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12 de febrero de 2012

LECTURAS DEL DÍA 12-02-2012

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. 12 de Febrero 2012. 2º semana del Salterio. (Ciclo B).  TIEMPO ORDINARIO. COLECTA DE LA CAMPAÑADE MANOS UNIDAS CONTRSA EL HAMBRE (Manos Unidas). MES DEDICADO A LA SANTÍSIMA TRINIDAD. SS. Eulalia de Barcelona vg mr, Mártires de Abitinia. Beata Umbelina ab. Santoral Latinoamericano. SS. Eulalia , Pamela


LITURGIA DE LA PALABRA. 

Lev 13, 1-2. 44-46: “El leproso tendrá su morada fuera del campamento” 
Sal 31: “Tú eres mi refugio”. 
1Corintios 10, 31-11, 1: “Sigan mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo” 
Mc 1, 40-45: La lepra se le quitó, y quedó limpio 

Jesús, en medio de sus correrías misioneras se encuentra con un leproso, un hombre arriesgado, que se atreve a romper una norma que lo obligaba a permanecer alejado de la ciudad. Esta norma es la que nos recuerda la primera lectura, del Levítico. El la tradición judía la enfermedad era interpretada como una maldición divina, un castigo, una consecuencia del pecado de la persona enferma, o de su familia. La lepra común, por su contagio, estaba regulada por una rígida normativa que excluía a la persona afectada de la vida social, para evitar el contagio. (Ha durado muchos siglos la falsa creencia de que la lepra fuese tan fácilmente contagiable). Los sacerdotes tenían la función de examinar las llagas del enfermo, y en caso de diagnosticarlas efectivamente como síntomas de la presencia de lepra, la persona era declarada impura, con lo que resultaba condenada a salir de la población, a comenzar a vivir en soledad, a malvivir indignamente, gritando por los caminos «¡impuro, impuro!» para evitar encontrarse con personas sanas a las que poder contagiar. En realidad, todo el sistema normativo religioso generaba una permanente exclusión de las personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad. 

Este hombre, seguramente cansado de su condición, se acerca a Jesús y se arrodilla, poniendo en él toda su confianza: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús, se compadece y le toca, rompiendo no sólo una costumbre, sino una norma religiosa sumamente rígida. Jesús se salta la ley que margina y excluye a la persona. Jesús pone a la persona por encima de la ley, incluso de la ley religiosa. La religión de Jesús no está contra la vida, sino, al contrario: pone en el centro la vida de las personas. 

Jesús, le pide silencio (es el conocido tema del «secreto mesiánico», que todavía hoy resulta un tanto misterioso), y le envía al sacerdote como signo de su reinclusión en la dinámica social, «para que sirva de testimonio», de que Dios desea y puede actuar aun por encima de las normas, recuperando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas. Pero este hombre no hace caso de tal secreto, rompe el silencio, y se pone a pregonar con entusiasmo su experiencia de liberación. No parece servirse de la mediación del sacerdote o de la institución del templo, sino que se autoincluye y toma la decisión autónoma de divulgar la Buena Noticia. Esto hace que Jesús no pueda ya presentarse en público en las ciudades sino en los lugares apartados, pues al asumir la causa de los excluidos, Jesús se convierte en un excluido más. Sin embargo, allí a las afueras, está brotando la nueva vida y quienes logran descubrirlo van también allí a buscar a Jesús. 

Es una página recurrente en los evangelios: Jesús cura, sana a los enfermos. No sólo predica, sino que cura. Palabra y hechos. Anuncio y construcción. Teoría y praxis. Liberación integral: espiritual y corporal. Y ésa es su religión: el amor, el amor liberador, está por encima de toda ley. La ley consiste precisamente en amar y liberar, por encima de todo. 

PRIMERA LECTURA. 
Levítico 13, 1-2. 44-46. 
El leproso tendrá su morada fuera del campamento. 

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "¡Impuro, impuro!" Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento." 

Palabra de Dios. 

Salmo responsorial: 31. 
R/. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación. 

Dichoso el que está absuelto de su culpa,  a quien le han sepultado su pecado;  dichoso el hombre a quien el Señor  no le apunta el delito. R. 

Había pecado, lo reconocí,  no te encubrí mi delito;  propuse: "Confesaré al Señor mi culpa"  y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R. 

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;  aclamadlo, los de corazón sincero. R. 

SEGUNDA LECTURA. 
1Corintios 10, 31-11, 1. 
Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. 

Hermanos: Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. 

Palabra de Dios

SANTO EVANGELIO. 
Marcos 1, 40-45. 
La lepra se le quitó, y quedó limpio. 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme." Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Quiero: queda limpio." La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: "No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés." Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes. 

Palabra del Señor.





Reflexión de la Primera lectura: Levítico 13, 1-2. 44-46. “El leproso tendrá su morada fuera del campamento” 

Contexto: -Capítulo encuadrado dentro del Código de Pureza Ritual (caps. 11-15). El hombre se preocupa del prójimo diagnosticando y previniendo contagios para defensa de la comunidad religiosa. 

