Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

24 de septiembre de 2014

LECTURAS DEL DÍA 24-09-2014

MIÉRCOLES DE LA XXV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO. 24 de Septiembre del 2014 . 1º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE..SS. Ntra. Sra. de la Merced. Gerardo Sagredo ob mr, Antonio González pb mr. Beato Dalmacio Moner pb. Santoral Latinoamericano. SS. Ntra Sra de las Mercedes, Tirso, Pedro Nolasco. 

LITURGIA DE LA PALABRA 

Proverbios 30, 5-9. No me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan 
Salmo responsorial: 118 Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. 
Lucas 9, 1-6. Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos 

PRIMERA LECTURA. 
Proverbios 30, 5-9 
No me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan 

La palabra de Dios es acendrada, él es escudo para los que se refugian en él. No añadas nada a sus palabras, porque te replicará y quedarás por mentiroso. Dos cosas te he pedido; no me las niegues antes de morir: aleja de mí falsedad y mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo: "¿Quién es el Señor?"; no sea que, necesitando, robe y blasfeme el nombre de mi Dios. 

Palabra de Dios. 

Salmo responsorial: 118 
R/.Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. 

Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad. R. 

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. R. 

Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo. R. 

Aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra. R. 

Considero tus decretos, y odio el camino de la mentira. R. 

Detesto y aborrezco la mentira, y amo tu voluntad. R. 

SANTO EVANGELIO 
Lucas 9, 1-6 
Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos 

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: "No llevéis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa". 

Ellos de pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes. 

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: Proverbios 30,5-9. No me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan
-La palabra de Dios es "oro" probado al fuego... Es un «escudo» para cuantos se acogen a él...

«Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» .

Es un «valor» seguro, ¡es oro!

¿Soy suficientemente fiel a esa «escucha» atenta? Dios tiene algo que decirme, cada quince minutos de mi vida.

Dios habla por los acontecimientos, por las personas que me rodean... por las palabras de la Escritura, por la oración, por los sacramentos...

-No añadas nada a sus palabras, te reprendería por falaz y mentiroso.

No se debe falsificar la Palabra de Dios. Hay muchos modos de hacerlo: escoger sólo lo que me gusta del evangelio... añadir interpretaciones tan personales que acaban siendo una simple justificación de uno mismo...

¡No! La Palabra de Dios es una «espada acerada» que nos juzga y nos interroga... que nos impugna y nos contradice. Hay que aceptarla tal cual es.

Si la Palabra de Dios no me lastima nunca es señal de que sólo escucho en ella el eco de mi propia voz. Y esto casi no tiene interés alguno.

¡Habla, Señor!

-¡Señor, dos cosas te pido, no me las rehúses antes de mi muerte!

1º Aleja de mí la falsedad y la mentira...

Esta es la primera y la más importante de las peticiones. Y es también mi oración en este día.

«¡Que haga yo de mi vida ese algo sencillo y recto como una flauta de caña que Tú puedas llenar de música!»

2º y no me des ni pobreza ni riqueza: ¡solamente lo necesario para vivir! Es una de las más bellas oraciones de la Biblia.

Es mi plegaria que brota de mi corazón en este día.

«¡Señor, presérvame de la riqueza y de la pobreza!» Sé que la riqueza no aporta la felicidad, y endurece a menudo el corazón: no me des la riqueza, ¡presérvame para siempre de ser un «rico» algún día!

Sé que la pobreza es a menudo fuente de amargura y sufrimiento y no me siento muy fuerte para soportarla: no te pido la pobreza, ¡te pido que me preserves de la miseria! dame tan sólo «lo necesario para vivir».

Y esto mismo pido para todos los hombres: no les des ni riqueza ni pobreza... ¡libera, Señor, a los ricos de su riqueza y a los pobres, de su pobreza!

Da, Señor, a todos mis hermanos, lo que necesitan para vivir; y ayúdame a trabajar con todas mis fuerzas para que se consiga ese fin y según mis responsabilidades.

-En la abundancia podría traicionarte diciendo: «el Señor... ¡no existe!». En la miseria podría darme al robo y deshonrar así el nombre de mi Dios.

La riqueza suele conducir al ateísmo, se prescinde de Dios...

La miseria puede llevar a hacer cosas reprensibles: la humanidad se degrada... En muchos refranes se encuentra este admirable equilibrio del pensamiento popular.

Reflexión al Salmo 118. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. 
Este salmo 30 se canta el Viernes Santo, ya que Jesús en la cruz, tomó de él, su "última palabra" antes de morir: "En tus manos, Señor, encomiendo mi Espíritu" (Lucas 23,46). Pero todo el salmo se aplica perfectamente a Jesús crucificado. Para hacer esta aplicación personal, Jesús no tuvo necesidad de forzar el sentido. Efectivamente, el salmo, antes de que Jesús se lo apropiara en su oración personal, era ya una doble oración:

-El comienzo es la súplica de un acusado inocente, de un enfermo, de un moribundo, expuesto a la persecución: es un maldito, excluido de la comunidad, y "que produce miedo en sus amigos" porque se lo considera como embrujado por malos espíritus... Se huye de él como de un apestado.. . ¿Será su mal contagioso?

