nos habla de paciencia, se nos exhorta a sufrir con ánimo generoso. «¡Qué ilusión!», exclama la Santa; sepamos sufrir sin ánimo, débilmente, con tristeza. «Sólo una cosa me alegra: sufrir por Jesús, y esta alegría no sentida supera todo gozo».

No creo equivocarme al pensar que la Santa ha querido animar a las almas pequeñas, hablándoles de esta alegría accesible a todas. ¿Cómo alcanzarla? Viendo, al igual que ella, en el dolor, una expresión del Amor de Dios. Haciendo de la paciencia un ejercicio de amor filial. Entonces, el Espíritu Santo que mora en nuestra alma hará en ella su obra, como la hizo en el alma de Teresa, y junto a la tristeza, compañera inseparable del dolor, florecerá el gozo, ese gozo de que nos habla San Pablo y que es, como la caridad, fruto del Espíritu Santo: «Los frutos del espíritu son caridad, gozo… » (Gal. 5, 22).

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Marta Irigoy md

“Tener los sentimientos de Jesús”

Una de las cosas más lindas de estos Talleres de Perseverancia, es descubrir la sabiduría de los Ejercicios Espirituales, en los cuales descubrimos una fuente que no se agota y siempre nos ayudan a ir teniendo en nuestra vida el horizonte del Corazón de Jesús, que se estremece de gozo, al ver las maravillas que revela su Padre a los pequeños, como así también hacernos descubrir el puesto de servicio para el que estamos cada uno llamados…
Sin embargo, aunque todos queremos ser “de esos pequeños”, constatamos que lo que más buscamos es “ser grandes”…
La pequeñez, como hemos dicho muchas veces, es lo que le roba el corazón a Dios, como cuando sus ojos se detuvieron en María, a quien que miro con bondad… y a la que –como Ella misma canta- : –En adelante llamarán feliz–.
Y así nos mira, nuestro Dios, cuando nos sentimos pequeños, frágiles y vulnerables… siendo esto la “oportunidad” de descubrir esa mirada tierna y compasiva del Corazón de Jesús, y experimentar la vida espiritual como lucha, teniendo presente este Corazón que nos ayuda a discernir “cordialmente”.
Este año en nuestros encuentros hemos venido rezando y pidiendo:
• “Afectarnos sólo al Señor…”
• “Enamorarnos del Señor…”
• “Permitiendo a Dios que se encarne en nuestra vida”
• “Para tener los sentimientos del Corazón de Jesús”


MOMENTO CONTEMPLATIVO

Pidamos incesantemente cada día amor a la verdad y a la humildad, pues así descansará felizmente nuestro corazón en el Corazón de Aquél que dijo:
“Aprendan de Mí que soy manso y humilde de Corazón”
Danos, Jesús, un Corazón como el tuyo
Guillermo Rosas ss.cc.
Danos, Jesús, un corazón
como el que fue mecido en el pesebre,
un corazón confiado en manos de otros,
un corazón de niño, un corazón alegre.
Señor, danos un corazón
como el de tu trabajo de artesano:
que haga del mundo una gran casa
donde vivamos todos como hermanos,
un corazón que labre vida nueva
en los surcos del tiempo sin descanso.
Danos, Jesús, un corazón
como el que predicó por los caminos,
un corazón que grite desde los tejados,
un corazón misionero y peregrino.
Señor, danos un corazón
que acoja a los pequeños y sufrientes,
que haga brotar la vida en cada rostro,
y a los pobres arranque de la muerte,
un corazón abierto, sin fronteras,
cercano y generoso, fiel y valiente.
Danos, Jesús, un corazón,
como el que fue mecido por María,
un corazón confiado hasta el extremo
en las manos del Padre de la Vida.




Diego Fares sj

Los tres binarios (EE 150-155).

