Am. 9, 11-15. Dios
nos ha creado con gran amor. Y su amor no sólo nos conserva en la vida,
sino que por el amor que nos tiene nos llama a participar de su Vida
eternamente como hijos en el Hijo.
Es
verdad que muchas veces nosotros abandonamos la Casa Paterna, y nos
fuimos tras nuestras inclinaciones pecaminosas, de tal forma que Dios
pasó a segundo término en nosotros, pues le dimos la primacía a las
personas, o a las cosas temporales.
A
veces nosotros le queremos echar la culpa a Dios de nuestras
desgracias; sin embargo Dios nos ha amado siempre; y si el mal se ha
cernido sobre nuestra vida es en razón de que nosotros encaminamos
nuestra existencia hacia la tierra de sombras, lejos del Señor, no
debiendo olvidar que el salario del pecado es la muerte.
Pero
el Señor jamás se ha olvidado de nosotros. Y no sólo quiere reconstruir
nuestra vida, ni sólo concedernos bienes temporales. Él nos quiere como
hijos suyos. Y para ello nos envió a su propio Hijo, para que quienes
creamos en Él, en Él lleguemos a ser hijos de Dios no sólo por nuestras
palabras, sino porque realmente el mismo Espíritu que reposa en Jesús,
repose en nosotros, que somos su Iglesia, Cuerpo del Señor cuya Cabeza
es Él.
Por
eso no sólo nos hemos de alegrar en el Señor, sino que además hemos de
manifestar, desde nuestra propia vida, que la Salvación que Dios ofrece a
todos no ha sido inútil en nosotros.
Sal. 85 (84).
La Palabra de Dios no sólo ha de ser escuchada por nosotros, sino que
ha de tomar carne en cada uno de nosotros, para que, conforme a la
Gracia recibida, la Iglesia de Cristo se convierta en un signo profético
de Él a través del tiempo, como Palabra que hoy continúa teniendo toda
su fuerza salvadora para todos los pueblos.
Por
eso propiciemos un encuentro con el Señor en nuestra propia vida. Él
bien sabe que somos pecadores; pero su misericordia no solamente lo hará
ofrecernos su perdón y su paz, sino que nos hará dignos de
manifestarnos como justos, haciéndonos cada vez más fieles a su amor,
fortalecidos con su Espíritu Santo, de tal forma que en verdad puedan
brotar abundantemente en nosotros los frutos del amor, de la verdad, de
la santidad, de la justicia y de la paz.
Que
Dios nos conceda la gracia de recibirlo en nuestro propio interior,
pues Él se ha puesto en camino hacia nosotros por medio de su Hijo
Jesús.
Mt. 9, 14-17.
Ojalá y vivamos continuamente nuestra comunión con el Señor. Él no
puede ser sólo un parche en nuestra vida de pecado. Él viene a nosotros
para que totalmente nos revistamos de Él. Mientras Él está con nosotros
vivamos la alegría de sentirnos amados por Él y caminemos dando
testimonio de su presencia en nosotros.
Sólo
el pecado nos ha de llevar a entristecernos por habernos opuesto a la
voluntad de Aquel a quien amamos. Es entonces cuando hemos de saber
pedir perdón e, incluso ayunar por la tristeza de haber perdido al Ser
Amado.
Que
la vida del Señor en nosotros no sea un juego, sino todo un compromiso
que venga a alegrar nuestro corazón y a impulsar nuestra vida para que
seamos portadores de la paz y de la alegría del Señor para todas las
naciones.
En
la Eucaristía el Señor se convierte para nosotros en una Bendición que
alegra nuestro corazón y nos hace herederos de los bienes eternos. A
pesar de nuestras miserias Él siempre está dispuesto a perdonarnos y a
darnos su paz, su vida, su amor.
Esa
vida de Dios en nosotros nos hace entrar en una verdadera comunión con
Él. Él no viene como un complemento en nuestra existencia; Él viene como
Aquel que invade toda nuestra vida y nos hace ser, unidos a Él, hijos
de Dios.
Ojalá
y no nos acerquemos a la comunión como a un acto devocional, sino con
la firme decisión de dejarnos transformar por el Señor de tal forma que,
tirada fuera la antigua levadura del pecado y hechos uno con Cristo,
sólo vivamos para Él, siendo en Él una criatura nueva.
La
vida de fe en Cristo no es como un traje, del que nos revestimos cuando
entramos al templo y del que nos despojamos cuando salimos del lugar de
culto.
El
Señor no ha venido como un pequeño parche que fácilmente puede
ocultarse en la vida ordinaria. Cristo ha venido a llenarnos de su Vida y
de su Espíritu, de tal forma que seamos portadores de Él por todas
partes, en cualquier circunstancia o ambiente social en que se
desarrolle nuestra vida.
Por
eso quienes creemos en Cristo hemos de amar como el Señor nos ha amado;
hemos de ser responsables en las diversas actividades que desarrollamos
en la vida; hemos de saber comprender y perdonar a quienes han fallado
incluso en contra nuestra; hemos de hacernos cercanos ante el dolor, el
sufrimiento, la enfermedad o la pobreza de nuestro prójimo para tenderle
la mano y tratar de remediarle sus necesidades. Todo esto es parte
esencial de la vida del cristiano, pues su vida de fe no puede
encerrarse en las prácticas de culto público o privado.
Todos
estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe, con una vida
intachable y con un amor activo, ahí donde diariamente se desarrolle
nuestra existencia y donde convivimos con las demás personas en razón de
trabajo, de estudio o de cualquier otra actividad que desarrollemos en
la construcción de la ciudad terrena, manifestando con nuestras
actitudes la esperanza y la mirada que tenemos puesta en la Ciudad de
sólidos cimientos, donde habita Dios y Cristo nos espera.
Roguémosle
a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que por medio de nuestras
obras seamos una bendición para cuantos nos traten, y, unidos a Cristo,
seamos portadores de la fe que renueva a todos y los libera de todo
aquello que los ata al pecado.
Amén.
Homiliacatolica.com

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