Crucificado Amor mío, mientras contigo hago oración, la
fuerza arrebatadora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti;
pero siento que se me rompe el corazón por el dolor al verte sufrir tanto. Tú
estás delirando de amor y de dolor y las llamas que abrasan tu Corazón se
elevan tanto que están a punto de hacerte cenizas; tu amor reprimido es más
fuerte que la misma muerte y tú, queriendo darle desahogo a tu amor, mirando al
ladrón que se encuentra a tu derecha, se lo robas al infierno; le tocas el
corazón con tu gracia y cambia totalmente; te reconoce, confiesa que tú eres
Dios, y lleno de contrición dice:
« ¡Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino! ».
Y tú no vacilas en responderle:
« ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! ».
Y se convierte así en el primer triunfo de tu amor. Pero
me doy cuenta que tu amor no solamente le roba el corazón a este ladrón, sino
también a tantos moribundos. ¡Ah!, tú pones a su disposición tu sangre, tu
amor, tus méritos y haces uso de todos tus artificios y estratagemas divinos
para tocarles el corazón y cautivarlos a todos para ti. ¡Pero también aquí tu
amor se ve obstaculizado! ¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas
desesperaciones! ¡Es tan grande tu dolor que de nuevo te reduce al silencio!
¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos aquellos que se
desesperan despreciando tu divina misericordia en el momento de su muerte.
Dulce Amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti,
especialmente a quienes se hallan angustiados en su agonía, y en virtud de esta
palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar
de la tierra al cielo. En tu santísimo cuerpo, en tu sangre, en tus llagas,
contienes a todas las almas, ¡oh Jesús!, así pues, por los méritos de tu
preciosísima sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda. Que
también hoy tu sangre unida a tu voz les grite a todos:
« ¡Hoy estaréis conmigo en el paraíso! ».
Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más.
¡Ah, sobre esta cruz tú eres el verdadero Rey de los dolores! No se te escapa
ni una sola alma en medio de tantas penas, más aún, a cada una le das tu misma
vida. Pero las criaturas se resisten a recibir tu amor, lo desprecian y no lo
toman en consideración; y tu amor, no pudiendo desahogarse, se hace cada vez
más intenso y te tortura en modo inaudito; y en medio de estas torturas se pone
a investigar para ver qué más le puede dar al hombre para vencerlo, y te hace
decir:
« ¡Oh alma, mira cuánto te he amado! ¡Si no
quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor! ».
Mientras tanto, viendo que ya no tienes nada que darle,
habiéndole dado todo, vuelves tu débil mirada hacia tu Madre. También ella está
más que moribunda a causa de tus penas y es tan grande el amor que la tortura,
que la tiene crucificada junto contigo. Madre e Hijo se comprenden; y tú das un
suspiro de satisfacción y te consuelas al ver que todavía puedes darles a las
criaturas a tu Madre; y viendo en Juan a todo el género humano, con una voz tan
tierna que enternece a todos los corazones, le dices a tu Madre:
« ¡Mujer, he ahí a tu hijo! ».
Y a Juan: « ¡He ahí a tu Madre! ».
Tu voz penetra en su Corazón materno y junto con la voz
de tu sangre sigues diciendo:
« Madre mía, a ti te confío todos mis hijos. ¡Así
como me amas a mí, ámalos también a ellos! Que todos tus cuidados y ternuras
maternas sean para mis hijos. Tú me los salvarás a todos ».
Tu Madre Santísima acepta. Y mientras tanto, son tan
intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio.
¡Oh Jesús mío!, quiero reparar todas las ofensas que se
le hacen a la Santísima Virgen, las blasfemias y las ingratitudes de tantos que
no quieren reconocer los inmensos beneficios que nos has dado dándonosla por
Madre. ¿Cómo podremos agradecerte este beneficio tan grande?
Recurro a tu misma fuente, ¡oh Jesús!, y te ofrezco tu
sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón. ¡Oh Virgen Santísima, qué
conmoción tan grande sientes al oír la voz de tu amado Jesús que te deja como
Madre de todos nosotros!
