ORACIÓN DE PREPARACIÓN
Jesús mío, crucificado y moribundo, abrazado a tu cruz,
siento el fuego que devora toda tu divina persona; tu Corazón late con tanta
violencia que levantándote las costillas te atormenta de un modo tan
desgarrador y horrible, que toda tu santísima humanidad sufre una
transformación tal que te deja irreconocible. El amor que arde en tu Corazón te
seca y te quema totalmente, y tú, no pudiendo contenerlo, sientes la fuerza de
su tormento; no solamente de la sed corporal, por haber derramado toda tu
sangre, sino mucho más todavía de la sed ardiente que tienes por la salud de
nuestras almas. Y tú quisieras bebernos a todos cual si fuéramos agua, para
ponernos a salvo dentro de ti. Por eso, reuniendo tus fuerzas ya demasiado
debilitadas, gritas:
« ¡Tengo Sed! ».
¡Ah!, esta palabra se la repites a cada corazón:
« Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de
tus deseos, de tu amor; no podrías darme un agua más fresca que tu alma. ¡Ah,
no dejes que me consuma! Tengo sed ardiente y no solamente siento que se me
quema la lengua y la garganta, al grado que ya no puedo ni decir una palabra,
sino que también siento que mi Corazón se seca junto con todas mis entrañas.
¡Piedad de mi sed, piedad! ».
Y como delirando por la ardiente sed que te devora, te
abandonas a la Voluntad del Padre. ¡Ah!, mi corazón ya no puede vivir viendo la
impiedad de tus enemigos, que en vez de darte agua, te dan hiel y vinagre y tú
no los rehúsas. ¡Ah!, ya entiendo, es la hiel de tantas culpas y el vinagre de
las pasiones que no hemos domado, lo que quieren darte y que en vez de
satisfacer tu sed hacen que aumente. ¡Oh Jesús mío!, aquí está mi corazón, mis
pensamientos, mis afectos, aquí está todo mi ser para que calmes tu sed y para
darle alivio a tu boca quemada y amargada. Todo lo que tengo, todo lo que soy,
es para ti, ¡oh Jesús mío! Si fueran necesarias mis penas para poder salvar
aunque fuera una sola alma, aquí me tienes: estoy dispuesto a sufrirlo todo; me
ofrezco totalmente a ti: haz de mí lo que a ti más te agrade.
Quiero reparar el dolor que tú sufres por todas las almas
que se pierden y la pena que te dan aquellas que, cuando permites que las
tristezas o los abandonos las toquen, ellas, en vez de ofrecerte todo para
aplacar la sed devoradora que te consume, se abandonan a sí mismas, haciéndote
sufrir aún más.
Moribundo Bien mío, el mar inacabable de tus penas, el
fuego que te consume y más que nada la Voluntad Suprema del Padre, que quiere
que tú mueras, no nos dejan esperanza alguna de que tú puedas seguir viviendo.
Y yo, ¿cómo voy a poder vivir sin ti? Te faltan las fuerzas, los ojos se te
apagan, tu rostro santísimo se transforma y se cubre de una palidez mortal, tu
boca entreabierta, tu respiración es afanosa e interrumpida, todo nos dice que
ya no hay esperanzas de que tú te puedas reanimar. Al fuego que te abrasa lo
substituye un frío mortal y un sudor helado que te baña la frente. Los músculos
y los nervios se contraen cada vez más por la atrocidad de los dolores, tus
llagas se siguen haciendo más grandes por las heridas que los clavos siguen
abriendo, y yo tiemblo y me siento morir.
Te miro, oh Bien mío, y veo que de tus ojos descienden
las últimas lágrimas, mensajeras de tu cercana muerte, mientras que
fatigosamente haces oír todavía otra palabra:
« ¡Todo está Consumado! ».
¡Oh Jesús mío!, ya has agotado todo y ya no te queda nada
más; el amor ha llegado a su término. Y yo, ¿me he consumido totalmente por
amor a ti? ¡Cuál no debería ser mi gratitud hacia ti! ¡Oh Jesús mío!, quiero
reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor y
consolarte por todas las afrentas que recibes de parte de las criaturas
mientras te estás consumiendo en la cruz.
Jesús mío, Crucificado agonizante, ya estás a punto de
dar el último respiro de tu vida mortal. Tu santísima humanidad ya está toda
rígida; tu Corazón parece que ya no late.
