Una de las características principales de la vida de San Juan Macías fue su amor y devoción a las Benditas Ánimas del Purgatorio.
Muchos testigos certificaron que nunca lo habían visto sin tener el Santo
rosario en su mano izquierda. Lo tenía en la mano cuando partía el pan en el
comedor, y cuando se le preguntaba por quién estaba rezando el rosario, siempre
decía que por las Benditas Ánimas del Purgatorio.
Una noche, estando en la Iglesia, le dieron voces de la capilla de enfrente,
llamándolo por su nombre. Alzó los ojos y vio un gran número de gentes que le
pedían con lágrimas y suspiros los encomendase a Dios y aplicase por ellos sus
oraciones, ayunos y penitencias. Le decían:
“...Siervo de Dios, acuérdate de nosotras, no nos olvides; socórrenos con tus
oraciones en la presencia de Dios y ruega a su divina Majestad que nos saque de
estas penas...”
Era tanta la multitud que parecía un gran enjambre de abejas y, entendiendo que
eran las Ánimas Benditas del purgatorio, les respondí: “Qué puedo yo, Santas
almas, hacer ni pedir por vosotras, siendo un hombre tan miserable?”.
Y desde entonces comencé a rogar por ellas, aplicándoles uno de tres rosarios,
que de rodillas, rezaba todos los días y veinte estaciones al Santísimo
Sacramento cada día; y de sus comuniones, una sí y otra no, con otras obras de
piedad, ayunos y penitencias… Y le visitaban muchísimas almas, unas dándole
gracias del beneficio que habían recibido, y otras, que no habían venido, le
buscaban para empeñarle con Dios a que rogase por ellas. Y el siervo de Dios
multiplicaba sus ruegos, doblaba sus penitencias y continuaba los ayunos.
Otra noche estaba en oración y oyó sobre el altar una gran palmada que
estremeció la capilla y luego, inmediatamente, un suspiro triste y lastimero; y
entendió luego que era alguna alma en pena y le preguntó quién era. Le
respondió que era el alma de fray Juan Sayago que venía a valerse de sus ruegos
para con Dios; que tuviese lastima de él y procurase sacarle del Purgatorio,
porque estaba padeciendo atrocísimos tormentos.
Le prometió hacerle así y, aquella noche y las dos que siguieron, le aplicó
todas sus obras interiores y exteriores a este hermano, que era un religioso
lego de la misma Orden, que acababa de expirar en el convento del Rosario de
Lima, y era a la misma hora en que, sacando de la enfermería el cadáver, lo
habían puesto en la iglesia para enterrarlo al día siguiente...
A los tres días, estando en el mismo altar, vio salir una visión hermosa y
resplandeciente que, poco a poco, se fue elevando hacia el cielo, y entendió
que era el alma del fraile lego, su hermano, que libre del purgatorio, pasaba de
aquellas penas al descanso de la bienaventuranza.
Sigamos el ejemplo de San Juan Macías y ayudemos a las Benditas Ánimas del
Purgatorio con el rezo del Santo Rosario

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