Am. 8, 4-6. 9-12.
La Palabra de Dios, que es Cristo, se ha hecho cercanía a todo hombre
de buena voluntad. Ante esa Palabra juzgamos nuestra propia vida, pues
la Palabra encarnada no sólo se ha dirigido a nosotros con vocablos
salidos de sus labios. Él es el Evangelio viviente del Padre. Su vida
misma se convierte en el lenguaje mediante el cual Dios nos revela el
amor que nos tiene. Sus obras, sus milagros, las curaciones que realiza,
la expulsión de los demonios, su Muerte y Resurrección son la expresión
del amor de Dios hacia nosotros.
Ojalá
y busquemos al Señor no sólo para recibir sus beneficios, sino para
iniciar un nuevo camino tras las huellas de Cristo. Por eso, si en
verdad somos personas de fe debemos ser justos en el trato con los
demás, debemos respetar al pobre en su dignidad personal, debemos ser
motivo de alegría y no de llanto ni de luto para los demás.
El
Señor nos quiere como su Palabra, llena de amor, de compasión y de
misericordia que Él quiere seguir pronunciando, a favor de la humanidad
entera, por medio de su Iglesia.
Sal. 119 (118). Busquemos
al Señor para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Hagamos vida
en nosotros su propia Vida. No nos preocupemos únicamente del alimento
temporal, pues no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que
sale de la boca de Dios.
En
Cristo Jesús nosotros tenemos Vida eterna. Él es el Pan de vida. Pero
no sólo nos hemos de alimentar de Él, sino que también hemos de escuchar
su Palabra y ser fieles a sus mandatos. Efectivamente el Señor nos
dice: Si alguien me ama cumplirá mis mandatos; y a ese vendremos mi
Padre y Yo y haremos en él nuestra morada.
Si queremos escoger el camino verdadero optemos por seguir a Cristo escuchando su voz y siéndole fieles en todo.
Mt. 9, 9-13. Muchos
gentiles y pecadores llegarán y se sentarán en el Banquete del Reino de
los cielos, mientras los hijos se verán rechazados.
Jesús
ha venido a buscar y a salvar todo lo que se había perdido. Por eso se
hace cercano a los pecadores para hacerles saber cuánto los ama Dios,
para ofrecerles el perdón y para conducirlos a la posesión de los bienes
definitivos.
Cristo vino a salvar a los pecadores, y de ellos nosotros debemos ser los primeros.
Cuando
veamos que los pecadores y los traidores a la fe comienzan a reunirse,
junto con nosotros, para alabar a Dios, no los critiquemos ni los
rechacemos; más bien alegrémonos pues han iniciado su retorno a Dios.
El
Señor, lleno de misericordia para con todos los que ha creado, cuando
nos vio lejos de su presencia no dudó en salir a nuestro encuentro,
utilizando todos los medios a su alcance para salvarnos, y sentado a
nuestra mesa nos invita, también a nosotros, a dejar nuestros pecados y a
ir tras sus huellas hasta alcanzar la bienaventuranza eterna en su
compañía, llegando en Él a ser hijos en el Hijo amado del Padre
misericordioso.
Jesús,
a nosotros pecadores, nos ha llamado a su presencia en esta Eucaristía,
para sentarnos a su Mesa y para hacernos disfrutar del Banquete de su
Palabra, de su Cuerpo y de su Sangre.
A
Él no se le oculta nuestra realidad pecadora. Pero Él jamás ha perdido
la esperanza de que podamos convertirnos de nuestras maldades y
permitirle que realice su obra de salvación en nosotros.
Por
eso hoy venimos ante el Señor para que su Palabra se pronuncie sobre
nuestros desiertos interiores, como la lluvia sobre el terreno seco,
para que nos haga fecundos en buenas obras. Alimentarnos del Señor es
adquirir el compromiso de convertirnos en un signo de su amor salvador
para el mundo entero.
La
Iglesia tiene la misión de ir con el poder y con el Espíritu de Cristo a
continuar salvando y manifestando el Rostro misericordioso de Dios a
toda la humanidad.
Comer
la comida que otro nos ofrece, aceptar sentarnos a su mesa significa
que hacemos nuestra su vida, sus intereses, sus alegrías y tristezas;
significa que caminaremos junto a esa persona para servirle de apoyo en
los momentos difíciles de su vida.
El
Señor se sienta a la mesa de nuestra vida; Él hace suyos nuestros
pecados, dolores y enfermedades, nuestras angustias y esperanzas. Pero
Él también nos sienta a su mesa para que hagamos nuestra su vida de Hijo
de Dios, para que sea nuestro su Espíritu, y para que aceptemos como
nuestra la Misión salvadora que el Padre Dios le confió.
Ojalá
y no reduzcamos nuestra fe en Cristo sólo a la práctica de algunos
ritos, sino que vivamos en plenitud esa fe siendo capaces de compartir
las tristezas, las alegrías, la ilusiones, las injusticias, de los
demás, incluso haciendo nuestros sus pecados, no para perdernos junto
con ellos, sino para que bajando hasta lo más profundo de su miseria los
levantemos con el amor, con la misericordia y con el poder del mismo
Dios, cuyo Espíritu habita en nosotros.
Entonces
podremos decir que no sólo nos sentamos nosotros a la Mesa de Cristo,
sino que también nosotros sentamos a nuestra propia mesa a toda persona
que sufre o que ha sido deteriorada por el pecado, pues queremos
levantarla y ayudarla a encontrarse con el Señor para que disfrute de su
amor, de su vida, de su paz y de su alegría eternamente.
Roguémosle
a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar constantemente por
su Reino, viviendo la unidad en torno a Cristo que pasó haciendo el bien
a todos y buscando a los pecadores para salvarlos, enseñándonos así
cual es el camino que hemos de seguir los que formamos su Iglesia.
Homiliacatolica.com

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