¡Oh Jesús!, junto con la Magdalena me abrazo a tus pies y
si me fuera posible quisiera dar mi vida para reanimar la tuya.
Mientras tanto, ¡oh Jesús!, me doy cuenta de que vuelves
a abrir tus ojos moribundos y miras alrededor de la cruz, como si quisieras
despedirte de todos por última vez; miras a tu Madre agonizante que ya no puede
ni siquiera moverse ni hablar a causa de las tremendas penas que está sufriendo
y dices:
« ¡Madre mía, adiós, yo me voy, pero te tendré en
mi Corazón, y tú, cuida a nuestros hijos! ».
Miras a la Magdalena deshecha en lágrimas, a tu fiel Juan
y con tu mirada les dices:
« ¡Adiós! ».
Miras con amor a tus mismos enemigos y con tu mirada les
dices:
« Los perdono a todos y les doy el beso de la
paz ».
Nada escapa a tu mirada; te despides de todos y a todos
perdonas. Y después, reuniendo todas tus fuerzas, con voz potente y sonora,
gritas:
« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu! ».
E inclinando la cabeza, expiras.
LA MUERTE DE JESÚS
Jesús mío, este grito hace que toda la naturaleza
trastornada llore tu muerte, la muerte de su Creador. La tierra tiembla
fuertemente y con su vibración parece que llora y que quiere sacudir el ánimo
de todos para que te reconozcan como verdadero Dios. El velo del Templo se
rasga; los muertos resucitan; el sol que hasta ahora ha estado llorando por tus
penas, horrorizado, retira su luz. Tus mismos enemigos, al oír este grito, caen
de rodillas y golpeándose el pecho dicen:
« Verdaderamente éste es el Hijo de Dios ».
Y tu Madre, petrificada y moribunda, sufre penas mucho
más crueles que la misma muerte.
Muerto Jesús mío, con este grito también a nosotros nos
has puesto en las manos del Padre para que no nos rechace. Por eso has gritado
fuertemente y no solamente con tu voz, sino con la voz de todas tus penas y con
la voz de tu sangre:
« ¡Padre en tus manos pongo mi espíritu y a todas
las almas! ».
Jesús mío, también yo me abandono en ti; dame la gracia
de morir totalmente en tu amor y en tu Voluntad; te suplico que jamás vayas a
permitir, ni en la vida ni en la muerte, que yo me aparte de tu Santísima Voluntad.
Quiero reparar por todos aquellos que no se abandonan
perfectamente a la Voluntad de Dios y así pierden o, cuando menos, reducen el
precioso fruto de la redención. ¿Cuál no será el dolor de tu Corazón, ¡oh Jesús
mío!, al ver a tantas criaturas que huyen de tus brazos y se abandonan a sí
mismas? ¡Oh Jesús mío, piedad para todos!
Beso tu cabeza coronada de espinas y te pido perdón por
tantos pensamientos de soberbia, de ambición o de propia estima; te prometo que
cada vez que me venga un pensamiento que no sea totalmente para ti, ¡oh Jesús!,
o que me encuentre en ocasión de ofenderte, gritaré inmediatamente:
« ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».
¡Oh Jesús!, beso tus hermosísimos ojos bañados todavía
por las lágrimas y cubiertos de coágulos de sangre; te pido perdón por todas
las veces que te he ofendido con miradas inmodestas y malas; te prometo que
cada vez que mis ojos se sientan impulsados a mirar las cosas de la tierra
gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».
¡Oh Jesús mío!, beso tus sacratísimos oídos ensordecidos
hasta el último momento por los insultos y las horribles blasfemias y te pido
perdón por todas las veces que he escuchado o he hecho escuchar conversaciones
que nos alejan de ti y por todas las malas conversaciones de las criaturas; te
prometo que cada vez que me encuentre en la ocasión de oír algo que no me
conviene, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma
mía! ».
¡Oh Jesús mío!, beso tu rostro santísimo, pálido, lívido
y ensangrentado; te pido perdón por todos los desprecios, los insultos y las
afrentas que has recibido de parte de nosotros, vilísimas criaturas, con
nuestros pecados; te prometo que cada vez que me venga la tentación de no darte
toda la gloria, el amor y la adoración que debo darte, gritaré inmediatamente:
« ¡Jesús, María, os encomiendo el alma mía! ».