La meditación de “Tres binarios” es un test del apego. Cuando en los ejercicios uno tiene que hacer elección de estado de vida este test ayuda a ver el grado de desapego que uno tiene a lo propio y la disponibilidad para apegarse a lo que le propone Dios. No se trata para nada de vivir “desapegado de todo”. La seguridad emocional que da la posesión de bienes es esencial para la vida: amar es ligarse afectivamente y comprometerse con lo que uno ama. Pero cuando hay que elegir, cuando tenemos que optar por algo nuevo, es clave tener claro cuál es el Bien único al que debemos estar apegados y cuál es la jerarquía del apego a los otros bienes. No pueden estar las cosas por encima de las personas. El ejemplo clásico es el del que en un incendio pierde la vida por salvar el documento.
Los tres binarios ayudan a ver el grado de preferencia real que uno tiene a Jesús y a su reino y los mecanismos a veces inconscientes de autojustificación que impiden la libertad espiritual. Esa libertad del que pone su seguridad sólo en Dios y busca en todo su mayor servicio y alabanza.
La historia comienza así: Hay tres pares de personas, que: “Han adquirido diez mil ducados, no pura o rectamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios nuestro Señor, quitando de sí el peso e impedimento que tienen para ello en la afección o apego de la cosa adquirida”.
Los diez mil ducados representan todos los objetos de deseo (bienes poseidos o codiciados). Pero cada persona tiene que concretar “su cosa adquisita” examinándola en relación a lo que el Señor le propone para elegir. Uno se sorprende cómo, a veces, lo que impide seguir alegremente al Señor no es un bien significativo, digamos, sino algo circunstancial: un capricho, un gusto pasajero. Pequeñas cosas que son síntoma de un apego al propio interés y una falta de hábito de apegarse a los intereses de Cristo.
En lenguaje ignaciano, afección es el apego afectivo arraigado que le tenemos a alguna persona o cosa y que ejerce un influjo constante en nuestra memoria, en nuestros pensamientos y decisiones. La afección transforma una cosa cualquiera en “cosa acquisita”, en cosa de mi posesión, en cosa predilecta. E Ignacio, siguiendo a Pablo, desea que su “cosa acquisita” sea Jesús y en él todo lo demás, según aquello de “amarte a ti, Señor, en todas las cosas y a todas en ti”; que uno se aficione tanto al Señor Jesús que llegue a sentir que es capaz de perder todas las cosas “con tal de ganar a Cristo” . En su Autobiografía Ignacio nos cuenta cómo deseaba estar “aficionado sólo a Dios” .


¿Cómo sabemos a qué estamos “aficionados”?
La afección influye poderosamente en toda nuestra existencia. De las afecciones que están en el fondo del ser de una persona emergen impulsos y deseos que mueven su voluntad a favor de lo que ama o en contra de lo que teme o aborrece; la memoria instintivamente se encuentra llena de imágenes de la persona o cosa deseada o temida; la mente, insensiblemente, realiza una intensa labor para encontrar y justificar los motivos que le ayuden a estar con la persona o cosa amada o evitar a la aborrecida.
Ahora bien, por el ejemplo que utiliza Ignacio, de una suma de dinero grande como cosa acquisita, podemos ver que no está hablando aquí de nuestras “afecciones naturales” (cosa que hace en otros sitios) sino de las cosas adquiridas, que tiene su historia, y que son más que cosas, “medio para”. Uno se adhiere fácilmente al dinero apenas lo agarra, pero también se desafecta apenas lo suelta, ya que en sí mismo no tiene “historia” como pueden tenerlo otras cosas materiales y mucho más las personas.
Es que en esta etapa de los Ejercicios Ignacio quiere fortalecer el corazón antes de elegir estado de vida (o de reformar para mejor el que uno ya ha elegido). Ignacio quiere ayudarnos a liberar el corazón no ya de sus pecados (cosa que se trabajó en la primera semana) sino de aquellas cosas que uno a adquirido por elección o porque le cayeron en suerte y que tienen que estar bien relativizadas a la hora de optar por nuestro Bien Mayor y Ultimo. Por eso, en los preámbulos, Ignacio nos invita a ponernos delante del Señor y de todos sus santos y pedir la gracia de elegir lo que sea para su Mayor Gloria y salud del alma. La presencia del Señor y de sus santos –los que ya eligieron bien- y el deseo de la Gloria de Dios y de la propia salvación sirven para ver las demás cosas en su lugar relativo.


