Él no vacila en ofrecerse al
Padre en rescate de nosotros, para arrebatarnos de las manos de Satanás,
y lo hace con amor infinito y sin calcular gastos, se entrega
completamente por nosotros, y así nos demuestra su amistad
incondicional.
Solo podemos perder su amistad
con el pecado mortal, porque con el pecado mortal nos hacemos enemigos
de Dios, enemigos de Jesús, aunque Él nos sigue llamando “amigos”, como
le llamó a Judas cuando lo entregaba.
Perdemos la amistad de Jesús definitivamente, si nos condenamos para siempre en el Infierno.
Aprovechemos que Jesús es
nuestro Gran Amigo y confiémosle todos nuestros pesares y problemas,
también nuestros deseos y alegrías, porque Él escucha a sus hijos y,
cuando es voluntad de Dios, nos contenta en todo.
Y a este Amigo lo encontramos
en el Sagrario, bajo la apariencia de pan, pero realmente presente como
hace dos mil años en Galilea, pero más perfectamente todavía, pues en el
sacramento está Jesús resucitado y glorioso.
Vayamos a visitar a nuestro Amigo, porque Él tiene sus delicias en pasar las horas junto a los hombres, que son sus amigos.
¡Alabado sea Jesucristo!

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