-Pero la parte final del salmo es la dulce oración de intimidad de un huésped de Yahveh: a pesar de las acusaciones injustas de que es objeto este moribundo, continúa cantando la felicidad de su vida de intimidad con Dios: "Me confío en Ti, Señor... Mis días están en tus manos... Tu amor ha hecho para mí maravillas... ¡Tú colmas a aquellos que confían en Ti!".

"Soy el hazmerreir de mis adversarios...". Fariseos, Escribas, bribones... se burlaban de El. No se contentaron con matarlo, se ensañaron y lo envilecieron, entregándolo a los ultrajes humillantes de la soldadesca... El motivo mismo de la condenación era una burla de desprecio, escrita en tres idiomas: "Jesús Nazareno, ¡Rey de los judíos!".

"Huyen de Mi... Mis amigos me tienen miedo...". A pocas horas de la Ultima Cena tomada con ellos, los apóstoles todos huyeron en el momento del arresto en Getsemaní...

"Oigo las burlas de la gente; se ponen de acuerdo para quitarme la vida...". Escuchamos a las multitudes excitadas por sus jefes pedir su muerte: "¡que lo crucifiquen! ¡Qué su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!". La muerte que deseamos para nuestros seres queridos, para nosotros mismos es la muerte apacible, rodeados por aquellos que nos aman. ¡Qué fortuna para un moribundo, cuyos últimos instantes transcurren mano sobre mano con la persona amada! Jesús, por el contrario, estuvo rodeado de rostros airados.

"Me han olvidado como a un muerto, como a un cacharro inútil...". Expresiones de una violencia inaudita. No, la muerte de Jesús no fue una muerte "natural"... Fue una muerte "de desprecio", la muerte de los esclavos y de los condenados, "como una cosa"... que se puede, si se quiere, "clavar". "Sin embargo, confío en Ti, Señor, y digo: ¡Tú eres mi Dios!". Hace bien pensar que Jesús tenía la costumbre de este ritmo de oración en dos tiempos, que estructuran tantos salmos: a la "lamentación" sigue "la acción de gracias". Volvemos a encontrar el ritmo del salmo 21, que comienza en la "derelección" y termina en la alegría de la "Eucaristía jubilosa".

"En tu mano está mi destino... En tus manos encomiendo mi espíritu". Estas palabras del salmo afloraron espontáneamente en sus labios... Antes de entrar en el "sueño de la muerte". Y la Iglesia en el oficio de "Completas", nos sugiere repetir cada tarde, antes de acostarnos: ponernos en las manos del Padre.

"Sálvame por tu amor... Bendito sea Dios, su amor ha hecho en mi maravillas...". En el texto hebreo, aparece la famosa palabra "Hessed", el amor. La resurrección está próxima, Jesús lo sabe. ¿Cómo podría olvidarlo en este instante?

"Sed fuertes y valientes de corazón todos cuantos esperáis en el Señor..." Jesús tenía conciencia de que no moriría para El solo. Se dirige a todos. El es "el icono" de todo hombre que muere: "ánimo", nos dice.

Habiendo puesto este salmo "en labios" de Jesús, hay que ponerlo "en nuestros propios labios", repetirlo por cuenta nuestra, y para el mundo de hoy. ¡Hay tantos enfermos, en los hogares y en los hospitales! ¡Tantos perseguidos, tantos despreciados, tantas personas consideradas como "cosas"! ¡Tantos aislados, abandonados! Pero vayamos hasta el fin del salmo, y repitamos también la acción de gracias.

"Tú eres mi Dios". Tú eres el Creador; yo no soy sino un poquito de polvo en tus manos. Puedes configurarme a tu antojo o dejarme reducido a la nada. Y, con todo, eres mi Dios; sí, mío, yo te tengo, me perteneces. No me has creado para luego abandonarme, sino que te ocupas de mí. Es cierto que riges al mundo entero, pero él no te preocupa más que yo: "Tú eres mi Dios; mis días están en tus manos".

Encierro y liberación

A las personas que tienen dificultad para relajarse, se les aconseja tensarse muscularmente, hasta la máxima tesitura, y luego soltarse de golpe. Es el mismo procedimiento que se utiliza en el método psicoanalítico: se hace dolorosamente consciente lo que es dolorosamente inconsciente, sea en el área del miedo, de la desesperación, etc.; y cuando se ha llegado precisamente al punto más álgido y doloroso, ahí mismo se inicia la curva descendente de la liberación.

Lo mismo sucede en el salmo 31. Percibimos en el alma del salmista un gran movimiento, con diferentes temperaturas y niveles. Comienza el salmista con un cierto grado de ansiedad (vv. 2-5), pero pronto pasa a la confianza-seguridad (vv. 6-9). Retorna a una desesperación mucho más profunda, casi al borde de límite (vv. 10-14), y, a partir de esta cúspide, salta el salmista, en una transición bastante brusca, a la paz más profunda y definitiva (vv. 15-24), de tal manera que no parece la misma persona en las distintas situaciones, como si hubiera habido un desdoblamiento de personalidad.