-El Evangelio de hoy habla de la curación de un leproso. Este debe de ser el motivo de poner estos versículos como primera lectura de hoy, pero la elección no es muy afortunada, ya que Lv. 13 no trata de la lepra, sino de enfermedades de la piel (los antiguos conocían la enfermedad de Hansen, pero los síntomas descritos en los vs. 2-44 no se refieren a ella). 

Texto: -Las cláusulas condicionales introducen los síntomas de la enfermedad. Se ignoran las causas del mal, y para diagnosticar el sacerdote se fija en los síntomas externos y en su repetición. 

Oficio del sacerdote no es poner los remedios médicos oportunos, sino pronunciar el veredicto sobre lo puro y lo impuro y, en consecuencia, aplicar las medidas cúlticas oportunas: aislamiento o incomunicación total. 

-Todas las medidas tomadas por los sacerdotes tenían una finalidad de tipo higiénico: evitar el contagio; pero la finalidad más importante era de tipo cúltico, ya que las afecciones descritas deforman la presencia externa del hombre. La no integridad física los hacía incompetentes para el culto. La persona declarada impura (vs. 45 ss.) era alejada de la comunidad. El pueblo, propiedad de Dios, es santo y la impureza atenta contra esa santidad (cfr. 11, 44ss). Andará harapiento y despeinado (signos clásicos de luto), con la cara embozada (¿para no ser reconocido por los misteriosos poderes que revolotean a su alrededor?, cfr. Ez. 24, 17-22). El grito de "impuro" sirve de aviso para que los otros miembros de la comunidad no se le acerquen. Vivirá solo hasta que sea declarado puro por el sacerdote. 

Reflexiones: -El cristiano no puede entender este texto. Y el cristiano tampoco podía entender aquellos cánones del antiguo Código de Derecho Canónico -en uso hasta hace muy pocos días- que hablaban de los defectos corporales que inhabilitaban para ser ministros del culto. Con estas perspectivas no resulta chocante que un ilustre profesor de esa materia escribiera al final de su Código: "Iesus autem tacebat.". 

-Estos versículos del Levítico debemos leerlos siempre a la luz del Evangelio cuando nos dice que no es lo que viene de fuera lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca y del corazón (Mt. 15, 10-20): "...porque del corazón salen las malas ideas: los homicidios, los adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias. Eso es lo que mancha al hombre; comer sin lavarse las manos, no". Y en la Iglesia, ¿qué es lo que contamina al cristiano? Ustedes lo dirán. 

En los capítulos 13 y 14 del Levítico tenemos codificado lo referente a la "impureza" ocasionada por la lepra. En todas las religiones primitivas se abordan temas semejantes acerca de la pureza e impureza y se legisla abundantemente sobre este particular. La legislación bíblica sobre lo puro y lo impuro toma muchos rasgos del mundo circundante y no está exenta de algunos tabúes ancestrales. Notemos, en primer lugar, que los conceptos de "puro" e "impuro" se definen en relación al culto y, de suyo, no tienen nada que ver con la virtud moral de la pureza y con el vicio opuesto de la lujuria. Se llamaba puro a cuanto se declaraba conveniente a la santidad de Dios y al culto divino y, por extensión, al templo, a los sacerdotes y a toda la comunidad cultual; el resto se declaraba impuro y debía mantenerse alejado de lo puro por inconveniente e incompatible. Con frecuencia se consideraba impuro lo que constituía un peligro para la salud pública, p. e. la lepra; pero, sobre todo, lo que podría ser vehículo de contaminación religiosa con los cultos idolátricos. De esta manera, la legislación sobre la pureza cultual, a la vez que recordaba constantemente a los fieles que Yavé es el enteramente otro, funcionaba como un sistema de defensa para la salud espiritual y corporal de la comunidad santa, del pueblo elegido y separado por Yavé para su servicio. Cuantos habían incurrido en impureza bien sea por contacto físico con lo impuro, o por otras causas, debían someterse a unos ritos de purificación antes de integrarse a la comunidad santa y participar en el culto. 

Mas tarde, los profetas hablarían de la pureza de corazón aludiendo a un comportamiento moral por encima del simple comportamiento ritual, pues lo que desea Yavé no son sacrificios y holocaustos, sino que corra la justicia como un río (Am 5, 21-24; Is 1, 11-20; Jer 7, 21-23, etc). Jesús, que enseñó que el amor es la plenitud de la ley, criticaría duramente el comportamiento de sacerdotes y levitas, más atentos a la pureza cultual que a las necesidades del prójimo (recuérdese, por ejemplo, la parábola del buen samaritano). La lepra de la que habla el Levítico comprende muchas más enfermedades aparte de la que hoy denominados con esta palabra. 

No sólo es lepra en sentido bíblico cualquier enfermedad de la piel, sino incluso el deterioro que padecen los vestidos y hasta los muros de las casas. Y en principio, cualquier enfermedad que se manifestaba ostensiblemente en el cuerpo constituía una impureza que incapacitaba legalmente a los pacientes para tomar parte legalmente en el culto. Los sacerdotes no trataban terapéuticamente la lepra y se limitaban a declarar impuros a los leprosos, así como a purificarlos ritualmente en el caso de una supuesta curación (14, 31). 

