Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
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Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

12 de octubre de 2014

Homilía: Domingo de la semana 28 de tiempo ordinario; ciclo A


(Is 25,6-10a) "El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros"
(Fil 4,12-14.19-20) "Todo lo puedo en aquel que me conforta"
(Mt 22,1-14) "Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos"

 Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Catelgandolfo (11-X-1981)
--- Buscar la riqueza de Dios
--- Fe y obras
--- Buscar la riqueza de Dios
La liturgia de hoy, con las palabras del Salmo 23, habla del Señor que es el Pastor de su pueblo, Pastor de cada una de las almas: realmente el Buen Pastor.
Él es quien garantiza a su grey, que somos nosotros, la abundancia y la seguridad de los pastos de su gracia. Por esto, el Señor es la fuente de nuestra alegría: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 23,4). Bajo su guía estamos tranquilos y avanzamos decididamente por el camino de nuestra vida y de nuestras responsabilidades.
San Pablo en la Carta a los Filipenses traduce, en cierto sentido, el texto del antiguo Salmo a la lengua del Nuevo Testamento, cuando escribe: “En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús” (Fil 4,19).
¡Os exhorto a vivir la misma fe del Apóstol! ¡Busquemos esta riqueza que Dios ofrece a los hombres en Jesucristo! Sepamos repetir con el Apóstol: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13)
Por desgracia, hoy, muchos hombres no parecen tener el sentido de las riquezas espirituales que se derivan de la comunión con el Señor. Muchos son reducidos por una actitud materialista y laicista que no quiere darse cuenta de esta dimensión superior del hombre. Es necesario estar en guardia ante esta perspectiva secularizante. Por esto es necesario una conversión continua de la mente y del corazón. Sólo así las riquezas de Dios ofrecidas a los hombres en Cristo, se revelan cada vez más plenamente a la mirada de nuestras almas.
--- Fe y obras
Deseo a cada uno de vosotros y a todos que, ante la invitación al “banquete de la boda de su hijo”, no os comportéis como hemos escuchado en el Evangelio.
Efectivamente, los primeros invitados no quisieron ir (Mt 22,3); después otros no hicieron caso (Ib., 22,5); otros hasta insultaron o mataron a los criados que llevaban la invitación (Ib., 22,6). Todos ellos “no se lo merecían” probablemente porque con inaudita presunción y autosuficiencia juzgaron el banquete inútil o, al menos, inferior a las propias exigencias y pretensiones. En efecto, fueron los pobres quienes aceptaron la invitación, aquellos que estaban parados “en los cruces de los caminos... buenos y malos” (Ib., 22,9-10) esto es aquellos que en su humildad conocieron la riqueza inmerecida del don de Dios, y lo aceptaron con sencillez. Es preciso que nosotros seamos conscientes de la invitación que se nos hace a una comunión transformante con el Señor, invitación que se nos hace por la Palabra de Dios y la predicación de la Iglesia; y además que sepamos acogerla con todo el corazón, con plena disponibilidad, en la certeza de que el Señor sólo quiere nuestra salvación. Finalmente como sugiere la alegoría del traje nupcial con la que se concluye la parábola, también estamos llamados a presentarnos al Señor llevando un traje adecuado; consiste en las buenas obras que deben acompañar nuestra fe como nos advierte el mismo Jesús: “Si vuestra justicia (esto es, vuestra vida real) no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Ib., 5,20). Pero si esto se realiza, entonces la fiesta es plena e intensa.
DP-188 1981
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Con la expresiva imagen de un gran banquete de “manjares suculentos, un festín de vinos de solera”, la Iglesia nos recuerda que la llamada del Señor a seguirle de cerca da una cumplida respuesta a los anhelos más genuinos del corazón humano: “aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los ojos” (1ª Lect).
La imagen del banquete de bodas alude a la intimidad que Dios desea establecer con cada uno de nosotros en este mundo y que tendrá su culminación en el Cielo.”He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3,20). Dios nos llama: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Dios nos llama. Esta Celebración Eucarística es otro intento más del Señor, porque este Banquete Dominical es un anticipo del Eterno, el Cielo comienza ya aquí en la tierra. “Hemos sido establecidos en la Tierra para entrar en comunión con Dios mismo” (San Josemaría Escrivá).
¡No puedo, estoy muy ocupado! ¡No tengo tiempo, imposible! ¡Lo siento! Los jóvenes no tienen tiempo porque están labrándose el porvenir: los exámenes, las oposiciones, la novia, el novio... Más tarde, cuando son padres o madres de familia, han de ocuparse del futuro del hogar y, naturalmente, no tienen tiempo. Todos nos vemos asediados por esta tentación: dispensarnos de acudir a la llamada divina llevando una vida de oración y frecuencia de Sacramentos, de servicio generoso a los demás, de formación doctrinal y de lucha contra nuestros instintos, por estar absorbidos por el trabajo de cada día.