*****

En los cinco primeros versículos vemos al salmista bastante tenso, inseguro, aprensivo. La razón de este estado de ánimo es la siguiente: el salmista está encerrado en sí mismo. Si bien es verdad que dirige a Dios algunas miradas furtivas, fugaces, el centro de atención, y hasta de obsesión, es él mismo y su situación. Por eso, sentimos que en estos versículos la tensión y la inseguridad avanzan en un crescendo incesante: que yo no quede defraudado, ponme a salvo, ven aprisa a liberarme; por el amor de tu nombre, dirígeme, guíame, sácame de la red que me han tendido (vv. 2-5).

Es el hombre literalmente atrapado en sus propias redes. En-si-mismado. Y este ensimismamiento es una cárcel, una prisión; el salmista está preso de sí mismo; y en un calabozo no hay sino sombras y fantasmas. Por eso vemos al salmista asustado. Una fantasía encerrada y asustada ve sombras por todas partes, percibe como reales las cosas inexistentes, o los hechos reales los reviste de dimensiones desmesuradas; todo queda magnificado por el miedo. Todo esto es mucho más notorio en los vv. 10-14.

Esta es la situación de las personas que tienen tendencias subjetivas, como obsesiones, complejos de inferioridad, manías persecutorias, inclinaciones pesimistas... Estos sujetos, que no son pocos, no viven, sino agonizan: viven entre suposiciones, presuposiciones, interpretaciones, obsesiones, «hijas» todas ellas del en-si-mismamiento: fulano no me escribe, ¿qué le habrán dicho de mí?; aquella amiga no me ha mirado, ¿por qué será?; aquí ya nadie me quiere, están pensando mal de mí, etc. ¡Cómo sufre la gente, y tan sin motivo! La explicación de fondo, repetimos, es que estas personas están encerradas en sí mismas como en una prisión.

Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, en sí mismo, se siente tan inseguro, tan precario y tan infeliz que es difícil evitar el asalto de miedo, el cual, a su vez, engendra los fantasmas.

*****

En el versículo 6, el salmista despierta, ¡gran verbo de liberación! Toma conciencia de su situación de encierro, y sale ¡otro verbo de liberación! Toda liberación es siempre una salida. El salmista se suelta de sí mismo -estaba preso de sí- y salta a otra órbita, a un Tú. «A tus manos encomiendo mi espíritu» (v. 6). Y, al colocarse en ese otro «mundo», en ese otro «espacio», como por arte de magia se derrumban los muros de la cárcel, se ensanchan los horizontes y desaparecen las sombras. Amaneció la libertad.

«Tú, el Dios leal, me librarás» (v. 6). Me librarás, ¿de qué? De los enemigos. ¿Qué enemigos? De aquellos que fundamentalmente eran «hijos» del miedo. Y, aun cuando antes hubieran sido objetivos, el mal del enemigo es el miedo del enemigo, o mejor, es el miedo el que constituye y declara como enemigos a las cosas adversas. Pero, al situarse el hombre en el «espacio» divino, al experimentar a Dios como roca y fuerza, se esfuma el miedo y, como consecuencia, desaparecen los enemigos. He ahí el itinerario de la libertad.

«Yo confío en el Señor» (v. 7). Confiar, ¡precioso verbo! En todo acto de confianza hay un salir de sí mismo, un soltar tensiones y un entregar al otro las llaves de la propia casa, como quien extiende un cheque en blanco. En un salto más audaz, la libertad se encarama sobre un pináculo mucho más elevado: «tu misericordia», expresión entrañable, sinónimo en el Antiguo Testamento de lealtad, gracia, amor (más exactamente, presencia amante), «es mi gozo y mi alegría» (v. 8). No solamente a los fantasmas se los llevó el viento y a los miedos se los tragó la tierra, sino que el salmista se baña en el océano de la Bienaventuranza: paz, alegría, seguridad, casi júbilo. Y, para colmo de tanta dicha, en los siguientes versículos viene a decir: cuando las aguas ya me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba, tú me mirabas atenta y solícitamente, revoloteando sobre mí como el águila madre; no has permitido que las sombras me devoraran ni me alcanzaran las manos de mis enemigos, sino que, por el contrario, has colocado mis pies en un camino anchuroso, iluminado por la libertad (vv. 8-9).

*****

Así estaba sintiéndose el salmista, cuando, súbitamente, en un descuido, se desprende de Dios y, en un movimiento de repliegue, se encierra de nuevo en sí mismo y, de nuevo -era inevitable-, vuelven las sombras, y un enjambre de espectros con ellas.