Los leprosos tenían que habitar fuera de las ciudades y vivir al margen de la comunidad, llevaban barba tapada y se vestían de andrajos, avisaban de su presencia a cuantos sanos y "puros" se les acercaban... Estas medidas eran necesarias para evitar que la comunidad santa o "pura" se contaminase de impureza y se hiciera inhábil para el culto. 

La marginación de los leprosos y su reintegración, una vez curados, a la comunidad, constituía un proceso semejante al que ya en Israel, más tarde en la iglesia, se sometía a los penitentes. Aunque una cosa es la enfermedad y la impureza cultual y otra distinta el pecado y la impureza del corazón, se veía entre ambas realidades una cierta conexión. No sólo se creía que las enfermedades eran con frecuencia una secuela del pecado, sino que la misma enfermedad se interpretaba como un mal objetivo en tanto se oponía al poder vivificante del Dios de Israel. Por eso se anunciaba como una de las grandes señales mesiánicas la curación de los leprosos, que debía ser la señal de una purificación del corazón. 

Reflexión de Salmo 31: “Tú eres mi refugio”. 

El salmista inicia su oración con estas palabras: 
“¡Dichoso el que está absuelto de su culpa, cuyo pecado ha sido sepultado!” Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta ningún delito». 

Nuestro hombre orante está pasando por una experiencia íntima de Dios. Sabe que es pecador, que muchas obras de sus manos, aun pareciendo justas, no dejan de ser tendenciosas y que el mal, de una forma o de otra, impregna sus buenos actos. Pero se siente absuelto y perdonado por Dios fundamentalmente por esta causa: «Te confesé mi pecado, no te encubrí mi delito. Yo dije: ¡confesaré mi culpa al Señor! Y me absolviste de mi delito, perdonaste mi pecado». 

Esta experiencia del salmista es base fundamental en la espiritualidad cristiana. Dios juzga al hombre por medio de la palabra que es luz en el corazón, allí donde residen las últimas intenciones de todo obrar humano, allí donde el pecado original marca con su sello nuestro decidir y actuar. El hombre que se deja iluminar por la palabra en el fondo de su ser, puesto que esta es luz que alumbra las tinieblas, queda iluminado, curado, absuelto. 

Hay muchos ejemplos de esta realidad en los Evangelios, y vamos a centrarnos en uno que parece muy significativo. Jesús hace una predicación asombrosa ante la muchedumbre en lo que llamamos el Sermón de la Montaña, que son los capítulos cinco, seis y siete de Mateo. En esa predicación, Jesús va arrojando luz sobre la religión farisaica y pietista del pueblo de Israel, iluminando el corazón de los oyentes. Veamos por ejemplo un texto: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener?, ¿no hacen eso mismo también los publicanos?» 
(Mt 5,43-46). 

Terminado el Sermón de la Montaña, nos dice el Evangelio que un hombre leproso se acercó, se postró ante él y le dijo: «Señor, si quieres puedes limpiarme» (Mt 8,2). Este hombre, que era leproso, evidentemente no podía estar con la muchedumbre, puesto que las leyes rituales de Israel prohibían a los leprosos todo contacto humano, ya que se consideraba la lepra como impureza. 

Es evidente que estamos ante un milagro simbólico. «El leproso», al escuchar el Sermón de la Montaña, dejó entrar la luz hasta su corazón y, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que era impuro; por eso se acerca a Jesús para que limpie su impureza, que es lo mismo que hemos escuchado antes en el salmista: «Y me absolviste de mi delito, perdonaste mi pecado». 

Vemos entonces el perdón de Dios como una consecuencia del amor del hombre por la Verdad, de su búsqueda incansable de la luz para que sus obras sean hechas según Dios. De hecho, una denuncia que hace Jesús al pueblo de Israel es este rechazo de la luz para que sus obras no queden en evidencia. «El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz...» (Jn3, 19-21). 

Jesucristo nos dirá el porqué las obras de los escribas y fariseos están viciadas en su raíz por más que aparentemente sean buenas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias —pequeños estuches donde guardaban la Ley— y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes...» (Mt 23,5-7). 

Juan nos cuenta la curación de un ciego de nacimiento, y nos dice que el rechazo a este milagro de los dirigentes religiosos de Jerusalén fue total; y ello porque Jesús le había curado en sábado, transgrediendo así la ley. Terminan expulsando al buen hombre de la sinagoga. Jesús le acoge y dice: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven vean; y los que ven se vuelvan ciegos. Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: 
¿es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: si fuerais ciegos no tendríais pecado; pero como decís:vemos, vuestro pecado permanece» Un 9,39-41). 

Reflexión de la Segunda lectura: Corintios 10, 31-11, 1: “Sigan mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo” 

Al igual que hará en 1 Cor. 11, 23-29, Pablo no se preocupa tanto por defender la sacramentalidad de la Eucaristía, que sus corresponsales no ponen en duda, al parecer (cf. v. 16, que supone una respuesta afirmativa por su parte), como por subrayar las repercusiones de la Eucaristía en el "Cuerpo" de Cristo, constituido por la asamblea y la Iglesia. 

