Hace muchos años, en un pueblito de Portugal, llamado Fátima, la Virgen se les apareció a tres pastorcitos, Lucía, Jacinta y Francisco, que tenían diez, siete y nueve años, respectivamente. La Virgen se les apareció varias veces, y en una de esas apariciones, en la tercera aparición, les dijo así: “Es necesario rezar el rosario para que se termine la guerra. Con la oración a la Virgen se puede obtener la paz. Cuando sufran algo digan: ‘Oh Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores’”. En esa época, había una guerra muy grande en muchos países, y moría mucha gente, por eso la Virgen pedía que se rezara el Rosario, para que esa guerra se terminara.
En esta aparición, después de decirles esto, la Virgen abrió sus manos y les mostró el infierno. Una de las niñas, que luego fue monja carmelita, Sor Lucía, cuenta cómo fue la visión del infierno: “La Virgen abrió sus manos y un haz de luz penetró en la tierra y apareció un enorme horno lleno de fuego, y en él muchísimas personas semejantes a brasas encendidas, que levantadas hacia lo alto por las llamas volvían a caer gritando entre lamentos de dolor. Lucía dio un grito de susto. Los niños levantaron los ojos hacia la Virgen como pidiendo socorro y Ella les dijo: “¿Han visto el infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz. Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre. Vengo a pedir la Consagración del mundo al Corazón de María y la Comunión de los Primeros Sábados, en desagravio y reparación por tantos pecados. (…) Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará”.



