Cuenta la historia de un sacerdote al que le parecía que un niñito, por ser muy pequeño, no estaba suficientemente preparado para recibir su Primera Comunión. Así que lo llevó ante el altar y le señaló un gran crucifijo que colgaba de la pared.
— ¿Quién está ahí?, le preguntó.
— ¡Jesús!, respondió el pequeño con emoción.
El sacerdote le señala ahora hacia el Sagrario.
— ¿Quién está ahí?, vuelve a preguntar.
— ¡Jesús!, responde emocionado el niño por segunda ocasión.
— Pero, ¿cómo puede ser eso?, dijo el sacerdote. ¿Cómo puede estar Jesús en los dos lugares?
— Le voy a explicar, suspiró el niño como si se llenara de paciencia. Allí, señalando el crucifijo, parece que está pero no está... y allí, mirando ahora hacia el Sagrario, parece que no está pero ahí sí que está.
Jesús está vivo y presente en la Eucaristía, pero para reconocerlo debemos ir con ojos de niño, muy abiertos al gran misterio de su Amor. Ese es mi deseo para ti hoy, que puedas reconocerlo en ese pequeño pedacito de pan; y que al recibirlo con fe, Él te inunde con su infinita Misericordia.

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