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Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

12 de octubre de 2014

DIOS SIGUE LLAMANDO, SIGUE INVITANDO. Mateo 22, 1-14

   Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 1-14

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros Y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. «Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?». El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Palabra del Señor.

Reflexión

DIOS SIGUE LLAMANDO, SIGUE INVITANDO
1.- Jesús no nos cuenta cuentos. Esta parábola no es el cuento de la Cenicienta, en que al fin la joven pobre y despreciada se casa con el Príncipe. Jesús alude a una situación real del pueblo escogido, alusión tan clara que si en el versículo siguiente a estos leídos hoy, se dice que los fariseos se reunieron para ver de cogerle en alguna declaración que le comprometiera ante las autoridades y le van a preguntar sobre el tributo al César.
Es historia de un pueblo escogido al que le molestan los profetas, los siervos que invitan a la Boda del Reino y los matan y pierden la invitación al banquete. Es historia para los que oían el evangelio de San Mateo en la Iglesia primitiva, que aún retenían en sus oídos el golpear de lanzas y escudos, el griterío de las legiones romanas tomando Jerusalén. Y ante sus ojos se alzaban las llamaradas de los incendios; “porque el Rey envió sus tropas que prendieron fuego a la ciudad”.
2.- Es la historia a través de la Historia, porque Dios sigue llamando, sigue invitando y siempre lo hace en el momento más inoportuno, lo hace cuando estamos ocupados.
Siempre estamos ocupados para Dios. Nuestro teléfono da siempre comunicando cuando Dios llama. Tal vez Dios mismo echará pestes de la Telefónica aunque no tenga la culpa
A Dios no le damos una oportunidad de llegarnos al corazón cuando nos invita a sus bodas y eso que no nos envía la lista de regalos, porque todo lo pone Él. Todo esta preparado.
Tal vez sea que lo gratuito nos hace despreciar la llamada de Dios. Estamos acostumbrados a que lo bueno hay que pagarlo caro y hasta llegamos a comprar caro con la suposición de que tiene que ser bueno.
Lo que se da de balde no puede ser bueno, aunque sea Dios quien lo dé. Tal vez esa actitud de tender la mano para recibir, sin echar la mano a la cartera para comprar revuelve nuestro orgullo. Es el tener que dar gracias por el don gratuito no casa con nuestra innata soberbia
3.- Y cuando al fin el Señor consigue hablar por teléfono con nosotros y no tenemos más remedio que ir a la fiesta, vamos de mala gana. En lugar de ir con alegría a la boda vamos con cara de funeral. Y eso al Señor no le gusta. Nos dice la Escritura que a Dios le agrada el que da con alegría.
Son las caras alegres de sus hijos las que quiere ver alrededor de su mesa de bodas. De su mesa Eucarística, como quiere verlas un día en la mesa del banquete del Reino.
4.- La invitación de Dios puede hacerse irritante cuando nos habla de exigencias, de injusticias inaceptables, de opresión de unos por otros. Y la muerte de los que son audibles de Dios. Los cristianos siguen siendo asesinados, día a día, hoy mismo en muchas partes del mundo. Son servidores de Dios que irritaban con su mensaje.
5.- Esta parábola es también un apremio y un consuelo. Un apremio a tomar una postura decidida y determinada, porque “todo está preparado”. El Señor del banquete espera y la comida no se puede dejar enfriar. Hay que aceptar o rechazar la invitación. Y dejar paso a otros
Y es un consuelo porque Dios sale a nuestro encuentro en el camino de la vida. Es Él quien nos busca.
--como salió al encuentro en el camino de los discípulos de Emaús.
--como en el camino encontró al ciego de Jericó.
-como en el camino miró a Zaqueo subido en el árbol.
--como se encontró en el camino con Pablo montado a caballo.
El Señor nos busca. Y no nos busca entre los nobles, los ricos, los santos, reúne a “buenos y malos”, porque la comunidad cristiana no es la reunión de los sanos, de los intachables, sino de los tullidos, de los enfermos, con tal que busquen la salud y la salvación.
Porque el Señor nos avisa de que no basta estar dentro del banquete, es necesario llevar un traje decente, traer la buena voluntad de participar en la alegría de la fiesta.

