«Ellas
partieron al instante del sepulcro con temor y gran alegría, y
corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió
al encuentro y les dijo: Alegraos. Ellas se acercaron, abrazaron sus
pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No temáis; id y anunciad a
mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán. Mientras ellas iban,
algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los príncipes
de los sacerdotes todo lo sucedido. Reunidos con los ancianos, después
de haberlo acordado, dieron una buena suma de dinero a los soldados con
el encargo de decir: Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron
mientras nosotros dormíamos. Si esto llegara a oídos del procurador
nosotros le calmaremos y cuidaremos de vuestra seguridad. Ellos tomaron
el dinero v actuaron según las instrucciones recibidas. Así se divulgó
este rumor entre los judíos hasta el día de hoy» (Mateo 28, 8-15)
1. Jesús, qué contraste en las dos respuestas que ofrece el Evangelio de hoy ante tu resurrección.
Por un lado, María Magdalena y María de Cleofás «se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron.»
Por otro, los príncipes de los sacerdotes «dieron una buena suma de dinero a los soldados con el encargo de decir: Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron.»
Se cumple al pie de la letra lo que habías dicho: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite». (Lucas 16, 31).
Has
resucitado, Jesús, pero esto no es suficiente para creer. Hace falta
una disposición interior, una rectitud de vida, una apertura a lo
sobrenatural.
En el fondo, hace falta humildad.
A veces quiero entenderlo todo con mi cabeza pequeña, y no me doy cuenta de que Tú, Señor, no cabes en mi inteligencia humana.
La soberbia me empuja entonces a negar lo que no entiendo, o a rebajar la exigencia de tu doctrina para hacerla más «racional».
Jesús, me doy cuenta de que «el
motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas
aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón
natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que
no puede engañarse ni engañarnos» (Catecismo, 156.).
Esto no significa que la fe sea irracional; significa, sólo, que nuestra razón es muy limitada.
2º. «Jesús
ha muerto. Es un cadáver. Aquellas mujeres santas no esperaban nada.
Habían visto cómo le habían maltratado y cómo le habían crucificado:
¡qué presente tenían la violencia de aquella Pasión sufrida!
Sabían
también que los soldados vigilaban el lugar sabían que el sepulcro
estaba completamente cerrado: ¿quién nos quitará la piedra de la
entrada?, se preguntaban, porque era una losa enorme. Sin embargo..., a
pesar de todo, ellas acuden a estar con Él.
Mira,
las dificultades -grandes y pequeñas- se ven enseguida..., pero si hay
amor no se repara en esos obstáculos, y se procede con audacia, con
decisión, con valentía: ¿no has de confesar que sientes vergüenza al
contemplar el empuje, la intrepidez y la valentía de estas mujeres? (Forja, 676.)
Jesús, a veces he de volver a Ti, pero se me hace imposible.
Casi no te siento: estás lejos, como muerto, aunque sé muy bien que soy yo, por mi culpa, el que está alejado y muerto.
Además,
hay «soldados» que no me dejan llegar hasta Ti: ese ambiente frívolo
que me rodea -porque dejo que me rodee-; esas películas o libros que no
me convienen; esos amigos que no Te conocen -y así viven, y me
arrastran-; etc.
Y luego, esa piedra con la que tropiezo continuamente -mi carácter, mis pasiones-, y que empieza a parecerme tan pesada.
¿Quién me quitará esa losa?
Como las santas mujeres, no quiero quedarme parado en el camino pensando que no puedo.
He de enfrentarme a esos obstáculos con audacia, con decisión, con valentía.
Y
entonces, como a ellas, me saldrás al encuentro, y podré acercarme a Ti
con libertad, y abrazarte, y recibirte en la Comunión, y adorarte.
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