Tres tipos de reacción ante los diez mil ducados: signo de tres grados de apego
Postergar
“El primer binario querría quitar el afecto que a la cosa acquisita tiene, para hallar en paz a Dios nuestro Señor y saberse salvar; y no pone los medios hasta la hora de la muerte”.
El dilatar es la reacción típica de las personas “que querrían pero nunca acaban de querer”. Son los que no terminan de poner los medios para hacer lo que en el fondo de su corazón dicen desear. Hay un fondo de tibieza en esta actitud y puede provenir de no darle tiempo a la oración. El bien del evangelio necesita tiempo para encender el corazón. La dispersión hace que se gocen más los bienes inmediatos y el Bien mayor no llegue a alegrar el corazón. San Agustín cuenta: “ya tenía treinta años y todavía me hallaba en el mismo lodazal, ávido de gozar de los bienes presentes que huían y me disipaban tanto que decía: ‘mañana lo averigüaré, la verdad aparecerá clara y la abrazaré”. Me sentía aún cautivo de mis iniquidades y lanzaba voces lastimeras: ‘hasta cuándo, hasta cuándo: mañana, mañana? Por qué no: hoy? Por qué no poner fin a mis torpezas en esta misma hora?” (Confesiones 6 y 8).


No soltar
“El 2º quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita; de manera que allí venga Dios, donde él quiere; y no determina de dejarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él”.
No soltar la cosa aquisita mientras uno trata de valorar el bien que Dios propone es una reacción propia del que negocia. En el fondo del negociar con Dios sin soltar lo propio suele haber miedo. Miedo a que me pida mucho, miedo a que el bien que me promete no sea tan grande, como en el caso del joven rico. También suele haber dureza de juicio, como en el caso de Naamán que no entiende por qué Dios le pide que se bañe siete veces en el Jordán.


El que suelta
“El 3 quiere quitar el afecto, mas así le quiere quitar, que también no le tiene afección a tener la cosa acquisita o no la tener, sino que:
quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a la tal persona le parecerá mejor, para servicio y alabanza de su divina majestad; y, entre tanto, quiere hacer cuenta que todo lo deja en afecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor; de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dejarla”.
El ejemplo de San Francisco cuando quema la cesta de mimbre que estaba tejiendo para el cocinero. Como se había afectado por vanidad y se distrae de Dios la quema y luego le hace otra al cocinero.
También es bueno el ejemplo de Agustín cuando dice: lo que quieras, cuando quieras y del modo que tú quieras.
Todo seguimiento implica soltar algo: Mateo, suelta la guita, Pedro y Juan, las redes y a su padre, Nicodemo, el qué dirán, la Samaritana, los maridos, Bartimeo, el manto…


Ignacio agrega una nota:
Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha, para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (EE 149-157).


El lenguaje de Ignacio es fuerte y a primera vista siempre deja la impresión de que se trata de un ejercicio voluntarista: tipo “aquí hay que juntar fuerzas para animarse a elegir lo peor y lo más difícil”. Esta impresión es alimentada por nuestras cosas acquisitas mismas que enseguida se alarman y comienzan a emitir señales de “peligro”, porque ven la que se les viene. Sin embargo, Ignacio apunta a algo más hondo. El ejercicio consiste en: 1º identificar los afectos y las repugnancias más fuertes con respecto a las enseñanzas de Jesús (las bienaventuranzas),
2º hacer contra ese afecto o repugnancia,
3º pero no por que la cosa acquisita sea el centro de la atención, sino para que nuestro corazón se adhiera primero a Jesús y, por amor a Él, a lo que El elije para uno.
Se trata de un Ejercicio para encontrar la única cosa acquisita que podemos poseer verdaderamente. La posesión de las otras es ilusión pasajera. Más bien ellas nos poseen a nosotros.
Se trata de “aficionarme solo a Jesús nuestro Señor”, se trata de un ejercicio positivo para que nuestra voluntad se adhiera con todas sus fuerzas a su verdadero Bien, al Amor de Dios, a su Voluntad que nos quiere bien, y nada menor o pasajero se interponga.


