Invocación
Dios mío, ven a mi
auxilio. Señor date prisa en socorrerme.
SALMO 15
El Señor es el lote de mi heredad
1Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
2yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
3Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.
4Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.
5El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
6me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.
7Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
8Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
9Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
10Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
11Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
Gloria al Padre,
al Hijo y al Espíritu Santo, como eran en un principio ahora y siempre por los
siglos de los siglos amen.
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CATEQUESIS DE JUAN
PABLO II
1. Tenemos la oportunidad de meditar en un salmo de intensa fuerza
espiritual, después de escucharlo y transformarlo en oración. A pesar de las
dificultades del texto, que el original hebreo pone de manifiesto sobre todo en
los primeros versículos, el salmo 15 es un cántico luminoso, con espíritu
místico, como sugiere ya la profesión de fe puesta al inicio: «Mi Señor eres
tú; no hay dicha para mí fuera de ti» (v. 2). Así pues, Dios es considerado
como el único bien. Por ello, el orante opta por situarse en el ámbito de la
comunidad de todos los que son fieles al Señor: «Cuanto a los santos que están
en la tierra, son mis príncipes, en los que tengo mi complacencia» (v. 3). Por
eso, el salmista rechaza radicalmente la tentación de la idolatría, con sus
ritos sanguinarios y sus invocaciones blasfemas (cf. v. 4).
Es una opción neta y decisiva, que parece un eco de la del salmo 72, otro
canto de confianza en Dios, conquistada a través de una fuerte y sufrida opción
moral: «¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
(...) Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio» (Sal
72, 25.28).
2. El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos.
Ante todo, el símbolo de la «heredad», término que domina los versículos 5-6.
En efecto, se habla de «lote de mi heredad, copa, suerte». Estas palabras se
usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora
bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la
de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista
declara precisamente: «El señor es el lote de mi heredad. (...) Me encanta mi
heredad» (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que
proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios.
San Agustín comenta: «El salmista no dice: "Oh Dios, dame una
heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que tú
puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a
quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él
te basta, fuera de él nada te puede bastar» (Sermón 334, 3: PL 38,
1469).
3. El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor.
El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para
permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf.
Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta
preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la
muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.
Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo:
los exégetas nos dicen que en el original hebreo (cf. Sal 15,7-10) se habla de
«riñones», símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de
«diestra», signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso, de «hígado»,
que expresa la emotividad; de «carne», que indica la existencia frágil del
hombre; y, por último, de «soplo de vida».
Por consiguiente, se trata de la representación de «todo el ser» de la
persona, que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (cf. v.
10), sino que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.
4. El segundo símbolo del salmo 15 es el del «camino»: «Me enseñarás el
sendero de la vida» (v. 11). Es el camino que lleva al «gozo pleno en la
presencia» divina, a «la alegría perpetua a la derecha» del Señor. Estas
palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la
perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en
la vida eterna.
En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el
salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de
Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa
aplicación pascual y cristológica: «Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole
de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio»
(Hch 2,24).
San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se
refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta
perspectiva, también nosotros lo proclamamos: «No permitirás que tu santo
experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus
días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la
corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no
experimentó la corrupción» (Hch 13,35-37).
[AUDIENCIA GENERAL DEL
MIÉRCOLES 28 DE JULIO DE 2004]
Oración I: Protégenos, Señor Jesús, que nos refugiamos
en ti, y lleva a plenitud en nosotros tu designio de vida y de salvación;
concédenos que, iluminados con el gozo de tu resurrección, encontremos, un día,
en tu presencia, con todos los santos, la alegría perpetua, por los siglos de
los siglos.
Amén.
Oración II: Señor, Dios nuestro, que, en tus
inescrutables designios, diste a tu Hijo en heredad la copa de una muerte
amarguísima, pero no dejaste a tu fiel conocer la corrupción, sino que le
enseñaste el sendero de la vida, haz que también nosotros busquemos solamente
en ti nuestra heredad y podamos por ello gozar, en el día de la resurrección
universal, de alegría perpetua a tu derecha. Te lo pedimos, Padre, por
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.