Pedro 1, 3-9: Empezamos hay la primera carta de san Pedro. La seguiremos leyendo hasta el viernes.
Los
estudiosos no están seguros de que su atribución a Pedro sea auténtica,
o si el escrito se debe a un autor desconocido que quiso ampararse bajo
ese nombre, ciertamente prestigioso en las primeras generaciones. Si es
de Pedro, la fecha de redacción de la carta sería hacia el ano 64. Si
no, podría ser más tardía.
En
un período de persecuciones, la carta quiere dar ánimos a los
cristianos, recordándoles la fuente de su identidad cristiana, el
bautismo, y su pertenencia a la comunidad eclesial. Algunos estudiosos
han creído reconocer en este escrito como un guión de celebración
bautismal y pascual, o una homilía dirigida a los recién bautizados, los
neófitos, para que empiecen a vivir el nuevo estilo de vida de Cristo.
La
página primera de la carta es un himno de acción de gracias a Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo. Un himno impregnado de esperanza y de
ánimos, que contiene estas ideas:
- los cristianos hemos nacido de nuevo, somos regenerados
- por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos
- y eso nos llena de esperanza y nos da ánimos para seguir fieles a Cristo, a pesar de que haya pruebas y sufrimientos
- mientras caminamos hacia la herencia final, incorruptible, que tenemos reservada para nosotros en el cielo
- y se nos dará cuando se manifeste Jesucristo;
-
los cristianos de las siguientes generaciones tienen un gran mérito:
«no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo véis y creéis en él y os
alegráis con un gozo indecible y transfigurado».
En
nuestra vida ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa. Resucitando a
Jesús de entre los muertos y ofreciéndonos después el bautismo como
inicio de una nueva vida, nos ha puesto en el mejor y más seguro camino
de salvación. Somos herederos de una herencia que está a buen recaudo:
nuestra garantía está en el cielo y se llama Cristo Jesús, a quien
seguimos como cristianos.
La
página de Pedro está llena de optimismo: resurrección, nacimiento
nuevo, esperanza, alegría, fuerza, marcha dinámica de la comunidad hacia
la salvación final. Que en medio haya momentos de sufrimiento y prueba
tiene, en este contexto, menos importancia. Porque con la fuerza de Dios
podemos superarlo todo. En verdad podemos decir, con el salmista: «Doy
gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la
asamblea... envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su
alianza».
Nos
puede resultar estimulante que Pedro nos diga -a nosotros aún con mayor
motivo que a los de la segunda generación- que tenemos mérito en amar y
seguir a Cristo sin haberle visto ni haber sido contemporáneos suyos.
Los
cristianos tendríamos que recordar más nuestro bautismo. Podríamos, por
ejemplo, visitar al menos una vez al año la fuente bautismal en que
renacimos a la vida de Cristo y fuimos incorporados a su comunidad. Por
ejemplo en torno a la Pascua podíamos hacer una oración, personal o
comunitaria, junto al baptisterio de la parroquia, dando gracias a Dios
porque por medio de este sacramento fuimos hechos coherederos con Cristo
de una esperanza que no nos fallará y recibimos la fuerza del Espíritu
para emprender el difícil camino de la vida, hasta la alegría final.
J. Aldazabal
Enséñame tus Caminos
Mc. 10, 17-27.
En una cultura en la que se pensaba que Dios premia a los buenos
cargándolos de riqueza, de poder y de salud; y que castiga a los malos
dejándolos en la pobreza, marginados por todos y cargados de
enfermedades; ahí donde admiraban a los santos y veían sus casas llenas
de comida y de bienes y a ellos vestidos con amplios ropajes; ellos, que
recibían los puestos de honor en los banquetes y todo mundo les hacía
reverencia por las calles; ellos, los santos, los puros, los únicos
salvados porque Dios, a causa de su fidelidad a la ley, los trataba como
a sus amigos muy queridos llenándolos de todo lo bello que hay sobre la
tierra; ellos, ahora recibían una diatriba de parte de Jesús: ¡Qué
difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! ¡Qué
difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de
Dios! Los discípulos se quedan boquiabiertos. ¿Cómo? ¿Qué no son ellos
los que ya desde ahora ocupan los primeros lugares en el Reino de Dios?
¿No son los amigos de Dios, los puros, los ya salvados? o ¿Acaso están
más condenados que salvados? La esclavitud al dinero, convertirlo en
dios, en el centro de la vida, en aquello por lo que uno se desvela y
angustia; aquello sin lo que la persona se siente menos, se siente
insegura, se siente infeliz; esa esclavitud es lo que le impide a la
persona abrir los ojos hacia Dios y hacia el amor al prójimo. El dinero
buscado con avidez causa muchas injusticias, y el egoísmo, nacido de él,
provoca muchos desprecios y arrogancias. Se pierde la capacidad de amar
al estilo de Cristo. En este caso su Reino, su doctrina, sus exigencias
mejor ignorarlas para evitar un compromiso que nos haga venderlo todo,
distribuir el dinero entre los pobres y seguir al Pobre de Nazaret
haciendo el bien a los desarrapados, a los andrajosos, a los hambrientos
y a los que se mueren de frío. ¿Esa es la forma como nosotros creemos en Cristo?
No
podemos venir solo a la Eucaristía para encomendarnos a Dios y pedirle
que cuide de nosotros y de lo nuestro. Hemos de venir a pedirle que nos
ayude a cuidar de nuestro prójimo, con el mismo amor que nos ha
manifestado en su Hijo que dio su vida por nosotros. Ese es el
compromiso que hoy adquirimos en su presencia. Pareciera que es
imposible despegarnos de nuestras esclavitudes, sobre todo a lo
pasajero. Dios puede hacerlo si es que en verdad venimos a encontrarnos
con Él para dejamos amarnos por Él y queremos sentir su amor de Padre
providente que velará siempre por nosotros, pues Él jamás abandona a los
que son suyos.
Con
nuestra fe puesta en Dios, teniéndolo a Él como centro de nuestra vida,
nada ocupará el lugar que sólo a Él le corresponde; entonces sabremos
que sólo somos administradores de los bienes de Dios en favor de los
demás y seremos fieles en lo poco para que se nos confíe lo mucho y, sin
egoísmos, llegaremos incluso a ser portadores de las riquezas del
Evangelio, que es Cristo, en favor de los demás. Así todos podrán
disfrutar de una vida digna; así todos podrán sentarse a la misma mesa;
así podremos estar todos algún día en la mesa del Banquete Eterno.
Que
Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de ser buenos administradores de su Gracia y de sus
bienes en favor de los demás. Que no queramos aprovecharnos de los demás
explotándolos a favor nuestro; que luchemos para lograr que todos
tengan salarios que retribuyan de un modo más justo su trabajo. Que
vivamos como hermanos y no veamos a nadie como esclavo.
Que el Señor nos conceda que así, juntos y unidos por el amor, podamos algún día disfrutar de los bienes eternos. Amén.
Homiliacatolica.com

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