Amén proviene del hebreo, y significa “que así sea"
Amén no es una palabra para tomarla a la ligera. No se trata de una respuesta pre formulada, que tiene que pronunciarse por etiqueta. Cuando se pronuncia amén, se está diciendo que se está de acuerdo con todo lo que se propuso. Si alguien dice “que se haga la voluntad del Señor en nuestras vidas”, y contestas “amén”, estás diciendo que estás de acuerdo, enteramente, en que el Señor haga Su divina voluntad. Por ende, también estás de acuerdo en que, para que esa voluntad se cumpla, apruebas todo lo que el Señor decida hacer, ya sea ponerte en banca rota, dejar que una enfermedad te tumbe en cama por meses y meses, que mueran familiares o amigos muy cercanos, y todo lo que sea necesario con tal de que te salves.
Con lo anterior saldrán algunos a decir que “diosito es bueno y no permitiría
que nada de eso pase”. Pero quienes piensan así, sólo prueban que no conocen a
Dios, y que lo miden a partir de meros deseos humanos. Es cierto que Dios ha
prometido que, al buscar Su reino y Su justicia, todo lo demás cae por
añadidura. Pero también veamos que estamos en un mundo donde profesar el
cristianismo coherentemente es un delito, que en unos países es condenado por
las leyes, y en el resto por la sociedad. Por ende, ser verdaderamente
cristiano, y principalmente católico, atraerá también consecuencias que pueden
ser vistas como malas, pero que al final son sólo medios de los que se sirve el
Señor, para que Su divina voluntad se cumpla.
Si alguien pide que tu nación se libere de la tiranía del mundo, y dices
“amén”, prepárate, porque estás pidiendo que Dios tome a tu nación y la
conduzca por la aridez y la dureza del desierto, para que se enamore de Él
(Oseas 2,14). En otras palabras, ocurrirán muchas cosas que pondrán a muchos en
dificultades, incluso a ti, hasta que todos reconozcan que Dios es el Señor y
sean fieles a Él.
Amén es tu firma en un contrato. No es una simple respuesta cortés, ni la
irrelevante parte final de una fórmula. Amén es una palabra con muchísimo peso,
muy seria. Es un sello espiritual que te compromete con Dios. No es una palabra
que debe tomarse a la ligera.
Nada de malo hay en concluir una oración con la palabra amén, pero nunca
olvides que su significado y su importancia son trascendentales. Es Dios mismo
el que te escucha cuando pronuncias esa pequeña palabra

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