Termina la semana con una llamada
de Jesús a darnos cuenta de que el Reino es algo totalmente nuevo. No se puede
echar vino nuevo en odres viejos. Lo que nos vamos a encontrar en el camino,
cuando salimos de lo habitual para seguir a Jesús, es algo radicalmente nuevo.
No se parece en nada a lo que hemos vivido o experimentado antes. Es necesario
tener los ojos y el corazón bien abiertos para descubrir esa novedad porque
corremos el peligro de salir para terminar llegando en una vuelta sin sentido
al mismo lugar de donde salimos.
Dicen los entendidos que cuando nos encontramos con algo nuevo, para
entenderlo, nuestra mente siempre busca una referencia en las cosas que ya
conoce. Por eso, cuando nos encontramos con alguien que ha estado en un sitio
diferente y nos empieza a contar cosas, muchas veces le cortamos su relato para
decir “eso es como aquí, cuando...”. Lo conocido nos ayuda a conocer, a
entender, lo nuevo, lo diferente.
Pero eso no vale con Jesús. No hay nada de lo que hayamos conocido o vivido que
nos sirva para entender el Reino. La viejas categorías de la religión no
sirven. Jesús no es un sacerdote que nos invite a ir a su templo para adorar a
su dios. El Dios de que nos habla Jesús no tiene nada que ver con el dios de
tantas religiones, al que hay que aplacar con sacrificios su eterna ira contra
nosotros por nuestros pecados. El Dios de que habla Jesús no exige nuestra
alabanza en una eterna salmodia. El Dios de Jesús se nos manifiesta en los
caminos, llenos de polvo y sudor, se acerca a los pobres y a los que sufren, va
dando esperanza y proclamando que toda persona es hijo/a preferido/a suyo. El
Dios de Jesús, y el mismo Jesús, está tan apasionado por el bien de los hombres
y de todos los hombres, que entrega su vida por nosotros. Es el mundo al revés.
No es el Dios que exige nuestro sacrificio sino el Dios que se entrega
totalmente por nosotros.
Ese es el vino nuevo que se puede meter en odres viejos. Se romperían y se
perdería el vino. Por eso los discípulos no ayunan. Eso pertenece al viejo mundo.
Como decía ya el profeta Isaías, “El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el
Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que
liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el
hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des
la espalda a tu propio hermano.” (Is 58,6-7)

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