Realmente es difícil sintetizar, en tan pocos versículos (vv. 10-14), tan espeluznante descripción: los enemigos se burlan, los vecinos se ríen de él, los conocidos evitan cruzarse en su camino (v. 12), se le deja olvidado como a un muerto, se le desecha como a un trasto viejo (v. 13), todos hablan en su contra, todo le da miedo, conjuran contra él, traman quitarle la vida (v. 14).

Puros fantasmas y engendros subjetivos, fruto de la recaída en el ensimismamiento. El salmista está viviendo escenas de horror, lo mismo que en una pesadilla nocturna: una persona, en el primer sueño, protagoniza un episodio tan horrible que despierta con taquicardia, y con todos los síntomas de haber librado una batalla de muerte. Despierta, y... ¡qué alivio!, ¡todo fue un sueño! En estos versículos, el salmista está realmente dormido en la mazmorra de un ensimismamiento, enclaustrado, perseguido por las sombras, girando en torno a alucinantes espectros. Al despertar (v. 15), comprobará la mendacidad de tales aprensiones.

Quisiera resalta aquí otra lección de vida: ¿cómo se explica esta recaída? Acababa el salmista de hacer una magnífica descripción de su liberación: se sentía libre, seguro, gozoso. Y ahora, de nuevo esta tempestad tan repentina. Tal es la condición humana. Hay personas que son especialmente versátiles e inestables. Pero, aquí, no nos referimos expresamente a ellas. Los estados de ánimo, aun de personas normalmente estables, son oscilantes, suben y bajan, no de otra manera que las alteraciones atmosféricas: ahora la persona está inquieta; horas más tarde, despreocupada; al mediodía, vacilante, al anochecer, resuelta... Hay que comenzar por aceptar con paz esta condición oscilante de la naturaleza, sin asustarse ni alarmarse. La estabilidad, el poder total, la libertad completa vienen llegando después de mil combates y mil heridas, después de muchas caídas y recaídas.

*****

Como dijimos, la nueva y deplorable situación del salmista se debe a la nueva encerrona en el presidio de sí mismo. Necesita salvarse de sí mismo para poder salvarse de sus enemigos. Y esta liberación será fruto, una vez más, de un acto de fe, que es una salida, o, si se quiere, de un acto de adoración, que es siempre el gran éxodo.

En efecto, con la conjunción adversativa pero el salmista sale y, en un salto acrobático, se arroja en el seno de Dios, como diciendo: todos están en contra de mí, «pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: tú eres mi Dios» (v. 15). ¡Increíble! Con este acto de adoración, y con el consiguiente olvido de sí mismo, caen los muros opresores, se dilatan los horizontes, la luz inunda los espacios, nace de nuevo la libertad, esta vez definitivamente, y vuelve a brillar la alegría.

Al sumergirse en el mar de Dios, el salmista participa de su misma solidez y seguridad. En adelante, hasta el versículo final, tendrá buen cuidado de no volverse sobre sí mismo, porque ya sabe por experiencia que ahí está la raíz de sus más íntimas desventuras; sabe también que mientras mantenga su atención fija en los ojos del Señor, no retornarán los sobresaltos, y el miedo no volverá a rondar su morada.

El liberador es Dios, pero la liberación no se consumará mágicamente. Mientras el hombre se mantenga centrado en sí mismo, encerrado en los muros del egoísmo, será víctima fatal de sus propios enredos y obsesiones, y no habrá liberación posible. El problema consiste siempre en confiar, en depositar en sus manos las inquietudes, y en descargar las tensiones en su corazón. Efectivamente, el salmista reclina la cabeza en el regazo del Padre, coloca en sus manos las tareas y los azares (v. 16), como quien extiende un cheque en blanco.

La libertad profunda, esa libertad tejida de alegría y seguridad, consiste en que «brille tu rostro sobre tu siervo» (v. 17), en «caminar a la luz de su rostro» (Sal 89), en experimentar que Dios es mi Dios. Entonces, las angustias se las lleva el viento, y los enemigos rinden sus armas por el poder de «su misericordia» (v. 17), ya que los enemigos se albergan en el corazón del hombre: en tanto son enemigos en cuanto se los teme; y el temor tiene su asiento en el interior del hombre, pero el Señor nos libra del temor.

*****

Y cuando desaparece el temor, «los malvados bajan mudos al abismo» (v. 18). ¿Quiénes eran esos malvados? Ahora se sabe: viento y nada. ¿En qué quedaron sus amenazas e «insolencias»? En un sonido de flautas. ¿Qué fue de los «labios mentirosos»? Quedaron enmudecidos (v. 19).

A medianoche, la tierra está cubierta de tinieblas. Llega la alborada y desaparecen las tinieblas. ¿Dónde se ocultaron? En ninguna parte. Al salir el sol, «se descubrió» que las tinieblas no eran tales, sino vacío y mentira. No de otro modo, al brillar el sol en los abismos del hombre, se comprueba que el miedo y sus «hijos» naturales no eran sino entes subjetivos, carentes de fundamento real. El Señor nos ha librado verdaderamente de nuestros enemigos.