José María Maruri, SJ
www.betania.es

EL TRAJE DE FIESTA
1. ¿Cómo has entrado aquí sin traje de fiesta? Jesús, mediante parábolas como esta de las bodas del hijo del rey, sigue diciendo a los judíos –a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo– que ellos fueron los primeros llamados, pero no los únicos. También han sido llamados los pueblos gentiles, los pueblos no judíos. Es más, estos –los gentiles– serán los primeros en entrar en el Reino de los Cielos, porque han escuchado al hijo, a Jesús, y le han seguido. Los judíos, en cambio, serán los últimos en el Reino de los Cielos, porque no han creído a Jesús y le han negado. Esta idea la han venido repitiendo las lecturas de los últimos domingos y ya la hemos comentado suficientemente. Lo que nos choca, al menos a primera vista, en la parábola de hoy, es lo del siervo echado fuera de la sala del banquete por no llevar el traje de fiesta. Si el rey había ordenado a sus criados que recogieran a todos los que encontraran por el camino, buenos y malos, y los convidaran a la boda de su hijo, ¿por qué se irrita ahora tanto al comprobar de que entre estos hay algunos mal vestidos y poco preparados para celebrar una fiesta? Pero la poca lógica en la narración de esta parábola contada por Mateo no debe ocultarnos la verdadera intención del mensaje que el autor de la parábola –Jesús– quería transmitir a sus oyentes. El hecho de que la invitación sea para todos, buenos y malos, en ningún caso quiere decir que los invitados puedan asistir a la boda sin la preparación debida, sin el traje de fiesta. A todos, a los primeros y a los últimos, a los judíos y a los gentiles, se nos exige para entrar en el Reino de los Cielos una disposición interior y exterior adecuada, se nos exige, sobre todo, la limpieza de corazón, la conversión del alma. Este es el traje de fiesta. Ni en los primeros años del cristianismo, en los años en los que vivía la comunidad de Mateo, ni ahora, podemos pensar que la salvación, la entrada a la sala del banquete, es problema exclusivo del que invita, de Dios. Todos los invitados estamos obligados a responder adecuadamente a la invitación. “Dios que te creó sin ti, decía ya San Agustín, no podrá salvarte sin ti”.
2.- Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy preparado para todo y en todo: la hartura y el hambre. Esta frase que San Pablo dice a los cristianos de Filipos, cuando agradece la ayuda que estos le habían dado en tiempos de necesidad, es una frase que debemos tener en cuenta hoy todos nosotros en estos tiempos de crisis que estamos viviendo. Los que podemos vivir hoy en hartura debemos acordarnos de los que tienen que vivir pasando hambre. Un buen cristiano debe ser, por principio, una persona sobria y moderada en sus gastos y en su estilo de vida. Hay que saber vivir con poco y acordarse de los que no tienen ni siquiera lo suficiente. De menos a más se camina muy a gusto, pero de más a menos se nos hace difícil. Muchos de nuestros niños han nacido en tiempos de hartura; ahora, en tiempos de crisis, hay que enseñarles a vivir con sobriedad, con nuestro ejemplo por delante. Teniendo qué comer y con qué vestir, nos dice en otro lugar San Pablo, él se da por satisfecho. Teniendo nosotros cubiertas nuestras necesidades primarias, debemos acordarnos de los que ni eso tienen.
3.- Todo lo puedo en aquel que me conforta. San Pablo se refiere a Cristo, como a aquel que le conforta. Teniendo a Cristo, nada le asusta: ni hambre, ni enfermedad, ni persecución, ni muerte. ¿Nos atreveríamos nosotros, los que nos llamamos cristianos, a decir y a sentir lo mismo? No es fácil decir y sentir esto, pero si de verdad creemos que Cristo es Dios, sí deberíamos ser capaces de decirlo y de sentirlo: si Dios está con nosotros, nada debe hacernos temblar. Santa Teresa sí sentía lo mismo que San Pablo, cuando escribió: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.

Gabriel González del Estal
www.betania.es

¡NO SEAMOS AGUAFIESTAS!
¿Es Dios un aguafiestas? Así rezaba, no hace mucho tiempo, un artículo sobre si merece la pena creer en Dios o si, por el contrario, impide disfrutar al hombre –de la vida– como él quisiera. Lo cierto es que, cuando nos empeñamos en prescindir de Dios, el gran banquete de la vida, se nos puede indigestar. Entre otras razones porque no sabemos qué alimentos verdaderos podemos comer, a qué mesas acudir o en qué puertas llamar.
1. El Señor nos sigue llamando. Y no precisamente tres veces como el evangelio de este día nos narra. ¡Cien! ¡Mil! ¡Cien mil veces! Las veces que sean necesarias, como un padre que disfruta viéndose rodeado por sus hijos. Dios nos convoca. Lo hace con nombre y apellidos.
Cada silla en la eternidad, por si lo hemos olvidado, está reservada para cada uno de nosotros en particular. Ninguno somos imprescindibles pero, para Dios, todos somos necesarios. Cada lugar, y al hilo del evangelio del anterior domingo, está reservado para cada uno de nosotros. Nadie, en nombre nuestro, lo ha de ocupar.
Participar cada domingo en la eucaristía es comprender que, el Señor, nos da siempre todo lo que más necesitamos. Tal vez, aparentemente, no veamos los frutos de este agasajo. O, incluso, algunas de sus palabras nos puedan resultar un tanto “aguafiestas” para la gran vidorra que llevamos o pretendemos soñar. Pero, como San Pablo, conocedores de lo que somos y de aquello a lo que aspiramos ojala que seamos capaces de afirmar: Cristo lo es todo. Por ello mismo venimos puntuales a estos encuentros. Nos engalanamos de fiesta por fuera y preparamos el alma por dentro. Ante el Señor que nos invita sólo cabe una respuesta: ¡Cuenta conmigo, Señor!
2. Un gran enemigo que en muchas ocasiones nos impide ser agradecidos con la invitación del Señor es el “factor tiempo” o el “factor ocupación”. Todos tenemos espacio para todo, menos para lo esencial. Y en algunos momentos, tan absorbidos por lo externo, podemos correr el riesgo de acudir a la cita con Dios con un traje inapropiado:
– Cuando llevamos una vida excesivamente cómoda y sin más referencia a Dios que nuestro estar bautizados
– Cuando descuidamos la caridad y pronunciamos aquello de “sálvese quien pueda”
– Cuando nos encerramos en nuestros propios intereses y olvidamos las heridas de los demás
– Cuando utilizamos y tallamos un Dios a nuestra medida y descafeinamos o desvirtuamos el Evangelio
¿A qué te invita el Señor? ¿Tal vez a ser sacerdote o catequista? ¿Consagrado o formar un ejemplar matrimonio cristiano? ¿A comprometerte más y mejor con la Iglesia, con tu parroquia, con tus sacerdotes…con las necesidades del lugar donde vives? (…..) ¿Y vas a decir que no? ¿Otra vez que no?

Javier Leoz

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