Creo que reflexionar sobre ello nos ayudaría volver la mirada sobre lo que Dios ha hecho en su amor por nosotros y la respuesta que damos a Él en medio de ese mismo amor.
«Cuando estás en el altar, el cielo baja a la tierra». Así comienza la canción que hoy te quiero compartir. Cuando nos acercamos al templo, al altar, al sagrario… allí encontramos a Dios, que en su amor ha querido estar en medio de nuestra humanidad. Pero también lo encontramos en los demás. En los necesitados, en el prójimo que diariamente saludamos o nos cruzamos por las calles, allí también está Jesús.
Tendría que ser un motivo de gran esperanza para nosotros, el sabernos acompañados por Dios, reconocer que no estamos solos y que en las dificultades, angustias, alegrías y demás situaciones de la vida diaria, tenemos a su auxilio que nunca falla.
En Corpus Christi meditamos la profundidad del amor del Señor, que le ha llevado a quedarse bajo las especies eucarísticas. Presencia que ocurre gracias a la transubstanciación, en el momento en que el sacerdote, durante la Consagración en la Misa, dice las palabras que el mismo Cristo pronunció sobre el pan y el vino.
Es por esto que el Concilio Vaticano II nos recordó de manera tajante que «La Eucaristía es la fuente y culmen de la vida cristiana» (Lumen gentium n.11). Pues en ella, Jesús mismo vuelve a presentar su entrega sacrificial para salvación de todos y se nos da como alimento, quedándose con nosotros hasta el fin de los tiempos.
San Justino esbozó en su Apología al Emperador Antonius, explica que el pan y vino en la Eucaristía toman se transforman verdaderamente en Cuerpo y Sangre de Cristo, así como Él Hijo tomó carne y sangre para salvarnos, por lo que la Eucaristía «es la carne y la sangre de aquel Jesús encarnado».
La Eucaristía es presencia real de Cristo
«Todos te adoran sin cesar… por fe sé que es verdad. Eres Tú en pan y vino en el altar, Dios y hombre todo entero. Aquí estás mi Dios, mi todo, en el pan angelical». Uno de los principales exponentes de la presencia real de Cristo fue Santo Tomás de Aquino. Luego será el concilio de Trento el que definirá la presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en la Eucaristía, como respuesta a las ideas de algunos reformadores.
Su presencia es real. Su Ser existe y es real. No como algo ficcional o mental, no como un concepto o una simple idea. Tampoco como un símbolo que nos recuerda algo o alguien, sino como una Persona viva entre nosotros. Le llamamos Cuerpo y Sangre de Cristo porque verdaderamente es Cristo presente.
También es presencia sustancial porque, aunque nuestros sentidos solo comprendan las apariencias o propiedades del pan y del vino, la sustancia realmente presente es Cristo. Quien está presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

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