Los versículos 20-23 describen admirablemente, y aun analíticamente, y con una inspiración de real jerarquía, esta gesta de liberación. Vienen a decir que no faltarán las conjuras humanas, las flechas envenenadas, las lenguas viperinas (v. 21). Pero a «los que a ti se acogen» (v. 20) «los escondes en el asilo de tu presencia» (v. 21). Expresión altamente preciosa, y analíticamente precisa.

Quiero decir que, para quienes se dejan envolver vivamente por la presencia divina, esa presencia se transformará en refugio y abrigo (un abrigo anti-balas); para quienes se acogen a El, Dios será una presencia inmunizadora. Lloverán las flechas, pero se estrellarán contra el abrigo de quien ha confiado, y ni siquiera rozarán su piel: está inmunizado por la Presencia envolvente; Dios mismo es quien lo envuelve y lo cubre, haciéndolo insensible a los dardos. El Padre no evitará que los miserables completen y disparen sus flechas, pero tampoco permitirá que quien «se acoge a El» sea herido. Por eso, el salmista ya no se inquieta más, porque está refugiado en Dios como en una «ciudadela impenetrable» (v. 23).

*****

En los versículos finales, el salmista avanza jubilosamente, de victoria en victoria, hasta clavar en la cumbre más prominente este enorme grito de esperanza: «Sed fuertes y valientes los que esperáis en el Señor» (v. 25).

Los que se saltaron sus estrechos márgenes y abandonaron sus oscuras concavidades, y, en alas de la fe, remontaron el vuelo hacia los «espacios» abiertos de Dios, y confiando en El, le entregaron las llaves de sus propias moradas, todos éstos participarán de la libertad, fortaleza y audacia de Dios.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 9,1-6 . Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos
Predicar la conversión, expulsar toda clase de demonios y curar a los enfermos son las tres tareas del discípulo misionero (v 1ss). Son las mismas cosas que hizo Jesús. Las consignas de Jesús son tres. En primer lugar, una orden: el misionero ha de llevar sólo lo estrictamente indispensable, nada más (v. 3). Se trata de una invitación a la pobreza entendida como libertad (dejar todo para seguirle) y fe (el mismo Señor proveerá a sus discípulos). Viene, a continuación, una norma de sentido común: el discípulo itinerante no ha de ir de una casa a otra; ha de elegir una casa digna y hospitalaria, y quedarse en ella el tiempo necesario (v. 4). Por último, una sugerencia sobre cómo comportarse en caso de rechazo.

El rechazo, en efecto, está previsto: al discípulo se le ha confiado una tarea, pero no se le garantiza el éxito. Frente al rechazo ha de comportarse como Jesús: si lo rechazan en un sitio ha de irse a otra parte (v. 5). «Sacudirse el polvo» es un gesto de juicio, no de maldición: pretende subrayar la gravedad del rechazo, la ocasión malgastada.

Afortunados los Doce, que tenían «poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar las enfermedades». ¿Y cómo es que nosotros carecemos de poder y de autoridad? ¿Puede deberse a que llevamos con nosotros muchas cosas? ¿No irá ligada la entrega de tu poder, Señor, a la ausencia de todas esas muchas cosas en las que nos apoyamos? ¿Pero es que acaso no son necesarias estas cosas? ¿Hasta dónde llega la confianza en Dios y empieza el compromiso personal? Se trata de cuestiones que nos dejan pensativos y que parecen sin respuesta, salvo la venida de una oleada suplementaria del Espíritu Santo.

Una cosa es segura: el oficio de apóstol no es en absoluto fácil, expuesto como está a todos los vientos de las modas y a todas las tentaciones. Si carecemos de poderes, resulta fácil crearnos algunos suplementarios y refugiarnos en sucedáneos. Si la acción apostólica es «poderosa», resulta fácil autocomplacerse, como si todo procediera de nosotros.

No es fácil ser siervo y nada más que siervo. No es fácil no deprimirse con los fracasos y no exaltarse con los éxitos. Tal vez resida la debilidad en un arraigado individualismo, por el que sólo lo que hago yo está bien y sólo lo que pienso yo es justo. ¿Y si contáramos con una comunidad con la que confrontarnos, con la que crecer para apoyarnos, con la que valorar el carácter evangélico de nuestra acción, no de una manera abstracta, sino en el orden concreto de la vida cotidiana?

Reflexión segunda del Santo Evangelio Lucas 9,1-6 . Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos
Es curioso notar que Lucas relata "dos veces" unas consignas de "misión" casi equivalentes:

- aquí van dirigidas a los "Doce" (Lucas 9, 1-6).

- en el capítulo siguiente van dirigidas a los "Setenta y dos" (Lucas 10, 1-12).

Papa, obispos, sacerdotes, laicos... son "enviados" a la misión. Todos reciben las mismas consignas de "pobreza":

- a los Doce, se les dice: "No toméis ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto."

- a los Setenta y dos, se les dice: "No llevéis ni dinero ni alforja, ni sandalias..."