El deseo de mejor poder servir a la divina Bondad es la clave.
Amar más y más plenamente lo que amamos es el desafío. Si el tema concreto es “la cosa acquisita”, que a todos nos inquieta, es porque las cosas “se nos pegan” y arrancar el afecto que en ellas pusimos es como arrancarnos la piel. Por que nuestra voluntad tiene una fuerza de adhesión poderosísima. Es como esos pegamentos instantáneos que si uno se descuida, cuando quiere pegar algo, se le quedan pegados los dedos entre sí.
Este es quizás un buen ejemplo. Ya que no se trata aquí de que haya “cosas malas” sino del poder de adherirse que tiene nuestro amor y nuestros afectos, y que, sin darnos cuenta, a ese poder de adhesión se le han adherido “cosas” que han pasado a ser “acquisitas”. El dinero es una de esas cosas que fácilmente se convierte en cosa acquisita.


Es importante recordar que, para vivir, uno tiene que afectarse a las cosas buenas que elije. Y que hay cosas que exigen mayor grado de afección. Por eso es que cuando se trata de cambios grandes de vida –la primera vocación, un cambio de misión, de trabajo…- es necesario entrar en Ejercicios para “hacerse indiferente” a la hora de elegir, de modo que el Amor del Señor sea lo que guía nuestra elección o reforma.

MOMENTO DE CONTEMPLACIÓN

Marta Irigoy, misionera diocesana

Dios es y basta

(El Hermano de Asís, IGNACIO LARRAÑAGA, Paulinas, 1981, 306-308)

Francisco de Asís, enfermo y próximo a morir está preocupado por su obra
y por lo que será de ella después de su muerte. (Lo acompaña Santa Clara)

“Entonces Clara tomó la iniciativa y dijo:

Días atrás leía que un antiguo monasterio se dividió por causa de un gatito. Una hermana se encariñó de su gatito. A las hermanas que miraban feo al gatito la “propietaria” del gatito les daba mirada fea, hasta que el monasterio se dividió entre las que miraban bonito y las que miraban feo al gatito. El gatito se había transformado en el único “dios” del monasterio… –“Ignoro si esto es una historia o una alegoría”, dijo Clara…

¡Un pequeño problema de apreciación!, Padre Francisco. La cosa que amamos, se nos prende. A veces dudo si la cosa se nos prende o somos nosotros los que nos prendemos a la cosa. Posiblemente no hay diferencia entre lo uno y lo otro. Cuando se cierne una amenaza sobre la cosa que amamos, quiero decir, cuando surge el peligro de que la cosa se nos escape, nos agarramos más fuertemente a ella. En la medida en que aumenta el peligro, más crece nuestra adhesión. En la medida en que más crece nuestra adhesión, mayor es la cosa. Y así, al final, en el monasterio no queda más cosa que el gatito. Quiero decir, damos una importancia desproporcionada.
Padre Francisco: el ideal, la Orden, la Pobreza son cosa ciertamente importante. Pero levanta un poco la vista; mira a tu derredor y te encontrarás con una realidad inconmensurable, altísima: Dios. Si miras a Dios, aquello que tanto te preocupa, te parecerá insignificante. ¡Pequeño problema de apreciación! ¿Qué valen nuestros pequeños ideales en comparación de la eternidad e inmensidad de Dios? Cuando se mira la altura del Altísimo, nuestros temores parecen sombras ridículas. En la altura de Dios, las cosas adquieren su real estatura, todo queda ajustado y llega la paz.
… Querido Padre Francisco, ¡Dios!, ¡Dios! Padre Francisco, fuiste un implacable talador. Quemaste, barriste, demoliste casa, dinero, padres, posición social. Avanzaste hacia latitudes más profundas: venciste el ridículo, el miedo al desprestigio. Escalaste la cumbre más alta de la Perfecta Alegría. Te despojaste de todo para que Dios fuera tu Todo. Pero si en este momento reina alguna sombra en tus habitaciones, es señal de que estás prendido a algo y de que Dios todavía no es tu Todo: de ahí tu tristeza. En suma, es señal de que has catalogado como obra de Dios lo que en realidad es obra tuya.
Para la Perfecta Alegría sólo te hace falta una cosa: desprenderte de la obra de Dios y quedarte con Dios mismo, completamente desnudo. Todavía no eres completamente pobre, hermano Francisco; y por eso todavía no eres completamente libre y feliz. Suéltate de ti mismo y da el salto mortal: Dios es y basta. Suéltate de tu ideal y asume gozoso y feliz esta Realidad que supera toda realidad: Dios es y basta. Entonces sabrás qué es la Perfecta Alegría, la Perfecta Libertad y la Perfecta Felicidad. Dios es y basta, repetía sollozando el Hermano. Se levantó despacito, sin alzar los ojos del suelo, abrumado de felicidad, y dijo por última vez: Dios es y basta. Esta es la Perfecta Alegría
MOMENTO CONTEMPLATIVO
Es el amor hacia la Persona de Jesús que nos ama desinteresada y gratuitamente lo que nos va modelando el corazón para amar todo lo que él ama y los medios que propone para seguirlo.
Del amor de la Persona de Cristo brota insensiblemente el amor a lo que toca a su persona.
De la afección a la Persona de Jesús se llega a la afección de todo lo que interesa a Jesús. De este modo va madurando el corazón hasta llegar a que lo primero que se mira es darle el gusto a Dios nuestro Señor, y las cosas se quieren o no según que Él las quiera o no.
Uno va sintiendo que, en las cosas que elige, lo que inclina la balanza es el peso del amor de Dios y no la cosa misma.

