† Lectura del
santo Evangelio según san Mateo 5, 43-48
En
aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "Han oído que se dijo: Ama a
tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos
oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del
cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia
sobre justos e injustos. Porque, si aman a quienes los aman, ¿qué
recompensa merecen? ¿No hacen también eso los que recaudan impuestos
para Roma? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de más? ¿No
hacen lo mismo los paganos? Ustedes sean perfectos, como su Padre
celestial es perfecto".
† Meditación diaria
SANTIDAD EN EL MUNDO
.
1. Toda
la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la
caridad, pero hoy nos dice Jesús explícitamente en el Evangelio de la
Misa: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Y no se
dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos. San Mateo
nos hace notar que, al terminar estos discursos, las multitudes quedaron
admiradas de sus enseñanzas. No pide Jesús la santidad a un grupo
reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el
que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de
familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta
del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos... El Señor llama en su
seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.
A
nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de
trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle...,
Cristo nos dice: Sed perfectos..., y nos da las gracias convenientes. No
es un consejo del Maestro, sino un exigente mandato. “En la Iglesia,
todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que quienes son
apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del
Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1
Tes, 4, 3)”. “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están
llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad”. No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la
mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.
El amor se pone al alcance del
niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del
empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre..., porque la
santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la
gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida,
con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad
implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el
aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios,
que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a
los deberes de todos los días.
La liturgia acude hoy a las
palabras de San Cipriano, que exhortaba así a los cristianos del siglo III: “hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos
Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que Él se
complazca en nosotros (...). Sea nuestra conducta cual conviene a
nuestra condición de templos de Dios (...). Y como Él ha dicho: Sed
santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros,
que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta
santificación inicial. Y esto pedimos cada día”. Hoy lo imploramos
nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser
ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a
difundir tu doctrina por todas partes...
2. No
se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a
medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto. Por
esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y
contradicciones. “Si el orfebre martillea repetidamente el oro, es para
quitar de él la escoria; si el metal es frotado una y otra vez con la
lima es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero,
el hombre se prueba en la tribulación”. Todo dolor –físico o moral–
que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor
fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.
Todas
las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad,
todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la
vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de
las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a
como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que
el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se
desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que
les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra.
Así salen adelante y se fortalecen.
Con mucho más motivo saldremos
nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el
terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el
Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no
otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las
personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para
que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma
clase, los vecinos... La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad,
es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra
propia manera de ser... y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del
mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las
virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias. Dios
llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en
la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando
se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y
cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos
quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y
ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo
constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.
No pensemos nosotros que en otro
lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y
realizaríamos un apostolado más fecundo. Dejemos a un lado la mística
ojalatera. Los frutos de santidad que espera el Señor son los que
produce la tierra donde estamos, aquí y ahora: cansancio, enfermedad,
familia, trabajo, compañeros de trabajo o de estudio... “Dejaos, pues,
de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de esto que suelo llamar
mística ojalatera -¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta
profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera
viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más
material e inmediata, que es donde está el Señor (...)”. Ese es el
ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios,
utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí
nos espera Jesús.
3. Contemplada
la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y
situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un
apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio,
falta de ánimos...; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales
delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias... Sin
embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y
pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y
preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de
penuria... El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en
motivos de santidad y de apostolado.
En
esos momentos pondremos más atención y empeño en la oración personal
diaria (siempre sacaremos tiempo; el amor es ingenioso), en el trato con
Jesús sacramentado, con la Virgen..., pues son incidencias en las que
necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los
sacramentos. Entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida
interior madura.
En el apostolado tampoco debemos
esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es
bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más
propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre
requerirá audacia y espíritu de sacrificio.
El labrador, para recibir los
frutos, es menester que primero trabaje. Es necesario el esfuerzo,
poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado
requiere constancia: Vosotros, hermanos -dice el Apóstol Santiago-,
tened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con
la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con
paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía. Esperad,
pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazones. Y
con la constancia, la generosidad para sembrar mucho, a voleo, aunque no
veamos los frutos.
Pidamos a la Santísima Virgen un
efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos
encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; este es el momento
propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro
ser...
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