“El rey montó en cólera”. La irritación divina nos invita a este sencillo y grave razonamiento: las excusas son buenas, los modales corteses aunque también hay malos tratos a los enviados de Dios, pero existe un desorden: lo principal, la vida eterna con Dios, ha sido suplantado por lo secundario: los intereses terrenos.
Con el autor de Camino, habría que concluir: veo que tienes razones −y razones poderosas−, pero no tienes razón. (Cfr n 993).
Cada uno debería examinarse para ver si su felicidad para siempre no la está descuidando por perseguir febrilmente metas como el dinero, el placer, el brillo social, el poder. Deberíamos aprender a realizar esa síntesis de todas nuestras obligaciones que el mismo Jesús nos sugiere con aquellas palabras: buscad primero el Reino de Dios, que lo demás vendrá por añadidura (Cfr Lc 12,31). “Ayúdanos, Señor, a dejarnos de malas y vanas excusas e ir a esa cena... Que no sea la soberbia impedimento para ir al festín, alzándonos con jactancia, ni nos apegue a la tierra una curiosidad mala, distanciándonos de Dios, ni nos estorbe la sensualidad las delicias del corazón. Haz que acudamos... ¿Quiénes vinieron a la cena, sino los mendigos, los enfermos, los cojos, los ciegos? Vendremos como pobres, pues nos invita quien, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecer con su pobreza a los pobres. Vendremos como enfermos, porque no han de menester médico los sanos sino los que andan mal de salud. Vendremos como lisiados y te diremos: Endereza mis pasos conforme a tu palabra (S. 118,113). Vendremos como ciegos y te pediremos: Ilumina mis ojos para que jamás duerma en la muerte (S. 12,4)” (S. Agustín, Serm. 112).
Tomémonos en serio la invitación de Dios. Todo está preparado. Se trata de una fiesta que no puede compararse, por su magnificencia, a cualquier alegría de este mundo. ¡También yo estoy invitado! ¡Yo!, que tengo a veces la sensación de no ser más que un número en el registro civil o en el listín telefónico. Abandonemos esa idolatría del trabajo que no encuentra tiempo para Dios, que desoye las continuas llamadas del Padre del Cielo. Dios es demasiado grande para que le demos sólo una parte de nuestro corazón, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo. Él, que es nuestro Pastor, “nos hará recostar en verdes praderas, y, como sigue rezando el Salmo nada nos faltará.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Después del juicio, la felicidad del Reino»
I. LA PALABRA DE DIOS
Is 25,6-10: «El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros»
Sal 22,1-3a.3b-4.5.6: «Habitaré en la casa del Señor, por años sin término»
Flp 4,12-14.19s.: «Todo lo puedo en aquel que me conforta»
Mt 22,1-14: «A todos los que encontréis convidadlos a la boda»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
En la literatura bíblica se compara el Reino con el banquete de bodas de Dios con la humanidad (1ª Lect.). Es el banquete de la felicidad de Dios y del hombre. Este comparte la felicidad de Dios.
Además, la parábola destaca con fuerza otros rasgos del banquete de bodas del Reino: 1. Todos están invitados gratuitamente, «malos y buenos». 2. Pero los primeros invitados no aceptan y son descorteses y aun crueles con los enviados de Dios (cf Domingo anterior). 3. Para sentarse a la mesa del banquete se requiere el vestido de boda. 4. Son más los llamados que los escogidos. 5. Acaba por ser secundario el banquete y destacar el anfitrión.
III. SITUACIÓN HUMANA
De entre las experiencias más valiosas y apreciadas por todos nosotros destaca la realidad del encuentro festivo, de la reunión amistosa que conforta el ánimo. Hemos sido invitados a la casa y mesa del Señor.
A todo hombre se le plantea de una u otra forma el interrogante de su destino posmortal. Jesús elude la respuesta sobre el número de los salvados (cf Lc 13,23). Algunos intentan desvelar inútilmente el interrogante.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– "El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre... Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas... «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó...»" (1024. 1027; cf 1023-1029).
– Pero antes, preparamos el vestido nupcial o provocamos la pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestido de fiesta?»: «Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios...» (1039).
– Sobre el juicio particular y universal: 1021s. 1038-1041.
La respuesta
– La esperanza de los «cielos nuevos y tierra nueva»... «porque el mundo viejo ha pasado...» (cf 1043s).