Para que en nuestra vida, brote la Alegría, se despierte o se la encuentre,
pidamos conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre para más amarlo y seguirlo”

Leamos este texto de San Pablo, para que este conocimiento de Jesús, se nos vaya regalando cada día, para hacer de nuestra vida una ofrenda de todas las cosas que el mismo Señor nos ha dado:
“Lo que para mí era una ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo (…) y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3, 7 ss).
Al rezar, ponemos en las manos de Dios nuestra vida hecha ofrenda…

Hay quien no deposita su vida en las manos de Dios y posterga hacerlo hasta la hora de la murete; hay quien le da a Dios las sobras, y así mientras “cumple” con Él, al mismo tiempo retiene lo suyo, y hay quien lo deja todo en las manos de Dios para, en adelante, llevar en ellas lo que Dios nos confié, nuevamente…



Diego Fares sj

Los tres grados de afecto a Jesús (EE 163-168)

La consideración sobre las tres maneras de humildad suena distinto si se hace desde la perspectiva del afecto a Jesús. Cuando San Ignacio daba los puntos para esta meditación se ve que insistía en el amor, porque uno de sus ejercitantes, el Dr. Ortiz, anotó en su cuaderno “tres maneras y grados de amor a Dios”.
En los talleres de este año vamos siguiendo la pista de los afectos y esta consideración nos da pie para conectar humildad y afectos ya que Ignacio comienza diciendo que considerar los tres modos de humildad “aprovecha mucho para que la persona se afecte a la verdadera doctrina de Cristo nuestro Señor”.
Pienso que puede ayudarnos titular como hemos titulado: “tres grados de afecto a Jesús”. ¿Qué ventaja tiene hablar así? Creo que las palabras “obediencia” y “seguimiento” tienen connotaciones de obligatoriedad y despiertan en nuestros oídos postmodernos resonancias negativas. En cambio la palabra “afectos” tiene resonancias entrañables. Y la realidad es que cuando Ignacio habla de obedecer a Dios y de seguir a Jesús el más lo liga a los afectos, a la elección gratuita. La obligatoriedad está ligada al mínimo, a lo necesario para andar bien. Todo lo extra es gratuito, fruto de la amistad y de la generosidad del que está agradecido y por eso quiere dar más.
San Agustín, en la lectura del Breviario de hoy, habla de esto. Medita sobre la frase del Señor “Nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre” y pone una objeción que hacía la gente de su tiempo: “¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído?”. Y responde Agustín: “Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer”. ¡Qué gran corazón el de Agustín. Y que oído fino para captar las quejas de su tiempo y disolverlas con dulzura de maestro¡ “Enséñale unos dulces a un niño y verás cómo lo atraes; es atraído sin que se violente su cuerpo, es atraído por aquello que desea”. “Qué significa ser atraído por placer? Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Si es cierto que cada cual va en pos de su apetito ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia que la verdad?” ¿No va a atraernos Jesús que es la Verdad plena?
“Afectarnos a la verdadera doctrina de Cristo” equivale a decir “afectarnos a los criterios del evangelio”. Cobrarles afecto en el sentido de valorarlos como palabras que iluminan la vida, como consejos que ayudan a resolver los problemas que se nos presentan en la vida cotidiana cuando estamos dedicados al servicio de nuestros hermanos en la misión que el Señor nos encomienda.