* * * * 

a) Una de las ideas fundamentales de Pablo es la unidad de cada uno con Cristo realizada por la Eucaristía. La sangre es la alianza, es decir, la vida común entre Dios y el hombre (1 Cor. 11, 25; cf. Ex. 24, 3-8). Por tanto, el pan y el vino son comunión (Koinónía: puesta en común) con Dios (v. 16) y esta palabra "comunión", entendida en este sentido, sustituye a la palabra "alianza" del Antiguo Testamento (cf. v. 18) y se opone a la pretendida unión que el pagano cree poder realizar con las seudodivinidades mediante los sacrificios idolátricos (cf. v. 20). 

b) Y esa unidad de cada uno con Cristo realiza la comunión de cada uno y de todos. Esta comunión no es ni mucho menos una simple yuxtaposición de individualidades; es, por el contrario, orgánica: constituye un "cuerpo" (v. 17; cf. 1 Cor. 11,29) que es la Iglesia. La Eucaristía se nos presenta, pues, como el sacramento que edifica a la Iglesia en virtud de la bendición pronunciada sobre el pan y el vino de la alianza. 

c) Unidad con Dios, comunión con los hermanos, la Eucaristía es igualmente invitación a los no creyentes (vv. 31-33). Es un signo de la gloria de Dios frente al mundo; por eso es importante que se haga todo lo posible para que el signo aparezca claro, gracias a la unidad de los cristianos con Dios y entre sí, y también para que se muestre acogedor para con los demás y, consiguientemente, "todos para todos" (v. 33; cf. 1 Cor. 9, 22). 

* * * * 

El pan consagrado y conservado en un tabernáculo o en la asamblea eucarística de la más pequeña comunidad cristiana no agotan en sí mismos su misterio, ya que tanto el uno como la otra son generadores de Iglesia, generadores incluso de humanidad regeneradora en el Cuerpo del Nuevo Adán. Por localizados que estén, significan ese Cuerpo único de Cristo, cuyas dimensiones son universales y cósmicas, y le ayudan a edificarse, mediante la conversión de los corazones, en un amor y en una unidad mayores. 

Al final de la sección sobre la participación en las comidas sacrificadas a los ídolos y la conducta que Pablo recomienda sobre ello, hay un cierto resumen de los principios éticos aplicados. Son válidos no sólo para esa situación, sino para otras ocasiones. 

Naturalmente, el fundamento es procurar la gloria de Dios. Toda actividad humana ha de estar presidida por esa búsqueda. La gloria de Dios, sin embargo, no está sujeta ella misma a determinados procederes humanos, como si a Dios, por él mismo, le agradara más una cosa que otra. El determinante último de tal gloria, la forma de saber cuál es, está en los otros hombres. Por eso la atención y amor a los demás está inseparablemente unida a la gloria de Dios, que es el hombre vivo (San Ireneo). Es la forma de no equivocarse en esta búsqueda. Se han de buscar los modos de ejercitar ese amor y entrega a los demás, sin hipostatizar demasiado nuestras propias acciones y, además, con olvido de los propios intereses, aun los más legítimos. De no hacerlo así se corren dos peligros: pensar que la gloria de Dios está en otro sitio, donde realmente no está (vg. en la norma como tal), y, por otro lado, creerse que uno es bueno, que le aporta algo a Dios "porque le da gloria". 

El principio de no escandalizar, por otro lado, está sujeto a las limitaciones inevitables que el mismo Pablo afronta a lo largo del capítulo 10. A veces es imposible no hacerlo, como verosímilmente le ocurrió a él cuando escribía a la comunidad de Corinto, donde había débiles que leían su carta. Véanse los vs. 10, 25-30 a este respecto, imaginando que también los "débiles", de quienes se habla en ellos, los está oyendo. 

La imitación paulina no es presunción -aunque tampoco, por el hecho de ser muy santo, Pablo de Tarso haya de estar exento de todo defecto-, sino reproducción, o intento de hacerla, de la actitud de Jesús. Pero no superficial o materialmente, sino desde la profundidad del amor a los otros. 

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 1, 40-45: La lepra se le quitó, y quedó limpio 

El evangelista narra el relato de la curación del leproso por Jesús siguiendo un esquema sencillo: presentación del caso (v. 40); gesto de Jesús, que obra la curación (v. 41); constatación de que el milagro implorado por el enfermo se ha llevado a cabo (v. 42). La catequesis del texto resulta bastante sencilla: la curación del mal va ligada siempre a la fe de la persona del enfermo. Este debe tomar conciencia primero de su propia situación de impotencia y, en consecuencia, debe confiarse al poder del Señor. Todo es siempre don de Dios; la propia salvación, aunque requiere la colaboración humana, es obra de Dios, que actúa en virtud de la fe del hombre. 