– «De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva... no tenemos prenda más segura... que la Eucaristía...» (1405).
– Para un mayor desarrollo de los cielos nuevos y de la nueva tierra: 1042-1050.
– A su vez, «el mensaje del juicio final llama a la conversión... inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios...» (1041).
El testimonio cristiano
– «Espera, espera, que no sabes cuándo vendraá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que cuanto más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios... (S. Teresa de Jesús)» (1821).
La parábola nos propone: compartir la felicidad de Dios, el banquete de bodas del Hijo con la humanidad, después de recibir el juicio que nosotros mismos hemos «instruido» durante la vida. La felicidad del Reino suscita una viva esperanza y el juicio la responsabilidad personal, apoyada en la confianza en Dios. 
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
VISITA PASTORAL A LAMEZIA TERME Y SERRA SAN BRUNO
Domingo 9 de octubre de 2011
Queridos hermanos y hermanas:
Es grande mi alegría al poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Estoy contento de estar por primera vez aquí en Calabria y de encontrarme en esta ciudad de Lamezia Terme. Os dirijo mi cordial saludo a todos vosotros que habéis venido en tan gran número, y os doy las gracias por vuestra calurosa acogida. Saludo en particular a vuestro pastor, monseñor Luigi Antonio Cantafora, y le agradezco las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo también a los arzobispos y a los obispos presentes, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los representantes de las asociaciones y de los movimientos eclesiales. Dirijo un saludo deferente al alcalde, profesor Gianni Speranza, a quien agradezco sus corteses palabras de saludo, al representante del Gobierno y a las autoridades civiles y militares, que con su presencia han querido honrar este encuentro. Un agradecimiento especial a cuantos han colaborado generosamente a la realización de mi visita pastoral.
La liturgia de este domingo nos propone una parábola que habla de un banquete de bodas al que muchos son invitados. La primera lectura, tomada del libro de Isaías, prepara este tema, porque habla del banquete de Dios. La imagen del banquete aparece a menudo en las Escrituras para indicar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor, y deja intuir algo de la fiesta de Dios con la humanidad, como describe Isaías: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos..., de vinos de solera; manjares exquisito, vinos refinados» (Is 25, 6). El profeta añade que la intención de Dios es poner fin a la tristeza y a la vergüenza; quiere que todos los hombres vivan felices en el amor hacia él y en la comunión recíproca; su proyecto entonces es eliminar la muerte para siempre, enjugar las lágrimas de todos los rostros, hacer desaparecer la situación deshonrosa de su pueblo, como hemos escuchado (cf. vv. 7-8). Todo esto suscita profunda gratitud y esperanza: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor, en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación» (v. 9).
Jesús en el Evangelio nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios —representado por un rey— a participar en su banquete (cf. Mt 22, 1-14). Los invitados son muchos, pero sucede algo inesperado: rehúsan participar en la fiesta, tienen otras cosas que hacer; más aún, algunos muestran despreciar la invitación. Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, pero a menudo nosotros no acogemos sus palabras, mostramos más interés por otras cosas, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. La invitación del rey encuentra incluso reacciones hostiles, agresivas. Pero eso no frena su generosidad. Él no se desanima, y manda a sus siervos a invitar a muchas otras personas. El rechazo de los primeros invitados tiene como efecto la extensión de la invitación a todos, también a los más pobres, abandonados y desheredados. Los siervos reúnen a todos los que encuentran, y la sala se llena: la bondad del rey no tiene límites, y a todos se les da la posibilidad de responder a su llamada. Pero hay una condición para quedarse en este banquete de bodas: llevar el vestido nupcial. Y al entrar en la sala, el rey advierte que uno no ha querido ponérselo y, por esta razón, es excluido de la fiesta. Quiero detenerme un momento en este punto con una pregunta: ¿cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le haya abierto la puerta, pero no se haya puesto el vestido nupcial? ¿Qué es este vestido nupcial? En la misa in Coena Domini de este año hice referencia a un bello comentario de san Gregorio Magno a esta parábola. Explica que ese comensal responde a la invitación de Dios a participar en su banquete; tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el vestido nupcial, que es la caridad, el amor. Y san Gregorio añade: «Cada uno de vosotros, por tanto, que en la Iglesia tiene fe en Dios ya ha tomado parte en el banquete de bodas, pero no puede decir que lleva el vestido nupcial si no custodia la gracia de la caridad» (Homilía 38, 9: pl 76,1287). Y este vestido está tejido simbólicamente con dos elementos, uno arriba y otro abajo: el amor a Dios y el amor al prójimo (cf. ib., 10: pl 76, 1288). Todos estamos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido nupcial, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.
