Nos creaste, Señor, con capacidad de amar, de tomar decisiones.
Lamentablemente, cuando el demonio nos vende una libertad basada en la eterna tentación: «serán como dioses», sucumbimos, porque no entendemos que, con él, no se dialoga.
Se le aplasta la cabeza con la fidelidad de tener claro, en nuestros labios y en nuestro corazón, aquello de: «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él, servirás».
Un «corazón puro», es aquel que obedece y que se deja conducir no a las alturas del poder humano, sino a la sencillez del amor fiel que sabe que el «Espíritu de Dios» es el que da la Vida; y, el espíritu de la soberbia, de la vanidad y la codicia, no sólo tienta, sino que también,
¡mata!

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