El hecho de que se trate, además, de la curación de un leproso reviste un significado particular: la curación de la lepra era uno de los grandes signos esperados para los tiempos mesiánicos (cf Mt 11,5). Había llegado el tiempo de la venida del Mesías, en el que el hombre debía ser restituido por completo en su dignidad humana, en su integridad de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, Jesús, con el generoso gesto con el que toca y cura al enfermo, quiere enseñar asimismo que el leproso no es un maldito o alguien castigado por Dios, sino una criatura amada por su Señor. Y es que la verdadera lepra o impureza no es la física, sino la del corazón. Jesús no hace acepción de personas. Llama a todos indistintamente a su amor misericordioso, porque todos los hombres son hijos de Dios y dignos de salvación y de amor. 

Cristo se nos presenta en la curación del leproso como alguien que «rompe» y abate con autoridad todas las barreras que suponen un obstáculo para una encarnación de amor más completa y total. El término griego que emplea el evangelista invita a la meditación. Expresa una ternura, una compasión, una sensibilidad «materna» y «de mujeres»: la que siente la madre por su hijo. Las vibraciones del corazón de Cristo respecto a los dolores y las tribulaciones que afligen al hombre son «sentidas» hasta tal punto que se parecen más a las de la Mujer, que se hace víctima-esclava, sierva del Hijo sufre. Ninguna madre ha sufrido y se ha dejado implicar por el sufrimiento humano más profundamente 
que Jesús. 

Nos viene a la mente el célebre capítulo 53 de Isaías, donde describe el profeta —en una de sus páginas más sugestivas— al «abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento», que verdaderamente «llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sufrimientos» y nuestras angustias. De este modo, el dolor, «tocado» por Cristo, se ve —por así decirlo— un hecho «sacramental» y un acontecimiento de gracia: útil y santificador no sólo quien sufre, sino también para todo el cuerpo de la comunidad eclesial. Se convierte en acontecimiento salvación y de resurrección «personal-colectivo»: el “toque” de Cristo lo ha cargado de energía divina. 

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 1, 40-45. El contagio que salva. 

Jesús había iniciado su desplazamiento a Galilea llevando su mensaje de vida compuesto de palabras nuevas y de acciones prodigiosas. Se le acerca un leproso que expresa su estado de ánimo con el gesto de ponerse de rodillas y con palabras. El gesto manifiesta un gran respeto por Jesús, y las palabras denotan una fina sensibilidad, porque su oración de petición no tiene nada de pretensión. Un delicado como inusual «si quieres» lo remite todo a la soberana libertad del Maestro. 

Debemos señalar de inmediato el carácter excepcional de los gestos: el leproso se acerca y Jesús le toca. Se trata de infracciones a las reglas que una minuciosa casuística había elaborado y que podemos leerlas en los capítulos 13—14 del Levítico. El leproso no era un simple enfermo, sino un ser inmundo, el «primogénito de la muerte», como le define Job 18,13. Con la ropa desgarrada, el pelo greñudo y la barba oculta en señal de luto, debía gritar: «Inmundo, inmundo», a fin de mantener alejadas a las otras personas. Era el impuro por excelencia, y el manto de la impureza le cubría por completo en todas sus dimensiones: religiosas, sociales, personales. La ley, para limitar al máximo el contagio, dividía y segregaba; con el objetivo de preservar la vida, creaba condiciones de muerte. El leproso llevaba los signos del luto y, además de la pena de la enfermedad, debía sufrir la deshonra de la marginación. Estaba abandonado inexorablemente a su destino de muerte. 

Con este marco de referencia, parece muy extraño el comportamiento de Jesús. Extraño a los ojos de los hombres, incluso contrario a las leyes vigentes, pero no extraño para él, dada su capacidad de compasión. «Compadecido» expresa mucho más que un sentimiento instintivo de participación en el dolor del otro. El verbo griego remite a un amor materno (cf. Is 49,15), profundo. La acción de Jesús, que se acerca y toca al leproso, es un acto revolucionario que aproxima dos mundos hasta ahora en colisión. «Quiero, queda limpio» es la orden que hace saltar los mecanismos de exclusión. Jesús derriba muros seculares de división, suprime fronteras, desmonta los prejuicios y pone las bases para una nueva relación entre los hombres. Acerca a los alejados. Jesús, que es la Vida, le toca y vuelve a darle la vida. 

La alegría del receptor del milagro podría crear demora y dispersar el efecto de la curación. La comunicación al exterior podía retrasar el reconocimiento de su nuevo estado de salud. Los sacerdotes tenían la tarea de declarar la curación acontecida y, en consecuencia, readmitir al enfermo de otro tiempo en el consorcio de los hombres (cf. Lv 13,49). El segregado podía volver a entrar en la comunidad y «volver a ser hombre». Aquella certificación era importante para acreditar la condición de normalidad. Los sacerdotes, informados después de lo sucedido por el mismo interesado, habrían podido comprender que había comenzado el tiempo nuevo, porque Jesús estaba presente. 