-Habiendo convocado Jesús a los doce les dio poder y autoridad para:

1º Expulsar todos los demonios y curar las enfermedades...

2º Proclamar el reino de Dios...

Se pusieron pues en camino y fueron de aldea en aldea,

1º Anunciando la "buena noticia"...

2º Curando en todas partes...

La "misión" se resume pues en dos puntos precisos: uno es una palabra, una proclamación... otro es un acto propiamente dicho, una curación. Esos dos aspectos de la evange1ización se hacen a la vez. No hay anterioridad del uno respecto al otro. En la misma página Lucas los cita en un orden distinto.

El misionero no puede contentarse con sólo "palabras", son necesarios "actos" concretos que muestren a los hombres que éstos contribuyen a liberarlos de la impronta del mal: expulsar los demonios, curar al hombre, liberar...

Pero el misionero no puede tampoco contentarse con sólo "actos", es preciso que sus palabras expliciten lo que hace: decir que el reino de Dios está actuando allí, proclamar el evangelio...

En una época reciente se ha desconfiado de un apostolado que parecía publicitario y se ha insistido en que el discurso, la predicación, eran menos importantes, para revelar a Jesucristo, que un cierto estilo de vida. En este sentido "toda la vida del cristiano" ha de ser evangelizadora. Pero, de ningún modo se debería llegar a que unos cristianos no afirmasen jamás explícitamente su fe en Jesucristo. ¿Soy misionero? ¿Lucho contra el mal? ¿Anuncio a Jesucristo salvador, con mis obras y con mi palabra?

-Jesús les dijo: "No toméis nada para el camino: Ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde os alojéis, hasta que os vayáis de aquel lugar." La Iglesia primitiva cuidaba mucho de mantener ese ideal de pobreza real. La pobreza era para ella un signo del Reino. (Lucas 6, 2O; 14, 25-33; 16, 19-31; 18, 18-3O).

Cada vez que, de alguna manera, nos encontramos con esa exigencia evangélica, ésta debe interrogarnos; pues somos muy propensos a olvidarla y a instalarnos en el confort y el bienestar... con el riesgo tremendo de contentarnos con esos bienes materiales y nos falte la disponibilidad.

-Y en caso de que no os reciban al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos.

Ese "rechazo" a recibir a los apóstoles se convierte en un "juicio" temible.

Notemos, una vez más, que son los hombres mismos los que se condenan con su rechazo.

¡Señor, ten piedad de nosotros: si a menudo no atendemos las llamadas de tu gracia!

Reflexión tercera del Santo Evangelio Lucas 9,1-6 . Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos
Lc 9, 1-6: Envío de los doce

La misión de los doce reproduce algunos de los rasgos de la misión de Jesús. Lo primero es hablar con autoridad y no como lo hacían los escribas. Esto quería decir que el anuncio de los apóstoles estaba respaldado por el testimonio. Muchas veces, una acción significativa en favor de los marginados era la primera palabra para el anuncio del evangelio.

Lo segundo, era una lucha radical contra el demonio. No se trataba únicamente de expulsar las ideas funestas y opresoras que se habían apoderado de las personas débiles. Esta lucha incluía un compromiso del grupo apostólico para que la violencia no se convirtiera en fanatismo destructor. Lo otro, era una función terapéutica y reconstructiva. Ellos debían restablecer los verdaderos fundamentos de una relación sana con el prójimo y con Dios. Debían animar a las personas para que rompieran con la cadena de la explotación y para que vieran a Dios como un Padre amoroso y no como un eterno castigador.

El anuncio del Reino de Dios con estas exigencias, era reforzado por algunos gestos que demostraban la autenticidad de la opción. Por una parte, como no era un viaje de negocios se debía prescindir de las excesivas seguridades. Por otra, como no era una campaña publicitaria se debía hacer con los medio más modestos, aquellos de los que disponían los pobres.

Hoy, Jesús continúa enviando a la comunidad cristiana para que anuncie el Reino. La comunidad debe tomar este anuncio como algo de lo cual depende su vida, pero debe, a la vez, recurrir a los medios adecuados. La evangelización no se puede realizar con perfiles de campaña publicitaria. Si el evangelio se anuncia a los pobres, se deben buscar los medios adecuados, de modo que los evangelizados se sientan parte de una comunidad viva que practica las exigencias de Jesús y no de una multinacional que los apabulla con cantos extranjeros, arengas y mucho despliegue publicitario.

La narración bíblica de la creación nos presentaba el ideal de armonía entre el hombre y las cosas: todas las pone Dios a su disposición; le encarga que domine la tierra. Por desgracia la relación entre hombre y mundo está frecuentemente alterada por el pecado. La Biblia habla del rico inconsciente, o explotador y sin entrañas; y Jesús pone en guardia frente a la avidez de dinero y riquezas. Él sabe gozar de la vida, contempla la belleza del mundo, asiste a banquetes, y hasta le tildan de glotón y borracho. Pero sabe también que ese gozo requiere medida, y que las cosas no tienen categoría para llenar el corazón humano y sus aspiraciones más nobles; el que así piense es un ciego, el rico insensato que está a punto de experimentar la inconsistencia de aquello en lo que confió. Por ello el sabio pide "no me des riqueza".