Te doy gracias, Virgen bendita, y para darte gracias como
mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús. ¡Oh dulce Madre!, protégenos,
cuídanos, no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo, tennos siempre
abrazados a Jesús y con tus manos átanos a él, de manera que nunca más podamos
volver a huir de él. Quiero reparar con tus mismas intenciones todas las
ofensas que le hacen a Jesús y las que te hacen a ti también, ¡oh dulce Madre
mía!
¡Oh Jesús mío!, mientras sigues sumergido en tantas
penas, tú abogas aún más por la causa de la salvación de las almas. Pero yo no
me quedaré indiferente; quiero levantar el vuelo hacia tus llagas como una
paloma y besarlas, curarlas y arrojarme dentro de tu sangre, para poder decir
contigo: « ¡Almas, almas! ». Quiero sostener tu cabeza traspasada y
adolorida, para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todos.
¡Oh Jesús mío!, reina en mi mente y sánala por medio de
las espinas que traspasan tu cabeza y no permitas que penetre ninguna turbación
en mí. Frente majestuosa de mi Jesús, te beso: atrae todos mis pensamientos a
que te contemplen y te comprendan. Ojos dulcísimos de mi Sumo Bien, mírenme,
aunque estén cubiertos de sangre: miren mi miseria, mi debilidad, mi pobre
corazón y háganme experimentar los maravillosos efectos de su mirada divina.
Oídos de mi Jesús ensordecidos por los insultos y las blasfemias de los impíos,
pero también siempre atentos para escucharnos, ¡ah!, escuchen esta oración y no
desprecien mis reparaciones. ¡Sí, oh Jesús, escucha el grito de mi corazón, que
sólo se calmará cuando me lo hayas colmado de tu amor!
Rostro hermosísimo de mi Jesús, muéstrate, haz que te
vea, para que pueda separar mi corazón de todo y de todos; que tu belleza me
enamore continuamente y me tenga para siempre arrobado en ti. Boca dulcísima de
mi Jesús, háblame, haz que tu voz haga eco siempre en mí y que la potencia de
tu palabra destruya en mí todo lo que no es Voluntad de Dios, todo lo que no es
amor.
¡Oh Jesús!, extiendo mis brazos para abrazarte y tú
extiende los tuyos para abrazarme. ¡Oh mi Bien!, haz que sea tan fuerte este
abrazo de amor que ninguna fuerza humana pueda separarnos, y así abrazados,
apoyaré mi rostro sobre tu Corazón, y luego, lleno de confianza, te besaré y tú
me darás el beso de tu amor. De este modo, harás que respire tu aliento
dulcísimo, tu amor, tu Voluntad, tus penas y toda tu vida divina.
Hombros santísimos de mi Jesús, siempre fuertes y
constantes en el sufrir por amor a mí, denme fuerza, constancia y heroísmo para
sufrir por amor a ti, oh Jesús. No permitas, mi dulce Bien, que yo sea
inconstante en el amor, antes bien, dame tu inmutabilidad.
Pecho incendiado de mi Jesús, dame tus llamas, tú ya no
puedes contenerlas y mi corazón las busca con ansia a través de esa sangre y de
esas llagas. Son las llamas de tu amor lo que más te atormenta, ¡oh Jesús! ¡Oh
mi dulce Bien!, dame tus llamas: ¿No te mueve a compasión un alma tan fría y
tan pobre en el amor?
Manos santísimas de mi Jesús que han creado el Cielo y la
tierra, reducidas ya al grado de no poder moverse más. ¡Oh Jesús mío!, continúa
tu creación, la creación del amor. Crea en todo mi ser vida nueva, vida divina;
pronuncia tus palabras sobre mi corazón y transfórmalo completamente en el
tuyo.
Pies santísimos de mi Jesús, no me dejen nunca solo;
háganme correr siempre con ustedes y que no vaya yo a dar ni un solo paso lejos
de ustedes. Jesús, con mi amor y con mis reparaciones quiero darte alivio por
todos los dolores que sufres en tus santísimos pies.
¡Oh Jesús!, jamás dejes que yo vuelva a salir de tu
Corazón; aliméntame con las llamas de tu amor y dame vida con tu vida, para
poder amarte como tú mismo anhelas ser amado.