Por otra parte, el silencio pedido al receptor del milagro tiene la función de evitar una propaganda que favorezca el acudir a Jesús sólo para obtener beneficios materiales. La idea del silencio, un poco utópica si pensamos en la alegría explosiva que pudo haber invadido el ánimo del antes leproso, permite comprender que Jesús desee un encuentro personal, porque quiere crear un contagio que salve y no sólo un contagio que cure. Para ser salvados, es preciso encontrarle personalmente y estar dispuestos a seguirle por el camino que él nos trace. Los entusiasmos fáciles son como fuego de paja destinado a apagarse enseguida. Por consiguiente, se recomienda el silencio que equivale a cautela, interiorización, participación directa y no «de oídas». 

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 1, 40-45. La soledad y la actividad a favor de los demás. 

Jesús aconseja a los suyos que no hagan las obras buenas delante de los hombres para no recibir como premio sólo la alabanza del mundo (Mt 6,1). Quizás por esto prohíbe al leproso curado divulgar el milagro; ciertamente esta prohibición no corresponde a la mentalidad de nuestro tiempo. Hoy una obra vale en la medida en que se habla de ella y hablan de ella sobre todo los periódicos o la televisión. También por esto se quejan, a veces, los católicos: los medios publican cada mínima cosa que hacen los no creyentes, y las obras de los creyentes no las conoce nadie. Dicen que los periodistas católicos deberían informar de todo el bien hecho por los cristianos. Sí, es una cosa buena, pero no se debe sobrevalorar. 

Los filósofos antiguos comparaban la alabanza humana a la sombra producida por un hombre que camina bajo el sol. La sombra es más o menos corta dependiendo de la inclinación del sol. Si es muy larga, quiere decir que la noche está cerca y que, pronto, el sol desaparecerá. El hombre sabio tiene cuidado de caminar por la vía justa, sin estar pendiente de la sombra, que cambia con el cambio de la luz. 

Jesús ya no podía entrar públicamente en una ciudad, se quedaba fuera, en lugares desiertos. En un tiempo como el nuestro, en el que todos buscan visibilidad, se conocen bien las desventajas de la publicidad. Quien se hace famoso deja de tener momentos de paz y de privacidad, no puede caminar por la calle sin que lo paren. Un médico famoso se hace defender por sus secretarias para no ser asaltado por las peticiones. 
Podemos imaginarnos lo difícil que sería para Jesús atravesar un lugar habitado, en el que la gente es, con frecuencia, entrometida e inoportuna. El evangelio relata que Jesús era asediado, las personas se acercaban a él e intentaban tocarlo (Mt 9,20-2 1). 

Y sin embargo, la fuga de Jesús a la soledad del desierto no era un gesto de impaciencia, sino más bien una indicación, una enseñanza a seguir. La soledad es una medicina que refuerza la relación con Dios. Sin esta medicina se hacen más frágiles, también, las relaciones con los hombres. Por tanto, la soledad es un complemento necesario para la vida de comunidad, Es difícil saber cuánta soledad necesita cada uno; depende de las disposiciones personales y de la vocación de cada uno. Pero el ejemplo de Cristo nos enseña que no debemos olvidar el uso sabio de este «medicamento». 

Y venían a él de todas partes. Si la soledad es útil para rezar, el contacto con los demás es necesario para realizar obras de caridad, de apostolado. De la soledad, Jesús volvía de nuevo a la gente, recorriendo toda Palestina. Al igual que Él, hacen los misioneros que van a países lejanos. Pero no siempre es necesario irse a países lejanos para ser misioneros. San Juan María Vianney era párroco en un pueblo francés perdido y, sin embargo, lo asediaba siempre una multitud, porque «no puede permanecer escondida una ciudad colocada en la cima de un monte» (Mt 5,14). 

Quien está unido a Dios adquiere un atractivo especial. Un profesor de teología dijo con altanería al santo ruso y monje sencillo Serafín de Sarov: « ¡Qué querrá de usted toda esta gente!». La respuesta de Serafín fue elocuente: «Amigo, consigue la paz y millones de hombres te buscarán». 

Los libros enseñan muchas cosas, las predicaciones edifican. Pero la paz de Dios puede comunicarla a los demás sólo quien la tiene en el corazón. 

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 1, 40-45. La soledad y la actividad a favor de los demás. 

Los tres sinópticos cuentan esta curación de un leproso. Parecen estar de acuerdo en hacer de él uno de los primeros milagros del Señor, haciéndole en cierto modo el encargado de poner de manifiesto la autoridad del joven rabino sobre el mal. También están de acuerdo en situar este milagro en Galilea. Lucas precisa incluso que "en una ciudad" (Lc. 5, 12 ), lo que es bastante improbable, dada la severa legislación de los judíos (Lev. 13, 45-46), que alejaba a los leprosos de los centros habitados. Por eso, Mt. 8, 5 corrige este detalle, situando el milagro a las puertas de la ciudad. 

Mateo asocia con este milagro la curación de un pagano y de una mujer (Mt. 8, 1-15) para presentar en Jesús al convocador de las categorías humanas privadas hasta entonces de toda un parte de ciudadanía en el pueblo elegido. Lucas, por su parte, se limita a ver en él uno de los primeros milagros del Señor, fuente de deslumbrada sorpresa por parte de la multitud (Lc. 5, 15). En cuanto a Marcos, hace igualmente de este milagro uno de los primeros del joven rabino. 