Pero Jesús, que también alerta ante las riquezas, no canoniza ningún tipo de miseria, no quiere el sufrimiento humano. Su "bienaventurados los pobres" debe de tener en él un complemento: bienaventurados porque van a dejar de serlo. Llega el Reino de Dios, que implica la supresión de las situaciones inhumanas.

La experiencia cotidiana demuestra que la miseria económica suele causar miseria cultural y moral; las situaciones negativas límite ponen al hombre a nivel de los instintos más primarios: agresividad incontrolada, pérdida de principios éticos, y no rara vez, blasfemia contra el Dios del que alguna vez se fió. El seguidor de Jesús, necesariamente amigo del hombre, no puede cruzarse de brazos ni cerrar la boca ante la miseria deshumanizante que sufren muchos de sus hermanos. La pobreza es un mal.

El Reino de Dios anunciado por Jesús no consiste en la "salvación de las almas", de que hablaban los predicadores decimonónicos. Y sus colaboradores, los apóstoles, no podrán ceñirse al anuncio abstracto del Reino de Dios que llega: son enviados a aliviar el dolor, a liberar de los demonios flageladores; y cumplen el encargo del Maestro.

Las instrucciones que Jesús da a sus enviados son llamativas; se las ha designado como espartanas. Pero Jesús no los quiere primariamente estoicos, sino parábola viviente del mensaje que anuncian: quienes hablan del Dios providente, padre bueno, no deberán ir cargados de provisiones; los heraldos de la paz mesiánica no irán provistos de bastón para hacer frente a eventuales agresores, sino dispuestos a ofrecer la otra mejilla. El auténtico evangelizador lleva el mensaje "incorporado".

Reflexión cuarta del Santo Evangelio Lucas 9,1-6 . Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos
LA MISION EMPIEZA A MEDIO GAS

La misión de los Doce va precedida de una convocatoria en la que Jesús les dio «fuerza y potestad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades» (9,1). Esta puntualización es muy importante, de otra manera no se comprenderá, al final de la estructura, que Jesús vitupere a todos en general, incluidos los discípulos, de «generación incrédula y pervertida», después que éstos no han sido capaces de expulsar el demonio del niño epiléptico (9,39-41). La «fuerza» les ha sido concedida para que curen los enfermos (véase el caso de la hemorroísa [8,46] y las curaciones de 6,19 y 5,17); el «poder/potestad», para que expulsen toda clase de demonios (cf. 4,36; 10,19).

La misión ha de consistir en la proclamación del reino de Dios avalada por las curaciones para las que les ha conferido fuerza y potestad. «Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos» (9,2). En las recomendaciones se les indica con toda claridad que el campo de misión son «las casas» (v. 4) y «los pueblos» (v. 5).

La realización de la misión no alcanza ni de lejos los hitos que Jesús les había señalado. Lucas puntualiza que «fueron de aldea en aldea» (9,6a). La «aldea», a diferencia de «pueblo/ciudad», connota un ambiente popular en el que predomina una determinada ideología (judía, samaritana), especialmente cuando va articulada (9,6.12; 19,30; 24,28) o acompañada del adjetivo indefinido (10,38; 17,12), y evidentemente cuando va expresamente calificada (5,17; 9,52.56; 19,30; 24,13; Hch 8,25). No así en las enumeraciones distributivas (Lc 8,1; 13,22). Los Doce, según esto, van a los reductos donde domina la ideología nacionalista fanática. Por eso, a su regreso, Jesús se retirará con ellos «a una ciudad llamada Betsaida» (9,10b), con el fin de hacerlos reflexionar, como veremos en seguida. Por lo que hace a las curaciones, se dice que iban «curando en todas partes», pero no que hayan expulsado ninguna clase de demonios. Más adelante veremos que son incapaces de liberar a nadie.

En lo que respecta, finalmente, a la proclamación del reino de Dios, se comprueba que «anunciaban la buena noticia», sin otra precisión. Para hacer un balance fundado de la misión de los Doce, sería necesario contrastarla con la misión de los Setenta, donde se afirma expresamente que los demonios se les sometieron y se nos informa a posteriori que Jesús les había dado «potestad... sobre todo el ejército del enemigo» (cf. 10,17-20).

La fe y, por consiguiente la realización de nuestra misión como cristianos, no puede prescindir de las mediaciones gracias a las cuales tuvimos un acceso al conocimiento de Jesús. Ella, a veces, está ligada en nuestra historia personal a la transmisión que se realiza en el seno de nuestra familia y , siempre, a la existencia de una comunidad creyente en que hemos experimentado concretamente el significado del mensaje de Jesús.

De allí la importancia de que la actividad misionera de cada persona no sea un hecho aislado sino que esté en conexión y sea continuación de la acción de otros testigos para que realmente pueda prolongar a lo largo del tiempo la actuación de Jesús.