Penante Jesús mío, mientras estoy abrazado fuertemente a
tu Corazón y abandonado del todo en él, contando tus penas, veo que tu
santísima humanidad se ve invadida por una terrible convulsión; tus miembros
tiemblan como si quisieran separarse unos de otros, y en medio de las
contorsiones que sufres por los atroces espasmos de tu agonía, gritas
fuertemente:
« ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado? ».
Y al oír este grito todos tiemblan, las tinieblas se
hacen más densas y tu Madre Santísima, petrificada, se pone pálida y se
desmaya. ¡Vida mía y Todo mío! ¡Oh Jesús!, pero, ¿qué es lo que veo? ¡Ah!, tu
muerte está cerca y tus mismas penas, siempre fieles a ti, están por
abandonarte. Y entre tanto, después de tanto sufrir, con sumo dolor te das
cuenta de que no todas las almas están incorporadas a ti, sino por el
contrario, ves que muchas se perderán y sientes su dolorosa separación como si
ellas mismas se arrancaran de tus miembros. Y tú, debiendo darle satisfacción a
la divina justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una, sientes
las mismas penas que ellas deberán sufrir en el infierno, y les gritas con
fuerza a todos esos corazones:
« ¡No me abandonen! Si quieren que yo sufra más
todavía, estoy dispuesto, pero no se separen de mi humanidad. ¡Este es el dolor
de los dolores, ésta es la muerte de las muertes! ¡Todo lo demás sería nada
para mí si no tuviera que sufrir esta separación! ¡Ah, piedad de mi sangre, de
mis llagas, de mi muerte! Este grito será continuo en su corazón: ¡Ah, no me
abandonen! ».
¡Amor mío, cuánto te compadezco! Te estás sofocando; tu
santísima cabeza ha caído ya sobre tu pecho; la vida te está abandonando...
Amor mío, me siento morir; también yo quiero gritar
contigo: « ¡Almas, almas! ». No me separaré de tu cruz y de tus llagas
para pedirte almas; y si tú quieres, entraré en los corazones de las criaturas,
los rodearé con tus penas para que no se me escapen y si me fuera posible
quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer que retrocedan las almas
que están destinadas a este puesto y conducirlas a tu Corazón.
Pero tú agonizas y callas, y yo lloro porque veo que
estás por morir. ¡Oh Jesús mío!, te compadezco, estrecho tu Corazón fuertemente
al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de la que ahora soy capaz, y para
procurarte un mayor alivio, hago mía la ternura divina y con ella quiero
compadecerte, quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en
el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la perdición de tantas
almas.
Verdaderamente es muy doloroso este grito, ¡oh Jesús
mío!; más que el abandono del Padre, es la perdición de las almas que se alejan
de ti lo que hace que se te escape del Corazón este doloroso lamento.
¡Oh Jesús mío!, aumenta en todos tu gracia para que nadie
se pierda; y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que deberían
perderse, para que no se pierdan. Te ruego además, ¡oh Jesús mío!, por este
extremo abandono, que ayudes a tantas almas que te aman y que tú, para hacer
que te acompañen en tu abandono, parece que las privas de ti dejándolas en las
tinieblas; que sus penas sean, ¡oh Jesús!, como plegarias que llamen a todas
las almas a tu lado y que conforten tu dolor.
REFLEXIONES Y PRÁCTICAS.
Jesús perdona al buen ladrón y con tanto amor, que de
inmediato se lo lleva consigo al cielo y nosotros, ¿pedimos siempre por las
almas de los moribundos que tienen necesidad de una oración para que se cierre
el infierno y se abran las puertas del cielo para ellos?
Las penas de Jesús sobre la cruz crecen, van en
aumento, pero él, olvidándose de sí mismo, ruega siempre por nosotros; no se
queda con nada para sí mismo, sino que nos lo da todo, incluyendo a su Madre
Santísima, como el don más preciado de su Corazón. Y nosotros, ¿le damos todo a
Jesús?
En todo lo que hacemos, en nuestras oraciones, en
nuestras acciones y en todo, ¿ponemos siempre la intención de absorber nuevo
amor en nosotros, para que luego se lo podamos devolver a Jesús? Debemos
hacerlo nuestro para darlo, para que todo lo que hagamos lleve el sello de lo
que hace Jesús.
