EVANGELIO: Lucas 7, 1-10
Un ilustre exegeta inglés da una interpretación iluminadora del episodio evangélico del centurión: «Yo –dice el centurión– soy un hombre sometido a una autoridad, y tengo soldados a mis órdenes, y digo a uno: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace» (Lucas 7,8).
Por el hecho de estar sometido, esto es, obediente, a sus superiores y en definitiva al emperador, el centurión puede dar órdenes que tienen detrás la autoridad del emperador en persona; es obedecido por sus soldados porque, a su vez, obedece y está sometido a su superior.
Así –considera– ocurre con Jesús respecto a Dios. Dado que Él está en comunión con Dios y obedece a Dios, tiene detrás de sí la autoridad misma de Dios y por ello puede mandar a su siervo que sane, y sanará; puede mandar a la enfermedad que le abandone, y le abandonará.
Es la fuerza y la sencillez de este argumento lo que arranca la admiración de Jesús y le hace decir que no ha encontrado jamás tanta fe en Israel. Ha entendido que la autoridad de Jesús y sus milagros derivan de su perfecta obediencia al Padre, como Jesús mismo, por lo demás, explica en el Evangelio de Juan: «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él» (Juan 8,29).
La obediencia a Dios añade a la potestad la autoridad, o sea, un poder real y eficaz, no sólo nominal o de cargo; por así decir, ontológico, no sólo jurídico.
San Ignacio de Antioquía daba este maravilloso consejo a un colega suyo de episcopado: «Nada se haga sin tu consentimiento, pero tú no hagas nada sin el consentimiento de Dios».
Ello no significa atenuar la importancia de la institución o del cargo, o hacer depender la obediencia del súbdito sólo del grado de potestad espiritual o de autoridad del superior, lo que sería manifiestamente el fin de toda obediencia.
Significa sólo que quien ejerce la autoridad, él, debe apoyarse lo menos posible, o sólo en ultima instancia, en el título o en el cargo que desempeña y lo más posible en la unión de su voluntad con la de Dios, o sea, en su obediencia; el súbdito en cambio no debe juzgar o pretender saber si la decisión del superior es o no conforme a la voluntad de Dios.
Debe presumir que lo es, a menos que se trate de una orden manifiestamente contra la conciencia, como ocurre a veces en el ámbito político, bajo regímenes totalitarios.
Sucede como en el mandamiento del amor. El primer mandamiento es el «primero», porque la fuente y el móvil de todo es el amor de Dios; pero el criterio para juzgar es el segundo mandamiento: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Juan 4,20).
Lo mismo se debe decir de la obediencia: si no obedeces a los representantes visibles de Dios en la tierra, ¿cómo puedes decir que obedeces a Dios que está en el cielo?
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

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