De esta forma la misión sólo puede ser entendida como sucesión de la misión de Jesús a través de los testigos calificados surgidos a lo largo del tiempo. De allí surge una segunda exigencia: ella no puede encontrar su realización en formas y metodologías distintas de las propuestas por Jesús a sus primeros acompañantes. Debe asumir, por tanto, las características del desprendimiento e itinerancia necesarios para lograr su objetivo.

La radicalidad del desprendimiento que Lucas tan fuertemente señala nos debe llevar a una revisión de nuestras prácticas, muchas veces ligadas a apoyos procedentes de poderes económicos o políticos. La Buena Noticia puede desencadenar toda su fuerza solamente si está sostenida en el cumplimiento del mandato de Jesús y en los poderes que éste transmite para poder vencer la presencia del mal en la existencia de los hombres.

Elevación Espiritual para este día. 

Para demostrar que no es la sabiduría humana, sino su propio poder el que convierte al mundo, eligió Dios como predicadores suyos a hombres incultos, y lo mismo ha hecho en Inglaterra, realizando obras grandes por medio de instrumentos débiles. Ante este don divino hay, hermano carísimo, mucho de qué alegrarse y mucho de qué temer.

Sé bien que el Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esta gente que ha querido hacerse suya. Por ello, es preciso que este don del cielo sea para ti al mismo tiempo causa de gozo en el temor y de temor en el gozo. De gozo, ciertamente, pues ves cómo el alma de los ingleses es atraída a la gracia interior por obra de los milagros exteriores; de temor, también, para que tu debilidad no caiga en el orgullo al ver los milagros que se producen, y no vaya a suceder que, mientras se te rinde un honor externo, la vanagloría te pierda en tu interior.

Reflexión Espiritual para el día. 
Aquí reside el misterio del ministerio: que precisamente nosotros, que somos pecadores, enfermos, vulnerables, necesitados de que se interesen por nosotros, precisamente nosotros, hemos sido elegidos para transmitir, mediante ese amor nuestro tan limitado y condicionado, el amor ilimitado e incondicionado de Dios. Porque el verdadero ministerio debe ser recíproco. Cuando los miembros de una comunidad de fe no pueden conocer y amar de verdad a su pastor, el oficio mismo de pastor se convierte muy pronto en un modo solapado de ejercer el poder sobre los otros, y empieza a manifestarse autoritario y dictatorial.

El mundo en el que vivimos —un mundo de eficiencia y control— no tiene ningún modelo que ofrecer a quien desee hacer de pastor como lo hizo Jesús. Hasta las llamadas «profesiones asistenciales» se han visto secularizadas de un modo tan radical que la reciprocidad sólo puede ser considerada como una debilidad y una forma de confusión de roles. El liderato del que habla Jesús es de una modalidad radicalmente diferente de la que ofrece el mundo. Es un liderato de servicio, en el que el líder es un siervo vulnerable, que necesita a los otros no menos de lo que los otros le necesitan a él. Por consiguiente, en la Iglesia de mañana, habrá necesidad de un tipo completamente nuevo de liderato, no modelado sobre los juegos de poder, sino sobre Jesús, líder-siervo venido a dar a vida por la salvación de muchos.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: Concédeme mi ración de pan” 
Los últimos pensamientos que leemos del Libro de los Proverbios se basan también en el valor de la Palabra de Dios, que es nuestro mejor tesoro y escudo. Son muy breves pero muy densas las dos peticiones que el sabio le ha hecho a Dios:
- que aleje de él toda falsedad y mentira,

- que no le dé ni riqueza ni pobreza, sino "mi ración de pan".

La motivación es muy buena: si tiene demasiados bienes, se olvidará de Dios; si está en la miseria, tendrá la tentación de maldecir a Dios y empezar a robar. ¡Cuántas veces volvemos nosotros a la escuela de la Palabra de Dios! Puede que sus páginas no nos resulten cada día especialmente conmovedoras o estimulantes. Pero esa Palabra es la que, escuchada y obedecida día tras día, nos va conduciendo en la vida y va conformando nuestra mentalidad a la de Dios. En verdad la Palabra es nuestro tesoro y nuestro escudo, para no dejarnos manipular por otras palabras que nos llegan al cabo del día.

Haremos bien en escuchar el último consejo: ni buscar demasiadas riquezas, ni tampoco desear la miseria. Relativizar los bienes que la vida nos quiera dar, y que nos quede la libertad interior para hacer el caso que merece el valor mayor, Dios. Todo el salmo 118 -que ya rezábamos ayer- es una oración poética que nos debería ir inculcando serenidad, sensatez, confianza. Digámoslo hoy, por ejemplo después de la comunión, personalmente: "apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad... tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo...". Por si acaso tenemos experiencia que nuestros pies pueden tropezar a lo largo del día, digamos con fe: "lámpara, Señor, es tu palabra para mis pasos". +

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