Una chica comparte un fuerte testimonio:
«Soy primer teniente de bomberos-paramédicos en Nueva York. Después de haber pasado por una experiencia cercana a la muerte, pude corroborar que todo el tema del Purgatorio es verdad. Me fue dada una oportunidad de volver de la muerte y confesarme.
Al llegar al más allá, sólo tenía un pecado grave de pensamiento, por el cual fui sentenciada a tener que ver la corrupción de mi cuerpo luego de muerta. Mi purgatorio consistiría en ver ese proceso hasta que mi cuerpo quedara en los puros huesos. En ese estado, pude sentir una presencia maligna cerca de mí, que me dijo que eso era lo único que había podido alcanzar durante mi juicio. Fui castigada a sentir un dolor de cabeza tan fuerte que sentía que me arrancaban la cabeza con todo y médula espinal.
De repente, la bondad de Dios me retiró de ese lugar, me tomó en su pecho y me dijo en mi ser, sin usar palabras: “Amor mío, tú siempre me preguntas porqué yo castigo al ser humano”, y acto seguido me hizo ver y sentir su dolor de Dios. No solo vi, sino que también viví cada muerte de cada persona de este mundo; cada dolor, cada violencia: personas muertas a disparos, a cuchilladas, a golpes; cada bebé muerto. Yo podía ver no solo sus caras, sino vivir su agonía. Dios estaba triste.
A sus pies esperé mi juicio. Había 2 ángeles: uno era el mío, y el otro era el que leía mis pecados. Fueron mencionados mis pecados cometidos desde los 5 años de edad. Sentía la presencia de los Santos en frente de Dios. Jamás vi lo que estaba detrás de mí (la presencia maligna). Dios estaba en un silencio absoluto, pero sentía su amor y que jamás me dejaba sola.
Cuando mi ángel revisó mis pecados, se detuvo en uno solo: uno de pensamiento. Me dijo: “Este es el único pecado grave que has cometido, pero se te dará la oportunidad de volver para confesarlo”.
En eso me vi agarrada del pie de Santiago Apóstol, el cual estaba todo luminoso. La antesala del Cielo era tan hermosa que yo me quedé en éxtasis de puro amor. De repente el Apóstol me dice: “Mírame, no pierdas tu mirada”. Y sentí que detrás de mí se abrió un abismo, pero no pude voltear porque estaba en un éxtasis mirando a mi amado Apóstol. San Miguel y los demás santos Arcángeles arrojaron en ese abismo aquella presencia que estaba detrás de mí. Esa presencia dio un grito horrendo, y sentí su desgarro por haber perdido la oportunidad de hacerme sufrir.
Dios Padre me tomó en su pecho y me dijo: “Niña mía, aquello es un ser tan horrendo que sólo mi omnipotencia lo mantiene separado de mi creación”. Me aconsejó que jamás me enojara ni siquiera por las cosas malas que provoca el enemigo. Me dijo: “Sólo ponme a mí en frente y yo te protegeré”.
Comencé a abrir mis ojitos y lo espiritual se fue desvaneciendo. Me encontraba en una habitación y tenía cables por todo mi cuerpo. Luego miré hacia un lado y vi que comenzaron a aparecer siluetas de personas, que me dijeron: “Nosotros te ayudaremos en tu agonía”.
El día que muera, solo quiero recordar haber ido a Misa, haber amado a Dios y haber vivido para Él. Dios libre que nadie caiga en el Infierno. A Dios le digo que perdone toda ofensa que sea cometida contra mí y que no se la tome en cuenta. Vivo pidiendo misericordia, y que yo sea fiel y firme a su voluntad.
Actualmente voy a Misa todos los días, y rezo el Rosario normal y el de las almas del Purgatorio. Trato de vivir lo más santamente posible y rogar por las almas del Purgatorio. Vivo enamorada de Dios, porque Dios no quiere personas asustadas».
Si el propio Dios le dijo que el demonio es “un ser tan horrendo”, qué terrible debe ser caer en el Infierno y tener que verlo y ser atormentado por él y por los demás demonios. Santa Faustina dice justamente que uno de los tormentos del Infierno es la compañía continua de satanás.
Realmente vale la pena ofrecer oraciones y sacrificios tanto por las almas del Purgatorio como por aquellos que tienen mayor peligro de condenarse, para que no caigan en el Infierno, como lo pidió la Virgen en Fátima. El Señor nos conceda ese gran amor al prójimo.

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