San Juan Pablo II
Rezando con fe esta hermosa
invocación de las letanías del Sagrado Corazón, un sentimiento de confianza y
seguridad se difunde en nuestro espíritu: Jesús es de verdad nuestra paz,
nuestra suprema reconciliación.
Jesús es nuestra paz es bien
conocido el significado bíblico del término “a” dos indica, en síntesis, la
suma de los bienes que Jesús, el mesías, ha traído a los hombre. Por eso, donde
la paz marca el comienzo de su misión sobre la tierra, acompaña su
desarrollo y constituye su coronamiento.
Paz cantan los ángeles
junto al pesebre del recién nacido “Príncipe de la paz”. Paz es el deseo que
brota del Corazón de Cristo, conmovido ante la miseria del hombre enfermo en el
cuerpo (Lc 8,48) o en el espíritu (Lc 7,50). Paz es el saludo luminoso del resucitado
a sus discípulos, que Él, en el momento de dejar esta tierra, confía a la
acción del Espíritu, “manantial de amor, alegría, paz” (Gal 5,22).
Jesús es, al mismo tiempo,
nuestra reconciliación. Como consecuencia del pecado se produjo una profunda y
misteriosa fractura entre Dios, el creador, y el hombre su criatura.
Toda la historia de la salvación
no es más que la narración admirable de las intervenciones de Dios en favor del
hombre a fin de que éste, en la libertad y en el amor, vuelva a Él; a fin
de que a la situación de fractura suceda una situación de reconciliación y de
amistad, de comunión y de paz.
En el Corazón de Cristo, lleno de
amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, tuvo lugar la perfecta
reconciliación entre cielo y la tierra “fuimos reconciliados con Dios por la
muerte de su Hijo” (Rom 5,10).
Quien quiere hacer la experiencia
de la reconciliación y de la paz debe acoger la invitación del Señor a acudir a
Él (cfr. Mt 11,28): en su Corazón encontrará paz y descanso; allí su duda se
transformará en certidumbre; el ansia, en quietud; la tristeza, en gozo; la
turbación, en serenidad.
Allí encontrará alivio al dolor,
Valor para superar el miedo, generosidad para no rendirse al envilecimiento y
para volver a tomar el camino de la esperanza.
El Corazón de la Madre es en todo
semejante al Corazón del Hijo también la Virgen bienaventurada es para la
Iglesia una presencia de paz y de reconciliación.
¿No fue Ella quien, por medio del
ángel Gabriel, recibió el mayor mensaje de reconciliación y de paz que jamás
haya enviado Dios humano?
María dio a luz al que es nuestra
reconciliación. Ella estaba al pie de la cruz cuando, en la sangre del Hijo,
Dios reconcilió con Él todas las cosas (Col 20) ahora, glorificada en el cielo,
tiene, como recuerda una plegaria litúrgica, “un corazón lleno de misericordia
para los pecadores que, volviendo la mirada su amor materno, en ella se
refugian e imploran el perdón “de Dios.
Que María, reina de la paz, nos
obtenga de Cristo el don mesiánico de la paz y la gracia de la reconciliación,
plena y perenne, con Dios y con los hermanos. Por esto la imploramos.
- Jesucristo,
manso y humilde de Corazón.
- Haz nuestro
Corazón semejante al tuyo.
Oración
Oh Dios, que en el Corazón de tu
hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad:
te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una
cumplida reparación.
Por Jesucristo nuestro
Señor.
Amén
Por Corazón de Jesús