“El Señor es grande en Sión, encumbrado
sobre todo, los pueblos reconocen Su Nombre grande y terrible: Él es Santo” (Sl
,98).
SALMO 98
Santo es el Señor, nuestro Dios
1El Señor reina, tiemblen las naciones;
sentado sobre querubines, vacile la tierra.
2El Señor es grande en Sión,
encumbrado sobre todos los pueblos.
3Reconozcan tu nombre, grande y terrible:
Él es santo.
4Reinas con poder y amas la justicia,
tú has establecido la rectitud;
tú administras la justicia y el derecho,
tú actúas en Jacob.
5Ensalzad al Señor, Dios nuestro,
postraos ante el estrado de sus pies:
Él es santo.
6Moisés y Aarón con sus sacerdotes,
Samuel con los que invocan su nombre,
invocaban al Señor, y él respondía.
7Dios les hablaba desde la columna de nube;
oyeron sus mandatos y la ley que les dio.
8Señor, Dios nuestro, tú les respondías,
tú eras para ellos un Dios de perdón,
y un Dios vengador de sus maldades.
9Ensalzad al Señor, Dios nuestro;
postraos ante su monte santo:
Santo es el Señor nuestro Dios.
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Moisés, Aarón y sus sacerdotes invocaban a Yahvé y Él les respondía, desde la
columna de nube. Ellos amaban al Dios de Israel; Él era para ellos un Dios de
perdón aunque también vengador de sus maldades.
¡Santo, Santo, Santo! Así se expresaban nuestros antepasados cuando se
acercaban a adorar al Señor…Nosotros procuramos acercarnos con el respeto
debido: Nos ponemos de rodillas. Nos inclinamos hasta el suelo. Cerramos los
ojos y adoramos en silencio la majestad de su Presencia divina infinita.
Él es la santidad mientras que nosotros somos... ¡tan poca cosa..! Nuestra boca está manchada por las mentiras y por la soberbia; pero somos sus hijos y, cuando venimos a adorarle, alguna vez somos sinceros y nos atrevemos a postrarnos en tu Presencia para ofrecerle el homenaje de todo nuestro ser. Señor, siempre queremos ser mejores.
Como hijos tratamos a diario contigo, con amistad y familiaridad, como Jesús nos ha enseñado; yo, hasta te digo Padre y siento que me lleno de gozo, pero nunca me olvido de quien soy yo y de quién eres Tú. Conozco bien la distancia: yo vivo aquí abajo, en la tierra, pegado al polvo y Tú vives en el cielo, cubierto de gloria…
Si me atrevo a vivir es por estos ratos de familiaridad contigo…Y, sueño…sueño…sueño…; pero, tengo que regresar, aunque me cueste, a mi puesto de criatura miserable y finita, ante tu Presencia inmensa para ofrecerte mi adoración silenciosa, sin cometer ninguna irreverencia. Porque Tú eres Santo.
Dios Santo, cuyo Hijo se entregó a Sí mismo para que también nosotros fuéramos santos ante Ti. Ayúdanos a proclamar con nuestras obras tu grandeza y a vivir de tu perdón. No nos permitas jamás manchar la santidad que nos has dado.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

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