Cuando el Señor nos da fervor, luz y amor, ¿nos
servimos de ello para el bien de los demás? ¿Tratamos de encerrar a las almas
en esta luz y en este fervor para inducir al Corazón de Jesús a amarlas? O
bien, llenos de egoísmo, ¿nos quedamos con sus gracias solamente para nosotros?
« ¡Oh Jesús mío!, que cada pequeña chispa de amor
que sienta en mi corazón se transforme en un incendio que incendie todos los
corazones de las criaturas y los encierre en tu Corazón ».
¿Cómo aprovechamos el gran don que nos dio al darnos a
su Madre Santísima? ¿Hacemos nuestro el amor de Jesús, sus ternuras y todo lo
que él hacía, para contentar a su Madre? ¿Podemos decir que nuestra divina
Madre puede hallar en nosotros la alegría que hallaba en su hijo Jesús?
¿Estamos siempre cerca de ella como hijos fieles, le obedecemos e imitamos sus
virtudes? ¿Hacemos todo lo que está de nuestra parte para no huir de sus
miradas a fin de que nos tenga siempre abrazados como a Jesús? ¿Le pedimos a
nuestra Madre Santísima que nos guíe en todo lo que hacemos, para poder obrar
santamente como verdaderos hijos suyos bajo su mirada piadosa?
Y para poder darle la alegría que le daba su Hijo, ¿le
pedimos a Jesús que nos dé todo ese amor con el que él mismo amaba a su Madre
Santísima, la gloria que le daba continuamente, su ternura y todas sus finezas
de amor? Hagamos nuestro todo esto y digámosle a nuestra amadísima Madre
Celestial: « Dentro de nosotros tenemos a Jesús, y para hacerte feliz y
para que puedas hallar en nosotros lo mismo que hallabas en Jesús, te lo damos
todo. Además, ¡oh dulce Madre!, queremos darle a Jesús todas las alegrías que
él hallaba en ti, por eso queremos entrar en tu Corazón y tomar tu amor, todas
tus alegrías, todas tus ternuras y cuidados maternos, para dárselos a Jesús.
Madre Santa, que tus manos sean las cadenas que nos tengan encadenados a ti y a
Jesús ».
Jesús no se detiene ante nada: amándonos sumamente,
quiere salvarnos a todos y si le fuera posible, quisiera arrancarle todas las
almas al infierno a costa de cualquier pena. Pero a pesar de todo se da cuenta
de que hay almas que quieren zafarse de sus brazos y no pudiendo contener su
dolor, exclama: « Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado? ».
¿Podemos decir que nuestro amor por las almas es semejante al de Jesús?
Nuestras oraciones, nuestras penas, nuestros más pequeños actos, ¿están todos
unidos a los actos y a las oraciones de Jesús para arrancarle almas al
infierno? ¿De qué manera compadecemos a Jesús en este inmenso dolor? Si nuestra
vida se pudiera consumar en un holocausto continuo no sería suficiente para
compadecer este dolor. Cada pequeño acto, cada pena, cada pensamiento que
unimos a Jesús, puede servir para que le arranquemos almas al infierno y así no
caigan en él. Unidos a Jesús, tendremos en nuestras manos su mismo poder; si en
cambio no hacemos todos nuestros actos unidos a él, no podrán servir ni
siquiera para salvar a una sola alma del infierno.
« Amor mío y Todo mío, tenme abrazado fuertemente a
tu Corazón, para poder sentir de inmediato cuando un pecador está por darte el
dolor de apartarse de ti y así poder hacer mi parte inmediatamente ».
« ¡Oh Jesús mío!, que tu amor tenga atado mi
corazón, para que, encendido por tu fuego, pueda sentir el amor con el que tú
mismo amas a las almas. Cuando yo sufra algún dolor, alguna pena o amargura,
¡oh Jesús!, haz entonces que tu justicia se desahogue sobre mí y toma de mí la
satisfacción que quieres; pero, ¡oh Jesús!, que el pecador se salve y que mis
penas sean el vínculo que las tenga atadas a ti y que mi alma tenga el consuelo
de ver que tu justicia está satisfecha ».

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