En el Evangelio leemos: «En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: ‘Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado un hermano'».
Jesús habla de toda culpa; no restringe el campo sólo a la que se comete contra nosotros. En este último caso de hecho es prácticamente imposible distinguir si lo que nos mueve es el celo por la verdad o nuestro amor propio herido. En cualquier caso, sería más una autodefensa que una corrección fraterna.
Cuando la falta es contra nosotros, el primer deber no es la corrección, sino el perdón.
¿Por qué dice Jesús: «repréndele a solas»? Ante todo por respeto al buen nombre del hermano, a su dignidad. Lo peor sería pretender corregir a un hombre en presencia de su esposa, o a una mujer en presencia de su marido; a un padre delante de sus hijos, a un maestro en presencia de sus alumnos, a un superior ante sus subordinados.
Esto es, en presencia de las personas cuyo respeto y estima a uno le importa más. El asunto se convierte inmediatamente en un proceso público. Será muy difícil que la persona acepte de buen grado la corrección. Le va en ello su dignidad.
Dice «a solas tú con él» también para dar a la persona la posibilidad de defenderse y explicar su propia acción con toda libertad. Muchas veces, en efecto, aquello que a un observador externo le parece una culpa, en la intención de quien la ha cometido no lo es. Una explicación sincera disipa muchos malentendidos. Pero esto deja de ser posible cuando el tema se pone en conocimiento de muchos.
Cuando por cualquier motivo no es posible corregir fraternamente, a solas, a la persona que ha errado, hay algo que absolutamente se debe evitar: la divulgación, sin necesidad, de la culpa del hermano, hablar mal de él o incluso calumniarle, dando por probado aquello que no lo es o exagerando la culpa.
«No habléis mal unos de otros», dice la Escritura (St 4,11). El cotilleo no es menos malo o reprobable sólo porque ahora se le llame «gossip».
Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera donde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino.
Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí». La mujer le mostró la imposibilidad: el viento las había dispersado. Ahí es donde quería llegar San Felipe.
«Ya ves -le dijo- que es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento, igual que es imposible retirar murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca».
Volviendo al tema de la corrección, hay que decir que no siempre depende de nosotros el buen resultado al hacer una corrección (a pesar de nuestras mejores disposiciones, el otro puede que no la acepte, que se obstine); sin embargo, depende siempre y exclusivamente de nosotros el buen resultado… al recibir una corrección.
De hecho la persona que «ha cometido la culpa» bien podría ser yo y el que corrige ser el otro: el marido, la mujer, el amigo, el hermano de comunidad o el padre superior.
En resumen, no existe sólo la corrección activa, sino también la pasiva; no sólo el deber de corregir, sino también el deber de dejarse corregir. Más aún: aquí es donde se ve si uno ha madurado lo bastante como para corregir a los demás. Quien quiera corregir a otro debe estar dispuesto también a dejarse corregir.
Cuando veáis a alguien que recibe una observación y le oigáis responder con sencillez: «Tienes razón, ¡gracias por habérmelo dicho!», quitaos el sombrero: estáis ante un auténtico hombre o ante una auténtica mujer.
La enseñanza de Cristo sobre la corrección fraterna debería leerse siempre junto a lo que dijo en otra ocasión: «¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?
¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo?» (Lc 6, 41 s.).
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

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