2Re. 19, 9-11. 14-21. 31-35. 36.
El Señor jamás se olvida de los suyos; y Él protege a los que en Él
confían. Buscar al Señor en su Templo no debe convertir ese lugar como
en una especie de amuleto. Nuestra confianza sólo está puesta de un modo
definitivo en Dios. A Él es al que buscamos; con Él nos encontramos; su
Palabra es escuchada y vivida por nosotros.
Nuestro
Dios, el único Dios vivo y verdadero, nos contempla con amor de Padre,
pues no sólo lo llamamos Padre, sino que lo tenemos por Padre en verdad.
Nuestro
Dios y Padre, para librarnos de la mano de nuestros enemigos y de la de
aquellos que nos odian, nos envió a su propio Hijo.
Tras las huellas de Cristo nos encaminamos hacia la plena unión con Dios, unidos a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.
Dios
jamás se olvidará de nosotros; confiemos en Él y no sólo digamos que lo
tenemos por Padre, sino que vivamos como hijos suyos con toda lealtad.
Sal 49 (48). Dios
habita con su pueblo. De un modo especial está en su Templo, desde
donde nos contempla con gran amor, escucha nuestras oraciones y se
convierte para nosotros en poderoso protector. Por eso, cuando acudimos
al Templo vamos con la ilusión de encontrarnos con el Señor, pero
también con el gran compromiso de escuchar su Palabra para ponerla en
práctica.
Nuestro
encuentro con el Señor debe afectar constantemente nuestra vida para
hacer el bien. La Iglesia de Cristo, lugar de encuentro de todos con su
Dios, debe ser un signo creíble de su amor para todas las naciones.
Convertida en defensa del pobre, alivio para el agobiado y en alegría
para los tristes cumplirá así con su Misión de proclamar, de un modo
viviente, el Evangelio a ella confiado.
Que
los que no sólo vean nuestras buenas obras, sino que experimenten el
amor de Dios desde nosotros, alaben al Señor continuamente.
Mt.
7, 6. 12-14. El llamado a la santidad es universal. Sin embargo cuando
el Señor nos pide que, después de haber corregido nuestra propia vida,
quitando la viga que nos impida ver bien, tratemos de quitar la paja del
ojo de nuestro hermano, nos está invitando a realizar la corrección
fraterna con gran amor y no simple y sencillamente para tratar de
orientar a nuestro prójimo por caminos de bondad que nosotros mismos no
hemos hecho nuestros.
El
anuncio del Evangelio nos ha de llevar a una unión cada vez más plena
con el Señor. Esa unión la realizamos ya desde ahora mediante el
contacto con lo sagrado: La Escritura, las acciones litúrgicas, La
Iglesia, comunidad de fe.
Toda
esta riqueza espiritual no podemos ponerla en manos de cualquiera que,
sin tener fe, o teniendo intenciones equivocadas, en lugar de
aprovecharlas personalmente y proclamarlas para la salvación de los
demás, se volvería en contra nuestra y nos destrozaría.
El
Señor nos pide también que veamos lo que hacemos y damos a los demás;
pues en el dar está el recibir. Si construimos una vida sobre el
egoísmo, sobre las injusticias, sobre los desprecios, sobre el odio, eso
será lo que cosecharemos venido de los demás, pues ellos nos tratarán
como nosotros los hayamos tratado.
Caminar en el bien no es sencillo, pues debemos renunciar a muchas cosas que nos impiden manifestarnos como hijos de Dios.
La
puerta que se nos abre para ingresar en la eternidad con Dios sólo
tiene la medida del amor. Si vamos cargados de egoísmos, maldades e
injusticias nos quedaremos fuera.
Tratemos, por tanto, de vivir en el amor a Dios y al prójimo para que sea nuestra la salvación que el Señor ofrece a todos.
Mediante
la celebración de la Eucaristía entramos en contacto con lo
trascendente, con lo divino. En la Eucaristía nos encontramos de frente
con el Señor, que nos ha llamado a su presencia para encontrarse con
nosotros, con el mismo amor y ternura con que se encuentra un padre con
su hijo amado.
Entrando
en comunión de vida con el Señor Él nos concede su Espíritu Santo; y
junto con Él su fuerza y el arrojo necesarios para trabajar
continuamente en la construcción de un mundo más fraterno, más justo,
más lleno del amor que procede de Dios.
Contemplamos a todos aquellos a quienes hemos de llevar no sólo el mensaje de salvación, sino la salvación misma, que es Cristo.
No
podemos ir a ellos temerosos, pues el Señor va con nosotros para que,
incluso en las grandes persecuciones, sepamos que el Señor no se olvida
de sus fieles ni dejará que suframos la corrupción, pues, aun cuando
tengamos que pasar por la cruz, Él quiere llevarnos sanos y salvos a su
Reino celestial.
El
Señor ha llamado a su Iglesia como su signo profético en el mundo. Ella
es la voz viva de Dios en el mundo. Ella llama a la conversión; ella
entrega el Evangelio y la Salvación a toda persona de buena voluntad. En
medio de persecuciones y amenazas de muerte, la Iglesia, permaneciendo
fiel a su Señor, interpreta los diversos acontecimientos de la vida y
genera nuevos comportamientos individuales y colectivos.
La
Iglesia no puede generar desprecios ni violencias. Lo que hagamos a los
demás se revertirá a favor o en contra nuestra. En un diálogo fraterno
con las personas de todas las razas, culturas y religiones, no podemos
claudicar en aquello que debemos anunciar con amor y valentía, tratando,
engañosamente, de ganarnos a los demás renunciando a la fidelidad que
debemos a Cristo y a su Evangelio.
Amar
con una entrega total a favor de los demás; convertirnos en voz de los
desvalidos; trabajar por la justicia y la paz, propiciar una auténtica
convivencia en el amor fraterno, son cosas por las que luchamos los que
nos llamamos y somos hijos de Dios.
El
Señor nos ha dado la fuerza de su Espíritu para que, en su Nombre,
continuemos su obra de salvación en el mundo y su historia. Seamos
fieles al Señor y fieles a aquellos a quienes hemos sido enviados para
salvarlos, aun a costa de la entrega de nuestra propia vida.
Roguémosle
a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima
Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber transparentar a Cristo
mediante una vida renovada en Él, y mediante el trabajo a favor de su
Evangelio, guiados no por nuestras imaginaciones, sino por su Espíritu
Santo, que habita en nosotros como en un templo. Amén.
Homiliacatolica.com

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