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El relato de la curación del leproso está, además, fuertemente cargado de indicios de la toma de conciencia, por parte de Cristo, de su poder de taumaturgo. 

Jesús empieza por sentir piedad ante el sufrimiento que encuentra a su paso. Es una lástima que Lucas no haya hecho mención de esos sentimientos, aludidos tan solo por Marcos (versículo 41). 

Esa "emoción" y esa "compasión" son importantes por cuanto en Cristo el amor poderoso y curativo de Dios pasa a través de esos sentimientos humanos. Cristo quiere humanamente la curación de los enfermos que encuentra a su paso, y en ese deseo no habría habido milagros. Por eso Cristo tiene conciencia de que el amor a sus hermanos es el canal del amor de Dios hacia los hombres. 

Por otro lado, Jesús es todavía novicio en el empleo de su carisma de taumaturgo. Hasta tiene un poco de miedo: presiona al enfermo curado para que guarde silencio (véase el tono extremadamente duro del v. 43, exclusivo de Marcos), y le insiste, sobre todo, en que no prescinda de los exámenes legales (Lev. 13-14). Finalmente, esquiva en lo posible la admiración de la multitud que podría entender mal sus milagros (v. 45). Se advertirá igualmente que Cristo no reclama la fe del peticionario, tal como hará más adelante en la mayoría de los casos. Está realmente descubriendo el poder divino que hay en él y busca las condiciones más apropiadas para ejercerlo. 

La mentalidad religiosa de los contemporáneos de Cristo asociaba el alma y el cuerpo en una unidad mayor aún que las mentalidad griega. De ahí se deducía que toda enfermedad física debía ser un reflejo y una consecuencia de una enfermedad moral. Con la novedad de la curación del Cuerpo, Cristo debió de tomar rápidamente conciencia de que inauguraba de hecho, con su predicación, los tiempos mesiánicos y la era de la consolación. 

Meses más tarde comprobará que su propia persona condiciona la venida del Reino y que la fe en su misión es la prenda de la curación y del perdón que ha venido a traer. 

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Tanto si nos fijamos en la primera curación como en las que realizó al final de su vida, advertiremos siempre que es el Hombre-Dios quien actúa. Estructurando su vida de hombre en torno a relacione de amor y de compasión hacia sus hermanos, y al mismo tiempo sobre la obediencia perfectamente filial a los designios de su Padre respecto a la creación. Jesús de Nazaret ha vencido al pecado, ha realizado el primer tipo de humanidad sin mal y, consiguiente, se ha convertido en la fuente concreta, única, a partir de la cual la humanidad está en condiciones de promover un auténtico porvenir para el hombre. 

Las curaciones de las enfermedades nos enseñan más sobre la persona de Jesús que sobre la enfermedad en sí, ya que no son más que un momento significativo de una curación que afecta a toda la creación en la vida y la persona de Cristo. 

Hoy todo lo relacionado con la curación es patrimonio de la ciencia y de la civilización y son muchas las maravillas que se realizan en este campo. El cristiano debe colaborar lo más posible en esta tarea, pero debe saber que no será un verdadero curador de sus hermanos, sino cuando la liberación del mal haya alcanzado en él a máximo de plenitud mediante su fidelidad al Padre, pues no hay enfermedad más grave para la promoción de la ciudad terrestre que el trastorno provocado por el deseo del hombre de bastarse a sí mismo en su búsqueda de felicidad. 

Elevación Espiritual para el día. 

¿Por qué, pues, temes tomar la cruz por la cual se va al Reino? En la cruz está la salud; en la cruz, la vida. En la cruz está la defensa contra los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad. 

No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la cruz. Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna. Él fue delante «llevando su cruz» (Jn 19,7) y murió en la cruz por ti, para que tú también lleves tu cruz y desees morir en ella. 

Porque si murieres juntamente con Él, vivirás con Él. Y si le fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria. Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella. 

Y no hay otro camino para la vida, y para la verdadera entrañable paz, sino el de la santa cruz y continua mortificación. 
Ve donde quisieres, busca lo que quisieres y no hallarás más alto camino en lo alto, ni más seguro en lo bajo, sino la vía de la santa cruz. 

Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz. Pues o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás la tribulación en el espíritu. 
A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el prójimo y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni consuelo, mas conviene que sufras hasta cuando Dios quisiere. 

Porque quiere Dios que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a Él y te hagas más humilde con la tribulación. Ninguno siente así de corazón la pasión de Cristo Como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes. 

Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que fueres, porque dondequiera que vayas llevas a ti contigo y siempre te hallarás a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona. 

Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará y guiará al fin deseado, a donde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea (La imitación de Cristo, II, 12). 

Reflexión Espiritual para este día. 