La clave que quiere dar Ignacio, con su pedagogía de poner grados se podría formular así: cuanto más afecto le tengo al Señor más fácilmente lo obedezco y lo sigo, con más gusto y prontitud respondo a sus leyes y a sus consejos. Y viceversa: cuanto más me juego en el cumplimiento de todo lo que el Señor manda y sugiere más afecto le iré sintiendo. Es ese juego que el Señor hace de “el que me ama cumple mis mandamientos” y “el que cumple mis mandamientos, ese es el que me ama”.

Primer grado de afecto al Señor

La primera manera de humildad es necesaria para la salud eterna, es a saber, que así me baje y así me humille cuanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, ya sea divino, ya humano, que me obligue a pecado mortal.
El primer grado de afecto a Jesús consiste en dos actitudes: que así me baje y así me humille cuanto en mi sea posible para que pueda obedecer de tal manera que ni se me ocurra ponerme a pensar en la posibilidad de quebrantar la ley en algo que me haga pecar mortalmente. Hay que ver la frase en conjunto y parte por parte. El sentido final del bajarme y humillarme es hacer contra a la tentación de “deliberar” sobre pecados mortales. Deliberar es una actividad de la razón práctica que consiste en calcular la relación entre los medios y el fin. La deliberación es un paso intermedio entre el apetito racional que me obliga a desear el bien y los medios que puedo elegir para conseguir ese bien. Cuando hay un solo medio para lograr el bien uno no duda, el problema es cuando se nos presentan varias opciones. Aquí viene la deliberación, el cálculo de cual medio es mejor. Ignacio con este primer grado de humildad supone que cuando se trata de pecados mortales uno tiene claras las ideas. Si hay algún desajuste proviene de estar “demasiado alto” o de tener “demasiada soberbia”. Por eso propone algo concreto: bajarme y humillarme hasta sentir que por nada del mundo se me ocurriría ponerme a fantasear sobre la viabilidad de un medio que me lleva al infierno.
Es como les enseñamos a los chicos a no jugar con fuego o con electricidad. Les marcamos fuertemente la obediencia ciega que deben tener ante cosas mortales para que no anden jugando. En otras cosas, por el contrario, estimulamos la deliberación y la reflexión para que crezcan en libertad. Pero no en lo que es peligroso.
¿Y el afecto? ¿Cómo entra si esto es obligatorio? Entra en que uno se puede bajar y humillar y sentirse creatura totalmente sujeto a alguien sólo si lo ama. Si no hay amor uno se reserva la facultad de “deliberar”. La historia de la humanidad y del pueblo elegido muestran que la ley, con toda su racionalidad, no basta para evitar que el hombre delibere infringirla. “Hecha la ley hecha la trampa”, como se dice. En cambio el afecto a Jesús, que resume toda la ley en la única ley del amor y la cumple Él primero, dando la vida para salvarnos, es lo que puede ubicar nuestro pensamiento en ver cómo puede volverse más obediente y no en cómo puede zafar de algún precepto.
Es bueno notar los matices de la pedagogía ignaciana. Por un lado, lo que no se negocia ni por miedo ni por ambición. Por otro, el “cuanto en mí sea posible”, el magis puesto en términos humanos, relativos, de proceso y de crecimiento posible. Nada de rigidez en los medios, inflexibilidad en los fines.
Esta primera humildad apunta al sentido de la salvación eterna. Al instinto de conservación. Yo tengo una ley que hace a mi vida y que no puedo tener confusa o desdibujada.
Es posible crecer en esta ley básica, aclarar bien lo que amenaza a mi vida eterna: dañar a los que mas amo, ser infiel a mi familia, congregación, patria…, traicionar mi honor. Puede ayudar ponerse ejemplos de cosas tentadoras. Si me ofrecieran dinero… Y reafirmar mi pequeñez para ubicar la tentación ante el valor supremo de la vida eterna.