¡Oh Jesús mío!, beso tu santísima boca ardiente y
amargada; te pido perdón por todas las veces que te he ofendido con malas
conversaciones y por cuantas veces he cooperado en amargarte y en acrecentar tu
sed; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de decir cualquier
cosa que pudiera ofenderte, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os
encomiendo el alma mía! ».
¡Oh Jesús!, beso tu cuello santísimo; en él veo todavía
las señales de las cadenas y de las sogas que te han oprimido; te pido perdón
por tantos vínculos y por tantos apegos de las criaturas, las cuales han
añadido nuevas sogas y cadenas a tu santísimo cuello; te prometo que cada vez
que me sienta turbado por algún apego, deseo o afecto que no sea solamente para
ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma
mía! ».
Jesús mío, beso tus hombros santísimos y te suplico que
nos perdones tantas satisfacciones ilícitas, tantos pecados que hemos cometido
con los cinco sentidos de nuestro cuerpo; te prometo que cada vez que me venga
el pensamiento de tomarme algún placer o alguna satisfacción que no sea para tu
gloria, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma
mía! ».
Jesús mío, beso tu pecho santísimo y te pido perdón por
tantas frialdades, indiferencias, tibiezas e ingratitudes horribles que recibes
de parte de las criaturas; te prometo que cada vez que sienta que me estoy
enfriando en el amor, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os
encomiendo el alma mía! ».
Jesús mío, beso tus sacratísimas manos; te pido perdón
por todas las obras malas o indiferentes, por tantos actos envenenados por el
amor propio y la propia estima; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento
de no obrar solamente por amor a ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús,
María, os encomiendo el alma mía! ».
Jesús mío, beso tus santísimos pies y te suplico que nos
perdones por tantos pasos y tantos caminos recorridos sin haber tenido una
recta intención, por tantos que se alejan de ti para ir en busca de placeres
mundanos; te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de separarme de
ti, gritaré inmediatamente: « ¡Jesús, María, os encomiendo el alma
mía! ».
¡Oh Jesús!, beso tu Sacratísimo Corazón y quiero encerrar
en él junto con mi alma a todas las almas redimidas por ti, para que todas se
salven, sin excluir a ninguna.
¡Oh Jesús!, enciérrame en tu Corazón y cierra sus
puertas, de manera que ya no pueda ver nada fuera de ti; te prometo que cada
vez que me venga el pensamiento de querer salirme de tu Corazón, gritaré
inmediatamente: « ¡Jesús, María, os entrego mi corazón y mi alma! ».
REFLEXIONES Y PRÁCTICAS.
Jesús está ardiendo de sed, y nosotros, ¿ardemos
también de amor por él? Nuestros pensamientos, nuestros afectos, ¿tienen
siempre la finalidad de quitarle su sed ardiente?
No pudiendo Jesús seguir aguantando la sed que lo
consumó, dijo: « ¡Todo está consumado! ». De manera que Jesús se
consumó totalmente por nosotros, y nosotros, ¿tratamos de consumarnos por amor
a Jesús en todo? Cada acto, cada palabra y cada pensamiento conducían a Jesús
hacia la consumación, y así cada uno de nuestros actos, de nuestras palabras y
de nuestros pensamientos, ¿nos impulsan a consumarnos por amor a Jesús?
« ¡Oh Jesús!, dulce Vida mía, que tu aliento
consumado sople siempre en mi corazón para poder recibir el sello de tu
consumación ».
Jesús sobre la cruz, le da cumplimiento en todo a la
Voluntad del Padre y expira en un acto perfecto de abandono a su Santísima
Voluntad. Y nosotros, ¿cumplimos en todo la Voluntad de Dios? ¿Nos abandonamos
perfectamente a su Voluntad sin mirar si recibimos bien o mal, felices
únicamente de hallarnos abandonados en sus brazos santísimos? ¿Morimos
continuamente a nosotros mismos por amor a Jesús? ¿Podemos decir que aunque
estemos viviendo ya no vivimos, que estamos muertos para todo, vivos solamente
para vivir, no nuestra vida, sino la de Jesús mismo? Es decir, todo lo que hacemos,
lo que pensamos, lo que deseamos y lo que amamos, ¿es una llamada a vivir la
vida de Jesús, para hacer que mueran nuestras palabras, nuestros pasos,
nuestros deseos y nuestros pensamientos totalmente en Jesús?
« ¡Oh Jesús mío!, que mi muerte sea una muerte
continua por amor a ti y que cada muerte que sufra sea una vida que pueda darle
a todas las almas ».

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