Queridos hermanos y hermanas, he venido para compartir con vosotros alegrías y esperanzas, fatigas y compromisos, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé que os habéis preparado para esta visita con un intenso camino espiritual, adoptando como lema un versículo de los Hechos de los Apóstoles: «En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda» (3, 6). Sé que en Lamezia Terme, como en toda Calabria, no faltan dificultades, problemas y preocupaciones. Si observamos esta bella región, reconocemos en ella una tierra sísmica no sólo desde el punto de vista geológico, sino también desde un punto de vista estructural, comportamental y social; es decir, una tierra donde los problemas se presentan de forma aguda y desestabilizadora; una tierra donde el desempleo es preocupante, donde una criminalidad a menudo feroz hiere el tejido social, una tierra en la que se tiene la continua sensación de estar en emergencia. Vosotros, los calabreses, habéis sabido responder a la emergencia con una prontitud y una disponibilidad sorprendentes, con una extraordinaria capacidad de adaptación a los problemas. Estoy seguro de que sabréis superar las dificultades de hoy para preparar un futuro mejor. No cedáis nunca a la tentación del pesimismo y de encerraros en vosotros mismos. Aprovechad los recursos de vuestra fe y vuestras capacidades humanas; esforzaos por crecer en la capacidad de colaborar, de cuidar de los demás y de todo bien público, custodiad el vestido nupcial del amor; perseverad en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población.
Queridos amigos, mi visita se sitúa casi al final del camino emprendido por esta Iglesia local con la redacción del proyecto pastoral quinquenal. Deseo dar gracias con vosotros al Señor por el provechoso camino recorrido y por la siembra de numerosas semillas de bien, que permiten esperar un buen futuro. Para afrontar la nueva realidad social y religiosa, distinta del pasado, quizás con más dificultades, pero también más rica en potencialidades, es necesario un trabajo pastoral moderno y orgánico que comprometa en torno al obispo a todas las fuerzas cristianas: sacerdotes, religiosos y laicos, animados por el compromiso común de evangelización. Al respecto, me ha complacido saber el esfuerzo que estáis haciendo para poneros a la escucha atenta y perseverante de la Palabra de Dios, a través de la promoción de encuentros mensuales en diversos centros de la diócesis y la difusión de la práctica de la Lectio divina. También es oportuna la Escuela de doctrina social de la Iglesia, tanto por la calidad articulada de la propuesta como por su divulgación capilar. Anhelo vivamente que de estas iniciativas brote una nueva generación de hombres y mujeres capaces de promover no tanto intereses partidistas, sino el bien común. Quiero también alentar y bendecir los esfuerzos de cuantos, sacerdotes y laicos, están comprometidos en la formación de las parejas cristianas para el matrimonio y la familia, con el fin de dar una respuesta evangélica y competente a los numerosos desafíos contemporáneos en el campo de la familia y de la vida.
Conozco, además, el celo y la dedicación con que los sacerdotes desempeñan su servicio pastoral, así como el trabajo de formación sistemático e incisivo dirigido a ellos, en particular a los más jóvenes. Queridos sacerdotes, os exhorto a arraigar cada vez más vuestra vida espiritual en el Evangelio, cultivando la vida interior, una intensa relación con Dios, y alejándoos con decisión de cierta mentalidad consumista y mundana, que es una tentación constante en la realidad en que vivimos. Aprended a crecer en la comunión entre vosotros y con el obispo, entre vosotros y los fieles laicos, favoreciendo la estima y la colaboración recíprocas: de ello derivarán sin duda múltiples beneficios tanto para la vida de las parroquias como para la misma sociedad civil. Sabed valorar, con discernimiento, según los conocidos criterios de eclesialidad, los grupos y movimientos: deben integrarse bien dentro de la pastoral ordinaria de la diócesis y de las parroquias, con un profundo espíritu de comunión.
A vosotros, fieles laicos, jóvenes y familias, os digo: ¡no tengáis miedo de vivir y dar testimonio de la fe en los distintos ámbitos de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana! Tenéis todos los motivos para mostraros fuertes, confiados y valientes, y esto gracias a la luz de la fe y a la fuerza de la caridad. Y cuando encontréis la oposición del mundo, haced vuestras las palabras del Apóstol: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Así se comportaron los santos y las santas que florecieron, en el transcurso de los siglos, en toda Calabria. Que ellos os custodien siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y las obras, la presencia y el amor de Cristo. Que la Madre de Dios, tan venerada por vosotros, os asista y os conduzca al profundo conocimiento de su Hijo. Amén.

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