Segundo grado de afecto al Señor

La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un pecado venial.
En la segunda manera de humildad Ignacio habla expresamente de afecto: “si me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más” a una cosa más que a otra si veo que son iguales para el servicio del Señor y la salud de mi alma. El ejercicio anterior consistía en “bajarse y humillarse”. Como en la meditación de los pecados en que Ignacio hace que uno se empequeñezca considerando quién es en comparación con todos los hombres, con todos los santos, con Dios nuestro Señor… Este ejercicio ayuda a pensar “si soy tan pequeñito ¡cómo voy a pecar!”.
En esta segunda manera de humildad el ejercicio consiste en “constatar”, en medir el grado de influencia que tiene sobre mis afectos el servicio de Dios nuestro Señor y la salud de mi alma frente a las cosas que son básicas “en segundo lugar” diríamos: la salud, la vida y el honor. Es un ejercicio del tipo de “a ver a quién querés más”. Los ejemplos que pone Ignacio son bien indicativos. Son lo más básico después de Dios y de la propia alma. La vida, la salud y el honor tienen como disparadores automáticos que influyen de manera inmediata moviéndonos a poseerlas, desearlas y defenderlas.
Este segundo grado de humildad se corresponde a las veces en que Jesús nos hace “buscar el reino de Dios que lo demás se nos dará por añadidura” y a “no preocuparnos sino por el que puede robarnos la vida eterna”. El Señor reclama un afecto total cuando dice que “el que pierda su vida por amor a Él la ganará”.
El indicador de los pecados veniales es muy decidor. Cuando uno ama mucho a alguien le preocupan mucho las “faltas veniales”. Es más, los detalles o las cosas que no son “graves” dicen más del amor que las cosas grandes.
Si el primer grado de afecto es básico para “no poner en riesgo la vida eterna”, este segundo grado de afecto quita todo obstáculo y hace que la vida corra en plenitud, sirviendo, dando salud y corrigiendo los defectos.

Tercer grado de afecto al Señor

La 3ª es humildad perfectísima, es a saber, cuando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.
El tercer grado de afecto es perfectísimo, dice Ignacio. Es de notar que no deja atrás los otros dos sino que los incluye. ¿Por qué los incluye? Porque no en todos los ámbitos de la vida uno puede “querer y elegir” pobreza, oprobios y ser tenido por vano y loco por Cristo. Al que cultiva los otros dos grados de humildad, el Señor si lo ve conveniente, le ofrece oportunidades de “parecerse más a su Hijo” en pobreza y en persecuciones, como dicen las bienaventuranzas. Estamos en la lógica del amor. Los dos primeros grados del afecto se sitúan en el terreno “negativo” de la deliberación que “excluye” lo que no lleva al fin. En este tercer grado del afecto Ignacio nos sitúa en el ámbito positivo de la elección. La elección libre de lo más doloroso sella el amor. Cuando alguien ha elegido libremente sufrir algo con nosotros o por nosotros, nos gana el corazón y despierta el amor y la lealtad incondicionales. Ese es el fruto que el Señor tiene la delicadeza de ofrecernos. Quizás no podemos “hacer todas las cosas lo bien que deberíamos” por amor a Él, pero las que nos toca sufrir, sí podemos “elegir” sufrirlas por amor a él. Especialmente esas cosas que no afectan al servicio de Dios ni a la salud del alma. El afecto lleva a querer parecernos a Cristo. Y ya que no podemos parecernos a Él en su poder sí podemos parecernos en su humildad en padecer.
Ignacio termina con una nota exhortando al que quiera alcanzar este grado de afecto a que haga los coloquios de los binarios, “pidiendo que el Señor nuestro le quiera elegir en esta tercera mayor y mejor humildad, para más le imitar y servir, si igual o mayor servicio y alabanza fuere a la su divina majestad”. El pedido es “gratuito”: quiera elegir. Claramente estamos en el terreno de los afectos!