Me complace proponer a la contemplación del creyente una oración compuesta por Valeria, una niña de nueve años, el día de su primera comunión (corría el año 1 989). La cruz de Cristo la tocó pronto con su sombra benéfica: se vio privada en seguida del afecto de su madre, Gisella, que debía asistir a una hermanita nacida con síndrome de Down y padeció 31 operaciones. Valeria reza así: «Jesús, te doy gracias porque hoy te recibo con alegría en mi corazón; te doy gracias porque, cada día y cada minuto, me ayudas a vencer la tristeza y me la cambias en alegría; te doy gracias porque, en cada momento de melancolía, me ayudas a ser feliz y a sonreír y, en las dificultades, me haces comprender todo lo que debo hacer. También a mí, que sólo soy una niña, me das la fuerza necesaria para llevar mi cruz con serenidad. Te doy gracias porque he comprendido que, sin una cruz, nadie puede ser feliz y porque, viviendo en medio del sufrimiento, se aprende que en cada experiencia bella o fea de nuestra vida hay siempre muchos motivos para ser felices. Yo soy feliz, aunque también llevo mi cruz, y te agradezco, Señor, de todo corazón esta cruz que me has dado. Amén». 

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia :Aarón. 

«El Señor dijo a Moisés y a Aarón…». Así empieza la primera lectura de este domingo tomada del tercer libro de la Biblia, el Levítico, obra especialmente destinada a los levitas, la clase sacerdotal de Israel. Vamos a poner ahora nuestra atención en Aarón, hermano de Moisés, que pertenecía precisamente a la tribu de Leví, y según la propia tradición bíblica, había sido el primero en el sacerdocio hebreo. Porque en el Sinaí había ordenado el Señor a Moisés, el gran caudillo del éxodo de la esclavitud faraónica: «Haz venir junto a ti, de en medio de los israelitas, a Aarón, tu hermano, y a sus hijos con él para que sean mis sacerdotes. Harás para Aarón, tu hermano, vestiduras sagradas que le den gloria y majestad» (Ex 28,1-2). 

Siglos después, en el II a.C., un sabio bíblico, Sirácida, describirá en una página suya un minucioso retrato de este personaje, en el esplendor de sus ornamentos pontificales, mientras cumple sus funciones rituales (45,6-22). Pero su historia había comenzado antes, junto a su hermano Moisés que había sido adoptado en la corte del faraón (tal vez Ramsés II en el siglo XIII a.C.), aunque se había revelado poniéndose de parte de sus compatriotas, los hebreos, sometidos a esclavitud y obligados a realizar trabajos forzados para construir dos ciudades fortificadas, Pitón y Ramsés, en el delta del Nilo. 

El propio Moisés había nombrado a Aarón su «intérprete» durante los fatigosos tratos con el faraón para obtener la liberación de los hebreos y su partida para la tierra que Dios les había prometido, porque Moisés no tenía soltura para hablar. El Señor le había sugerido: “¿No está Aarón, el levita, tu hermano?” Sé que él tiene facilidad de palabra. Mira, va a salir a tu encuentro, y al verte se alegrará. Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca, yo estaré en tu boca y en la suya y os enseñaré lo que habéis de hacer. El hablará por ti al pueblo; él será para ti la boca, y tú serás para él un dios» (Ex 4, 14-16). 

La intervención de Aarón se extenderá también para con los mismos israelitas, que se mostraban más bien dudosos y escépticos acerca de la posibilidad de éxito de esta operación. Aarón también estará junto a su hermano durante la marcha por el desierto. Pero entonces será Iglesia, decidieron elegir a algunos de entre ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabás y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos» (He 15,22). Aquí es donde aparece Silas-Silvano, que después fue elegido por Pablo como compañero de misión (15,40). Con el Apóstol se adentrará en un azaroso viaje que lo llevará hasta Macedonia, a la ciudad de Filipos, que entonces era colonia romana. Allí también conoció Silas el encarcelamiento porque el dueño de una joven esclava dotada de poderes mágicos había denunciado a Pablo, por haberla convertido al cristianismo y haberle quitado así esa fuente de ganancias. 

El vivísimo relato del episodio, que incluye también una reacción de la gente contra Pablo y Silas, se puede leer en el capítulo 16 de los Hechos de los Apóstoles. Habiendo sido arrojados a la cárcel los dos pasaron la noche con oraciones y cánticos. De repente un terremoto arrancó de sus goznes la puerta de la prisión; el guardián, impresionado por el suceso pidió que lo instruyeran en la fe de Jesucristo, curó las heridas que los dos habían sufrido a causa de la flagelación que había ordenado el magistrado, les dio de comer y de beber y se hizo bautizar con toda su familia. 

Los expulsaron de Filipos, y llegaron a la otra ciudad mayor de Macedonia, Tesalónica, y desde allí —después de diferentes hechos y un viaje a Atenas de Pablo solo— se volvieron a encontrar en la metrópolis de Corinto. Aquí, con Timoteo, Silas y Pablo se dedicaron a la predicación del Evangelio (He 18,5). Volvemos así al texto del que hemos partido. Silvano es recordado por Pablo en la apertura de sus dos Cartas a los tesalonicenses, porque habían fundado juntos aquella Iglesia, Pero, sorprendentemente, Silvano aparece también alguna vez junto al apóstol Pedro, que al final de su primera Carta, observa: «Por medio de Silvano, a quien tengo por un fiel hermano vuestro, os he escrito estas pocas palabras...» (5,12) +.


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