Momento de contemplación

Hna Marta Irigoy md

“Camina humildemente con tu Dios”

La humildad, lo mas cristiano y lo humano…
Para San Agustín, la humildad consiste en reconocernos como somos, en reconocernos como hombres, es decir, en conocernos a nosotros mismos: “Dios se humilló por ti. Tal vez te ruboriza imitar a un hombre humilde; imita, al menos, al humilde Dios.
La humildad es una virtud típicamente cristiana. Ningún filósofo, ningún sabio de los antiguos podía enseñarnos esta virtud de la humildad, sólo Cristo es el doctor de la humildad, sólo Él la puede enseñar.
Cristo es el que la trae por primera vez. Cristo es el gran maestro que nos enseña todo lo que tenemos que saber para vivir bien en esta vida, pero sobre todo Cristo es para Agustín maestro de la humildad. Esta es la gran asignatura, la principal que Cristo nos vino a enseñar y que siempre tendremos pendiente en el curso de la vida, porque nunca está suficientemente aprendida.
Oculta el Hijo de Dios su venida en el hombre y se hace hombre; tú, hombre, reconoce que eres hombre. Toda tu humildad consiste en que te conozcas” (Comentario al evangelio de Juan 25, 16). El conocimiento real del hombre está estrechamente unido a la mediación de Cristo: “La humildad del hombre es su confesión, y la mayor elevación de Dios es su misericordia. Si, pues, viene Él a perdonar al hombre sus pecados, que reconozca el hombre su miseria y que Dios haga brillar su misericordia” (Comentario al evangelio de Juan 14,5).

MOMENTO CONTEMPLATIVO

La liturgia del día de hoy, providencialmente nos trae, el hermoso texto de las Bienaventuranzas.
Se ha escrito mucho sobre ellas, y las hemos rezado también bastante…sin embargo, todavía no terminamos de aprender del Maestro que nos dijo: “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón, así encontraran alivio…” -Mt 11,29b-
También el profeta Miqueas decía:
“Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios” (Miqueas 6, 8).
Las bienaventuranzas, son el camino hacia la humildad, es la pedagogía del Maestro…
Quedemos sintiendo y gustando aquella que más deseo pedir como don para este tiempo en mi vida…
* Quizás nos ayude esta pregunta:
¿Qué pasos puedo dar para crecer en humildad durante este tiempo, en actitud de espera y de confianza en el Señor?
“Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: « ¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!” (Lc. 6,20-23).

Mi corazón canta agradecido.

Señor, mi corazón rebosa agradecimiento
por tantos dones y bendiciones tuyas.
No bastaría el canto del corazón y de los labios,
si no pusiera mi vida a tu servicio,
para dar testimonio con mis acciones.
A ti la gratitud y la alabanza.
Tú me has sacado de la nada y me has elegido;
me has hecho feliz con tu amor y tu presencia.
No te conozco bien, no conozco siquiera mis necesidades.
Pero Tú, ¡oh Padre!, nos conoces por entero.
Soy incapaz de amarme a mi mismo como Tú me amas.
Tú, Señor, me has creado con un sólo corazón
y quieres que sea sólo para ti.
Señor, estar ante ti es lo más grato.
En este momento me presento ante ti.
Acéptame cuando y como quieras.
Haz de mi según tus deseos.
Me has creado a tu imagen,
y me has hecho hijo tuyo.
Honor, gloria y alabanza a ti, Padre,
por los siglos de los siglos. Amén.





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